La narcótica del poder y el autoengaño.


La adoración del poder como crimen.

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(Dedicado a todos aquellos que aman a sus amos) La atribución por tu parte, de diferentes virtudes, como la bondad o la honestidad, a los hombres de poder, cuyo único objetivo es el sometimiento del mayor número de personas posible a sus caprichos o intereses (vístase esto con las mejores intenciones que se quiera), es sólo una forma, como otra cualquiera, de engañarte a ti mismo; de autoconvencerte de lo bien que hiciste en firmar con ellos un contrato que te permite malvivir en su sistema social jerarquizado, en el que tales hombres ocupan el escalón superior, y tú el inferior. Un contrato con el que decidiste entregarles tu libertad y toda aspiración emancipatoria.

La adoración que expresas por ellos es tan sólo un método muy sutil de ocultar tu incompetencia, tu cobardía, tu pereza… o, incluso, el miedo a perder todos esos vicios con los que, muy hábilmente, nos fueron corrompiendo (a mí como al que más).
Hablemos claro, el poder y los hombres que lo ejercen sólo tienen un objetivo: nuestro sometimiento, para lo cual, la bondad y la honestidad son características que no se pueden permitir, básicamente, porque ningún hombre bondadoso u honesto desearía tal objetivo, es decir, la supeditación del resto de los mortales a sus deseos. Por el contrario, sólo la perfidia y la mentira son útiles para la consecución de un fin así.

El ejercicio del poder y de la dominación es lo más pernicioso que puede existir para el pleno desarrollo de otras vidas. Obligar a un ser humano a someterse es como obligar a un árbol a truncar su crecimiento; como cortarle las alas a un pájaro.
Aceptar voluntariamente la lógica del poder (dominación-sometimiento), llegando incluso al esperpento de adorar a los hombres que lo ejercen (capaces de todo lo peor con tal de mantenerse en su privilegiada posición), es la manera más común de engañarse a uno mismo y a la propia conciencia, para justificar la aceptación de un perverso contrato, cuya única finalidad es la renuncia al objetivo principal de toda vida humana, es decir, la renuncia al desarrollo pleno y libre de nuestra existencia; es una manera de taparnos los ojos para aceptar más cómodamente la voluntaria decisión de morir en vida. Una decisión contra natura, que dice mucho de la condición de la especie humana.

El encumbramiento de los hombres de poder, y, con ello, la aceptación voluntaria del sometimiento, es lo más parecido que puede haber a un suicidio. Sin duda alguna, es algo que debería ser condenado como un crimen contra lo más profundo de nuestra esencia humana.

La política como opio (o el idealismo como gran embaucador).

Esperar el paraíso en la tierra, tal y como propone la política, constituye la misma narcótica estupidez que esperarlo en el cielo, como nos propone la religión. Pues la política, como la religión, contiene una serie de elementos opiáceos muy parecidos, y que, en última instancia, afectan de un modo similar al “pueblo“.

La política, al igual que la religión, nos ofrece una interpretación de la vida, en general, y de la naturaleza humana, en particular, muy diferente a cómo en realidad es y de cómo verdaderamente funciona, gracias a su engañosa visión idealista. Un idealismo nada inocente ni cándido, sino, más bien, todo lo contrario (¡ya iba siendo hora de que alguien lo dijera!), pues sobre él se cimientan los muros de nuestra prisión interior.

Este embaucador idealismo es el principal responsable de nuestro progresivo distanciamiento con respecto a nosotros mismos y con respecto a la vida; pues como el opio, como la religión, la política y su idealista visión de la realidad hacen que seamos incapaces de vivir plena, auténtica e independientemente nuestras vidas, al hipotecar todo a un futuro que nunca llega, ni llegará, simplemente porque no existe y porque además es imposible.

