Historia de la infancia: del abandono a la violencia.


Extracto de “La evolución de la infancia” por Lloyd deMause.
Fuente en español: antipsiquiatria.org (por cortesía del autor)
Fuente original: “The evolution of childhood” (Chapter 1) The Psychohistory Press, Ney York, 1974) www.psychohistory.com

Oís llorar a los niños
Oh, hermanos míos…
The cry of the children (Elizabeth Barrett Browning)

ABANDONO, LACTANCIA Y EMPAÑADURA
Aunque hubo muchas excepciones a la regla, más o menos hasta el siglo XVIII el niño promedio de padres acomodados pasaba sus primeros años en casa de un ama de cría; volvía a su hogar para permanecer al cuidado de otros sirvientes, y salía de él a la edad de siete años para servir, aprender un oficio o ir a la escuela: de modo que el tiempo que los padres con medios económicos dedicaban a criar a sus hijos era mínimo. Muy pocas veces se han estudiado los efectos de esta y otras formas de abandono institucionalizado por parte de los padres sobre el niño.
La forma de abandono más extrema y más antigua es la venta directa de los niños. La venta de niños era legal en la época babilónica, y posiblemente fue normal en muchas naciones en la Antigüedad. [168] Aunque Solón trató de limitar el derecho de los padres a vender a sus hijos en Atenas, no se sabe hasta qué punto se cumplía la ley. [169] Herodes mostró una escena en la que se azota a un niño diciéndole “eres un niño malo, Kottalos, tan malo que nadie podría decir nada bueno de ti, aun cuando tratara de venderte”. [170] La iglesia se esforzó durante siglos por acabar con la venta de niños. Teodoro, arzobispo de Canterbury en el siglo XII, decretó que un hombre no podía vender a su hijo como esclavo después de la edad de siete años. Según Giraldus Cambrensis, en el siglo XII los ingleses vendían a sus hijos como esclavos a los irlandeses, y la invasión de los normandos fue un castigo del cielo por esta trata de esclavos. [171] En muchas regiones la venta de niños continúo practicándose esporádicamente hasta la época moderna; y por ejemplo, en Rusia no se prohibió legalmente hasta el siglo XIX. [172]
Otra forma de abandono era utilizar a los niños como rehenes políticos y como prenda por deudas, práctica que se remonta también a la época babilónica. [173] Sydney Painter describe su versión medieval diciendo: “Era bastante usual entregar como rehenes a niños pequeños en garantía de un acuerdo y asimismo hacerles pagar la mala fe de sus padres. Cuando Eustace de Breteuil, esposo de una hija natural de Henry I, le sacó los ojos al hijo de uno de sus vasallos, el rey autorizó al enfurecido padre a mutilar de la misma manera a la hija de Eustace, retenida como rehén por Henry”. [174] De modo semejante, John Marshall entregó a su hijo William al rey Stephen diciendo que “no le preocupaba que William fuera ahorcado, pues poseía el yunque y el martillo con los cuales forjar hijos aún mejores”, y Francisco I, cuando fue cogido prisionero por Carlos V, canjeó a sus hijos por su libertad, rompiendo inmediatamente después el trato par que fueran encarcelados. [175] En realidad, muchas veces era difícil distinguir la costumbre de enviar a los hijos a servir como pajes o criados en las casas de otros nobles de la utilización de los hijos como rehenes.
Motivos parecidos sustentaban la costumbre de enviar a los niños a vivir con otras familias que los educaban hasta los 17 años, edad en que volvían al hogar paterno. Esta costumbre estaba muy generalizada entre los galeses, los anglosajones y los escandinavos en todas las clases sociales. En Irlanda persistió hasta el siglo XVII, y en la Edad Media los ingleses solían mandar a sus hijos a Irlanda para que se creasen allí. [176] En realidad, era una versión exagerada de la práctica medieval de enviar a los hijos de los nobles a otras casas y monasterios para que sirvieran como pajes, sirvientes, azafatas, novicios o clérigos: prácticas que seguían siendo frecuentes a comienzos de la época moderna. [177]
Ilustración 5
Padres malos dándole sus hijos al diablo.
