La razón de Estado y la teoría de la policía.


Extracto de “Tecnologías del yo” de Michel Foucault.

Es evidente que mi intención no es tratar aquí
el problema de la formación de los Estados. Ni
tampoco explorar los diferentes procesos econó-
micos, sociales y políticos de donde proceden. Mi
pretensión tampoco es la de analizar los diferentes
mecanismos e instituciones que utilizan los Es-
tados para asegurar su permanencia. Me gustaría
solamente proponer algunas indicaciones frag-
mentarias sobre algo que se encuentra a mitad
de camino entre el Estado, como tipo de organi-
zación política y sus mecanismos, a saber, el tipo
de racionalidad implicada en el ejercicio del po-
der de Estado.

Ya lo he mencionado en mi primera conferen-
cia. Más que preguntarse si las aberraciones del
poder de Estado son debidas a excesos de racio-
nalismo o de irracionalismo, me parece que sería
más correcto ceñirse al tipo específico de racio-
nalidad política producida por el Estado.

Después de todo, y por lo menos a ese respec-
to, las prácticas políticas se parecen a las cientí-
ficas: no se aplica «la razón en general», sino
siempre un tipo muy específico de racionalidad.
Llama la atención el hecho de que la raciona-
lidad del poder de Estado siempre fuera reflexiva
y perfectamente consciente de su singularidad.
No estaba encerrada en prácticas espontáneas y
ciegas, ni tampoco fue descubierta por ningún
tipo de análisis retrospectivo. Se formuló, parti-
cularmente, en los cuerpos de doctrina: la razón
de Estado y la teoría de la policía. Sé que estas
dos expresiones adquirieron enseguida un senti-
do estrecho y peyorativo. Pero durante los apro-
ximadamente ciento cincuenta o doscientos años,
durante los cuales se formaron los Estados mo-
dernos, su sentido era mucho más amplio que el
de hoy en día.

La doctrina de la razón de Estado intentaba
definir en qué medida los principios y los méto-
dos del gobierno estatal diferían, por ejemplo, de
la manera en que Dios gobernaba el mundo, el pa-
dre su familia, o un superior su comunidad.

En cuanto a la doctrina de la policía, define
la naturaleza de los objetos de actividad racional
del Estado, define la naturaleza de los objetivos
que persigue y la forma general de los instrumen-
tos que emplea.

Es, pues, de este sistema de racionalidad del
que quisiera hablar ahora. Pero hay que comen-
zar por dos preliminares: 1) habiendo publicado
Meinecke uno de los libros más importantes so-
bre la razón de Estado, hablaré, esencialmente,
de la teoría de la policía; 2) Alemania e Italia se
enfrentaron a las mayores dificultades para cons-
tituirse en Estados, y son los dos países que pro-
dujeron el mayor número de reflexiones sobre la
razón de Estado y la policía. Remitiré con fre-
cuencia a textos italianos y alemanes.
Comencemos con la razón de Estado. He aquí
algunas definiciones:

BOTERO: «El conocimiento perfecto de los
medios a través de los cuales los Estados se for-
man, se refuerzan, permanecen y crecen».

PALAZZO (Discurso sobre el gobierno y la ver-
dadera razón de Estado, 1606): «Un método o
arte nos permite descubrir cómo hacer reinar el
orden y la paz en el seno de la República».

CHEMNITZ (De ratione Status, 1647): «Cierta
consideración política necesaria para todos los
asuntos públicos, los consejos y los proyectos,
cuya única meta es la preservación, la expansión
y la felicidad del Estado, para lo cual se emplean
los métodos más rápidos y cómodos».

Me detendré a considerar algunos rasgos co-
muñes de estas dos definiciones.