Comprender esta verdad, y saber que todo lo que nos propone la política (igual que la religión, la economía…) no son más que puras quimeras, ilusiones irrealizables, falsas esperanzas, no nos debe llevar al abatimiento o a la desesperación, sino a plantearnos y a vivir nuestra vida de una forma muy diferente a cómo, hasta ahora, han querido que nos la planteáramos y la viviéramos, es decir, sin vivirla; pues mientras, seducidos por sus mentiras, esperábamos su ideal, su paraíso, renunciábamos a vivir nuestra vida, aceptando vivir para ellos.

Esa, y no otra, es la función de la política: anularnos, para que cuando estemos completamente anulados, seamos nosotros mismos quienes nos encarguemos de anular a otros. Por eso, si algún día decides renunciar a la política y a todas sus ficciones, para vivir realmente tu vida, no te extrañes cuando veas aparecer entorno a ti, por todos los lados, esa nueva especie de predicadores amenazándote con la “condenación eterna de tu alma” por renunciar a “luchar” para mejorar su sociedad de rebaño, por no sacrificar tu vida en pos de su opiáceo ideal, por no creer en sus paraísos terrenales; pues ten muy claro que no descansarán hasta conseguir sus objetivos: que sigas siendo rebaño, que no vivas, que no seas libre; en definitiva, que seas suyo; algo que, por otra parte, sólo pueden conseguir porque nosotros se lo consentimos.

Y sólo con nuestro consentimiento pueden lograrlo, porque quizás la verdadera causa de nuestra esclavitud esté en nuestro interior y no en el exterior; porque quizás nuestros deseos y “supersticiones” sean nuestros auténticos carceleros; porque quizás nosotros mismos seamos quienes, por aceptar como cierto ese falso y embaucador idealismo, nos hayamos puesto las cadenas que ahora arrastramos; por eso, y como ya dijeran otros antes, quizás sólo renunciando a ese futuro ficticio, a ese opiáceo paraíso, sólo así, sea posible vivir plenamente el presente, conseguir la armonía con la naturaleza (nuestro único y verdadero “sistema”), hacerse con el control definitivo de nuestra propia vida. Pero todo esto, te digan lo que te digan, es algo que sólo podrás descubrirlo tú.

No te engañaré: se trata de una tarea harto difícil, pues no consiste en romper con una forma de pensar que llegó hoy o ayer, sino con algo, con unas “ideas“, que llevan siglos con nosotros.

¿De qué os INDIGNÁIS si sois vosotros los que habéis decidido no ser libres?

¿Por qué gritáis así? ¿Por qué protestáis de esa forma? ¿De qué os INDIGNÁIS? Si vuestra decisión ha sido y sigue siendo la de aceptar ser esclavo de otro; siervo de otro, ateneos ahora a las consecuencias. Deberíais de saber, que lo que os está pasando no es más que la consecuencia de vuestra voluntaria decisión de renunciar a la libertad y optar por la servidumbre.

¿Qué es lo que queréis? ¿Seguir siendo esclavos, pero con los grilletes menos apretados? Reconoced, al menos, que no estáis dispuestos a renunciar a vuestras cadenas; que sólo las queréis hacer más llevaderas.

Esta actitud me resulta tan ridícula como la de ese grupo de bestias que protestaban porque, en lugar de llevarles al matadero por el camino que ellos querían, les llevaban por otro diferente.

Vosotros mismos estáis en algo que se parece mucho a un matadero, y da la impresión que, más importante que el hecho de que os vayan a cortar todas vuestras extremidades, os resulta el modo en que éstas han de ser cortadas. Parece que lo más importante para vosotros no es salir del matadero; escapar de él, sino la manera de estar más a gusto en su interior. Pero al matadero sólo se va por un motivo, así que, ¡dejad ya de engañaros!

Me recordáis también a esa familia de desagradecidos, a la que unos amigos invitaron a pasar las vacaciones en su casa de la montaña, y estuvieron todo el tiempo quejándose porque estaba muy lejos del mar. Si no te gusta la casa ¿por qué te empeñas en seguir en ella a toda costa? ¿No ves que la casa se hizo para servir las necesidades de sus dueños, no las tuyas? Por mucho que te empeñes en reformarla, la casa siempre cumplirá la misma función: mantenerte en la montaña, lejos del mar.

