La degeneración de los sistemas de raciocinio en las teorías científicas.


Extractos de La mixtificacion científica, de Ramón Grande del Brío.
Universidad Pontificia de Salamanca
(2007)

Introducción

No pocos individuos de las sociedades modernas, sometidos a la acción de
componentes neuróticos y perturbadores, padecen trastornos de percepción. Tarea
impostergable será la de alertar a la sociedad sobre el incremento de tales
trastornos, de cuya gravedad ya han advertido, por lo demás, diversos autores.

Pero, aquéllos, difícilmente podrán ser contrarrestados o eliminados, en tanto
persistan las condiciones sociológicas y ecológicas que han propiciado su
aparición.

Los trabajos que he venido realizando, en tomo a la degeneración de los
sistemas de intelección y raciocinio, fenómeno éste que se refleja, sobre todo, en la
mixtificación de la Lengua y en la trabucación conceptual, han puesto de relieve la
presencia de graves anomalías en ciertos procesos de raciocinio, lo que ha dado
lugar a graves errores epistemológicos en el desarrollo de ciertas teorías científicas.

En esta obra, me ocuparé, particularmente, de algunas de las que corresponden al
terreno de la Física.

Ante todo, diré que el verdadero investigador, no es tal, por el mero hecho
de manejar unos aparatos determinados, o de entregarse a la experimentación, sino
por el hecho de poseer una mente que sea capaz de discernir, cotejar, interpretar,
establecer asociaciones de ¡deas, adecuadamente, y explicar, después, con la debida
sindéresis, el sentido de los principios y leyes que rigen el universo.

El mundo de hoy, saturado de información, generalmente, poco decantada,
padece el síndrome del relativismo, caracterizado por la existencia de ideas
cambiantes, nacidas de la ambigüedad y el paralogismo. Cuando se manejan
conceptos, se deben tener presente los fundamentos del raciocinio, so pena de caer
en aberraciones de primera magnitud.

Recordaré aquí lo que otras veces he señalado: la degradación de los
valores de todo orden, el progresivo deterioro de las relaciones humanas, la
destrucción del medio ambiente, el “culto” a los sentidos, la proclividad a
sancionar como válido y real lo aparente…; todo ello, se halla ligado a la
proliferación de ideas peregrinas y de teorías falsas.

Por lo demás, en diferentes ocasiones, he destacado la necesidad de
acometer la tarea de enseñar a pensar, a razonar y a emplear cabalmente los
conceptos, en el contexto del estudio de los distintos temas o fenómenos, a fin de
devolver al ser humano la facultad de entender el funcionamiento básico del
mundo que le rodea. En este aspecto, una buena parte de algunas de las teorías
científicas modernas, sobre no ofrecer explicaciones convincentes de una serie de
fenómenos, se hallan construidas a partir de postulados falsos, o son inadmisibles.

Al sostenimiento de aquéllas, coadyuvan todos los que, sorprendentemente, se
muestran incapaces de descubrir las más groseras falacias y los más abultados
dislates, ofuscados por la peregrina idea de que el uso de mucho aparato, vaya a
permitir acceder al conocimiento del mundo.

Mis objeciones, en el presente trabajo, encaminadas a la invalidación de
ciertos postulados y razonamientos de la teoría de la relatividad einsteniana y
de algunas otras teorías sobre el origen del universo, no desvelan tan sólo la
naturaleza y el alcance de determinados errores que las alimentan, sino que ponen
de relieve la gravedad de las dislexias de tipo conceptual que aquejan a un
considerable sector de las sociedades modernas, incluido, claro está, el sector
científico.

Las observaciones que hacia mediados de la década de 1980 yo hiciera, en
relación con lo que más arriba he consignado, ponían en entredicho importantes
aspectos de la referida teoría de la relatividad, y no ya en cuanto teoría científica,
sino, sobre todo, en cuanto construcción mental. El problema, sin embargo, no
afecta únicamente a la teoría en cuestión, sino a otras muchas, referentes a diversas
disciplinas y materias, algunos de cuyos planteamientos básicos se asientan,
increíblemente, sobre el falseamiento de las premisas o de las condiciones de
experimentación, según los casos.
(…)

LA CIENCIA COJITRANCA

El conocimiento profundo del mundo, no constituye, en modo alguno,
patrimonio del especialista, como algunos pretenden. Ya lo dijo Gracián: “infeliz
genio el que se declara de una sola materia, aun la más sublime”. Lo más curioso
de todo, es que muchos de aquellos que ponderan, como desiderátum de la Ciencia,
el estudio especializado de tal o cual materia, emprenden luego proyectos o
publican escritos en los que tratan de cuestiones de carácter general.

¡Contradicción extrema! Congruentemente, ninguno de los tales, siguiendo sus propios principios,
se hallaría en disposición de acometer, atinadamente, tareas de índole generalista.
Únicamente cabe admitir la especialización como estrategia de
conocimiento, en el caso de que aquélla vaya asociada a la generalización. Con la
particularidad, de que toda especialización, toma, nada más, una pequeña parte del
todo, y mal va a poder ofrecer fíabilidad y credibilidad lo que nazca de semejante
condicionamiento. Como su propio nombre indica, el todo, sí que comprende la
parte; no al contrario. Desde luego, conviene profundizar en el estudio de un tema
cualquiera; pero, hasta un cierto nivel y en interacción con otros estudios. En todo
lo que se haga, ha de buscarse el equilibrio. Es más: todo aquel que haya ido
descendiendo bajo la superficie de la tierra, sabe muy bien que, si quiere
alumbrarse, ha de ser mediante el uso de luz artificial, allí donde reina la
penumbra, cuando no la oscuridad. Y al contrario: todo aquel que permanezca en la
superficie, deberá interponer pantallas, mamparas o artilugios, para poder crear, a
plena luz del día, llegado el caso, espacios relativamente penumbrosos u oscuros,
según el caso.

En  materia de  investigación  científica,  ocurre otro tanto:  la
“profundización” en el estudio de la materia que fuere, mediante técnicas al uso,
requiere grandes dispendios de energía -dinero, instalaciones, recursos humanos,
etc.- y conlleva, en muchos casos, la creación de espacios artificiales, donde, desde
el uso de la luz al de los distintos artilugios, se distorsiona el contexto natural de
aquello sobre lo que se pretende investigar. Como ya han apuntado, a este respecto,
Pauweis y Bergier, “un microscopio suficientemente poderoso para observar un
electrón, emplearía una fuente de luz tan fuerte que desplazaría al electrón
observado, haciendo la observación imposible. Al bombardearlo, no podemos
averiguar lo que hay en el interior del núcleo, pues éste se transforma” 1.

La naturaleza no revela nada de forma gratuita. Todo cuanto a ella le
arranquemos, ella nos lo cobrará con creces. Hoy mismo. Mañana. En un futuro
más o menos incierto. La insensatez del hombre moderno consiste en presuponer,
irreflexivamente, que la naturaleza esté ahí para que él pueda arrebatarle, sin más,
sus recursos y sus secretos. Mas, siendo como es, el hombre, una parte del sistema
planetario, toda perturbación ocasionada en un punto cualquiera de éste, halla su
fidelísima correspondencia en el propio sistema social y en el propio sistema
biopsicológico del individuo.

Así camina la ciencia: cojitranca; no por falta de medios, sino por exceso
de ellos, o, mejor dicho, por abuso en su utilización. La incorporación de nuevas
técnicas al desarrollo de las distintas disciplinas, ha creado un nuevo mito,
entiéndase, no en el sentido venerable del término, sino en el de ilusorio, como
cumple a su condición de entelequia. El nuevo mito, denominémoslo así, nace y se
apoya en el prejuicio de suponer que la profundidad del conocimiento vaya a
provenir del “armamento técnico” o, como ahora se dice, de la tecnología. Hay, en
efecto, ingenuos que piensan que la aparatología pueda sustituir la función del
intelecto. Ya lo ha indicado, a este respecto, el propio Erwin Schródinger al decir
que la Física no puede ir desligada de las restantes ciencias, si se quiere llegar a
adquirir el debido conocimiento de la naturaleza2.

LO ANTIGUO Y LO MODERNO

Si los físicos hubieran examinado las ideas contenidas en los tratados
científico-filosóficos de la antigüedad, hace tiempo que se hubieran dado cuenta de
que hay que atribuir una cierta masa a la energía. Einstein creyó haberlo
descubierto. En realidad, se limitó a interpretar lo que ya estaba contenido en las
teorías y corpus de pensamiento más antiguas.

Según el principio de los contrarios, a toda cualidad corresponde su
opuesta. Además, toda cualidad o propiedad de cualquier cuerpo, contiene,
también, aun en mínima proporción, su contraria. En la filosofía china, esa idea

1 L. PAUWELS y J. BERGIER: El retorno de los brujos. Ed. Plaza & Janes. Barcelona, 1998; pág. 468.
2 E. SCHRÓDINGER: Ciencia y humanismo. Tusquets Editores. Barcelona, 1985; págs. 13 y ss.

básica se representa bajo el símbolo del yin y el yan. Y, del mismo modo que no
cabe concebir noche sin día, blanco sin negro, salud sin enfermedad, contracción
sin expansión… etc., tampoco cabe concebir partícula sin antipartícula, materia sin
antimateria, energía sin masa, corpúsculo sin onda. Elemental. Empero, he aquí que
la ciencia actual viene ocupándose en construir costosos aparatos de
experimentación, descuidando el hecho de que el experimento básico, lo está
realizando la Naturaleza, el Universo, día a día, minuto a minuto, ante nosotros.
Todo es cuestión de advertirlo.

Ha sido el intento de contraponer las tesis reduccionistas a las holistas u
organicistas, lo que ha llevado, por ejemplo, a Monod a olvidar el principio de los
contrarios, un principio universal: nada puede existir sin su contrario. Y no es sólo
ya que no pueda existir ni concebirse nada sin su opuesto, sino que, además, la idea
de que cada uno de éstos pueda darse por separado en distintas secuencias
temporales, denota un profundo desconocimiento de la naturaleza. Ya se trate de la
física, la biología, la psicología o cualesquiera otras materias o disciplinas, la
ignorancia de tal premisa básica, la cual viene determinada, precisamente, por la
universalidad del referido principio de los contrarios, está contaminando la ciencia
mediante desvíos conceptuales de todo tipo.