1. La razón de Estado se considera como un
«arte», esto es, una técnica en conformidad con
ciertas reglas. Estas reglas no pertenecen, sim-
plemente, a las costumbres o a las tradiciones,
sino también al conocimiento: al conocimiento
racional. Hoy en día, la expresión rcw&n de Es-
tado evoca «arbitrariedad» o «violencia». Pero en
aquella época, se entendía por ello una racionali-
dad propia del arte de gobernar los Estados.

2. ¿De dónde infiere este arte específico de
gobernar su razón de ser? La respuesta a esta
pregunta provoca el escándalo del naciente pen-
samiento político. Y, sin embargo, es muy senci-
lla : el arte de gobernar es racional si la reflexión
le lleva a observar la naturaleza de lo que es go-
bernado, en este caso el Estado.

Ahora bien, proferir semejante banalidad sig-
nifica romper con una tradición a la vez cristia-
na y judicial, una tradición que sostenía que el
gobierno era esencialmente justo. Representaba
todo un sistema de leyes: leyes humanas, ley na-
tural, ley divina.

* Existe a este propósito un texto muy revela-
dor de Santo Tomás. Recuerda que «el arte debe,
en su ámbito, imitar lo que la naturaleza realiza
en el suyo», solamente es razonable bajo esta
condición. En el gobierno de su reino, el rey debe
imitar el gobierno de la naturaleza por Dios, e in-
cluso el gobierno del cuerpo por el alma. El rey
debe fundar las ciudades exactamente igual que
Dios creó el mundo, o como el alma dio forma al
cuerpo. El rey también ha de conducir a los hom-
bres hacia su finalidad, tal y como lo hace Dios
con los seres naturales o el alma al dirigir el
cuerpo. ¿Y cuál es la finalidad del hombre? ¿Lo
que resulta bueno para el cuerpo? No. Porque
entonces sólo necesitaría de un médico, no de
un rey. ¿La riqueza? Tampoco, porque entonces
bastaría con un administrador. ¿La verdad? Ni
siquiera eso. Porque entonces sólo se necesitaría
a un maestro. El hombre necesita de alguien ca-
paz de abrirle el camino de la felicidad celeste
a través de su conformidad, aquí en la tierra, con
lo hones tum.

Como vemos, el arte de gobernar tiene por
modelo a Dios cuando impone sus leyes sobre sus
criaturas. El modelo de gobierno racional pro-
puesto por santo Tomás no es un modelo políti-
co, mientras que, bajo la denominación de «razón
de Estado», los siglos xvi y xvn buscaron princi-
pios susceptibles de guiar en la práctica a un go-
bierno. Su interés no se centra ni en la naturale-
za, ni en sus leyes en general. Su interés se centra
en lo que es el Estado, lo que son sus exigencias.

Y así es como podemos comprender el escán-
dalo religioso que levantó este tipo de investi-
gación. Explica por qué la razón de Estado fue
asimilada al ateísmo. En Francia, particularmen-
te, esta expresión que nació en un contexto políti-
co, fue comúnmente asociada con la del ateísmo.

3. La razón de Estado también se opone a
otra tradición. En El Príncipe, el problema de
Maquiavelo consiste en saber si es posible prote-
ger contra enemigos, interiores o exteriores, una
provincia o un territorio adquiridos por herencia
o por conquista. Todo el análisis de Maquiavelo
intenta definir aquello que asegura o refuerza el
lazo entre el príncipe y el Estado, mientras que
el problema planteado por la razón de Estado
es el de la existencia misma y el de la de la natu-
raleza del Estado. Por este motivo los teóricos
de la razón de Estado procuraron permanecer tan
alejados de Maquiavelo como fuera posible; éste
tenía mala reputación, y no podían considerar
que su problema fuera el mismo que el de ellos.

Por el contrario, quienes se oponían a la razón de
Estado, intentaron comprometer este nuevo arte
de gobernar, denunciando en él la herencia de
Maquiavelo. Pese a las confusas polémicas que
se desarrollaron un siglo después de la redacción
del Príncipe, la razón de Estado supone, sin em-
bargo, la emergencia de un tipo de racionalidad
extremadamente —aunque sólo en parte— dife-
rente de la de Maquiavelo.

La finalidad de semejante arte de gobernar
consiste precisamente en no reforzar el poder que
un príncipe puede ejercer sobre su dominio. Su
finalidad consiste en reforzar el propio Estado.

Este es uno de los rasgos más característicos de
todas las definiciones que los siglos xvi y xvii
propusieron. El gobierno racional se resume, por
decirlo de alguna manera, en lo siguiente: tenien-
do en cuenta la naturaleza del Estado, éste pue-
de vencer a sus enemigos durante un período de
tiempo indeterminado. Y solamente es capaz de
hacerlo si aumenta su propia potencia. Y si sus
enemigos también lo hacen. El Estado cuya única
preocupación fuera el mantenerse acabaría, sin
duda, por caer en el desastre. Esta idea es de la
mayor importancia y se halla ligada a una nueva
perspectiva histórica. En definitiva, supone que
los Estados son realidades que deben, necesaria-
mente, resistir durante un período histórico de
una duración indefinida, en una área geográfica
en litigio.

4. Por último, podemos damos cuenta de que
la razón de Estado, en el sentido de un gobierno
racional capaz de aumentar la potencia del Esta-
do en consonancia con el mismo, presupone la
constitución de cierto tipo de saber. El gobierno
no es posible si la fuerza de Estado no es cono-
cida, y de esta manera puede mantenerse. La ca-
pacidad del Estado y los medios para aumentar-
la deben ser conocidos, de la misma manera que
la fuerza y la capacidad de los demás Estados. El
Estado gobernado debe ser capaz de resistir a los
demás. El gobierno no debe, pues, limitarse a
aplicar exclusivamente los principios generales de
la razón, de la sabiduría y de la prudencia. Un
saber se hace necesario; un saber concreto, pre-
ciso y que se ajuste a la potencia del Estado. El
arte de gobernar característico de la razón de
Estado se encuentra íntimamente ligado al desa-
rrollo de lo que se ha llamado estadística o arit-
mética política, es decir, el conocimiento de las
fuerzas respectivas de los diferentes Estados. Tal
conocimiento era indispensable para el buen go-
bierno.

En resumen: la razón de Estado no es un arte
de gobernar según leyes divinas, naturales o hu-
manas. No necesita respetar el orden general del
mundo. Se trata de un gobierno en consonancia
con la potencia del Estado. Es un gobierno cuya
meta consiste en aumentar esta potencia en un
marco extensivo y competitivo.

Los autores del siglo xvi y xvii entienden, por
por lo tanto, por «policía» algo muy distinto a lo
que nosotros entendemos. Merecería la pena es-
tudiar por qué la mayoría de estos autores son
italianos o alemanes, pero dejémoslo. Por «poli-
cía», ellos no entienden una institución o un me-
canismo funcionando en el seno del Estado, sino
una técnica de gobierno propia de los Estados;
dominios, técnicas, objetivos que requieren la in-
tervención del Estado.

Con ánimo de ser claro y sencillo, ilustraré
mi propósito con un texto que tiene que ver a la
vez con la utopía y el proyecto. Es una de las
primeras utopías —programas— para un Estado
dotado de policía. Turquet de Mayenne la elabo-
ró y la presentó en 1611 a los Estados generales
de Holanda. En su libro La ciencia en el gobierno
de Luis XIV, 3. King llama la atención sobre la
importancia de esta extraña obra, cuyo título. De
la monarquía aristodemocrática, basta para de-
mostrar qué es lo importante para su autor; no
se trata tanto de escoger entre los distintos tipos
de constitución como de combinarlas para un fin
vital: el Estado. Turquet llama también al Esta-
do, Ciudad, República e incluso Policía.

