Construyendo el mito del SIDA infeccioso.


El material de este artículo, sobre todo lo referente a los sucesos acaecidos en los EE UU tras la rueda de prensa de Robert Gallo de abril de 1984, procede prácticamente en su totalidad de los capítulos correspondientes del libro Inventing the AIDS virus, del Dr Peter Duesberg, (Regnery Publishing, Inc. Washington, D.C., 1996)

Introducción

La gran mayoría de las personas está convencida de la existencia de la “epidemia de SIDA”, se supone que la “epidemia” surgió en un momento dado en algún sitio (Gallo y cía han sugerido África) y se “propagó” a todo el mundo; por otra parte, vistos los enormes presupuestos destinados a la “investigación del VIH”, se considera que el “virus del SIDA” es algo muy conocido y estudiado; al mismo tiempo, la importancia concedida por los medios de comunicación, la preocupación de las autoridades de los distintos países, mueven a pensar que estamos ante algo real.

Pero los últimos sucesos acontecidos con motivo de la gripe A, con sus importantes implicaciones, alertan de lo factible que es, hoy en día, crear psicosis mundiales de epidemia sin causa objetiva que las justifique que no sean los intereses económicos.

Por si el ejemplo de la gripe A no bastara, en este artículo se ofrece una panorámica de los ingentes recursos, económicos y humanos, pero sobre todo propágandísticos, puestos en marcha a principios de la “era del SIDA” en los EE UU, con la exclusiva finalidad de difundir entre la población la idea del SIDA infeccioso y mientras todo eso sucedía, en medio de rimbombantes declaraciones de prestigiosos organismos, se pasaban alegremente por alto los aspectos científicos elementales.

En el período de tiempo que transcurre desde que surgen en EE UU los primeros casos que darán origen al nacimiento de la idea del SIDA infeccioso, hasta que se impone a nivel mundial esa visión, se pueden distinguir dos etapas, la primera, desde los primeros casos hasta la rueda de prensa de Gallo, la segunda, a partir de la rueda de prensa, abarca hasta que la idea del SIDA se impone a nivel mundial.

El SIDA hasta la declaración de Gallo

Esa primera etapa fue tratada de manera magistral, en una conferencia impartida en julio de 2002 en Barcelona, por el Dr Roberto Giraldo, eminente médico colombiano, especialista en enfermedades infecciosas y que dedicó años al estudió de las inmunodeficiencias. En su conferencia, el Dr Giraldo trazó un recorrido plagado de referencias por los artículos publicados en las principales revistas científicas, así como en las publicaciones de distintas instituciones sanitarias americanas, en el período que va desde que el inmunólogo Mikel Gottlieb ve, en la clínica universitaria de Los Angeles, los cinco famosos casos de neumonía por neumocistis carini, hasta que Gallo anuncia el “descubrimiento” del virus del SIDA (1).

El Dr Giraldo puso de manifiesto el hecho de que la idea del SIDA infeccioso se difundió en los EE UU ya desde la aparición de los primeros casos, a pesar de que todos los indicios sugerían un origen multifactorial, (sobre todo causas tóxicas, es decir, drogas). No había ningún dato objetivo, ninguna investigación, que apuntara hacia una causa infecciosa, para poder hablar de una causa infecciosa es indispensable encontrar un agente infeccioso común en todos los casos de la enfermedad y mientras esto no se haya realizado, es una temeridad sugerir siquiera esa posibilidad.

De ese modo, en contra de lo que sería una actuación mínimamente prudente y haciendo gala de una grave irresponsabilidad, el CDC de Atlanta, que ya había protagonizado en el pasado numerosos episodios de alarmismo, (el último de los cuales, la epidemia fantasma de gripe porcina del año 1976 que jamás se presentó), difundió la idea de que se trataba “muy probablemente” de un problema de naturaleza transmisible, es decir, infeccioso.