Al igual que le ocurre a otros muchos científicos modernos, Monod olvida
que la esencia de cualquier organismo vivo, no tiene que ver, básicamente, con el
número o cualidad de las partes que lo constituyan, sino con el grado de
integración entre las mismas. Por otro lado, está claro que el horizonte del
reduccionismo es, por demás, restringido, el modo más seguro de ver el universo
con anteojeras. Es como si al andar, tuviera uno la vista clavada en un solo punto:
no habría percepción provechosa, la reducción del campo visual, priva de la
captación de los referentes circundantes. No es casualidad el que, justamente,
constituya una característica de los paranoicos la fijación de ideas o, dicho de otro
modo, la reducción del campo perceptivo. En el universo, todo funciona en pares
de contrarios y en verdad, no se explica el que ciertos científicos demuestren
desconocer realidad semejante. Ciertamente, el conocimiento no proviene sólo del
análisis, sino, sobre todo de la intuición y el entendimiento, cualidades superiores,
no sometidas a la esclavitud del último experimento de tumo. Y esto, con
independencia de que, en casos concretos o particulares, quepa y convenga recurrir
a la experimentación. Y creo haber insistido ya lo suficiente en que una cosa es
hacer técnica y fabricar artefactos y otra, muy distinta, alcanzar la inteligibilidad
del mundo que nos rodea. Técnica, no es sinónimo de ciencia; como experimento,
no es sinónimo de conocimiento. Tanto la experimentación como el análisis, no son
sino meros instrumentos que deben ser integrados en el conocimiento fundamental.

A la manera de los elementos de un organismo -corazón, hígado, riñones,
pulmones, cerebro, etc…, los cuales han de integrarse y funcionar sinérgicamente
para cumplir su función y formar -conformar- organismo. ¿Qué serían, pues, todos
los millones de datos sobre la materia que fuere, sin una mente capaz de integrarlos
en un corpus de ideas, dando, así, la debida interpretación y sentido a los
fenómenos, a los entes, a las teorías, al conocimiento en suma?
(…)

PRIMER REQUISITO, SINE QUA NON: LA CUALIFICACIÓN DEL OBSERVADOR

Una cuestión fundamental es, pues, la que se refiere a la cualifícación del
observador, no ya como persona instruida en tal o cual materia, sino como
simple integrante de un sistema determinado. Así, el individuo mejor
preparado   en   la materia que fuere, se hallará, sin embargo, totalmente
incapacitado para estimar, con precisión -simultaneidad-, cálculo -distancia- y
temporalidad, lo que ocurra, en un momento dado, en otro sistema diferente del
suyo propio. La cabalidad de la observación, no depende en absoluto del grado de
preparación o instrucción del observador de tumo, sino, que depende, única y
exclusivamente, de la consonancia que, en ese momento, haya entre el sistema de
dicho observador y el sistema donde tenga lugar el suceso observado.

Este es un postulado que, por sí solo, invalida la teoría especial de la
relatividad y, también, ciertos aspectos de la mecánica cuántica. Por tratarse de una
imposición de la naturaleza, no cabe refutación alguna: del mismo modo que, por
ejemplo, el hecho de que unos organismos nazcan antes que otros es, asimismo,
una imposición de la naturaleza, contra la que tampoco cabe argumentación ni
objeción alguna. Éste y otros muchos hechos, son absolutos. Esto era así hace
millones de años y seguirá siendo así en el futuro.

Las leyes físicas, biológicas y demás, no se hallan sujetas a la intervención
de factores tales como el tiempo ni la distancia. En efecto, tanto las dimensiones de
la tierra como la distancia entre los dos puntos más alejados en la superficie de la
misma, hay que considerarlas como constantes, es decir, absolutas. Otra cosa es
que las oportunas mediciones se efectúen adecuadamente: un observador inexperto
podría calcular que, por ejemplo, la distancia mayor entre dos puntos, en la
superficie terrestre es de 12.000, ó 16.000, ó 17.250 Km., pongamos por caso; en
cambio, otro observador cualificado, experto geógrafo, comprobaría, sin dificultad,
que tal distancia es del orden de los 20.000 km. Es decir: la determinación de la
distancia entre dos puntos no depende de ningún observador en particular sino,
únicamente, de un observador cualificado. A este respecto, un observador situado
en un móvil que marchara a grandes velocidades, es obvio que carecería de todo
crédito si pretendiera captar debidamente la distancia, el tiempo, la simultaneidad,
el tamaño, el color, etc., de un sistema en reposo. Y viceversa: quedaría invalidada
toda apreciación que hiciese un observador en reposo que pretendiera captar lo que
ocurre en un móvil que marchase a gran velocidad. Podré parecer reiterativo en
este punto, pero lo creo justificado, considerando que, durante varias décadas, se ha
venido asistiendo a un machaconeo de los postulados contenidos en la teoría de la
relatividad, y el poner éstos, una y otra vez, en evidencia, es la única manera de
contrarrestar la nefasta influencia que han ejercido sobre la concepción del mundo.

En esto, ocurre lo que con la teoría de la expansión del universo, que
postula para éste una antigüedad de alrededor de 20.000 años. Pues bien, no es mi
propósito el simplificar la cuestión, pero cabría preguntarse ¿dónde se hallaba el
propio universo, un segundo antes? Por lo demás, está claro que un ente como el
universo, fuera del cual, por definición, no cabe el concebir nada más, no podía
hallarse fuera de sí mismo en el momento de la gran explosionó. En cuanto a las
teorías de ciertos científicos sobre la posibilidad de que existan más universos, hay
que decir que por la misma razón, carecen de sentido. La Lengua, vuelvo a
recordarlo, no se halla constituida por conceptos y términos cuyos significados
puedan ser objeto de alegre trabucación. En relación con esto mismo: ¿qué
ocurriría si alguien sostuviera una teoría, según la cual, el universo es la mitad de
un todo y la otra mitad se halla constituida por la nada? Ni que decir tiene que
quien tal dijere, concitaría, contra él, la oposición de toda la comunidad científica.

El universo no puede expandirse sino dentro de él mismo; en otras
palabras: no es que yo niegue la expansión del universo, lo que niego es que tal
fenómeno pueda producirse fuera de su propio ámbito, ya que éste (el universo)
contiene a todos los demás. Siquiera por mera asociación de ideas, esto me
recuerda la absurda relación que, en el terreno de la dinámica de poblaciones de
animales, han llegado a establecer algunos autores entre la expansión de una
especie y el aumento del número de individuos. Semejante correlación, absurda, ha
dado lugar al establecimiento de ciertos programas de control de determinadas
poblaciones, sobre una “base” completamente falsa; de modo que no es ocioso el
señalarlo aquí como un disparate de primera magnitud. Lo he explicado muchas
veces: es obvio que el número de individuos de una especie cualquiera, no aumenta
ni disminuye por el mero hecho de que tales individuos se dispersen o se
concentren, lo único que habrá aumentado o disminuido, en cada caso, será la
distancia entre ellos. Perogrullesco, ciertamente.

LA MENTE HA DE CORREGIR A LOS SENTIDOS

Si la ciencia se basara sólo en lo que se ve, o en lo que se oye, o en lo que
se toca, o en lo que se gusta o en lo que se huele, el conocimiento que, sobre el
mundo, en general, podría adquirirse, sería, no sólo limitado, sino, lo que es peor,
en buena parte, falseado.

Para un observador terrestre que, a plena luz del día y a simple vista,
mirase hacia lo alto, “no existirían” las estrellas, es decir, él no podría decir si hay
estrellas a partir de lo que sus ojos, sus oídos, sus manos, sus corpúsculos táctiles
o sus papilas gustativas le indicasen. En cambio, para un observador situado en
otro punto de la tierra debidamente obscurecido, las estrellas sí que aparecerían.

El único observador que tendría razón sería este último. Por el contrario, se
equivocaría por completo quien creyese que, por el mero hecho de no ver, ni tocar,
ni oír, ni oler, ni gustar las estrellas, éstas no existirían.

El único criterio válido es el de aquel observador que efectúe las
estimaciones pertinentes en condiciones apropiadas”. En el olvido de esta premisa
fundamental, radica, lo repetiré una y otra y otra vez, el fallo garrafal de algunos de
los postulados y explicaciones más difundidos de la teoría de la relatividad.

Se advierte que todo el aparentemente complejo entramado de
razonamientos sobre el que se asienta la teoría en cuestión, sobre el tiempo, la
distancia y la simultaneidad, constituye, en conjunto, una tremenda falacia. Repito,
incidiendo en un aserto que ya he sostenido en distintas ocasiones, que la
ofuscación que, en muchos aspectos, sufren ciertos sectores de la comunidad
científica, se debe a la existencia de un gravísimo problema de distorsión de los
mecanismos de percepción y conceptuación, problema difícilmente soluble, desde
el momento en que parece fallar la propia capacidad para percatarse del absurdo.

Huelga el decir que semejante ofuscación y falseamiento del significado e
interpretación de los fenómenos, no afecta, únicamente, a muchos físicos
profesionales, sino también a científicos de otras áreas y disciplinas.

Si la vista de un observador en reposo engaña a éste ante la determinación
de fenómenos producidos a alta velocidad, el oído engaña también, al observador,
ante casos similares. De hecho, un sonido se oye más grave o más agudo, en la
escala que sea, según sea la diferencia de velocidad entre el sistema en el que
aquél sea emitido y el sistema que lo capte. Curiosamente, tampoco se tiene en

7 Resulta poco menos que increíble el comprobar que los físicos hayan pasado por alto el hecho de que, para
“congelar”, fotográficamente, la imagen de un objeto moviéndose a cierta velocidad sea preciso ajustar las
velocidades de que disponga la cámara correspondiente, y que ello constituye una clave para entender el
funcionamiento de los sistemas de percepción-interpretación. sea cual fuere su naturaleza.

cuenta este hecho, a la hora de interpretar ciertos fenómenos acústicos y, así, se
observa, con perplejidad, que muchos investigadores, en distintos campos, sacan
conclusiones acerca de los datos obtenidos sobre la percepción de determinados
sonidos, sin darse cuenta de que, pongo por caso, el zumbido de un insecto que
vuele hacia un observador en reposo, es más agudo cuando aquél se acerca que
cuando se aleja. No variará, en cambio, para un observador que se mueva en la
misma dirección que el insecto. De modo que las anotaciones sobre el timbre de los
distintos sonidos emitidos por un cuerpo en movimiento, efectuadas por
investigadores en reposo, no constituyen una referencia tan válida ni fiable como
aquellas otras tomadas por investigadores en movimiento. Ello nos conduce a
estimar como anotaciones más fidedignas sobre las características de los sonidos
emitidos por un objeto un animal, o un suceso cualquiera, las que procedan de
investigadores cuya propia velocidad sea igual, o difiera, mínimamente, respecto
de la velocidad de los sonidos en cuestión.

PSICOPATOLOGIA Y RACIOCINIO LA FALACIA DÉLA RELATIVIDAD

Si alguien dijera que lo blanco existe sin lo negro, lo alto sin lo bajo, la
noche sin el día, lo abierto sin lo cerrado, la salud sin la enfermedad, la expansión
sin la contracción, lo dinámico sin lo estático, lo relativo sin lo absoluto…, ese
alguien,   se   desacreditaría   automáticamente.   Pretender   sostener   que,
biológicamente, es posible ser madre sin tener hijos, o que los ríos tienen una sola
orilla, descalificaría, como ser pensante, a quien tal cosa dijere.