He aquí la organización que propone Turquet.
Cuatro grandes dignatarios secundan al rey. Uno
está encargado de la justicia, el segundo del ejér-
cito, el tercero de la hacienda, es decir, de los
impuestos y de los recursos del rey; el cuarto, de
la policía. Parece que el papel de este dignatario
fuera esencialmente moral. Según Turquet, debía
inculcar a la población «modestia, caridad, fideli-
dad, asiduidad, cooperación amistosa y honesti-
dad». Reconocemos aquí la idea tradicional: la
virtud del sujeto asegura el buen funcionamiento
del reino. Pero cuando se entra en detalles, la pers-
pectiva se vuelve diferente.

Turquet sugiere que se creen en cada provin-
cia consejos encargados de mantener la ley y el
orden. Habrá dos de ellos para vigilar a las perso-
nas y otros dos para vigilar los bienes. El primer
consejo, el encargado de las personas, debía preo-
cuparse de los aspectos positivos, activos y pro-
ductivos de la vida. O dicho de otra manera, se
ocuparía de la educación, determinaría los gustos
y las aptitudes de cada uno y escogería las ocu-
paciones útiles de cada cual: toda persona de
más de veinticinco años debía estar inscrita en
un registro en el que se indicaba su profesión. Los
que no se hallaran empleados de una forma útil
eran considerados como la escoria de la sociedad.

El segundo consejo debía ocuparse de los as-
pectos negativos de la vida: de los pobres (viudas,
huérfanos, ancianos) que necesitaran ayuda, de las
personas sin empleo, de aquellos cuyas activida-
des exigían una ayuda pecuniaria (no se les podía
cobrar interés), pero también de la salud pública
(enfermedades, epidemias) y de accidentes, tales
como los incendios o las inundaciones.

Uno de los consejos encargados de los bienes
debía especializarse en las mercancías y produc-
tos manufacturados. Debía indicar qué había que
producir, y cuál era la forma de hacerlo, pero
igualmente tenía que controlar los mercados y el
comercio. El cuarto consejo vigilaría la «hacien-
da», es decir el territorio y el espacio, controlaría
los bienes privados, las herencias y las ventas,
reformaría los derechos señoriales y se ocuparía
de las carreteras, de los ríos, de los edificios pú-
blicos y de los bosques.

En buena medida, este texto se asemeja a las
utopías políticas tan frecuentes de la época. Pero
también es contemporáneo de las grandes discu-
siones teóricas sobre la razón de Estado y la or-
ganización administrativa de las monarquías. Es
altamente representativo de lo que debieron ser,
en el espíritu de la época, las tareas de un Estado
gobernado según la tradición.

¿Qué es lo que demuestra?

1. La «policía» aparece como una adminis-
tración que dirige el Estado, junto con la justi-
cia, el ejército y la hacienda. Es verdad. Sin
embargo, abarca todo lo demás. Como explica
Turquet, extiende sus actividades a todas las si-
tuaciones, a todo lo que los hombres realizan o
emprenden. Su ámbito abarca la justicia, la finan-
za y el ejército.

2. La política lo abarca todo. Pero desde un
punto de vista muy singular. Los hombres y las
cosas son contemplados desde sus relaciones: la
coexistencia de los hombres en un territorio, sus
relaciones de propiedad, lo que producen, lo que
se intercambia sobre el mercado. También se in-
teresa por la forma en que viven, por las enfer-
medades y los accidentes a los que se exponen.

Lo que la policía vigila es al hombre en cuanto
activo, vivo y productivo. Turquet emplea una ex-
presión muy notable: «El hombre es el verdade-
ro objeto de la policía».

3. Bien podría calificarse de totalitaria se-
mejante intervención en las actividades humanas.
¿Qué fines se persiguen? Se dividen en dos cate-
gorías. En primer lugar, la policía tiene que ver
con todo lo que constituye la ornamentación, la
forma y el esplendor de una ciudad. El esplendor
no tiene únicamente que ver con la belleza de un
Estado organizado a la perfección, sino también
con su potencia y su vigor. Así, la policía asegura
el vigor del Estado y lo coloca en primer plano.