Cuando años más tarde Robert Gallo declara haber descubierto el virus del SIDA, (sería a partir de ahí, en todo caso, cuando se podría hablar de problema infeccioso), ya existía una psicosis generalizada de epidemia en la sociedad americana, que había sido fabricada años antes a base golpes de prensa.

Recordemos que la misma conferencia de prensa, donde Gallo anunció su supuesto descubrimiento, se hizo sin publicaciones previas en los medios científicos además de otras irregularidades de sobra conocidas, entre las que destaca el robo de la muestra del supuesto virus a Montagnier, (de cuyas declaraciones años más tarde se pudo deducir que no hubo aislamiento viral alguno, por lo que no se puede hablar de robo de virus). El “affaire” de quién había descubierto el “virus” ocupó los titulares de los periódicos y encubrió lo que debería haber sido más importante, es decir, ¿Qué era exactamente lo que Montagnier “había descubierto”? ¿Era o no un virus? Y si era un virus, ¿Era la causa del SIDA? Todo eso pasó a un segundo plano, no tenía importancia, después de todo, la gente ya estaba convencida de que el SIDA era un problema infeccioso, hacía años ya que el pánico campaba por los hospitales, (en muchos de ellos ni siquiera se admitía a toda cuanta persona pudiera ser sospechosa de SIDA, (el diagnóstico era realizado “a ojo”, pues el llamado test del SIDA o de VIH no se puso en marcha hasta el año 1985, es decir despúes de la declaración de Gallo).

El SIDA después de la declaración de Robert Gallo

Es en esos años que siguen a la declaración de Gallo cuando se elaboraron las líneas generales y la estrategia de lo que sería la lucha contra el SIDA a nivel mundial, algo que es interesante conocer porque esas medidas que se adoptaron en los EE UU en esos años serían copiadas en el resto de los países, entre ellos el nuestro, por absurdas que puedan parecer cuando ahora las analizamos.

En 1986 la Academia Nacional de Ciencias de los EE UU (NAC) nombró un comité para enfrentarse al problema del SIDA, presidido por David Baltimore, un destacado e influyente virólogo. Este comité, tras estudiar las “pruebas” de Gallo-Montagnier, llegó a la conclusión de que “la evidencia de que el virus VIH causa el SIDA es científicamentes concluyente”.

Según el Dr. Peter Duesberg, de cuyo libro Inventing the AIDS virus están tomados, prácticamente al pié de la letra, la mayor parte de los contenidos de este trabajo, la Academia convertía la hipótesis de Gallo en un dogma de fe, siendo la primera vez en su historia que la Academia llegaba a una conclusión tomando como base una creencia, pues Gallo no tenía pruebas, ni él las proporcionó, ni ningún otro lo hizo.

Lo que el comité de la NAC hizo, según Duesberg, fue seleccionar los artíclos de Gallo para llegar a sus conclusiones, pero desgraciadamente para el Comité, en una investigación de tres años se demostró que los artículos de Gallo habían sido fabricados sencillamente en cuanto a las cifras de sus correlaciones. El otro argumento clave esgrimido por el comité fue que “el SIDA debía ser infeccioso porque algunos de los receptores de transfusiones habían desarrollado enfermedades como neumonía”. Pero de nuevo se trataba de estudios sin ningún tipo de control, nunca realizaron un estudio en el que cien hemofílicos con anticuerpos fueran comparados con otros cien sin ellos, para ver la incidencia de enfermedades en los dos grupos, la cual parece ser similar. Tampoco se hizo ningún estudio que comparara cien usuarios de drogas intravenosas seropositivos con otros cien seronegativos, o cien hijos de madres toxicómanas seropositivos con otros cien seronegativos. Todo parece indicar, según Duesberg, que la incidencia de enfermedades incluidas en la definición de SIDA es similar en seropositivos y seronegativos en cada llamado “grupo de riesgo”.

Con estos supuestos, el comité de la NAC, constituído por ventitrés prestigiosos científicos, diseñó un ambicioso programa con fondos crecientes y supervisión central, con el fin de crear un amplio consenso en los EE UU, unificando los esfuerzos de los científicos y la sociedad entera en la guerra del SIDA. El programa era más ambicioso aún que el de la guerra de la polio o incluso que el de la lucha contra el cáncer y permitiría la adopción de medidas extraordinarias que habitualmente pueden encontrar resistencia por parte de la población.

El estamento investigador se incrementaría con fondos sin precedentes, oficiales de salud podrían adoptar medidas de emergencia, se implicaría en la guerra del SIDA a las agencias de las Naciones Unidas y a los gobiernos extranjeros.

El Instituto de Medicina y la Academia Nacional de Ingeniería patrocinarían el proyecto y los fondos para llevarlo a cabo procederían de importantes fuentes, como la Carnegie Corporation of New York, la Jhon D. y Catherine T. MacArthur Foundation, la Andrew W. Mellon Foundation y la Fundación Rockefeller.

Varios miembros de Servicio de Inteligencia de Epidemias del CDC, como David Fraser o Thomas Grayston, que pasó a presidir el Grupo de Trabajo de Epidemiología, así como otros importantes miembros del CDC participaron en esta comisión. Burroughs Wellcome, (ahora Glaxo-Wellcome-Smith-Klein), fabricante del AZT, así como Hoffman-La Roche, fabricante del Ddi, enviaron cada una un representante.

El comité pretendía la movilización de la nación entera en esta guerra. Según las instrucciones de la NAC, el comité evaluaría métodos de control y lucha contra el SIDA, redactaría un documento delineando las estrategias, instaría al Congreso para la adopción de medidas, haría recomendaciones a la comunidad científica, a los médicos, a los organismos estatales y locales, a las corporaciones privadas y al público. Naturalmente, todo aquel que no cooperara con los objetivos del comité sería tachado de “contraproducente”, cuando no de “irresponsable” o de “peligroso”.

Confronting AIDS, la Biblia del estamento del SIDA

En agosto de 1986 el Comité publicó, bajo el título de “Confronting AIDS”, un libro cuyas recomendaciones serían adoptadas universalmente como un anteproyecto de la guerra del SIDA a nivel mundial. Este libro hacía recomendaciones en cuatro áreas: amplio programa de investigación, financiamiento público, medidas de salud pública y esfuerzos paralelos en el extranjero.

En el terreno de la investigación científica el Comité alardeaba del “descubrimiento del VIH” y su “indudable identificación como la causa del SIDA” como un supuesto triunfo y un ejemplo de investigación bien fundamentada.

Aquellos científicos que estaban esperando alguna evidencia científica de la “indudable indentificación” del VIH como causa del SIDA, recibirían como respuesta la afirmación “ex catedra” aparecida en la edición de 1988 de Confronting AIDS: El comité cree que la evidencia de que el VIH causa el SIDA es científicamente concluyente”. El Comité no tenía nada más que ofrecer que su creencia en Gallo, Montagnier y otros “descubridores del VIH”.

Fue basándose en esta suposición que se delinearon las futuras necesidades de la investigación: se estudiaría la estructura genética del VIH por parte de los biólogos moleculares, (al no haber sido aislado el virus como Dios manda, eso quiere decir que se estudiaría lo que Gallo-Montagnier entendían como “virus VIH”), los bioquímicos analizarían las funciones de las “proteínas virales”, (es decir, lo que Gallo-Montagnier entendían por tales), los virólogos examinarían cada detalle del proceso infeccioso, se desarrollarían más tests para el VIH, se investigaría con animales, etc. Vastas sumas de dinero serían empleadas para hacer seguimientos de las personas “infectadas”, los farmacólogos se ocuparían de desarrollar una serie de drogas para destruir el virus, (el Comité sugería ya específicamente el AZT, Ddi, Ddc, entre otras) y, por supuesto, tendrían que inventarse vacunas contra el virus.