Pues bien: por increíble que pueda parecer, lo cierto es que, determinados
contenidos de la ciencia, se hallan plagados de absurdidades, falacias y
paralogismos, sin contar ya los errores propios de todo trabajo realizado por
humanos. El tratar de poner las cosas en su sitio, constituye una tarea ímproba, ya
que obliga a enfrentarse a gravísimos fallos epistemológicos, alegremente
aceptados por gran parte de la comunidad. Resulta que, como tantas veces he
señalado, sin aprender a pensar y razonar debidamente, no hay investigación que
pueda permitir el llegar a conocer ni resolver ninguna de las cuestiones
fundamentales.

El gran problema de nuestro tiempo, radica en la difusión de ideas
inmaduras, consecuencia lógica de la prisa y de la rígida programación, lo cual se
pretende enmascarar, en muchos casos, bajo un fárrago de datos y experimentos.

Las ideas, sin embargo, no madurarán si no es mediante la experiencia y la
reflexión, a partir de la observación de lo que ocurra en el mundo que nos rodea.

Una mente poco madura, no puede producir ideas cabales. Por desgracia, las ideas
se supeditan, hoy, a la descripción de sucesos, a la proliferación de experimentos,
sobre los que se pretende construir el entramado epistemológico, cuando, en rigor,
debiera procederse en sentido contrario. Así, por ejemplo, los experimentos
efectuados con animales en cautividad, con el objeto de establecer pautas de
comportamiento, adolecen, como ya he dicho en numerosas ocasiones, de
amaneramiento de las premisas, es decir, de las condiciones ecológicas (por
referirse éstas al conjunto de factores y fenómenos de interacción, son
absolutamente irreproductibles en laboratorio), y pueden llegar a ofrecer
verdaderas caricaturas sobre los diversos aspectos etológicos, configurados en
estado salvaje.

En fin, he insistido en extremos semejantes a lo largo de los últimos años,
y tendré que seguirlo haciendo, pues la sociedad olvida, con demasiada facilidad,
todo aquello que suponga una revisión o cuestionamiento de sus ideas. Véase, si
no, lo que viene ocurriendo en el terreno científico; de ahí el que las teorías más
peregrinas prosperen, hoy, con más fuerza y mayor impunidad que nunca, y de ahí,
también, el que sea preciso invertir grandes cantidades de dinero en acumular
datos, en proporción directa a la falta de tiempo para reflexionar.

Hay, además, otro grave problema, que bien pudiera calificarse de dislexia
mental. Esto se revela en la dificultad insalvable que presentan muchas personas
para reconocer el absurdo, por lo que aquéllas hilvanan ideas, al margen de las más
elementales leyes del raciocinio. A menudo, tales ideas se presentan arropadas por
razonamientos, aparentemente correctos, que se consideran así por la única y
exclusiva razón que de que son aceptados por un gran número de personas, o, en
otros casos, porque la comunidad científica los sanciona como tales. Empero, como
ya tendremos ocasión de comprobar, toda ciencia que se base en el absurdo,
aunque éste persista durante un cierto tiempo, terminará por caer en el descrédito.

Precisamente, por haber llegado un momento en que la confusión preside no pocas
de las investigaciones que se están llevando a cabo en distintos campos, es por lo
que he juzgado oportuno el poner de relieve las diversas trampas conceptuales y los
absurdos sobre los que descansan diversos postulados científicos que son tenidos
por verdaderos, pero que, en realidad, son fruto de la experimentáis, que, en lo
fundamental, no conduce más que a la inflación de datos.

ANOMALÍAS DE RACIOCINIO

El cuadro de alteraciones de la facultad de raciocinio, comprende
inversiones de orden conceptual, dislexias y discordancias diversas, así como fallos
en la interpretación de los fenómenos observados, todo lo cual se incluye entre las
patologías mentales. Con frecuencia, las facultades que permiten el establecimiento
de  las  secuencias  informativas,  aparecen  alteradas,  y,  por  hallarse
extraordinariamente extendidas, hacen muy difícil, su detección, el absurdo. Se
trata de un círculo vicioso, extremadamente difícil de romper.

Dentro del capítulo de distorsiones graves, en la interpretación de lo
observado, citaremos, por ejemplo, las que se refieren al establecimiento de la
relación temporal entre el antes y el después, como indicativos de referencia en el
orden secuencial. Si fallan los referentes principales, puede invertirse la escala de
apreciaciones, acerca de los órdenes de jerarquía, confundiendo, entonces, el antes
con el después, lo esencial con lo accidental. Al carecer de referencias precisas, se
puede incurrir en serias distorsiones de índole conceptual, y así, lo esencial jamás
puede estar referido a lo cambiante, como, por su parte, lo accidental tampoco
puede estar referido a lo fundamental: como su propio nombre indica, lo esencial se
asimila a lo fundamental, mientras que lo accidental se asimila a lo pasajero o
eventual. He aquí, en muy pocas palabras, una muestra de cómo hay que considerar
los distintos referentes, en el contexto de cualquier interpretación, cosa que, sin
embargo, los malabaristas del concepto pasan por alto con frecuencia. Pero, repito,
que es en el clima de desbarajuste conceptual y de proliferación de dislexias
mentales, donde se patentiza la condición patológica de la desvirtuación semántica,
uno de los magnos problemas de nuestro tiempo8.