El grabado de Dürer y el boj de Agnes  Sampson ilustran el difundido tema de los padres que le dan al diablo los niños
que le habían prometido
Al igual que sucede con la práctica equivalente de las clases bajas —el aprendizaje—, [178] el tema del niño como trabajador en casas ajenas es tan amplio y está tan mal estudiado que, por desgracia, no podemos tratarlo detenidamente aquí, pese a su evidente importancia en relación con la vida de los niños en otros tiempos.
Además de las prácticas institucionalizadas de abandono, la simple entrega de los hijos a otras personas era bastante frecuente hasta el siglo XIX. Los padres daban toda clase de explicaciones para justificar la cesión de sus hijos: “para aprender  a hablar” (Disraeli), “para vencer la timidez” (Clara Barton), por razones de “salud” (Edmund Burke; la hija de la señora Sherwood) o en pago de los servicios médicos prestados (pacientes de Jerome Cardan y William Douglas). A veces admitían que lo hacían simplemente porque no querían tenerlos consigo (Richard Baxter, Johannes Butzbach, Richard Savage, Swift, Yeats, Augustus Hare y tantos otros). La madre de la señora Hare pone de manifiesto la indiferencia general con que se hacían estas entregas: “Sí, desde luego, se enviará al niño en cuanto esté destetado; y si alguien más quisiera uno, sírvase recordar que tenemos otros”. [179] Naturalmente, se prefería a los niños varones; una mujer del siglo XVIII escribía a su hermano pidiéndole su próximo hijo: “Si es un varón, lo reclamo; si es una niña prefiero esperar al siguiente”. [180]
No obstante, la forma de abandono institucionalizado predominante en el pasado era enviar a los hijos a casa del ama de cría. El ama de cría es una figura que aparece con frecuencia en la biblia; en el Código de Hammurabi; en los papiros egipcios, y en la literatura griega y romana. Las nodrizas han estado bien organizadas siempre, desde que las romanas se reunían en la columna Lactaria para vender sus servicios. [181] Los médicos y los moralistas, desde Galeno y Plutarco, han criticado a las madres por enviar a sus hijos fuera del hogar para ser amamantados en lugar de amamantarlos ellas mismas. Pero sus consejos no han surtido mucho efecto, pues hasta el siglo XVIII la mayoría de los padres que podían permitírselo, y muchos que no podían, confiaban a sus hijos al ama de leche inmediatamente después de nacer. Incluso las mujeres pobres que no podían pagar a un ama de cría se negaban en muchos casos a dar el pecho a sus hijos y les daban papillas. Contrariamente a los supuestos de muchos historiadores, la costumbre de no dar de mamar a los hijos se remonta en muchas regiones de Europa por lo menos al siglo XV. Por dar de mamar a su hijo, una madre que se había trasladado al sur desde una región del norte de Alemania fue tachada con frecuencia de “cerda y sucia” por las mujeres bávaras, y su marido la amenazó con no comer si no renunciaba a este “repugnante hábito”. [182]
En cuanto a los ricos, que abandonaban de verdad a sus hijos durante un periodo de varios años, incluso aquellos expertos que consideran reprobable esta costumbre no utilizan términos empáticos en sus tratados, sino que más bien la consideraban reprobable porque “la dignidad de un ser humano recién nacido se ve corrompida por el alimento ajeno y degenerado de la leche de otro”. [183] Es decir, la sangre del ama de cría de clase inferior penetraba en el cuerpo del niño de la clase superior, puesto que se pensaba que la leche era sangre batida hasta hacerse blanca. [184] En ocasiones, los moralistas, todos varones desde luego, dejaban traslucir su propio resentimiento reprimido contra sus madres por haberles dejado con el ama de leche. Aulo Gelio se quejaba así: “Cuando un niño es entregado a otro y separado de su madre, la fuerza del sentimiento maternal se va extinguiendo gradualmente poco a poco… y queda casi tan totalmente olvidado como si se lo hubiera llevado la muerte”. [185] Pero por lo general, prevalecía la represión; y el progenitor era elogiado. Y, lo que es más importante: quedaba asegurada la repetición. Aunque era bien sabido que la tasa de mortalidad infantil era mucho más alta entre los niños confiados a amas de cría que entre los criados en el hogar, los padres seguían llorando la muerte de sus hijos y después, impotentes, entregaban al siguiente como si el ama de leche fuera una diosa vengadora contemporánea que exigiera un nuevo sacrificio. [186]


Ilustración 6
Cuidados en la Infancia: Fantasía y Realidad
Dos encenas típicas de los cuidados renancentistas muestran la fantasía de las madres que amamantan a sus hijos. La tercera imagen muestra la realidad: el bebé mama de la nodriza, mientras que los senos de la madre están reservados al espectador (el padre). Véase que en las dos primeras imágenes el artista sitúa en lugar incierto los senos de la madre, ya que en realidad nunca se cuidó de ellos.