Todo el programa estaba encarrilado en una dirección, el VIH, ningún dinero iba destinado a la investigación de otras posibles hipótesis y si bien el Comité elaboró una lista de “posibles cofactores” que podrían contribuir al SIDA, sobre todo agentes infecciosos como los citomegalovirus u otros microbios, lo cierto es que apenas se concedía importancia a otros factores como la desnutrición, vieja causa conocida asociada a la inmunodeficiencia adquirida, (como que es la primera causa objetiva a nivel mundial a la hora de
provocar muertes por inmunodeficiencia), ni mención siquiera al abuso de drogas.

Siguiendo a Duesberg prácticamente al pié de la letra, este documento no consiguió aclarar las dudas de una serie de investigadores que, después de la conferencia de Gallo, habían puesto en duda, en privado, la hipótesis viral.

El documento, según refiere Duesberg, también sugería que los fármacos que se estaban probando para el tratamiento del SIDA no iban a precisar de los controles habituales apropiados, sobre todo grupos “placebo”, una recomendación que se utilizaría más tarde para la aprobación del DdI, el Ddc y, con toda seguridad, los que vinieron después. Esto, traducido al lenguaje llano quiere decir que esos fármacos tóxicos, (todos ellos eran fármacos de quimioterapia del cáncer), no iban a precisar de unos estudios mínimos que demostraran si eran mejores que no tomar nada. Si no eran precisos esos estudios, conclusión, ¿Con quienes se experimentaría? Con los enfermos, al fin y al cabo, como ya se había anunciado que el SIDA era un mal “incurable”,…Por supuesto, las muertes provocadas en años sucesivos por estos fármacos, sobre todo por el AZT, solo o asociado con el Septrim o Bactrim, serían cargadas a la cuenta del virus.

Más tarde, el Comité haría un llamamiento para incrementar a un billón de dólares el presupuesto federal para la “investigación del SIDA”. Gran parte de ese dinero, como se recomendaba, fue utilizado para atraer a gran número de científicos hacia la “causa del VIH”.

En cuanto al financiamiento público, el Comité calculó los costes del cuidado médico para cada paciente, decidiendo que estos costes fueran en el futuro financiados con fondos públicos. Para ello el Comité se dirigía a la población, la cual “tenía la obligación ética de asegurar que todas las personas recibiean cuidados médicos adecuados”.
Por “cuidados adecuados” se entendía, puesto que la infección por VIH se consideraba fatal y sin tratamiento, el proporcionar drogas tóxicas como el AZT o simplemente confortar a los enfermos hasta la muerte.

En el apartado de medidas de salud pública, cualquier acción destinada a detener el virus estaba justificada, incluso si causaba pánico en la población, o si estimulaba el uso de drogas ilegales o afectaba a las libertades y derechos civiles. El Comité hacía hincapié en los programas de educación y en la difusión de la práctica del test y como ejemplo de lo que entendía por “educación”, la recomendación del uso de condones y de jeringas estériles para la administración de drogas.

Dado que las embarazadas podían “transmitir el VIH”, el Comité aconsejaba a las mujeres con riesgo de infección por VIH que consideraran aplazar el embarazo, también se recomendaban tests de VIH disponibles con facilidad para toda la población, eso sí, sobre una “base voluntaria”.

Medidas más radicales podrían ser adoptadas por el Comité. Donald Francies, un destacado oficial del CDC, en un discurso ante sus colegas, proponía cinco pasos para incrementar la autoridad del CDC, estos incluían:

– Dotar al CDC de un “status especial” que lo volviera inmune al control de los electores con una legislación especial que lo protegiera de cualquier control político.

– Garantizar los necesarios cuidados de salud a los “infectados”, como un medio de tenerlos identificados y controlados.

– Tolerar el uso de droga, como un modo de prevenir el intercambio de jeringas usadas. Se incluía la prescripción de metadona o heroína como un modo de eliminar las actividades peligrosas que rodean a las drogas. Francis llamó incluso a esto “inyección sana”. Pero, se pregunta Duesberg, ¿Qué pasa si la heroína por sí misma causa SIDA? Pues que en ese caso, los contribuyentes estarían financiando la muerte de los adictos, (por si no lo hicieran ya al financiar su intoxicación masiva con los costosos y tóxicos fármacos).

