La maximización del beneficio en la agricultura ecológica.


Antes de entrar en materia, conviene realizar algunas advertencias previas. Una es que lo que sigue está escrito con el mayor respeto hacia el pequeño número de los pioneros del laboreo en ecológico que, movidos por las mejores intenciones, se atrevieron a desafiar a la entonces omnipotente y muy ensoberbecida agricultura industrial, buscando nuevos caminos. Sus propósitos eran liberar a los ecosistemas de la devastadora presión de los tóxicos y de los procedimientos agronómicos viciados, viviendo de su trabajo personal sobre pequeñas parcelas y abasteciendo a un reducido número de amigos. Su error ha sido no darse cuenta cabal de cómo han ido cambiando las circunstancias, en especial desde la promulgación en 1991 del Reglamento 2092/91 de la LJ.E. sobre producción agrícola ecológica, que inicia la fase de recuperación, hoy completamente realizada, por las instituciones de este tipo de cultura.

En la actualidad, la agricultura ecológica que cuenta está en manos de grandes empresas capitalistas con cientos de trabajadores asalariados, que destinan toda o casi toda su producción a la exportación a los países más ricos, como es el caso de la murciana Biocampo, o bien se realiza sobre extensos latifundios, propiedad de opulentos terratenientes de nuevo tipo, que logran elevados beneficios gracias a los precios bastante más altos y a las infladas subvenciones que recibe la producción en ecológico. En el presente, los pioneros y su animosa bonhomía ya no cuentan, pues la lógica del beneficio y el intervencionismo estatal lo dominan todo en este área.

A pesar del carácter obstinadamente redentorista que una tal hábil como poco escrupulosa propaganda ha otorgado a la agricultura ecológica (10) no han faltado, a medida que ésta se iba integrando en las instituciones, voces disidentes que han denunciado sus inconsecuencias, oscuridades e hipocresías, así como su rapacidad encubierta bajo fórmulas “verdes”, uso habitual de insumes tóxicos proporcionados por la industria neo-química, escasa calidad de los productos, fuerte mercantilización, uso exagerado de maquinaria (11), enorme dependencia de las instituciones e incluso los daños que sus prácticas ocasionan enn el medio ambiente.

Entre los que primero han aplicado a este asunto, con notable éxito, la advertencia de San Juan de la Cruz, “siempre has de desconfiar de lo que parece bueno”, se puede citar a J. Coulardeau y, sobre todo, a los editores y redactores del no 1 de “Brasero. Agitación agroecológica” (otoño 2003), que agrupa diversos trabajos críticos de calidad, donde, entre otros muchos aciertos, se hace elegante mofa de los “líderes mediáticos” del nuevo tinglado oficialista, al estilo de Vandana Shiva.

El caso del olivar

Pero quizá el texto que ha de ser considerado como un hito en la averiguación de la verdad es “Erosión en el olivar ecológico. Manual de campo. Diagnóstico y recomendación”, de J. Milgroom y otros (Junta de Andalucía, 2005), cuyos autores simpatizan con el ecologismo y, aún así, han de reconocer que lo tantas veces prometido por éste -que la agricultura ecológica reduce al mínimo la erosión y permite la regeneración natural de la fertilidad de la tierra- no es cierto. La obra resulta del penoso espectáculo ofrecido por las amplias extensiones de olivar ecológico existentes ya en Andalucía (unas 50.000 has.), con regueros y cárcavas por doquier, lo que evidencia que cualquier agricultura que tenga por objetivo la maximización del beneficio no puede proteger ni preservar de manera apropiada el medio natural. Sobre esa base, los consejos que proporciona la obra, iguales a los que se pueden encontrar en otras varias de olivicultura convencional, son un brindis al sol. Pero lo que sí ha de reconocerse a aquélla es su sinceridad, pues admite que la tierra y los olivos son concebidos en ecológico como “capital productivo”. Una vez que se concede en esto, todo lo demás se sitúa en el limbo de las buenas intenciones inoperantes, si no en el menos honorable espacio del engaño planeado, y de la estafa, como sostiene J. Coulardeau.

Ya que estamos en este asunto, adentrémonos un poco más en el opaco mundo del olivar ecológico, con el estado anímico preconizado por A. Chejov, “si deseas comprender la realidad, niégate a creer lo que se dice y escribe, observa tú mismo y reflexiona”. Para empezar hay que decir que resulta intolerable el monocultivo olivarero establecido en la mitad sur de la península Ibérica. Así, es aberrante que en el término de Mora (Toledo) haya un millón de olivos (12, y que, por ejemplo, en Martos (Jaén), centro comarcal de un paisaje de pesadilla, donde todo es olivar, el aire huele a aceite y no existe otro tipo de cultivo, pues de las 25.000 has. del término municipal, 21.200 a él están dedicadas, en el cual se ocupan una parte significativa de sus 24.000 habitantes. En la provincia de Jaén el olivo ocupa el 85% de la superficie agraria útil, lunático estado de cosas que daña la calidad de los suelos (una parte importante de las tierras olivareras del sur tienen un contenido de materia orgánica inferior al 1%, y en descenso continuo, cuando se admite que por debajo del 1,5% se ha producido la mineralización de los suelos y éstos se aproximan a una situación de esterilidad grave, propia del semidesierto). Esto queda agravado por las técnicas recientemente introducidas, como la compactación del suelo y el uso a gran escala de herbicidas, a fin de convertirlos en superficies duras y lisas desprovistas de vegetación, lo que, al parecer, abarata la recogida del fruto, nocividades que se unen al uso cada vez mayor de diversos tipos de maquinaria pesada, que empeora aún más la estructura física de los suelos. De todo ello resulta un dato que produce escalofríos: el olivar andaluz, convencional o ecológico, pierde, debido a la erosión, 80 toneladas de tierra por ha y año (lo máximo “aceptable” serian unas 7), situación que, probablemente, ya no puede mantenerse mucho más tiempo sin que la desertificación se haga completa e irreversible.