Sir Simonds D’Ewes había perdido ya varios hijos de este modo, y sin embargo confió el siguiente bebé durante dos años a “una pobre mujer que había sufrido muchos malos tratos y a la que su marido casi mataba de hambre, siendo ella también de talante orgulloso, impaciente y caprichoso; todo lo cual condujo, finalmente, a la ruina y desaparición de nuestro más querido y tierno infante…”. [187]
Excepto en aquellos casos en que el ama de cría vivía en el hogar, los niños criados por amas de cría permanecían en casa de éstas de dos a cinco años. Las condiciones eran similares en todos los países. Jacques Guillemeau describió cómo el niño confiado a un ama de cría estaba expuesto a ser “ahogado, aplastado, dejado caer, sufriendo así una muerte prematura; o puede ser devorado, mutilado o desfigurado por un animal salvaje, un lobo o un perro; y la nodriza, temiendo ser castigada por su negligencia, puede poner a otro niño en su lugar”. [188] Robert Pemell cuenta que su párroco le dijo que, cuando llegó a la parroquia, había en ésta “multitud de niños de pecho de Londres, pero en el espacio de un año los enterró a todos salvo a dos”. [189] Con todo, la costumbre persistió inexorablemente hasta el siglo XVIII en Inglaterra y en Norteamérica, hasta el siglo XIX en Francia y hasta el siglo XX en Alemania. [190] De hecho, Inglaterra iba tan por delante del continente en cuestiones de lactancia que ya en el siglo XVII había muchas madres bastante acomodadas que daban el pecho a sus hijos. [191] Tampoco se trata simplemente de amoralidad por parte de los ricos. Robert Pemell se quejaba en 1653 de que “mujeres de alta y baja condición acostumbraban a enviar a sus hijos al campo confiándolos a mujeres irresponsables”, y todavía en 1780 el jefe de policía de París estimaba que de los 21,000 niños nacidos cada año en esa ciudad, 17,000 eran enviados al campo con nodriza; 2,000 o 3,000 eran llevados a hospicios; 700 eran criados en el hogar por amas de leche, y sólo 700 eran criados por sus madres. [192]
La duración real de la lactancia variaba mucho en toda las épocas y regiones. En el Cuadro I se exponen los datos que he podido hallar hasta la fecha.
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CUADRO 1 .—      Edad de destete (en meses)
Fuente [199] Edad de destete Fecha aprox. Nación
Contacto ama de cría 24 367 B.C. Grecia
Sorano 12-24 100 A.D. Roma
Marobio 35 400 Roma
Barerino 24 1314 Italia
Metlinger 10-24 1497 Alemania
Jane Grey 18 1540 Inglaterra
John Greene 9 1540 Inglaterra
E. Roesslin 12 1540 Alemania
Sabine Johnson 34 1540 Inglaterra
John Dee 8-14 1550 Inglaterra
H. Mercurialis 15-30 1552 Italia
John Jones 7-36 1579 Inglaterra
Louis XIII 25 1603 Francia
John Evelyn 14 1620 Inglaterra
Ralph Joesslin 12-19 1643-79 Inglaterra
John Fechey 10-12 1697 Inglaterra
James Nelson 34 1753 Inglaterra
Nicholas Culpepper 12-48 1762 Inglaterra
William Cadogan 4 1770 Inglaterra
H. W. Tytler 6 1797 Inglaterra
S. T. Coleridge 15 1807 Inglaterra
Eliza Warren 12 1810 Inglaterra
Caleb Tickner 10-42 1839 Inglaterra
Mary Mallard 15 1859 Norteamérica
Estudio estadístico alemán 1-6 1878-82 Alemania
Si este cuadro es indicativo de las tendencias generales, es posible que a comienzos de la época moderna, quizá como resultado de la reducción de la crianza proyectiva, empezase a ser menos común la prolongación exagerada de la lactancia. También es cierto que los testimonios acerca del destete ganaron en precisión a medida que fue menos frecuente entregar a los niños al ama de cría. Roesslin por ejemplo dice: “Avicena aconseja que se amamante al niño durante dos años… sea como fuere, entre nosotros lo normal es que sólo se les dé de mamar durante un año”. [193] Sin duda, la afirmación de Alice Ryerson en el sentido de que “la edad del destete se redujo radicalmente en la práctica durante el período que precedió a 1750” es demasiado generalizadora. [194] Aunque se suponía que las amas de cría debían abstenerse de todo trato sexual durante la lactancia, de hecho era raro que lo hicieran, y el destete solía preceder al nacimiento del hijo siguiente. Por lo tanto, es posible que la prolongación de la lactancia durante dos años fuera siempre excepcional en Occidente.
