Dogmatismo y pseudoescepticismo.


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Dogmatismo

En un ensayo muy ameno, a propósito del libro Adiós a la verdad (Gianni Vattimo, 2010), Manuel Cruz aborda el tema del individuo dogmático, que se distingue no tanto porque se niega a debatir, sino por la forma en que plantea los términos del debate. Para el dogmático, los argumentos del otro únicamente sirven para validar sus razones. Aparenta escuchar y luego impone; casi nunca tiene dudas. Escribe Manuel Cruz:

El título del presente artículo bien pudiera servir como apresurada definición del dogmático. Definición que viene a destacar, de entre los diferentes rasgos que convergen en la figura, el de que el dogmático nunca se reconoce a sí mismo como tal. Quizá porque (¿interesadamente?) tiende a confundir dogmatismo con fanatismo, que es más bien la actitud característica de quien se aferra a sus ideas o principios con tanta vehemencia como falta de espíritu crítico, y eso le hace sentirse al dogmático a salvo de la imputación.

Lo específico del dogmático, pues, no es tanto el hecho de que no esté dispuesto a debatir, como la forma en que plantea el debate. Obsérvese que digo la forma, porque el fondo en cierto sentido podríamos considerar que está claro: el dogmático entiende que el conjunto de sus opiniones no admite contradicción ni controversia (de hecho, es así como queda definido en el Diccionario de uso del español, de María Moliner: “Se dice de la persona que no admite contradicción en sus opiniones”). Sin embargo, a diferencia del fanático, no acepta que su inflexibilidad sea debida a ninguna abdicación de su capacidad reflexiva, ni cree que la ausencia de toda duda deba atribuirse a adhesión acrítica a dogma alguno, sino que, por el contrario, tiende a interpretar la propia firmeza como la prueba inequívoca de la solidez de las tesis que defiende.

¿En qué se reconoce entonces al dogmático? Por lo pronto en que, visto que no puede clausurar las discusiones con ningún recurso del tipo “¡hasta aquí podríamos llegar!”, “pero usted, ¿por quién me ha tomado?”, “en ese caso, ¡apaga y vámonos!” (u otras modalidades de muerte súbita del debate con las que los fanáticos de cualquier signo obturan la posibilidad de que sean puestas en cuestión sus más profundas convicciones), acostumbra a recurrir a un tipo de estrategias, en apariencia más respetuoso con las reglas del juego de la libre discusión, pero orientado a un único fin, a saber, el de desactivar las críticas.

En alguna ocasión he propuesto describir al dogmático como aquel tipo que, a cualquier objeción que se le ponga, replica siempre y sin vacilación alguna “más a mi favor”. Pretendía señalar con esta descripción que, aunque el propio dogmático acostumbre a ignorarlo, este proceder en último término podría ser blanco de las críticas del mismísimo Popper, quien, en reiteradas ocasiones, señaló que el rasgo más característico de las doctrinas metafísicas (en especial las de inspiración hegeliana: véanse al respecto las clarificadoras consideraciones de Gianni Vattimo al principio de su Adiós a la verdad) es precisamente el hecho de que son capaces de neutralizar cualquier elemento eventualmente falsador de su doctrina, darle la vuelta, hacerlo jugar a su favor y convertirlo en prueba de su verdad.

Otra figura del dogmático, susceptible de recubrirse de más actualizados ropajes, es la del que impugna sistemáticamente el dato, la situación o incluso el testimonio que pudieran poner en tela de juicio sus convicciones apelando a criterios presuntamente metodológico-formales. Tampoco se presenta esta otra figura, conviene subrayarlo, como enemigo del conocimiento (rasgo que lo identificaría de manera explícita con el fanático más obtuso), sino como el apasionado defensor de un conocimiento máximamente riguroso y fiable. Las preguntas que pueden operar como indicadores de que estamos ante esta variante del dogmático acostumbran a ser del siguiente tenor: “¿de dónde has sacado el dato?”, “¿en qué fecha se hizo la encuesta?”, “¿me estás hablando de países de nuestro mismo entorno?”, “¿qué metodología siguieron los investigadores?”, y similares. Estrategias que apenas consiguen ocultar el propósito último de negar la potencialidad heurística -y, eventualmente, impugnadora- de la información o dato que su interlocutor ha presentado como crítica…