En segundo lugar, el otro objetivo de la policía
es el de desarrollar las relaciones de trabajo y de
comercio entre los hombres, así como la ayuda y
la asistencia mutua. Aquí también, la palabra que
emplea Turquet es importante: la policía debe
asegurar la «comunicación» entre los hombres,
en el sentido amplio de la palabra. Pues de otra
forma los hombres no podrían vivir, o su vida se-
ría precaria y miserable, y se encontraría perpe-
tuamente amenazada.

Podemos reconocer aquí, me parece, una idea
que es importante. En cuanto forma de interven-
ción racional que ejerce un poder político sobre
los hombres, el papel de la policía consiste en
proporcionarles un poco más de vida, y al hacer-
lo, proporcionar al Estado, también, un poco más
de fuerza. Esto se realiza por el control de la «co-
municación», es decir, de las actividades comunes
de los individuos (trabajo, producción, intercam-
bio, comodidades).

Ustedes objetarán: pero si se trata sólo de la
utopía de algún oscuro autor. ¡No puede inferir
de ella consecuencias que sean significativas! Pero
yo, por mi parte, afirmo que el libro de Turquet
no es más que un ejemplo de una inmensa litera-
tura que circulaba en la mayoría de los países
europeos de aquella época. El hecho de que sea
excesivamente simple, y, sin embargo, muy deta-
llado evidencia con la mayor claridad caracterís-
ticas que no se podían reconocer en todas partes.

Me gustaría sostener, ante todo, que estas ideas
no nacieron abortadas. Se dirundieron a lo largo
de los siglos xvii y xvm, o bien en forma de po-
líticas concretas (como el cameralismo o el mer-
cantilismo), o bien en cuanto materias de enseñan-
za (la Polizeiwissenschaft alemana; no olvidemos
que con este título se enseñó en Alemania la cien-
cia de la administración).

Estas son las dos perspectivas que quisiera, no
estudiar, pero sí al menos sugerir. Empezaré por
referirme a un compendio administrativo francés,
y a continuación a un manual alemán.

1. Cualquier historiador conoce el Compen-
diwn de Delamare. A comienzos del siglo xvm
este historiador emprendió la compilación de re-
glamentos de policía de todo el reino. Se trata
de una fuente inagotable de informaciones del
mayor interés. Mi propósito aquí radica en mos-
trar la concepción general de la policía que indu-
jo a Delamare a formular semejante cantidad de
reglas y de reglamentos.

Delamare explica que existen once cosas que
la policía debe controlar dentro del Estado: 1) la
religión, 2) la moralidad, 3) la salud, 4) los abas-
tecimientos, 5) las carreteras, los canales y puer-
tos, y los edificios públicos, 6) la seguridad públi-
ca, 7) las artes liberales (a grandes rasgos, las
artes y las ciencias), 8) el comercio, 9) las fábri-
cas, 10) la servidumbre y los labradores, y 11)
los pobres. ,

La misma clasificación caracteriza todos los
tratados relativos a la policía. Igual que en el pro-
grama utópico de Turquet, con excepción del ejér-
cito, de la justicia en un sentido estricto y de los
impuestos directos, la policía vigila aparentemen-
te todo. Se puede decir lo mismo con otras pala-
bras : el poder real se afirmó contra el feudalismo
gracias al apoyo de una fuerza armada, así como
al desarrollo de un sistema judicial y al estable-
cimiento de un sistema fiscal. Así es como se ejer-
cía tradicionalmente el poder real. Ahora bien, el
término de «policía» designa el conjunto que cu-
bre el nuevo ámbito en el cual el poder político y
administrativo centralizados pueden intervenir.