Todo ello favorece, además, la escorrentía, dificulta la infiltración de las aguas de lluvia, con el consiguiente debilitamiento de los acuíferos (al mismo tiempo que crece la superficie de olivar de regadío, otro dislate), favorece el arrastre de la capa superficial e incrementa el riesgo de arroyadas, riadas y avenidas. En tan inmensos espacios con una sola especie vegetal, sus plagas y enfermedades (la mosca del olivo, el temido repilo, la polilla del olivar, etc.) encuentran las condiciones óptimas  para desarrollarse, por lo que el consumo de insecticidas y fungicidas por unidad de superficie ha de ser notable, lo mismo que el de abonos inorgánicos, a causa de la caída año tras año de la calidad media de los suelos. Al no haber ningún otro cultivo ni ganado, esas zonas han de importar todo lo necesario para la alimentación de su población, a la vez que exportan grandes cantidades de dos únicos productos, la aceituna de mesa y el aceite de oliva. Con ello maximizan el gasto de energía y la contaminación, así como la demanda de material de transporte y la exigencia de megainfraestructuras varias. A la vez, tal estado potencia en grado superlativo el desarrollo del capital comercial, el poder del capital financiero y la monetización del cuerpo social. En particular esto último otorga un nuevo modo y grado de poder al Estado que, con la política monetaria, alcanza aún mayores cotas de dominio sobre el elemento popular. Tales son los deplorables efectos de lo que ha sido llamado, con razón, “desierto olivarero”.

NOTAS:

[10] Entre los muchos textos apologéticos es dado citar, por servirse sin rubor de procedimientos narrativos propios de los cuentos de hadas, “La agricultura ecológica: salud para todos” de M.R. Domínguez y J.L. Yustos. Igualmente falto de objetividad, y de grandeza de espíritu, está “Agricultura sin venenos”, de A. Scifert. Ambos lo reducen todo a un asunto de salud, considerando al ser humano como un ente que se agota en su animalidad,idea cardinal del ecologismo militante. Este reduccionismo, piedra angular de la cosmovisión liberal-burguesa del ser humano, niega toda trascendencia a la existencia humana, reduce a nada las necesidades espirituales y se desentiende del esfuerzo por los fines que nos hacen humanos, la libertad, el autogobierno, la verdad, el bien moral, la sociabilidad, el desinterés, la belleza. Una vez que hemos renunciado a ser seres humanos para centramos en lo alimenticio, resulta que, además, es dudoso que lo producido por la agricultura ecológica a gran escala sea más saludable que lo que proviene de la convencional, como se dirá.

[11] Artículos como “Vuelve el caballo de tiro a los campos”, en “La fertilidad de la tierra” no 24, 2006, no niegan tal aserción, pues el uso de animales de labor ha de quedar reducido hoy, necesariamente, a la explotaciones de capricho, o bien a aquéllas de campesinos beneméritos que sólo desean vivir de la agricultura, pero no enriquecerse, los cuales son una minoría ínfima, por desgracia. Los manuales de agricultura ecológica que marcan la pauta nada dicen de esa cuestión, dado que son tan tecnófilos y promueven tanto el consumo de maquinaria como los de la intensiva. Ciertamente, los latifundios en ecológico, con cientos de has. y propietarios codiciosos, no van a ser labrados con yuntas, a razón de media ha por yunta y día, conforme a la norma tradicional.

[ 12 ] Expone J.M. Donézar, en su bien documentado, aunque no siempre bien reflexionado, libro “Riqueza y propiedad en la Castilla del Antiguo Régimen. La provincia de Toledo en el siglo XVIII” que sólo el 3,3% de las tierras de labor toledanas de esa centuria estaban ocupadas por el olivar, pues en la alimentación se utilizaban grasas animales, lo que permitía, e incluso exigia, que la cubierta vegetal espontánea ocupara grandes extensiones, estad de cosas que protegía los suelos de la erosión, favorecía la infiltración de las aguas, incrementaba los índices de pluviosidad y atemperaba los extremismos del clima, además de mantener la biodiversidad. Para aquellas fechas una parte significativa, aunque imposible de determinar, de la alimentación humana provenia de los recursos silvestres, solución excelente en comparación con los excesos de la agricolización y cercalización, propios de la modernidad, pues la agricultura, como se ha dicho con feliz expresión, es la artificialización de los ecosistemas, tras cuya hegemonía, especialmente en las condiciones del clima mediterráneo, viene el semidesierto, lo que es dado observar hoy en la provincia de Toledo, convertida en sólo 200 aflos en un secarral patético, con unos contenidos de materia orgánica en los suelos que se sitúan en el 1,38% de media provincial. Eliminar una buena parte del olivar, limitar la agricultura a las tierras más aptas, unir, como se decía antaño, labranza y crianza, poner fin a la saca mercantil de productos agrícolas, devolver la tierra asi liberada al monte, al pastizal y a los ganados, incorporando los frutos silvestres a la dieta humana a gran escala, es el plan estratégico más adecuado.

_______________________________________

Extracto de Naturaleza, ruralidad & civilización, de Félix Rodrigo Mora.

Advertisements
Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: