La domesticación industrial.


«Si el capital toma la ciencia a su servicio, el obrero recalci-
trante se verá obligado a ser dócil».
Andrew Ure, Filosofía de las manufacturas, 1835

«En otro tiempo, si alguien llamaba obrero a un hombre de oficio,
se arriesgaba a una pelea. Hoy en día que se les dice que ser
obrero es lo mejor que se puede ser en el Estado, insisten todos
en ser obreros».
M. May, 1848

El término revolución industrial, utilizado corrien-
temente para calificar el periodo que va de 1750 a
1850, es una pura mentira burguesa, simétrica a
aquella sobre la revolución política. No contiene
lo negativo y procede de una visión de la historia
como historia exclusiva de los progresos tecnoló-
gicos. Es un doble triunfo para el enemigo, que
legitima así la existencia de los managers o de la
jerarquía como consecuencia ineludible de las
necesidades técnicas, e impone una concepción
mecanicista del progreso, considerada como una
ley positiva y socialmente neutra. Es el momento
religioso del materialismo, el idealismo de la
materia. Una mentira tal estaba evidentemente
destinada a los pobres, entre los cuales habría de
hacer duraderos estragos. Basta, para refutarla,
con atenerse a los hechos. La mayoría de las
innovaciones técnicas que permitieron a las
industrias desarrollarse ya habían sido descu-
biertas desde hacía cierto tiempo, pero se habían
mantenido sin emplear. Su aplicación a gran
escala no fue una consecuencia mecánica, sino
que procede de una elección de las clases domi-
nantes en un momento dado de la historia. Y ésta
no responde tanto a una inquietud por la eficacia
puramente técnica, eficacia a menudo dudosa,
como a una estrategia de domesticación social.
La pseudo-revolución industrial se revela de este
modo como una empresa de contra-revolución
social. Solo existe un progreso: el progreso de la
alienación.

En el sistema que existía anteriormente,
los pobres gozaban todavía de una gran indepen-
dencia en el trabajo al que estaban obligados. La
forma dominante consistía en el taller doméstico:
los capitalistas alquilaban los útiles a los obreros,
les suministraban las materias primas y les com-
praban los productos acabados a un precio vil. La
explotación no era para ellos más que un momen-
to del comercio, sobre el cual no ejercían un con-
trol directo. Los pobres podían considerar toda-
vía su trabajo como un “arte” sobre el cual tení-
an un notable margen de decisión. Pero sobre
todo, seguían siendo dueños del empleo de su
tiempo: trabajando a domicilio y pudiendo parar-
se cuando les venía en gana, su tiempo de traba-
jo escapaba a todo cálculo. Y su trabajo se carac-
terizaba tanto por la variedad como por la irre-
gularidad, siendo el taller doméstico lo más a
menudo sólo un complemento de las actividades
agrícolas. Resultado de ello eran unas fluctuacio-
nes de la actividad industrial incompatibles con
la marcha armoniosa del comercio. De este modo,
los pobres disponían todavía de una fuerza consi-
derable que ejercían permanentemente: la prácti-
ca de la perruqué1, el desvío de las materias pri-
mas, eran moneda corriente y alimentaban un
vasto mercado paralelo. Sobre todo, los trabaja-
dores domésticos podían hacer presión sobre sus
empleadores: las frecuentes destrucciones de ofi-
cios eran los medios de una «negociación colectiva
mediante el motín» (Hobsbawn). ¡La pasta o lo
rompemos todo!

Es para suprimir esta independencia
amenazante de los pobres por lo que la burguesía
se ve obligada a controlar directamente la esfera
de la explotación. He aquí la razón que preside la
generalización de las fábricas. Se trata de auto-
nomizar la esfera del trabajo, temporal y geográ-
ficamente. «Los que perjudican al público no son
tanto quienes permanecen absolutamente ocio-
sos, sino quienes sólo trabajan la mitad de su
tiempo», escribía ya Ashton en 1725. Se aplica el
arte militar a la industria y las fábricas son cons-
truidas literalmente según el modelo de las cár-
celes, que, por cierto, les son contemporáneas. El
enorme muro que las rodea los separa de todo
aquello que es exterior al trabajo y unos vigilan-
tes se encargan de alejar a aquellos que al princi-
pio encontraban natural visitar a sus infortuna-
dos amigos. En el interior, los reglamentos dra-
conianos tenían como primer objetivo civilizar a
los esclavos. En 1760, un escritor había proyec-
tado un nuevo plan para producir pobres: la Casa
del Terror, cuyos habitantes deberían trabajar
durante catorce horas al día y sometidos a una
dieta. Su idea precedió por muy poco a la reali-
dad: una generación más tarde, a la Casa del
Terror se la llamaría estúpidamente fábrica.
Es en Inglaterra donde se generalizan
en primer lugar las fábricas. En este país las cla-
ses dominantes habían superado desde hacía
tiempo sus conflictos internos y podían entregar-
se sin reservas a la pasión del comercio. Y la
represión que siguió al fracaso del asalto milena-
rista de los pobres3 había preparado el terreno a
la contra-ofensiva industrial. Los pobres tuvieron
pues, en Inglaterra, la triste suerte de ser los pri-
meros en sufrir toda la brutalidad de un meca-
nismo social en formación. Ni que decir tiene que
consideraban tal suerte como una degradación
absoluta, y que quienes la aceptaban sufrían el
desprecio de sus semejantes. Ya en el tiempo de
los Niveladores era corriente pensar que aquellos
que vendían su trabajo a cambio de un salario
abandonaban por este hecho todos los derechos
de los “ingleses nacidos libres”. Incluso antes de
empezar, los primeros propietarios de fábricas
tenían problemas para reclutar mano de obra,
debiendo recorrer para ello, a menudo, largas
distancias. Después necesitaban fijar a los
pobres a su nuevo trabajo, y las deserciones eran
masivas. He aquí por qué tomaron a su cargo el
habitat de sus esclavos, en tanto que antecámara
de la fábrica. La constitución de este extenso
ejército de reserva industrial conllevó una milita-
rización del conjunto de la vida social.

El luddismo fue la respuesta de los
pobres a la instauración de este nuevo orden. En
las primeras décadas del siglo XIX, el movimien-
to de destrucción de las máquinas se desarrolla
en un clima de furor insurreccional. No se trata
solamente de una nostalgia por la edad de oro del
artesano. Ciertamente, el advenimiento del reino
de lo cuantitativo, de las chapucerías en serie,
incurría no poco en la cólera de la gente. Desde
entonces el tiempo necesario para realizar un tra-
bajo primaba sobre la calidad del resultado, y
estas desvalorizaciones del contenido de todo tra-
bajo particular llevaban a los pobres a tomarla
con el trabajo en general, que manifestaba, de
este modo, su esencia. Pero el luddismo fue ante
todo una guerra de independencia anticapitalis-
ta, una «tentativa de destrucción de la nueva
sociedad» (Mathías). «Hay que matar a todos los
nobles y los tiranos», decía uno de sus panfletos.

El luddismo era el heredero del movimiento mile-
narista de los siglos precedentes: aunque no se
expresara a través de una teoría universal y uni-
ficadora, se mantuvo radicalmente ajeno a todo
espíritu político y a toda pseudo-racionalidad
económica. En la misma época, en Francia, los
levantamientos de los tejedores, que estaban
también dirigidos contra el proceso de domesti-
cación industrial, ya estaban, por el contrario,
contaminados por las mentiras políticas. «Su
inteligencia política les engañaba respecto a la
fuente de la miseria social y falseaba en ellos la
conciencia de su verdadera meta» escribía el
Marx de 1844. Su eslogan era «vivir trabajando
o morir combatiendo». En Inglaterra, mientras
que el sindicalismo naciente era débilmente
reprimido, léase tolerado, la destrucción de las
máquinas estaba penada con la muerte. La nega-
tividad absoluta de los ludditas los hacía social-
mente intolerables. El Estado respondió a esta
amenaza de dos maneras: constituyó una policía
profesional moderna y reconoció oficialmente a
los sindicatos. El luddismo fue derrotado prime-
ro mediante la represión brutal, apagándose des-
pués a medida que los sindicatos conseguían
imponer su lógica industrial. En 1920, un obser-
vador inglés señala con alivio que «la negociación
sobre las condiciones del cambio se ha impuesto a
la simple oposición al cambio». ¡Bonito progreso!

