Hacia un nuevo orden mundial: La revolución liberal en el seno de la Iglesia.


La reforma asestó a las esperanzas milenaristas el golpe de gracia. Ni la expresión teológica de la que se revistió, ni las modalidades de la ruptura final con Roma en 1530, o las diferencias que enfrentaron de inmediato a diversas tendencias tienen interés alguno para nosotros, como no lo tuvieron para los pobres vencidos de la época. La Reforma fue cosa de burgueses.

Lutero había desbrozado el terreno. Reemplazó la servidumbre por devoción, que hasta ese momento había imperado en el inundo cristiano, por la servidumbre por convicción, que habría de definir al mundo moderno. Pero Alemania tan sólo fue el escenario del declive del mundo cristiano y medieval. La Reforma alzaría el vuelo en Suiza, la primera nación democrática del mundo moderno. De la mano de Calvino, hijo de burgueses, la teología cobraría una importancia cada vez mayor frente a la liturgia. La religión se transformó en una moral sencilla y eficaz, condición previa para la consolidación definitiva del mundo del dinero. «El capital se crea mediante el ahorro ascético forzado. Es evidente que los obstáculos que se oponían al consumo de los bienes adquiridos favorecían su empleo productivo en tanto que capital para invertir», escribió Max Weber.19 Yendo más allá de las enseñanzas de Lutero, el protestantismo de Calvino se fijó como meta poner fin a la dilapidación de recursos que había caracterizado al feudalismo, en el que los ricos gastaban sus rentas de forma improductiva. Fueron los Países Bajos e Inglaterra, conquistados por el protestantismo, los que fundaron la explotación sistemática del trabajo ajeno. La Reforma hizo del trabajo y el ahorro, concebidos como ascesis individual, una regla moral, no para gozar de sus productos, sino para alcanzar la gracia.

Sin duda, el judaismo también desempeñó un papel importante en la fundación del capitalismo y Max Weber señala que el protestan- tismo no carece de lazos con él: «En la actitud de los fieles hacia la existencia se percibe la influencia de la sabiduría hebraica y de esa intimidad con Dios desprovista de emoción que se manifiesta en los libros más utilizados por los puritanos… En particular, el carácter racional, la supresión de la vertiente mística y de la vertiente emocional de la religión en general, se han atribuido con razón a la influencia del An- tiguo Testamento». No obstante, el judaismo se entregó al capitalismo aventurero y mercantil orientado hacia la especulación, mientras que el protestantismo preconizaba una ética de la empresa burguesa racional y la organización sistemática del trabajo. Los judíos contribuyeron al nacimiento del capitalismo exclusivamente a través de su función de prestamistas, elemento básico de la acumulación capitalista. La Iglesia romana continuó condenando el préstamo con interés durante largo tiempo, con lo que impidió la acumulación de capital y su posterior inversión. Sólo se enriquecían las ciudades mercantiles independientes. El Papa Pío ii decía a propósito de los venecianos: «Son los menos dotados de humanidad, sólo se aman a sí mismos. Quieren pasar por cristianos ante el mundo, pero lo cierto es que jamás piensan en Dios y, a excepción del Estado, para ellos no hay nada sagrado». El crédito, base fundamental de la actividad capitalista, fue condenado en los concilios de Lyon en 1274, Viena en 1322 y Letrán en 1515. En fecha tan tardía como 1571, Roma publicó una severísima «Bula universal de los intercambios». Y hubo que esperar todavía más para que la Iglesia levantara la prohibición moral que condenaba las actividades financieras y desempeñase su papel en a la expansión capitalista. Afirmaba Lutero que: «No se complace a Dios superando la moral de la vida secular mediante la ascesis monástica, sino cumpliendo en el mundo con los deberes que corresponden al lugar que la existencia asigna al individuo en la sociedad, deberes que se convierten así en su “vocación”». En lo sucesivo el trabajo ya no sería esa pena, fatiga o castigo divino que representaba para la religión católica. Por el contrario, se convertía en un deber moral que cada cual debía aceptar de buen grado para ganar y acumular dinero, «guardándose de los goces espontáneos de la vida». La acumulación del capital contó desde ese momento con un fundamento moral. Para el protestantismo, triunfar en los negocios era algo glorioso, ya que se interpretaba como signo de elección divina. «Trabajad, pues, para ser ricos para Dios, no para la carne y el pecado», diría el puritano inglés Baxter.