Pero, ¿cuál es entonces la lógica que funciona
detrás de la intervención en los ritos culturales,
las técnicas de producción en pequeña escala, la
vida intelectual y la red de carreteras?

La respuesta de Delamare parece un poco du-
bitativa. Comienza diciendo que la policía vela
por todo lo que se refiere a la «felicidad» de los
hombres, y añade: la policía vela por todo lo que
regula la «sociedad» (las relaciones sociales) que
prevalece entre los hombres. De pronto, también
afirma que la policía vela sobre lo que está vivo.

Esta es la definición sobre la cual me voy a de-
tener. Es la más original y aclara las otras dos;
incluso el propio Delamare insiste en ello. He aquí
cuáles son sus observaciones sobre los once obje-
tos de la policía. La policía se ocupa de la reli-
gión, evidentemente no desde el punto de vista
de la verdadera dogmática, sino desde el punto de
vista de la calidad moral de la vida. Al velar so-
bre la salud y los abastecimientos, se preocupa de
la preservación de la vida; tratándose del comer-
cio, de las fábricas, de los obreros, de los pobres
y del orden público, se ocupa de las comodidades
de la vida. Al velar sobre el teatro, la literatura,
los espectáculos, su objeto son los placeres de la
vida. En pocas palabras, la vida es el objeto de
la policía: lo indispensable, lo útil y lo superfluo.

Es misión de la policía garantizar que la gente
sobreviva, viva e incluso haga algo más que vivir.
Así enlazamos con el resto de las definicio-
nes que propone Delamare: «El único objetivo de
la policía es el de conducir al hombre a la mayor
felicidad de la que pueda gozar en esta vida». De
nuevo, la policía vela sobre las ventajas que ofre-
ce exclusivamente la vida en sociedad.

2. Echemos ahora una ojeada a los manua-
les alemanes. Fueron utilizados un poco más tar-
de para enseñar la ciencia de la administración.

Esta enseñanza se impartió en diversas universi-
dades, en particular en Gotinga, y revistió una
importancia muy grande para la Europa occiden-
tal. Ahí es donde se formaron los funcionarios
prusianos, austríacos y rusos, los que llevaron a
cabo las reformas de José II y de Catalina la Gran-
de. Algunos franceses, sobre todo en los círculos
allegados a Napoleón, conocían muy bien las doc-
trinas de la Polizeiwissenschaft.

¿Qué se encontraba en estos manuales?

En su Líber de Politia, Huhenthal distinguía
las rúbricas siguientes: el número de ciudadanos,
la religión y la moralidad, la salud, la alimenta-
ción, la seguridad de las personas y de las cosas
(en particular respecto a los incendios y a las
inundaciones), la administración de la justicia, los
objetos de agrado y de placer de los ciudadanos
(cómo alcanzarlos y cómo moderarlos). A conti-
nuación sigue una serie de capítulos sobre los
ríos, los bosques, las minas, las salinas, la vivien-
da y, por fin, varios capítulos sobre los diferentes
medios de adquirir bienes para la agricultura, la
industria o el comercio.

En su Compendio para la policio, Wilebrand
aborda sucesivamente la moralidad, las artes y
oficios, la salud, la seguridad, y, por último, los
edificios públicos y el urbanismo. Al menos en lo
que respecta a los temas, no existe mucha dife-
rencia con las afirmaciones de Delamare.

Pero el más importante de estos textos es el
de Justi, Elementos de policía. El objetivo espe-
cífico de la policía se define todavía como la vida
en sociedad de individuos vivos. Von Justi orga-
niza, sin embargo, su obra de forma un poco dife-
rente. Comienza por estudiar lo que él llama los
«bienes rurales del Estado», es decir, el territo-
rio. Lo considera bajo dos aspectos: cómo está
poblado (ciudad y campo), cómo son sus habitan-
tes (número, crecimiento geográfico, salud, mor-
talidad, emigración). A continuación, von Justi
analiza los «bienes y los efectos», es decir, las
mercancías, los productos manufacturados, así
como su circulación, que plantea problemas rela-
cionados con su coste, crédito y curso. Finalmen-
te, la última parte está dedicada a la conducta de
los individuos: su moralidad, sus capacidades
profesionales, su honradez y su respeto a la ley.