Entre todas las calumnias de que han
sido objeto los ludditas, la peor vino de los apolo-
gistas del movimiento obrero, que vieron en el
luddismo una manifestación ciega e infantil. De
ahí este párrafo de El Capital, contrasentido
fundamental de una época:

«Hizo falta tiempo y experiencia antes
de que los trabajadores aprendieran a hacer la
distinción entre las máquinas mismas y la mane-
ra en que son utilizadas por el capital; y para que
no dirigiesen sus ataques no contra los instru-
mentos materiales de producción, sino contra la
forma social particular en la que son utilizados».
Esta concepción materialista de la neu-
tralidad de las máquinas basta para legitimar la
organización del trabajo, la disciplina de hierro
(en este punto Lenin fue un mandsta consecuen-
te) y finalmente todo lo demás. Supuestamente
atrasados, los ludditas habían comprendido al
menos que los «instrumentos materiales de pro-
ducción» son ante todo instrumentos de domesti-
cación cuya forma no es neutra, puesto que ase-
gura la jerarquía y la dependencia.

La resistencia de los primeros obreros
de fábrica se manifestaba principalmente respec-
to de lo que había sido una de sus escasas pro-
piedades y de la que se veían desposeídos: su
tiempo. Una vieja costumbre religiosa dictaba
que la gente no trabajase ni en domingo ni en
lunes, llamado “Lunes Santo”. El martes estaba
consagrado a reponerse de dos días de borrache-
ras, icón lo que el trabajo no podía empezar sino
el miércoles! General a principios del siglo XX,
esta saludable práctica subsistió en algunos ofi-
cios hasta 1914. Los patrones usaron diversos
medios coercitivos para combatir este absentismo
institucionalizado, sin resultados. Fue a medida
que se implantaron los sindicatos que la fiesta del
sábado por la tarde vino a sustituir al “Lunes
Santo”. Gloriosa conquista: ¡La semana laboral
aumentaba así en dos días!

No es solamente la cuestión del tiempo
de trabajo es lo que está en juego en el “Lunes
Santo” sino también la del uso del dinero. Los
obreros no volvían a trabajar antes de haber gas-
tado todo su salario. Desde esta época, el esclavo
ya no era considerado como trabajador sino tam-
bién como consumidor. Adam Smith había teori-
zado la necesidad de desarrollar el mercado inte-
rior abriéndolo a los pobres. Además, como escri-
bía el obispo Berkeley en 1755: «&No sería la cre-
ación de necesidades el mejor medio de hacer
industrioso al pueblo?»

De forma todavía marginal, el salario
otorgado a los pobres vino pues a adaptarse a las
necesidades del mercado. Pero éstos no utilizaron
este aumento del numerario según las previsiones
de los economistas; el aumento de salario era tiem-
po ganado al trabajo (lo que significaba una feliz
inversión de la máxima utilitarista de Benjamín
Frankiin: time is money). El tiempo arrebatado, a
la fábrica se pasaba en las public-houses, como
acertadamente se las llamaba (en aquella época
las revueltas se comunicaban de pub en pub).
Cuanto más dinero tenían los pobres, más se lo
bebían. Es en los espirituosos donde descubrieron,
en primer lugar, el espíritu de la mercancía, para
gran desconsuelo de los economistas, que preten-
dían hacerles gastar de forma útil. La campaña
por la sobriedad conjuntamente llevada a cabo, en
aquel entonces, por la burguesía y las «fracciones
avanzadas (y por tanto sobrias) de la clase obre-
ra», no respondía tanto a una preocupación por la
salud pública (el trabajo hace todavía más daño
sin que nadie pida su abolición) como a una exhor-
tación a utilizar bien su salario. Cien años des-
pués, la misma gente no concibe que haya pobres
que puedan privarse de comer para comprarse una
mercancía “superflua”.