– Mayor intervención federal a la hora de producir vacunas.

– Centralizar lo relativo al SIDA en una autoridad, en una palabra, aumentar la autoridad y el poder de control del CDC. El organismo llevaría un registro central con las identidades de los “infectados”, obtenida por medio de cualquier fuente imaginable, desde los hospitales, clínicas de enfermedades venéreas, consultas de médicos, incluso cárceles. Se registrarían también todos los contactos sexuales de los “infectados”, tarea nada fácil si tenemos en cuenta que algunos de los homosexuales decían haber tenido cientos o miles.

Pasando por encima de cualquier autoridad local el CDC abogaba por incrementar los programas educativos en las escuelas, eliminando cualquier resistencia por parte de los padres.

En cuanto a los esfuerzos paralelos en el extranjero, el Comité, a través de su publicación Confronting AIDS, recomendaba extender estos esfuerzos a las otras naciones, lo que implicaba la colaboración en la investigación con científicos extranjeros, así como la puesta en marcha de programas de salud, distribución de condones incluída, en esos países. Se recomendaba incrementar la ayuda a la Organización Mundial de la Salud (OMS) para la puesta en marcha de medidas de salud pública. Ese mismo año la OMS publicó un libro que diseñaba el plan de acción contra la epidemia, el cual incluía cuarentenas, inmunizaciones masivas, restricciones a los viajeros, etc.

El Comité propuso también la creación de una comisión presidencial para supervisar la lucha contra el SIDA, la cual desde 1989 ha sido patrocinada por el Congreso y la Presidencia, repitiendo las mismas consignas de Confronting AIDS.

Todas estas recomendaciones serían llevadas a la práctica con verdadero entusiasmo, según Duesberg, con un auténtico espíritu de situación de guerra y, claro, una guerra pide acción y no reflexión sosegada.

Al mismo tiempo y para prevenir cualquier discrepancia con estos planes, el stablishment se preocupó desde el primer momento de prevenir cualquier oposición, toda la nación sería llamada a participar, los que no se unieran serían tildados como “apáticos” y los que hicieran demasiadas preguntas sobre la hipótesis del virus serían etiquetados como “negativos” o cosas peores.

El Instituto Nacional de la Salud (INH), suministraría también billones de dólares a la investigación del VIH, con lo que muchos científicos tuvieron fácil acceso a subvenciones, mientras que otros muchos aprenderían que no era nada conveniente plantear preguntas si querían acceder a ellas. La consecuencia de esto es que la inmensa mayoría de los científicos se alistaron, sin mayor vacilación, bajo la bandera del VIH.

El CDC se destacó como la principal agencia gubernamental de salud primera línea contra la epidemia, difundiendo las “medidas de prevención” entre la población, pensando más como activistas, (o más bien agitadores), que como investigadores. Lo esencial de su labor era, en palabras de un oficial del CDC,“persuadir a la población para que viera el SIDA como un problema infeccioso”.

Creación y financiación de grupos y asociaciones por el CDC

Pero había un problema que limitaba la influencia del CDC en la opinión pública y es que estos mensajes estaban asociados siempre a las siglas del CDC, por lo que este organismo decidió aumentar su influencia en el público de modo indirecto, es decir, por medio de otras organizaciones. Es así como se destinaron diez millones de dólares a los gobiernos de los estados para ser distribuidos en las nuevas sedes locales creadas para el control del VIH.

El dinero iba acompañado de las correspondientes instrucciones según las directrices del CDC.

El CDC, reconociendo la influencia de ciertas organizaciones de base y asociaciones privadas en sus respectivos ámbitos, estableció vínculos con ellas solapadamente a través de subvenciones. Comenzó con la importante USCM, la cual se vió beneficiada con fondos crecientes que servirían para ayudar a grupos ya existentes contra el SIDA o para la creación de otros nuevos. Según Duesberg, a principios de los 90, unos 300 grupos habían sido creados, directa o indirectamente, por el CDC. Apretar el botón en la sede local del CDC en Atlanta o Georgia suponía la actuación al unísono de toda una amplia gama de asociaciones privadas y de grupos de “activistas” del SIDA. A cualquiera le daría la impresión de ser algo completamente espontáneo. La mayoría de estos grupos de activistas contra el SIDA eran grupos de homosexuales, a través de los cuales el CDC llegó a influir por completo en la comunidad homosexual norteamericana.

Mientras financiaba la creación de estos grupos de activistas, el CDC dirigió su dinero e influencia a otros grupos cívicos con influencia en otros sectores de la sociedad. Decenas de millones de dólares se destinaron a la Cruz Roja Americana, dentro de un acuerdo de cooperación que dió al CDC un inmenso control sobre esta institución. A su vez, la rama americana de la Cruz Roja presionaría a la Cruz Roja Internacional y a la Media Luna Roja, con el fin de difundir la doctrina del VIH/SIDA en todo el mundo.

La influencia del CDC se extendió, a golpe de talonario, a un sinfín de asociaciones, desde asociaciones de maestros, empleados municipales, asociaciones en defensa de las minorías,..hasta grupos religiosos.

También formó una asociación con la Asocación Americana de Personas con SIDA, grupo que patrocinaría una reunión anual de todo tipo de grupos de activistas del SIDA.

El papel de ciertas compañías farmacéuticas

Otra fuente muy importante de fondos para la guerra del SIDA fue Burroughs Wellcome, la compañía fabricante del AZT, la cual se sumó a estos esfuerzos en 1987, una vez que esta droga fue aprobada para su empleo en los enfermos de SIDA y como un modo de proteger sus intereses. La compañía Wellcome ha suministrado dinero a la mayoría de las organizaciones y grupos de los EE UU relacionados con el SIDA, unas dieciséis mil según Duesberg, desde las asociaciones que sostienen la investigación hasta los grupos más radicales, con fama de feroz independencia, como el grupo ACT UP. Muchas de ellas, con fama de radicales, fueron calmando sus críticas a medida que el dinero empezaba a llegarles.

En el lugar más destacado del stablishment del SIDA se situaba la American Foundation for AIDS Research (AmFAR) o Fundación Americana para la Investigación del SIDA. Fundada en 1985 por Michael Gottlieb, el médico que describió los primeros cinco casos de SIDA y Mathilde Krim, una investigadora que participó en la guera del cáncer y que ahora desempeñaba, como otros muchos cientificos de aquella guerra, un papael destacado en la guerra del SIDA. La AmFAR alcanzó notoriedad gracias a sus conexiones con Hollywood, sirva de ejemplo el caso de Elisabeth Taylor y Bárbara Streisand, las cuales sirvieron de reclamo a la hora de difundir el mensaje del SIDA y de organizar campañas de recogida de fondos. Burroughs Wellcome contribuyó con la suma de un millón de dólares en 1992, así como contribuyó con grandes donaciones la Fundación Bristol-Myers- Squibb, ligada a la compañía farmacéutica del mismo nombre y fabricante del Ddi (Videx).

El papel de ciertos grupos de activistas homosexuales

Dentro de los grupos más radicales del activismo del SIDA en los EE UU se encontraba Project Inform de San Francisco y el ya citado antes y muy conocido, ACT UP. Project Inform fue fundado por el activista Martin Delaney, quien empezó criticando el uso del AZT en el SIDA. Martin Delaney había escrito un libro, “Estrategias para la supervivencia”, en colaboración con otro autor, donde advertía a los hombres gays de los desastrosos efectos de los “poppers”, así como de la cocaína, heroína y anfetaminas, (de elevado consumo en aquella época), recalcando los efectos inmunodepresores de estas drogas. La donación de 150.000 dólares por parte de la compañía Wellcome y otros 200.000 por parte de Bristol-Myers-Squibb, cambió radicalmente el modo de pensar de Delaney, al extremo de convertirse en un feroz crítico de la postura de Duesberg en periódicos y revistas.