A mi modo de ver, la obra de Justi es una de-
mostración mucho más elaborada de la evolución
del problema de la policía que la «Introducción»
de Delamare a su compendio de reglamentos. Esto
se debe a cuatro razones.

En primer lugar, von Justi define en términos
mucho más claros la paradoja central de la poli-
cía. La policía, explica, es lo que permite al Esta-
do aumentar su poder y ejercer su fuerza en toda
su amplitud. Por otro lado, la policía debe man-
tener a los ciudadanos felices, entendiendo por
felicidad la supervivencia, la vida y una vida me-
jor. Define perfectamente lo que considera la fi-
nalidad del arte moderno de gobernar o de la ra-
cionalidad estatal: desarrollar estos elementos
constitutivos de la vida de los individuos de tal
modo que su desarrollo refuerce la potencia del
Estado.

Acto seguido, von Justi establece una distin-
ción entre esta tarea, que llama, igual que hacen
sus contemporáneos, Polizzei, y la Politik, die Po-
litik. Die Politik es fundamentalmente una tarea
negativa. Consiste para el Estado en luchar con-
tra los enemigos tanto del interior como del ex-
terior. La Polizei, por el contrario, es una tarea
positiva: consiste en favorecer, a la vez, la vida
de los ciudadanos y la potencia del Estado.

Y aquí radica un punto importante: von Justi
insiste mucho más que Delamare en una noción
que iba a volverse cada vez más importante du-
rante el siglo ,’xViil: la población. La población se
definía como un grupo de individuos vivos. Sus
características eran las de todos los individuos
que pertenecían a una misma especie, viviendo
unos al lado de otros. (Se caracterizaban así por
sus tasas de mortalidad y de fecundidad, estaban
sujetos a epidemias y a fenómenos de superpo-
blación, presentaban cierto tipo de reparto terri-
torial.) Es cierto que Delamare empleaba el tér-
mino «vida» para definir el objeto de la policía,
pero no’insistía en ello demasiado. A lo largo del
siglo xviii, y sobre todo en Alemania, vemos que
lo que es definido como objeto de la policía es la
población, es decir, un grupo de individuos que
viven en un área determinada.

Y por fin, basta con .leer a von Justi para dar-
se cuenta de que no se trata solamente de una
utopía, como sucedía con Turquet, ni de un com-
pendio de reglamentos sistemáticamente clasifi-
cados. Von Justi pretende elaborar una Polizei-
•wissenschaft. Su libro no es una simple lista de
prescripciones. Es también un prisma a través del
cual se puede observar el Estado, es decir, su te-
rritorio, riquezas, población, ciudades, etc. Von
Justi asocia la «estadística» (la descripción de los
Estados) y el arte de gobernar. La Polizeiwis-
senschaft es a la vez un arte de gobernar y un
método para analizar la población que vive en un
territorio.

Tales consideraciones históricas deben pare-
cer muy lejanas e inútiles respecto de nuestras
preocupaciones actuales. No llegaré tan lejos como
Hermann Hesse cuando afirma que solamente es
fecunda «la referencia constante a la historia, al
pasado, a la antigüedad». Pero la experiencia me
ha enseñado que la historia de las diversas’ for-
mas de racionalidad resulta a veces más efectiva
para quebrantar nuestras certidumbres y nuestro
dogmatismo que la crítica abstracta. Durante si-
glos, la religión no ha podido soportar que se
narrara su propia historia. Hoy en día nuestras
escuelas de racionalidad tampoco aprecian que
se escriba su historia, lo cual es, sin duda, signi-
ficativo.