La propaganda en favor del ahorro tenía
por objetivo combatir esta propensión al gasto
inmediato. Y, ahí también, se debe a «la vanguar-
dia de la clase obrera» la instauración de estable-
cimientos de ahorro para pobres. El ahorro acre-
cienta todavía más el estado de dependencia de los
pobres y el poder de sus enemigos: gracias a él, los
capitalistas pueden superar las crisis pasajeras
bajando los salarios y contener a los obreros en la
idea del mínimo vital. Pero Marx señala en los
GJrundisse una contradicción insoluble en aquel
entonces: cada capitalista exige que sus esclavos
ahorren, pero solamente los suyos, en tanto que tra-
bajadores; para él, todos los demás esclavos son
consumidores y, por lo tanto, deben gastar. Esta
contradicción no se podrá resolver hasta mucho
más tarde cuando el desarrollo de la mercancía
permita la instauración del crédito para uso de los
pobres. Sea como sea, si la burguesía ha podido
civilizar durante un tiempo la conducta de los
pobres en su trabajo, no ha podido domesticar
nunca totalmente su gasto. El dinero es aquello a
través de lo cual reaparece siempre la salvajería.
Después de que la supresión del “Lunes
Santo” alargara la semana laboral, «los obreros
se tomaban, a partir de entonces, el tiempo de
ocio en el lugar de trabajo» (Geoff Brown). La
disminución dé las cadencias era la regla. Fue la
instauración del trabajo por piezas lo que impu-
so finalmente la disciplina en los talleres: la asi-
duidad y el rendimiento aumentaban así por la
fuerza. El mayor efecto de este sistema, que se
generalizó a partir de los años 1850, fue obligar
a los obreros a interiorizar la lógica industrial:
para ganar más, había que trabajar más, pero en
detrimento del salario de los demás; y los menos
entusiastas podían ser despedidos incluso. Para
remediar esta concurrencia sin freno, se impuso
la negociación colectiva sobre la cantidad de tra-
bajo a realizar, su reparto y su remuneración. Así
quedaron consagradas las mediaciones sindicales.
Una vez conseguida esta victoria sobre la produc-
tividad, los capitalistas consintieron en disminuir
las horas de trabajo. La famosa ley de las diez
horas, si constituye efectivamente una victoria del
sindicalismo, significa también una derrota de los
pobres, la consagración del fracaso de su larga
resistencia al nuevo orden industrial.

De este modo quedó instaurada la dicta-
dura omnipresente de la necesidad, una vez
suprimidos los vestigios de la organización social
anterior, ya nada existía en este mundo que no
estuviera determinado por los imperativos del
trabajo. El horizonte de los pobres se limitaba a
la “lucha por la existencia”. No cabe, sin embar-
go, comprender el reino absoluto de la necesidad
como un simple conocimiento cuantitativo de la
penuria: se trata ante todo de la colonización de
los espíritus por el principio trivial y grosero de
la utilidad, de una derrota en el pensamiento. Se
aprecia aquí la consecuencia del aplastamiento
de ese espíritu milenarista que animaba a los
pobres durante la primera fase de la industriali-
zación. En aquella época, el reino de la necesidad
brutal era claramente concebido como la obra de
un mundo, el mundo del Anti-Cristo fundado
sobre la propiedad y el dinero. Üa idea de la
supresión de la necesidad no se separaba de la
idea de la realización del Edén de la humanidad,
«esta Canaan espiritual donde corren el vino, la
leche y la miel, y donde no existe el dinero»
(Coppe). Con el fracaso de este intento de cam-
bio, la necesidad accede a una apariencia de
inmediatez, la penuria aparece entonces como
una calamidad natural que sólo la organización
cada vez más sistemática del trabajo podrá reme-
diar. Con el triunfo de la ideología inglesa, los
pobres, desposeídos ya de todo, se ven desposeí-
dos además de la idea misma de la riqueza.
Será en el protestantismo y más concre-
tamente en su idea anglosajona puritana, donde
el culto a la utilidad y al progreso encuentren su
fuente y su legitimidad. Al hacer de la religión un
asunto privado, la ética protestante ratificó la
atomización social generada por la industrializa-
ción: el individuo se encontraba aislado frente a
Dios como se encontraba aislado frente a la mer-
cancía y el dinero. Después, priorizó los valores
que eran precisamente los requeridos a los pobres
modernos: honestidad, austeridad, abstinencia,
ahorro, trabajo. Esos bastardos de los puritanos,
que habían combatido sin descanso las fiestas, los
juegos, la juerga, todo aquello que se oponía a la
lógica del trabajo, y que veían en el espíritu mile-
narista «la extinción de todo espíritu de empresa
en el hombre» (Webbe en 1644), allanaron el
camino a la contra-ofensiva industrial. Podemos
decir, además, que la Reforma fue el prototipo del
reformismo: nacida de una disidencia, favoreció a
su vez todas las disidencias. La Reforma «no
exige que se profese este cristianismo, sino que se
tenga una religión, cualquier religión».