Otro tanto aconteció con Larry Kramer, conocido activista de los derechos de los homosexuales americanos, el cual pasó de tener una postura muy crítica con el estamento oficial del SIDA, (en un principio ni siquiera reconocía la existencia del SIDA), a difundir las consignas del CDC en cuanto a prevención y tratamiento, AZT incluído. Kramer había fundado en 1982 el Gay Men´s Health Crisis, GMHC, pues bien, un exdirector ejecutivo de este grupo reconocíó al escritor John Lauritsen que el grupo había recibido fondos de la compañía Wellcome, si bien evitó decir la cantidad. Kramer fundaría otro grupo más radical en 1987, ACT UP, grupo que se encargaría de presionar a la FDA, el organismo encargado de la aprobación de drogas y alimentos en los EE UU, para que se aprobaran más fármacos contra el SIDA. La compañía Wellcome desarrolló estrechas relaciones con el grupo, el cual fue promocionado para asistir asiduamente a las conferencias internacionales sobre el SIDA, (esas macroconferencias, auténticos festivales de las empresas farmacéuticas, que se vienen celebrando cada dos años). En la Novena Conferencia Internacional, celebrada en Berlín en 1993, unos 300 miembros de ACT UP viajaron y se alojaron en hoteles con piscina, con los gastos cubiertos por la compañía Wellcome, así mismo un representante de ACT UP de Londres reconocíó que su grupo había recibido 50.000 libras de la firma.

La Novena Conferencia de Berlín fue pródiga en cuanto amenazas e intimidaciones que llegaron a la agresión fisica, protagonizadas por miembros de ACT UP, el propio servicio de orden de la conferencia y el mismo Martin Delaney, contra un pequeño grupo de disidentes, periodistas y
participantes críticos. El propio Robert Gallo sorprendió a propios y extraños cuando, para hacer frente a las incómodas preguntas de los periodistas echó mano nada menos que de sus guardaespaldas. “¿Desde cuándo un científico acude a los congresos rodeado de guardaespaldas?”, se preguntaría más tarde Joan Shenton, directora de Meditel, una productora independiente de televisión que ha ganado importantes premios por sus trabajos sobre el SIDA en el Reino Unido.

Los medios de comunicación

Los medios de comunicación han sido desde el principio otro de los grandes objetivos del CDC en la guerra del SIDA. Para hacerse con su control el CDC fundó grupos como la National Association of Broadcasters, la principal asociación dentro de los profesionales de la radio y tv de los EE UU, con unas 6000 emisoras de radio y televisión. Muchos políticos y periodistas, cuando no consultan sobre el SIDA al CDC lo hacen a estas asociaciones, pensando ingenuamente son independientes.

Mediante estos métodos irregulares, el CDC se ha asegurado unos medios de comunicación dóciles y sin capacidad crítica, lo que le ha servido para promover el miedo al SIDA entre la población. De este modo, al CDC le fue factible ir alargando periódicamente el supuesto “período de latencia” del virus, (tiempo que está sin producir la enfermedad), desde 10 meses al principio, dos años después, luego 5 años, luego 10 y finalmente 20 ó 30 años. Del mismo modo, el CDC ha conseguido crear la ilusión del aumento de casos de SIDA mediante el procedimiento de redefinir periódicamente el SIDA, es decir, incluyendo periódicamente nuevas enfermedades dentro de la definición de SIDA, de esa forma, al ir ampliando la definición de SIDA con la inclusión de nuevas enfermedades, aumentan automáticamente los casos de SIDA. En circunstancias normales, unos medios de comunicación mínimamente críticos habrían hecho preguntas.

La censura directa, tanto en los medios de comunicación como en las publicaciones científicas, es otro de los aspectos analizados ampliamente por Duesberg en Inventing the AIDS virus, un libro que debiera ser de obligada consulta para todo aquel, profano o académico, que quiera documentarse un mínimo en el tema del SIDA.