El arte de establecer un razonamiento correcto, radica tanto en la cabal
utilización de los conceptos como en la interpretación ajustada de los hechos o
fenómenos. En dichas operaciones hay que contar con la capacidad para reconocer
el absurdo, así como con una cierta práctica para asociar debidamente las ideas. Y,
aunque parezca exageración por mi parte, lo cierto es que, en las diversas
manifestaciones de la investigación científica, faltan, a veces, las dosis mínimas de
sindéresis y de raciocinio debidas. Expondré el siguiente caso: algunos autores con
quienes he tenido ocasión de contactar, eran incapaces de reconocer el absurdo en
la enunciación unilateral de un concepto, por lo cual, incurrían en el absurdo de
asignar a algo una cualidad determinada, sin entender que ésta debía hallarse
referida a la cualidad contraria. Mi sorpresa aumentó, entonces, precisamente, al
haber constatado que, muchos “teóricos”, autores de destacadas obras sobre
filosofía de la ciencia o sobre lógica, mostraban dificultades insalvables para
reconocer el absurdo de fació. Pero, lo cierto es que no puede haber evolución sin
involución; ni cabe concebir lo relativo sin lo absoluto. De igual modo, en las
teorías sobre la metástasis cancerosa, se olvida, sistemáticamente, que, en la misma
medida y al mismo tiempo que se produzca metástasis, se producirá endoquinesis,
esto es, a una expansión celular, corresponde una contracción celular. De manera
que carece de sentido la afirmación de que la metástasis revela la propiedad de
expansión de las células enfermas, si no se completa, tal afirmación, con la idea de
que dichas células inducen, también, el fenómeno de la contracción, y que la
enfermedad cancerosa, en sus últimos estadios, se caracteriza, justamente, por la
extremación de los valores contrarios.

8 R. GRANDE DEL BRÍO: El poder de la palabra… Op. cit.
9 Véase R. GRANDE: Ecología de la célula cancerosa. Universidad Pontificia de Salamanca. 1986.

Y no hablemos ya de los graves errores conceptuales que invaden el campo
de la astrofísica y la astronomía, donde, sin el menor recato, se viene sosteniendo
que el universo se halla en expansión, sin darse cuenta de que, tal como ya se ha
puesto de manifiesto oportunamente, siendo el universo una entidad, fuera de la
cual, no cabe considerar ninguna otra, ha de hallarse en expansión y en contracción
al mismo tiempo 10. Del mismo modo, el universo no puede ser estático sin ser
dinámico, ni tampoco puede ser abierto sin ser cerrado. Y así, sucesivamente, en
cada caso. Pues bien: ¿cree el lector que hayan podido ser corregidas las dislexias
mentales en el terreno de la teorización científica, a la vista de la proliferación del
absurdo? En modo alguno. Entre otras cosas, la rectificación de tantos errores, no
se ha producido, por la sencilla razón de que, entonces, las teorías más audaces y
aparentemente mejor razonadas, quedarían, automáticamente, desmontadas, desde
sus postulados “básicos”.

Una cosa es inventar artefactos, y otra, muy distinta, tratar de encontrar un
sentido cabal a los fenómenos estudiados; al funcionamiento del universo, en suma.
Así, por ejemplo, la conocida tesis de Monod, Premio Nobel de Bioquímica, acerca
del papel que, en la formación de lo viviente, hayan podido tener el azar y la
necesidad, falla en lo fundamental: nada que se refiera a cualidad, o propiedad, o
fenómeno, puede concebirse sin lo contrario. Este axioma universal, conocido
como principio de implicación o de los contrarios, es ignorado por el eminente
investigador, quien no duda en referirse al azar como la raíz misma del prodigioso
edificio de la evolución 11.Ya sin contar con que hablar de evolución sin implicar
involución resulta un absurdo, como antes he señalado, hay que destacar la
irrelevancia de la tesis sustentada por el citado investigador: lo aleatorio no puede
existir sin lo necesario, o, dicho de otro modo, lo cambiante no puede existir sin lo
inmutable.

10 Obviamente, si el Uni-verso es, por definición, sólo uno (si hubiera dos o más, había que hablar de di-versos), no puede hallarse en expansión, si no es con relación su propia contracción.
11 J. MONOD: El azar y la necesidad. Tusquests Editores. Barcelona, 1981; pág. 35.

EL CRITERIO

Quienes han celebrado el desarrollo de trabajos basados en la teoría de la
relatividad, se han atrevido a plantear, en términos de subjetivismo, la estimación
sobre la realidad de los fenómenos observados. Ya hemos señalado en qué consiste
el fallo epistemológico: no puede haber subjetividad sin objetividad.

El criterio de aquel observador que se moviese a gran velocidad respecto
de lo observado, sería subjetivo, y, además, equivocado. De otra parte, nos hemos
ocupado de subrayar que cuanto más relativo sea un determinado fenómeno para
un observador, más absoluto será ese mismo fenómeno para otro observador (se
entiende: situados en distintos sistemas de referencia), como ya se desprende del
enunciado del principio de implicación. Por consiguiente, un sistema de percepción
determinado, no se puede considerar que envíe una información cabal a la mente,
cuando existe una gran diferencia de velocidad, repetimos, entre el observador y lo
observado.

La subjetividad, tal como se viene entendiendo desde los estudios de la
física, constituye una guía deleznable para interpretar cabalmente los distintos
fenómenos. No sólo eso: la información subjetiva ha de ser contrastada con la
información objetiva, a fin de poder obtener un conocimiento equilibrado del
mundo circundante. El relativismo es, en tal sentido, una postura y un enfoque
irreal si no cuenta con el absolutismo.

Veamos qué repercusiones pueda llegar a tener la falsa idea de que la razón
pueda asistir a dos observadores situados en sistemas de referencia distintos y que
se muevan el uno respecto del otro a gran velocidad. Las repercusiones a que nos
referimos en seguida, cuando tienen lugar en el plano jurídico, representan un
gravísimo peligro para la administración de Justicia y para el conocimiento de la
Verdad. Así, si una persona pretendiera poder leer, fidedignamente, una frase
escrita en una pared, aquélla debería moverse a escasa diferencia de velocidad
respecto de la misma, ya que, de otro modo, la frase en cuestión aparecería como
una mancha borrosa ante sus ojos. Si tal frase estuviese escrita en la pared de un
vagón que formase parte de un tren circulando a gran velocidad y el observador se
encontrase en tierra, se presentaría el fenómeno antedicho: la frase aparecería como
un borrón; en cambio, un observador que se moviese uniforme y rectilíneamente,
respecto del tren, leería la frase escrita en el vagón, en toda su extensión y justeza
(palabras separadas, etc.). Y al revés: si esa misma frase estuviera escrita en la
pared de un edificio, en tierra, y fuese leída por el observador situado en tierra, éste
la podría leer sin distorsión, mientras que el viajero del tren creería ver una mancha
borrosa. No tienen razón ambos observadores a la hora de juzgar un fenómeno
ocurrido en un sistema de referencia que se mueva a velocidad diferente al de sus
sistemas respectivos. En modo alguno. Tiene razón, únicamente, aquel de los dos
observadores cuya velocidad (la del sistema a que pertenezca) se aproxime o sea
igual a la del sistema donde acontezca el fenómeno. Si se trata de un observador
que se encuentra en tierra y de otro que viaja a velocidad próxima a la de la luz,
entonces, el grado de distorsión, en cada caso, alcanza valores extraordinariamente
elevados, anotación que yo brindo a los matemáticos que quieran entretenerse
ahora en hacer los cálculos pertinentes. En este aspecto, debo decir que lo más
importante es entender la clave de la invalidación de los postulados y enunciados
relativistas.

1°. Las dos orillas de un río (A, A’) son
perfectamente distinguibles por un observador (O)
que esté en reposo o que viaje a escasa velocidad
respecto de aquéllas.
2°. En cambio, las dos orillas son vistas como una
sola por un observador (O’) que se moviese a gran
velocidad y a cierta altura respecto de las mismas.
La ÚNICA observación REAL y, por lo tanto,
VALIDA, es la realizada por el primero de tales
observadores.

Por todo ello, las repercusiones que tendría, en el plano jurídico, la
admisión de testimonios emitidos por testigos situados en sistemas de referencia
que se moviesen con gran diferencia de velocidad respecto del fenómeno o
fenómenos observados, serían catastróficas. Ha de considerarse que el testimonio
de testigos de tales características, deberían ser, automáticamente, invalidados. No
hay que olvidar que no puede juzgar, cabalmente, la realidad, quien mantenga su
sistema de percepción en desfase con el fenómeno observado 12.

¡EL HIJO EXISTE ANTES QUE SU MADRE!

Se ha pretendido que dos series de observadores moviéndose unos respecto
de otros, llevarían razón todos ellos, al emitir sus correspondientes juicios sobre un
determinado fenómeno ocurrido en el ámbito de uno de tales sistemas.

La falsedad de aserto semejante, jamás ha sido puesta de relieve hasta la
fecha y ha prosperado gracias a una tan alegre como equivocada interpretación, por
parte de los físicos relativistas, del funcionamiento de los sistemas de percepción.

Ya he puesto de manifiesto que el juicio emitido por un observador perteneciente a
un determinado sistema de referencia, no es válido cuando se refiere a un
fenómeno ocurrido en otros sistemas cuya velocidad difiera grandemente respecto
del primero. Así, pues, en toda observación que se pretenda sirva de guia para la
interpretación del fenómeno correspondiente, ha de tenerse en cuenta, como
primera condición, el que, entre el observador y lo observado, no haya gran
diferencia de velocidad, ya que la distorsión de la información recibida es
directamente proporcional a tal diferencia. Personalmente, ya lo he señalado,
también, en lo que se refiere al estudio del comportamiento de animales salvajes.

Quedan patentes, aquí las falacias sobre las que está construida la teoría de
la relatividad. Entre ellas, tal vez sea la falacia de la relatividad de la simultaneidad
(sobre la que volveré más adelante) la que ha pasado más desapercibida y ha sido
aceptada sin advertir la trampa mental.

12 Los físicos no hubieran incurrido en tan grave error, de haber conocido la ley de concordancia, enunciada en los términos siguientes: “El grado de distorsión de la naturaleza de un fenómeno captado por un determinado observador, es directamente proporcional a la diferencia de velocidad entre dicho observador y el sistema donde tenga lugar el fenómeno observado”.

El viajero (A), a bordo del cohete, lanza
desde un punto central de éste, dos rayos,
hacia los puntos B y C, respectivamente,
los cuales llegan a dichos puntos,
simultáneamente.

El observador (A’), situado en un sistema
en reposo (la tierra, por ejemplo), percibe
la llegada del rayo lanzado hacia B, antes
que la llegada del rayo lanzado hacia C.
La diferencia de velocidad entre ambos
sistemas -el cohete y  la tierra-,
incapacita el observador terrestre para
determinar lo que ocurra en el sistema
móvil.

Veamos: sean dos observadores, uno de ellos situado en tierra, y el otro a
bordo de un cohete espacial que circula a gran velocidad respecto del primero. El
viajero a bordo cohete, se encuentra en el centro del mismo, junto con una mujer
que se halla a punto de alumbrar un hijo. En el instante en que tal evento (el
nacimiento) se produce, el observador del cohete envía sendos rayos de luz, uno al
extremo posterior del cohete y otro a la cabeza del mismo, los cuales parten,
respectivamente, del hijo y de la madre. Pues bien: el observador situado en el
cohete, comprobará la llegada, simultánea, de ambos rayos de luz a ambos
extremos del vehículo; en cambio, el observador situado en tierra, comprobará que
el rayo de luz emitido hacia la parte posterior del cohete llega antes que el rayo de
luz emitido hacia la cabeza de dicho vehículo. Conclusión: este último observador
creerá que ¡el hijo nació antes que su propia madre lo alumbrase!

La gravísima distorsión de índole cognitiva en que incurriría, en tal caso, el
observador situado en tierra, halla su explicación en que éste es incapaz, de todo
punto, de juzgar fenómeno alguno que tenga lugar en un sistema de referencia
distinto del suyo propio, cuando, entre ambos sistemas, exista una gran diferencia
de velocidad. El observador del cohete estará en lo cierto al decir que los sucesos
madre/hijo son simultáneos, mientras que estará por completo equivocado, al
respecto, el observador terrestre. Si el fenómeno ocurriese en la tierra, sería el
viajero quien se hallaría incapacitado para poder establecerlo debidamente.

Ahora, expondré otro caso más de las aberraciones relativistas: en ese
mismo cohete, el viajero, situado en el centro del mismo, sostiene una moneda
puesta de canto y perpendicular al suelo. Hay, además, otro observador situado en
tierra. En un momento dado, el individuo que sostiene la moneda en el referido
cohete, lanza, simultáneamente, dos rayos, en direcciones opuestas, uno de los
cuales parte de la cara de dicha moneda hacia la cabeza de dicho vehículo y el otro
parte de la cruz de la misma hacia la cola del mismo. El viajero en cuestión, verá
llegar ambos rayos de luz al mismo tiempo, a la cabeza y a la cola del cohete,
respectivamente. En cambio, el observador del sistema de referencia en reposo,
verá llegar el rayo de luz dirigido a la cola del consabido cohete, antes que el rayo
de luz dirigido a la cabeza del mismo, y concluirá diciendo que ¡una de las caras de
la moneda existe antes que la otra!

Aún hemos de consignar otro ejemplo para ilustración del lector, quien sin
duda ya habrá sospechado el alcance de la falacia relativista que aquí se está
poniendo de evidencia.

Sean dos observadores, situados, respectivamente, en un sistema fijo (la
vía del ferrocarril, pongamos por caso) y en un sistema en movimiento (un tren que
circule a gran velocidad por dicha vía). El primero de ellos viene señalado por el
punto M, y el segundo por el punto M’. Cada uno de ellos, equidista de los puntos
AB y A’B’, respectivamente.

En el punto A nace Juan, y en el punto B nace Pedro. Ambos al mismo
tiempo 13. Los dos sucesos vienen señalados por la emisión de dos relámpagos
simultáneos. El observador situado en el sistema fijo, esto es, en el punto M, ve
llegar, en efecto, los dos relámpagos simultáneamente, y concluye, acertadamente,
que, tal y como se establecía en las premisas, Juan y Pedro habían nacido al mismo
tiempo. Por el contrario, el observador situado en el sistema en movimiento, esto

13 Las premisas no pueden ser alteradas a capricho, una vez establecidas.

es, en el punto M’, como va desplazándose hacia el punto B, percibirá el relámpago
procedente de aquí, antes que el relámpago procedente del punto A y concluirá
diciendo que Pedro nació antes que Juan. Lo cual es incierto, por falseamiento de
las premisas.

No es, con todo, el hecho de que se venga atentando contra las más
elementales leyes del raciocinio, lo que me ha incitado a poner al descubierto
algunas de las grandes falacias científicas, sino la pertinacia que ciertos círculos
científicos al uso muestran en seguir sosteniéndolas. Esto último es más
preocupante quizá, y debe poner en guardia a todos cuantos aspiren a manejar,
debidamente, las categorías conceptuales y las leyes del raciocinio.

Ya he recordado, en numerosas intervenciones, que el hecho de que se
mantengan paralogismos tan notorios, como, los que contienen muchas de las
teorías actualmente en boga, se explica por la existencia de anomalías de raciocinio
propias de una sociedad alejada de los niveles de armonía más elementales. El
aumento de las psicopatías constituye un fenómeno que viene siendo denunciado
por distintos estudiosos de la conducta y de la mente humanas; pero, raramente, se
incluye, en ello, la proliferación de determinadas teorizaciones científicas.

Si semejantes absurdidades han llegado a prosperar en el seno de
determinados círculos de la sociedad contemporánea, ello es debido, precisamente,
a que esa misma sociedad, en general, se halla afectada de graves trastornos de tipo
perceptivo, como el mismo Eric Fromm 14 ya señalara, en su día.

14 E. FROMM: Anatomía de la destructividad humana. Siglo XXI Editores. Madrid 1980; pág. 349.

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