Deberíais saber ya que cuando aceptasteis voluntariamente renunciar a vuestra libertad, a cambio de la supuesta protección de las murallas del castillo, estabais aceptando también que sus dueños pudieran disponer de vuestra vida a su antojo. Recordad que, en el contrato que firmasteis, lo menos importante era vuestra individualidad. En él, renunciasteis a vosotros mismos. Ese es el verdadero y único objeto de lo que llamáis contrato social, por más colorido con el que tratéis de representárosle en vuestra mente, para ocultar la cruda realidad.

Ahora, no deberíais quejaros porque ellos ejerzan el derecho que vosotros les concedisteis, sino de haberles concedido vosotros ese derecho, y por no tener el suficiente valor o la imaginación necesaria para pensar otras formas de vida, lejos del castillo. Nuestra libertad no muere cuando alguien nos la pide, sino cuando nosotros decidimos entregarla.

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Si no te gusta el camino que te conduce al matadero ¿por qué te empeñas en seguir recorriéndolo? Si tan poco te agrada la casa que otros construyeron ¿por qué no te marchas de ella de una vez? Si tan infeliz te hace el contrato ¿a qué esperas para romperlo?

En cualquier caso, aunque consiguieseis mejorar la decoración de las paredes de la cárcel en la que vivimos, o incluso aumentar la ración del rancho en la misma, esto sólo tendría como resultado una cosa: que nuestra condición de prisioneros se haría aún más inconsciente y, por lo tanto, más imperceptibles nuestras cadenas, todo lo cual sólo haría aumentar la dificultad de librarnos de ellas, algún día.

¿No es hora ya de dejar de pensar en cómo mejorar nuestra vida en la prisión y empezar a teorizar sobre la forma de salir de ella? A menos que creamos (o queramos creer) que el hábitat natural de los seres humanos es la prisión.

¿Por qué te necesitan “indignado”?

Te necesitan indignado (incluso indignado contra los indignados) para que reacciones; para que actúes; para que te levantes del sillón y seas tú el que, como un héroe moderno, perfeccione el sistema; el que introduzca los cambios y ajustes necesarios. Todo con el objetivo de hacerte sentir parte y autor del mismo; con el objetivo de vincularte aún más a él, de engancharte a él, de impedir que te alejes de él.

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Te necesitan indignado para que sigas jugando a su milenario juego; necesitan tu ira y tu deseo de venganza para que nunca te separes de ellos; para que seas tú mismo quien mantenga vivas todas sus estructuras y superestructuras; para que, después de que todo cambie, todo siga como está. Y cuanto mayor sea tu grado de indignación, cuanto peor concepto tengas de ellos, cuanto más les odies y más profunda sea tu rabia, mucho mejor para sus propósitos. Con tal fin, ellos mismos (por mucho que te engañes pensando que has sido tú quien lo hizo), ellos mismos, decía, son los que te han venido revelando lo “malos” que pueden llegar a ser, para que tu indignación jamás desfallezca.

Indignados, aceptadlo, vosotros sois los nuevos miserables que ellos necesitan para dejar atrás el Antiguo Orden y dar paso al Nuevo; sois el caos necesario (0) para devolver todo al orden que ellos desean; la imprescindible ruptura del círculo que asegure la perpetuación de su sistema. Cuando todo termine, volveréis a estar donde siempre estuvisteis: en la base de su sistema social jerarquizado, llámese éste liberal o autoritario; progresista o conservador; democracia o ciberdemocracia.

Seguiréis siendo los productores que los sabios necesitan para que su República funcione como lleva haciéndolo desde hace siglos. Habréis sido vosotros y vuestro miedo a la libertad; vuestra incapacidad para vivir fuera del rebaño y sin pastores, los artífices de este nuevo paso, de esta nueva revolucionarización de vuestra condición de siervos.

¡Enhorabuena, por fin lograréis que la cárcel acabe teniendo los barrotes de oro! Seguirán siendo barrotes, pero de oro al fin y al cabo. Quizás eso sea lo que realmente queríais; acaso ésta sea la razón por la que el color principal de las banderas que enarboláis sea el amarillo y no otro; quizás éste sea el verdadero motivo por el que queréis tomar las calles de su macrocárcel y no las riendas de vuestra vida; acaso por eso aspiráis a tener futuro, mientras despreciáis el presente.

Su objetivo (por encima de la victoria o de la derrota) es que nunca abandones su tablero de juego.

Dices que tus protestas están justificadas; dices que tus demandas son sobradamente razonables; dices que la revolución es necesaria, pero, una y otra vez, te empeñas en solucionar tus problemas sobre su tablero de juego. ¿No te das cuenta que es precisamente, jugando sobre ese tablero como surgieron tus problemas; que en él tuvieron su origen? ¿Y no crees que para solucionarlos sería mejor salirse del tablero de una vez?

Lo importante en su juego no es quien lo gane, sino que no deje de jugarse nunca, y que se haga siempre sobre su tablero y con sus reglas. Esa es la razón por la que, usando mil fórmulas diferentes, te han hecho concebir la falsa esperanza, la infantil ilusión, de que ganando el juego se acabarían tus problemas, todo para que no lo abandones; para que no dejes de jugarlo; para que continúes sobre el tablero; para que no busques otra salida.

Pero tras siglos de victorias y de derrotas sobre el mismo tablero ¿en que punto estamos? ¿No habrán tenido tales victorias y tales derrotas, exclusivamente, el objetivo de mantener vivo el juego? ¿No hay suficientes ejemplos en la historia que lo demuestren? ¿O es que prefieres seguir engañándote? ¿Quizás eso sea lo más cómodo para ti?

Pensar que jugando a su juego, encima de su tablero y con sus normas, podrás algún día solucionar tu situación, va mucho más allá de ser una utopía, es una absoluta ingenuidad. ¿No ves que, jugando en su terreno, ellos tienen siempre la iniciativa y tú siempre vas a remolque; por el camino que a ellos les interesa? Te pareces a aquel hombre iluso que se introdujo en medio del mar, con la intención de detener las olas, pero éstas, una y otra vez, le devolvían a la orilla, a pesar de lo cual el hombre volvía a intentarlo un día tras otro, pensando que finalmente acabaría consiguiéndolo.

¿No te das cuenta además que el juego fue creado con una sola finalidad? De tal forma que por mucho que te empeñes en darle la vuelta, siempre cumplirá la función para la que fue inventado: el pastoreo del rebaño humano.

Sin embargo, y a pesar de que apenas crees ya en él, te empeñas en continuar su juego, sobre su tablero. Tu obstinación es tal, que, por enésima vez, te vuelves a exponer a ser escupido por las olas. Te consideras capaz de superar a todos los “revolucionarios” que han existido hasta ahora, y de construir tú la “megarevolución”. De este modo, no sólo te engañas a ti mismo, sino que es muy probable que seduzcas a muchos otros para que no abandonen el juego, para que continúen sobre el tablero, cuando quizás ya estaban a punto de marcharse, o se encontraban preparando la huida.

Ganado al rey negro tan sólo habrás conseguido que gane el rey blanco, y ganando al blanco, que gane el negro, mientras tú continúas siendo un simple peón a su servicio; un miembro más del rebaño, pues en eso, y no en otra cosa, consiste el juego; con ese objetivo fue creado: el de mantener el rebaño, con independencia de quien sea el pastor. Todo lo demás son puras quimeras, que nada tienen que ver con la realidad.

No estaría mal que alguna vez reconociéramos que somos como niños asustados, que no queremos ver la realidad; incapaces de romper con el padre y de crear nuestro propio juego. Quizás nuestra valentía, a la hora de reconocer nuestra cobardía, le pueda ser de alguna utilidad algún día a alguien, tal vez, a nosotros mismos.

5 artículos de Antimperialista | antimperialista.blogia

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