La catástrofe de la postmodernidad.


Madonna, “¿Lo estamos pasando bien?”, propaganda de supermercado, Milli Vanilli, realidad virtual, “compra hasta morir”, la gran aventura de PeeWee, ordenadores cada vez más potentes, megacentros comerciales, Taiking Heads, películas basadas en cómics, consumo “verde”. Toda una construcción de lo cínico y lo decididamente superficial. Un anuncio de Toyota: “Nuevos valores: ahorrar, cuidarse… toda esa historia”; la revista Details: “El estilo es lo que importa”; “¿Qué más da el motivo? Bebe Bud”; vemos la televisión sin parar aunque la critiquemos. Incoherencia, fragmentación, relativismo… hasta llegar a desmantelar la noción misma de significado (¿tal vez porque la huella de la racionalidad ha sido tan superficial?); se adopta lo marginal, pero se ignora cuan fácilmente se ponen de moda los márgenes. “La muerte del sujeto” y “la crisis de la representación”.

La postmodernidad. Un tema que nació dentro de la Estética y que, según Ernesto Laciau, ha ido colonizando “campos cada vez más amplios hasta convertirse en el nuevo horizonte de nuestra experiencia cultural, filosófica y política”. Richard Kearney tiene “la convicción cada vez más firme de que la cultura humana tal y como la hemos conocido… está llegando a su fin”. Se trata, en especial en los Estados Unidos, de la intersección de la filosofía postestructuralista con una situación social generalizada; del ethos especializado con algo mucho más importante: la llegada de lo que presagiaba la sociedad industrial moderna. La postmodernidad es la contemporaneidad, una confusión de soluciones aplazadas por doquier que representa la ambigüedad, la negativa a ponderar orígenes o finales y el rechazo a enfoques basados en conceptos opuestos, ‘el nuevo realismo’. La PM (postmodernidad) es un milenarismo invertido que no significa nada ni va a ningún sitio, una cristalización que recoge los frutos del sistema de ‘vida’ tecnológico del capital universal. No es casualidad que la Universidad Carnegie-Mellon, que en los años ochenta fue la primera en exigir que todos sus estudiantes se equiparan con ordenadores, haya creado “el primer curriculum postestructuralista de la nación”.

El narcisismo consumista y un ‘¿qué más da?’ cósmico marcan el fin de la filosofía como tal y dibujan un paisaje de “desintegración y decadencia sobre el telón de fondo de la parodia, el kitsch y el agotamiento”, según Kroker y Cook. Henry Kariel concluye que “para los postmodernos es sencillamente demasiado tarde para oponerse a la inercia de la sociedad industrial”. Superficie, novedad, contingen- cia… no quedan campos disponibles para criticar nuestra crisis. Si el postmoderno característico se resiste a los resúmenes y a las conclusiones en pro de un supuesto pluralismo y de una apertura de miras, también es razonable (si se me permite utilizar semejante palabra) predecir que incluso si llegáramos a vivir en una cultura completamente postmoderna ya nunca sabríamos cómo afirmarlo.

La primacía del lenguaje y el fin del sujeto

En el terreno del pensamiento sistemático, la creciente preocupación por el lenguaje es un factor clave para explicar la estrechez mental y la resignación postmodernas. El llamado “descenso al interior del lenguaje” o “giro lingüístico” ha integrado los supuestos postmodernos-postestructuralistas según los cuales el lenguaje constituye el mundo humano y el mundo humano constituye el mundo entero.

Durante la mayor parte de este siglo el lenguaje se ha ido situando en el centro de la escena filosófica, con figuras tan diversas como Wittgenstein, Quine, Heidegger y Gadamer, al tiempo que se ha observado una tendencia similar durante varias décadas en la ciencia y en la tecnología, que han prestado cada vez más atención a la teoría de la comunicación, la lingüística, la cibernética y los lenguajes de programación. Este giro tan pronunciado hacia el propio lenguaje fue saludado por Foucault como “un salto decisivo hacia una forma de pensamiento totalmente nueva”. Sin embargo, también se puede explicar en parte como una consecuencia del pesimismo que siguió al marchitar de la oposición de los años sesenta. Los años setenta vivieron una retirada alarmante hacia lo que Edward Said llamó “laberinto de textualidad”, en contraste con la actividad intelectual mucho más insurrecta del periodo anterior.

No resulta paradójico que “el fetiche de lo textual hable por señas en una era en que los intelectuales son despojados de sus palabras”, como señaló Ben Agger. El lenguaje está cada vez más degradado y privado de significado, especialmente en su uso público. Nunca más se podrá contar con las palabras, se trata de una corriente anti-teórica tras la cual se percibe una derrota mucho mayor que la de los sesenta: la derrota de la Razón Ilustrada. Nos hemos apoyado en el lenguaje como si fuera el siervo sonoro supuestamente transparente de la razón, y ¿dónde nos ha llevado? Auschwitz, Hiroshima, el sufrimiento psíquico masivo, la amenaza de destrucción inminente del planeta, por nombrar sólo algunas consecuencias. Es entonces cuando llega la postmodernidad, con sus direcciones y giros aparentemente extraños y fragmentarios. Edith Wyschograd, en Santos y postmodernidad (1990) no sólo corrobora la omnipresencia de la ‘visión’ PM -parece que ya no quedan campos fuera de su alcance- sino que va más allá cuando afirma que “la postmodernidad como estilo discursivo ‘filosófico’ y ‘literario’ ya no puede apelar directamente a las técnicas de la razón, por ser éstas instrumentos propios de la teoría, sino que debe inventar nuevos y
necesarios modos esotéricos de minar los dogmas de la razón”.

El antecedente inmediato del postestructuralismo-postmodernismo, que triunfó en los cincuenta y gran parte de los sesenta, se había organizado en torno a la importancia que le proporcionaba el modelo lingüístico. El estructuralismo lanzó la premisa de que el lenguaje constituye nuestro único acceso al mundo de los objetos y a la experiencia y, por extensión, que el significado surge completamente a partir del juego de las diferencias dentro de los distintos sistemas culturales de signos. Lévi-Strauss, por ejemplo, argumentaba que la clave de la antropología radica en sacar a la luz las leyes sociales inconscientes (como las que rigen las ataduras y las conexiones matrimoniales), que se estructuran como el lenguaje. El lingüista suizo Saussure influ- yó poderosamente en la postmodernidad al subrayar que el significado no reside en la relación entre una expresión y aquello a lo que se refiere, sino en la relación entre unos signos y otros. Esta creencia saussuriana en una naturaleza cerrada y autorreferencial del lenguaje implica que todo se determina dentro del lenguaje, con lo cual acaban por descomponerse nociones tan curiosas como alienación, ideología, represión, etc., y se concluye que lenguaje y conciencia son casi lo mismo.

En esta trayectoria de rechazo a la idea del lenguaje como un mecanismo externo generado por la conciencia aparece el neofreu- diano Jacques Lacan, también muy influyente. Para Lacan, no es sólo que la conciencia esté completamente saturada por el lenguaje y no tenga existencia propia fuera del mismo, sino que, además, “lo inconsciente se estructura como un lenguaje”.

Ya habían sugerido pensadores anteriores, principalmente Nietzsche y Heidegger, que un lenguaje diferente o una relación dife- rente con el lenguaje conduciría de algún modo a nuevas e importantes revelaciones. Con la orientación lingüística de los últimos tiempos se tambalea hasta el concepto del individuo que piensa como base del conocimiento. Saussure descubrió que “el lenguaje no es una función de un sujeto que hable”. Roland Barthes, cuya carrera ha seguido los periodos estructuralistas y postestructuralistas, decidió que “es el lenguaje quien habla, no el autor”, en paralelo a la observación de Althuser de que la historia “es un proceso sin un sujeto”.

Si el sujeto se entiende tan sólo como una función del lenguaje, entonces la mediación supresora que ejercen el lenguaje y el orden simbólico en general debe pasar directamente al primer punto en el orden del día. De este modo la postmodernidad ha abortado todo intento por comunicar lo que hay más allá del lenguaje, de ‘presentar lo impresentable’. Gracias a la duda radical sobre la existencia de cualquier referente en el mundo más allá del lenguaje, lo real escapa a consideración. Jacques Derrida, la figura sobre la que pivota el ethos postmoderno, procede como si la conexión entre las palabras y el mundo fuera arbitraria. Para él, el objeto no tiene función alguna.

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John Zerzan | Futuro Primitvo (1994)

Imagen de cabecera tomada de lapala.cl

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