Sería en Francia y en 1789 cuando estos
principios hallasen su plena realización despo-
jándose definitivamente de su forma religiosa y
universalizándose en el Derecho y la Política.
Francia estaba retrasada en el proceso de indus-
trialización: un conflicto irreconciliable oponía a
la burguesía con la nobleza, reacia a toda movili-
zación del dinero. Paradójicamente, fue este
retraso el que condujo a la burguesía a adelantar
el principio más moderno. En Gran Bretaña,
donde las clases dominantes se habían fusionado
desde hacía tiempo en un curso histórico común,
«la Declaración de los Derechos del Hombre
tomó cuerpo, no investida con la toga romana,
sino bajo el manto de los profetas del Antiguo
Testamento» (Hobsbawn). He aquí precisamente
la limitación, lo inacabado, de la contrarrevolu-
ción teórica inglesa: en última instancia, ahí la
ciudadanía sigue reposando sobre la doctrina de
la elección, y los elegidos se reconocen por el fruto
de su trabajo y su adhesión moral a este mundo.
Dejaba por tanto al margen de sí a un populacho
qué todavía podía soñar con un país de Jauja. La
introducción del trabajo forzado en las fábricas
tuvo como meta, en primer lugar, reducir esta
fuerza amenazadora, integrarla mediante la fuer-
za de un mecanismo social. Le faltaba todavía a
la burguesía inglesa este refinamiento en la men-
tira que habría de caracterizar a su homologa del
otro lado del canal y que le permitía reducir a los
pobres, en primer lugar, mediante la ideología.
Aún hoy, los defensores británicos del Viejo
Mundo no hacen gala tanto de sus opiniones polí-
ticas como de su rectitud moral. Lia frontera
social, particularmente visible y arrogante, que
separa a los ricos de los pobres en este país, es
proporcional a la débil penetración de la idea de
igualdad política y jurídica de los individuos.
Si el adoctrinamiento moral puritano
tuvo, en un principio, la finalidad de unificar y
confortar a todos aquellos que tenían algún inte-
rés particular que defender en un mundo cam-
biante e incierto, vino luego a hacer sus estragos
entre las clases inferiores después de que éstas se
encontraran ya sometidas al yugo del trabajo y
del dinero, para consumar así su derrota. De este
modo, üre recomendaba a sus colegas cuidar con
el mismo esmero la «maquinaria moral» que la
«maquinaria mecánica», con la finalidad de
«hacer aceptable la obediencia». Pero esta
maquinaria moral revelaría sus efectos nefastos
sobre todo una vez asumida por los pobres, mar-
cando con su imprenta al incipiente movimiento
obrero. De este modo se multiplicaron las sectas
obreras metodistas, wesleyanas, baptistas y otras,
hasta reunir tantos fieles como la Iglesia de
Inglaterra, institución de Estado. En este entor-
no hostil de los nuevos emplazamientos industria-
les, los obreros se replegaron angustiosamente
alrededor de la capilla. Uno tiene siempre tenden-
cia a justificar los ultrajes de los que no se venga:
la nueva moral obrera erigió la pobreza en gracia
y la austeridad en virtud. En estas localidades, el
sindicato fue el descendiente directo de la capilla
y los predicadores laicos se transformaron en
delegados sindicales4. La campaña llevada a cabo
por la burguesía para civilizar a los pobres sólo
encontraría el odio social de rebote, una vez rele-
gado por representantes obreros que, en las
luchas contra sus amos, hablaban su mismo len-
guaje. Pero las formas todavía religiosas que
podía tomar la domesticación en el pensamiento
eran sólo un epifenómeno. Esta tenía otra base
mucho más eficiente en la mentira económica.

J. y P. Zerzan5 señalan muy acertada-
mente esta contradicción: es durante el segundo
tercio del siglo XIX, en el momento en que los
pobres sufren las condiciones más degradantes y
mutilantes en todos los aspectos de su vida, en el
momento en que queda derrotada toda resisten-
cia a la instauración del nuevo orden capitalista,
cuando Marx, Engeis y todos sus epígonos salu-
dan con satisfacción el nacimiento de «el ejército
revolucionario del trabajo» y estiman que se han
reunido finalmente las condiciones objetivas para
un asalto proletario victorioso. En 1864, eri su
célebre misiva a la Internacional, Marx comienza
describiendo un detallado panorama de la inso-
portable y espantosa situación de los pobres
ingleses para, a continuación, celebrar «estos
magníficos éxitos» que suponen la ley de las diez
horas (ya hemos visto lo que suponía) y el esta-
blecimiento de manufacturas cooperativas, ¡que
significarían «una victoria de la economía políti-
ca del trabajo sobre la economía política de la
propiedad»! Si los comentaristas marxistas han
descrito abundantemente la espantosa suerte de
los obreros en el siglo XIX, la juzgan, sin embar-
go, en cierta medida, inevitable y benéfica.

Inevitable porque ven en ella una consecuencia
fatal de las exigencias de la Ciencia y del necesa-
rio desarrollo de las «relaciones de producción».
Benéfica, en la medida en que «el proletariado se
encuentra unificado, disciplinado y organizado
por el mecanismo de producción» (Marx). El
movimiento obrero se constituye sobre una base
puramente defensiva. Las primeras asociaciones
obreras eran «asociaciones de resistencia y de
socorro mutuo». Pero mientras que, anterior-
mente, los pobres en revuelta se habían reconoci-
do siempre en negativo, nombrando a la clase de
sus enemigos, fue en y por el trabajo, situado a la
fuerza en el centro de su existencia, que los obre-
ros llegaron a buscar una comunidad positiva,
producida no por ellos sino por un mecanismo
externo. Esta ideología habría de tomar cuerpo
en primer lugar en la «minoría aristocrática» de
los obreros cualificados, «este sector por el que se
interesan los políticos y del que surgen aquellos
que la sociedad no tiene sino prisa por reconocer
como representantes de la clase obrera» como
señaló pertinentemente Edith Simcox en 1880.

La inmensa masa de trabajadores aún eventua-
les no cualificados no posee por ello mismo dere-
cho de ciudadanía. Son ellos quienes preservarán
el legendario espíritu combativo y salvaje de los
trabajadores ingleses cuando se abran las puertas
de los sindicatos. Comienza entonces un largo ciclo
de luchas, a veces muy violentas, pero que segui-
rán desprovistas de todo principio unifícador.

«Aunque la iniciativa revolucionaria par-
tirá probablemente de Francia, sólo Inglaterra
puede servir de trampolín para una revolución
seriamente económica. […] Los ingleses tienen
toda la materia necesaria para la revolución social.
Lo que les falta es el espíritu generalizador y la
pasión revolucionaria». Esta declaración del Con-
sejo General de la Internacional es portadora a la
vez de la verdad y de la falsa conciencia de una
época. Desde el punto de vista social, Inglaterra
ha constituido siempre un enigma: el país que dio
nacimiento a las condiciones modernas de explota-
ción y fue el primero en producir una gran masa
de pobres modernos, es también aquél cuyas insti-
tuciones han permanecido sin cambios desde hace
ya tres siglos, sin que hayan sido nunca conmocio-
nadas por un asalto revolucionario. He aquí lo que
contrasta con las naciones del continente europeo
y viene a contradecir la concepción mandsta de la
revolución. Los comentaristas han intentado expli-
car este enigma por algún atavismo británico, de
ahí los cuentos chinos tantas veces repetidos sobre
el espíritu reformista y antiteórico de los pobres
ingleses frente a la conciencia radical que anima-
ría a los pobres en Francia, prestos siempre a ocu-
par las barricadas. Una visión ahistórica semejan-
te, olvida en primer lugar el foso teórico de los
años de la guerra civil durante el siglo XVII, y
luego la cronicidad y la violencia que ha caracteri-
zado siempre las luchas sociales de los pobres
ingleses y que se lian amplificado desde mediados
de este siglo. En realidad el enigma se resuelve así:
la revuelta de los pobres es siempre tributaria de
aquello a lo que se enfrenta.
En Inglaterra las clases dominantes lleva-
ron a cabo su empresa de domesticación sin rode-
os, por la fuerza brutal de un mecanismo social.
Los historiadores ingleses deploran también a
menudo que la “revolución industrial” no estuviese
acompañada de una “revolución cultural” que
hubiera integrado a los pobres en el “espíritu
industrial” (tales consideraciones se multiplicaron
en los años 70, cuando la extensión de las huelgas
salvajes revelarán su agudeza). En Francia, la con-
tra-ofensiva burguesa fue en primer lugar teórico,
a través de la dominación de la Política y del
Derecho, «este milagro que desde 1789 tiene al
pueblo engañado» (Louis Blanc). Estos principios
representaban un proyecto universal, eran una pro-
mesa de participación hecha a los pobres desde el
momento en que hicieran suyas sus modalidades.
Hacia 1830, una parte de los pobres se hizo porta-
voz de las mismas, reivindicando que «sean devuel-
tos a su dignidad de ciudadanos los hombres a los
que se inferioriza» (Proudhon). A partir de 1848,
los mismos principios fueron invocados contra la
burguesía en nombre de la “república del trabajo”.
Y es sabido hasta qué punto el peso muerto de
1789 pesará gravemente en el aplastamiento de la
Comuna. Es un proyecto social lo que se escinde en
dos en el siglo XIX. En Inglaterra, metrópoli del
Capital, las luchas sociales no pueden rundirse en
un asalto unitario, quedando por este hecho tra-
vestidas en luchas “económicas”. En Francia, cuna
del reformismo, este asalto unitario sigue conteni-
do en una forma política, dejando así la última
palabra al Estado. El secreto de la ausencia de un
movimiento revolucionario en Inglaterra es, pues,
idéntico al de la derrota de los movimientos revolu-
cionarios continentales.

Hoy en día culmina el proceso cuya géne-
sis acabamos de describir: el movimiento obrero
clásico ha quedado definitivamente integrado en
la sociedad civil mientras se pone en marcha una
nueva empresa de domesticación industrial. Hoy
en día quedan de manifiesto tanto la grandeza
como los límites de los movimientos pasados, que
determinan siempre las condiciones sociales par-
ticulares de cada región de este mundo.

1. Os Cangaceiros, n” 3.
2. Trapicheo, sobresueldo ilegal (N. del T.).
3. Cf. L’Incendie millénariste, p. 233-58 (El incendio
Milenarista).
4. Un ejemplo significativo: la Iglesia laborista, fundada
en Manchester en 1891, tuvo como única función hacer
que los obreros del Norte ingresaran en el Partido
Laborista Independiente, después de lo cual desapareció.
5. Industrialim <& Domestication, Black Eye Press,
Berkelev, 1979.

_________________________________________

Leopold Roc | Os Cangaceiros. Selección de artículos (1985/87).

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