Lo que he querido mostrar ha sido una línea
de investigación. Estos no son sino rudimentos de
un estudio sobre el cual trabajo desde hace dos
años. Se trata del análisis histórico de lo que, con
una expresión obsoleta, podríamos llamar el arte
de gobernar.

Este estudio se fundamentó en un cierto nú-
mero de postulados básicos, que resumiré de la
siguiente manera:

1. El poder no es una sustancia. Tampoco es
un misterioso atributo cuyo origen habría que ex-
plorar. El poder no es más que un tipo particular
de relaciones entre individuos. Y estas relaciones
son específicas: dicho de otra manera, no tienen
nada que ver con el intercambio, la producción
y la comunicación, aunque estén asociadas entre
ellas. El rasgo distintivo del poder es que algunos
hombres pueden, más o menos, determinar por
completo la conducta de otros hombres, pero ja-
más de manera exhaustiva o coercitiva. Un hom-
bre encadenado y azotado se encuentra sometido
a la fuerza que se ejerce sobre él. Pero no al po-
der. Pero sí se consigue que hable, cuando su úni-
co recurso habría sido el de conseguir sujetar su
lengua, prefiriendo la muerte, es que se le ha obli-
gado a comportarse de una cierta manera. Su li-
bertad ha sido sometida al poder. Ha sido some-
tido al gobierno. Si un individuo es capaz de
permanecer libre, por muy limitada que sea su
libertad, el poder puede someterle al gobierno.

No hay poder sin que haya rechazo o rebelión en
potencia.

2. En lo que respecta a las relaciones entre
los hombres existen innumerables factores que
determinan el poder. Y, sin embargo, la racionali-
zación no deja de proseguir su tarea y de revestir
formas específicas. Difiere de la racionalización
propia de los procesos económicos, y de las téc-
nicas de producción y de comunicación; difiere
también de la del discurso científico. El gobierno
de los hombres por los hombres —ya forme gru-
pos modestos o importantes, ya se trate del poder
de los hombres sobre las mujeres, de los adultos
sobre los niños, de una clase sobre otra, o de una
burocracia sobre una población— supone cierta
forma de racionalidad, y no de violencia instru-
mental.

3. En consecuencia, los que resisten o se re-
belan contra una forma de poder no pueden satis-
facerse con denunciar la violencia o criticar una
institución. No basta con denunciar la razón en
general. Lo que hace falta volver a poner en tela
de juicio es la forma de racionalidad existente.

La crítica al poder ejercido sobre los enfermos
mentales o los locos no puede limitarse a las ins-
tituciones psiquiátricas; tampoco pueden satis-
facerse con denunciar las prisiones, como insti-
tuciones totales, quienes cuestionan el poder de
castigar. La cuestión es: ¿ cómo se racionalizan
semejantes relaciones de poder? Plantearla es la
única manera de evitar que otras instituciones,
con los mismos objetivos y los mismos efectos,
ocupen su lugar.

Durante siglos, el Estado ha sido una de las
formas de gobierno humano más notables, una de
las más temibles también.

Resulta muy significativo que la crítica políti-
ca haya reprochado al Estado el hecho de ser, si-
multáneamente, un factor de individualización y
un principio totalitario. Basta con observar la ra-
cionalidad del Estado en cuanto surge, y compro-
bar cuál fue su primer proyecto de policía para
comprender cómo, desde el principio, el Estado
fue a la vez individualizante y totalitario. Opo-
nerle el individuo y sus intereses es igual de du-
doso que oponerle la comunidad y sus exigencias.

La racionalidad política se ha desarrollado e
impuesto a lo largo de la historia de las socieda-
des occidentales. Primero se enraizó en la idea de
un poder pastoral, y después en la de razón de Es-
tado. La individualización y la totalización son
efectos inevitables. La liberación no puede venir
más que del ataque, no a uno o a otro de estos
efectos, sino a las raíces mismas de la racionali-
dad política.

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