Así se reconciliaron por fin Dios y el dinero. En la concepción protestante, calvinista. Dios ordena consagrar la vida a liberarse de la angustia de la salvación por medio del trabajo, único medio de obrar en conformidad con la voluntad divina. «La repugnancia al trabajo es síntoma de ausencia de gracia»: cada cual debe seguir su vocación sin contravenirla. Calvino condena el préstamo para el consumo, no para la inversión. Reprueba todo uso particular de la riqueza, gasto, derroche u ociosidad, pues amenazaba con sustraer energías a la búsqueda de una vida santa; el vagabundeo y la mendicidad de los pobres merecían idéntica consideración. El más grave de todos los pecados era, por supuesto, derrochar tiempo, «porque cada hora perdida se sustrae al trabajo que concurre a la gloria divina». Para contribuir a la edificación de un mundo nuevo, el ascetismo se transfirió desde la celda monástica a toda la vida social. Los comerciantes italianos del Quattrocento dilapidaban sus beneficios en pompas, fiestas y obras de arte. El protestantismo acabó con todo eso; la vida era algo sobrio y el individuo tenía que plegarse a un objetivo que iba más allá de sus deseos particulares: la prosecución infinita de la actividad capitalista. El protestantismo justificó teológicamente el dinero. En efecto, el dinero seguía subordinado a una autoridad suprema. El espíritu de la actividad capitalista no residía en sí misma, sino en Dios todopoderoso. El protestantismo suprimía la idea misma de riqueza, porque de acuerdo con su concepción, ésta sólo existe como actividad infinita que escapa a cada cual y cuya racionalidad profunda reside en Dios. La realidad de la riqueza está más allá de los hombres; para el protestantismo, el dinero no era un objetivo en sí mismo, sino una forma de servir a Dios. El medio se subordinaba a un fin trascendente, a Dios, que para los protestantes era una realidad totalmente exterior al hombre. Al convertirse el dinero en la idea que en la práctica mueve el mundo, Dios quedaba relegado a la categoría de mera idea teórica.

No se puede decir, por lo tanto, que el protestantismo encarna el espíritu del capitalismo, ya que se limitó a introducir el principio de la actividad capitalista en la subjetividad cristiana en un momento decisivo; el protestantismo fue la autoconciencia del capitalismo que surgía de las entrañas del mundo cristiano. La ética protestante puso fin a la mala conciencia de los cristianos de la Edad Media con respecto al dinero.

También acabó con la mala fe de la Iglesia, que inmovilizaba considerables sumas de dinero mientras prohibía a los fieles que se enriquecieran dedicándose a los negocios. Las iglesias protestantes, erigiéndose en ejemplo de la vida que pregonaban, quisieron ser austeras y sobrias.

La idea de vocación primero y la de predestinación después, permitió a los puritanos superar esa sorda hostilidad al rico que aflora en tantas páginas de la Biblia, y que inspiró a los rebeldes de la Edad Media. Más aún, justificaba la nueva organización jerárquica de la sociedad, que estaría dividida en lo sucesivo entre quienes ganan dinero y quienes trabajan. La Providencia había repartido los papeles y el pueblo llano sería tanto más obediente a Dios cuanto más pobre y laborioso fuera.

En la Inglaterra del siglo xvii no tardaría en desarrollarse el utilitaris- mo, doctrina destinada a extirpar toda idea de riqueza de la cabeza de los pobres, tras el aplastamiento de las últimas esperanzas milenaristas representadas por los levellers y los ranters. El catolicismo albergaba la promesa de redimir a los pobres; el protestantismo la revocó sin más.

El protestantismo ayudó a efectuar la transición de la Iglesia al Estado moderno. Si la predestinación suponía que la existencia de cada cual estaba regida por la desigualdad, en la esfera política debía imperar la igualdad y la responsabilidad moral de todos ante Dios. Mientras que Lutero se conformó con ratificar el carácter sagrado del poder, Calvino dotó a éste de un contenido religioso efectivo y universal. El protestantismo transmitió su esencia al derecho, la nueva mentira gracias a la cual la burguesía victoriosa habría de consegrar más tarde su dominio sobre toda la sociedad.

Nota:
19 La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Madrid, Torre de Goyanes, 2004, trad.
de Bruno Álvarez Bauer.
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Yves Delhoysie, extracto del libro El incendio milenarista.

Imagen de historiasociologia.wordpress

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