Cada vez que en estos últimos 15-20 años ha surgido algún dato o cuestión que ponía en duda la visión oficial del virus del SIDA, el stablishment del SIDA ha desplegado todo tipo de medios para ahogar el debate científico, de ahí que sea tremendamente difícil que versiones científicas críticas sobre el SIDA lleguen al público. A pesar de todo, como ha sido reconocido por los propios expertos oficiales, la llamada disidencia del SIDA no deja de crecer.

El mismo fenómeno de “institucionalización del VIH” que se dio en los EE UU (donde sólo falta el “Ministerio para el VIH”), se reprodujo fielmente en el resto de los países: comisiones nacionales, fundaciones privadas, grupos anti-SIDA subvencionados tanto con fondos públicos como privados,…La guerra contra el SIDA ha creado una multitud de semi-funcionarillos que, bajo la apariencia de activismo espontáneo y defensa de los derechos de los “infectados”, repiten las consignas oficiales y actúan de acuerdo a los intereses de las farmacéuticas y no de los colectivos que dicen defender. Un ejemplo de los extremos hasta dónde llega ese activismo lo refirió Michael Callen, un superviviente de SIDA de 12 años, que se esforzó por infundir esperanza a los enfermos de SIDA, encontrándose con la inesperada oposición de estos activistas a su mensaje de esperanza. La razón aducida era que, si se decía que el SIDA no era fatal, dificultaría la consecución de más fondos gubernamentales para luchar contra el SIDA. Al mismo tiempo se puede argumentar que la falaz afirmación de que el SIDA es fatal, facilita el empleo de unos caros y tóxicos fármacos que de otro modo nadie tomaría.

Otro ejemplo de manipulación del miedo de la población ocurrió en 1993, cuando un importante artículo científico concluyó que el SIDA no se estaba expandiendo en la población general y permanecía confinado, en su mayoría, en los mismos grupos de riesgo que al principio. A pesar de que era una evidencia que los propios oficiales del CDC no podían negar, David Rogers, vicepresidente de la Comisión Nacional del SIDA, denunció el artículo porque, (textualmente), “inducía a los norteamericanos a no tener miedo”. Pero lo cierto es que, según se desprende de los propios datos oficiales y a pesar de los mensajes que hablan de la expansión de la epidemia entre los heterosexuales, el SIDA ha permanecido confinado, al menos en sus tres cuartas partes, en los mismos grupos de riesgo que al principio de la llamada epidemia. El mismo Lluc Montagnier admitió abiertamente hace unos años, en unas declaraciones hechas al periodista francés Djamel Tahi contenidas en el video “SIDA, la duda”, que “no ha habido una cadena de transmisión que se haya establecido. Luego no hay transmisión heterosexual importante y pienso que no la habrá” y en el
mismo sentido se pronunció en el verano de 2008 el director de ONUSIDA.

Desde hace 25 años, todo dato, observación o estudio científico que no encaja con el dogma oficial del SIDA infeccioso es hábilmente silenciado, tergiversado o censurado rápidamente, con la excusa de ser un mensaje “peligroso para la población”. Así sucedió cuando empezaron a aparecer casos de sarcoma de Kaposi seronegativos o cuando empezaron a surgir evidencias de “SIDA sin VIH”, así como otros importantes eventos, como el juicio de Gottingen, que echan por tierra la visión oficial del SIDA. Una de las mejores estrategias del stablishment del SIDA, vista su incapacidad para defenderse con argumentos, es, además de la censura y las presiones bajo cuerda, el silencio.

Manuel Garrido Sotelo, para Superando el Sida.
Santiago 24 de febrero de 2010

(1) “Las caóticas consecuencias del mito de la transmisión del SIDA”, Dr. Roberto Giraldo, Barcelona, julio 2002, vídeo disponible en la AMC, www.amcmh.org

Imagen tomada de http://www.murciasalud.es

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