Pseudoescépticos frente a verdaderos escépticos

“La mentalidad más productiva que puedes tener es simplemente esto:. Siempre, siempre, siempre ten un sistema de creencias que no resistan al cambio. Ve a donde te lleva la información, sin miedo, porque seguramente la verdad no es algo por lo que temer.” – Darryl Sloan

Todos los pseudoescépticos dicen ser verdaderos escépticos. Pero independientemente de cómo se definen a sí mismos, un pseudoescéptico es un pseudoescéptico si sus características y comportamientos se ajustan a las de uno. Así que no importa lo que ellos se llaman a sí mismos, porque las acciones hablan más fuerte que las palabras. Aquí hay una tabla de comparación de las diferencias entre los rasgos de un verdadero escéptico frente a un pseudoescéptico:

Los escépticos verdaderos o escépticos de mente abierta

Preguntan sobre todo y desechan la fe, incluso la de queridas instituciones establecidas.
Hacen preguntas para tratar de entender las cosas nuevas y están dispuestos a aprender acerca de ellas.
Se aplican un examen crítico e investigan todas las partes, incluida la propia.
Retienen el juicio y no saltan hacia conclusiones precipitadas.
Buscan la verdad y consideran que es el objetivo más alto.
Piensa en términos de posibilidades y no en la preservación de vistas fijas.
De manera justa y objetiva sopesan la evidencia en todos los lados.
Reconocen pruebas válidas convincentes en vez de ignorarlas o negarlas.
Poseen un sólido y agudo sentido común y de razón.
Son capaces de adaptar sus paradigmas a las nuevas pruebas y actualizar sus hipótesis para ajustarlas a los datos.
Cuando todas las explicaciones convencionales de un fenómeno se hayan descartado, son capaces de aceptar las paranormales.
Aceptan que hay misterios y se deleitan en tratar de entenderlos.
Ven a la ciencia como una herramienta y una metodología, no como una religión o una autoridad a ser obedecida.
Entienden la diferencia entre el proceso científico y la comunidad científica.
Reconocen que la comunidad científica está sujeta a la política, la corrupción, el control, la censura y la represión, como todas las instituciones   humanas – y por lo tanto debe ser examinada críticamente y analizada, en lugar de tomarla a modo de fe, especialmente a la luz de evidencia contraria a sus pretensiones.
Admitirán que están equivocados cuando la evidencia lo requiera.

Pseudoescépticos o escépticos de mente cerrada

No cuestionan nada de lo establecido por las instituciones no religiosas, pero tiene todo lo que define a la fe y exigen que los demás hagan lo mismo.
No hacen preguntas para tratar de entender las cosas nuevas, pero las juzgan por si se ajustan a la ortodoxia.
Se aplican el “pensamiento crítico”, sólo para lo que se opone a la ortodoxia o al materialismo, pero nunca al status quo en sí.
Sentencian rápidamente algo como falso y echan por tierra lo que contradice su paradigma.
No están interesados ​​en la verdad, las pruebas o los hechos, sólo en la defensa de sus puntos de vista.
No pueden pensar en términos de posibilidades, pero ven sus paradigmas como algo fijo y constante.
Están dispuestos a mentir y a engañar para desacreditar a sus oponentes.
Rechazan y niegan automáticamente todos los datos que contradicen al materialismo y a la ortodoxia.
Critican velozmente para sacar conclusiones sobre lo que saben poco o nada.
Se burlan y ridiculizan lo que se opone en lugar de utilizar un análisis objetivo y el examen.
Cuando se enfrentan a pruebas o hechos que no pueden refutar, utilizan la semántica, juegos de palabras y la negación para tratar de ocultar el problema.
Son incapaces de adaptar sus paradigmas a las nuevas pruebas, y niegan los datos que no caben en ellos.
Cuando todas las explicaciones convencionales de un fenómeno inexplicable se han descartado, todavía no son capaces de aceptar las paranormales.
No les gusta el misterio y la incertidumbre, e insisten en que todos los fenómenos desconocidos deben tener una explicación mundana.
Ven la comunidad científica como una autoridad religiosa que siguen con fe y nunca ponen en duda o es cuestionada. No entiende la diferencia entre el proceso científico / metodología y la institución del establishment científico.
Suponen que la comunidad científica es objetiva e imparcial y libre de la política, la corrupción, el control, la censura y la represión por ninguna otra razón que la fe ciega en la autoridad.
Nunca admiten lo que están mal, no importa lo que sea, a pesar de la evidencia.

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Dogmatismo-fuente: akantilado.wordpress

Pseudoescepticismo-fuente: debunkingskeptics.com

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