Desde el año 2000 a. de C. se han conocido biberones de todas clases; se hacía uso de la leche de vaca y de cabra cuando la había, y muchas veces se hacía chupar al niño directamente de la ubre del animal. [195] Las papillas, por lo general hechas con pan o harina mezclados con agua o leche, complementaban la lactancia o la sustituían desde las primeras semanas y a veces se atracaba con ellas al niño hasta que vomitaba. [196] Todos los demás alimentos eran masticados primero por el ama antes de dárselos al niño. [197] En todas las épocas se administraban, normalmente, a los niños opio y bebidas alcohólicas para que dejaran de llorar. El papiro de Ebers habla de la eficacia de una mezcla de semillas de adormidera y excrementos de moscas: “¡Surte efecto inmediatamente!”. El doctor Hume se quejaba en 1799 de que miles de niños morían todos los años porque las nodrizas “siempre estaban haciéndoles tragar Godfrey’s Cordial, que es un opiáceo muy fuerte y en definitiva tan fatal como el arsénico. Afirman que lo hacen para hacer callar al niño, y desde luego, así muchos se quedan callados para siempre”. En muchos casos se administraban dosis diarias de licor “a una criatura que es incapaz de rechazar la ración, pero que demuestra su repugnancia debatiéndose y haciendo muecas”. [198]
En las fuentes hay muchos indicios de que a los niños, por regla general, no se les daba alimento suficiente. Los hijos de los pobres, por supuesto pasaban hambre a menudo, pero incluso los de los ricos, sobre todo las niñas, se suponía que debían tomar pequeñas cantidades de comida y poca carne o ninguna. Es bien conocida la descripción de la “dieta de hambre” de los jóvenes espartanos que hizo Plutarco, pero dada las numerosas referencias a la parvedad de la comida, a las tomas de los lactantes, sólo dos o tres al día, al ayuno de los niños y a la privación del alimento como castigo, cabe sospechar que, al igual que a los padres que hoy maltratan a sus hijos, a los padres de otras épocas les resultaba difícil cuidar de que sus hijos estuvieran bien alimentados. [200] En las autobiografías, desde san Agustín hasta Baxter, los autores se confiesan del pecado de glotonería por robar frutas siendo niños; nadie ha pensado jamás en preguntarse si lo hacían porque tenían hambre. [201]
Sujetar al niño con diversos tipos de trabas era una práctica casi universal. La empañadura era el hecho fundamental de los primeros años de la vida del niño. Como hemos señalado, la sujeción se consideraba necesaria porque el niño estaba tan lleno de peligrosas proyecciones de los adultos que si se le dejaba suelto se sacaría los ojos, se arrancaría las orejas, se rompería las piernas, se deformaría los huesos, se sentiría aterrorizado al ver sus propios miembros e incluso se arrastraría a cuatro patas como un animal. [202] La envoltura tradicional es muy parecida en todas las épocas y en todos los países. “Consiste en privar totalmente al niño del uso de sus miembros envolviéndole con una venda interminable hasta hacerle parecer un leño; con lo cual a veces se producen excoriaciones en la piel; la carne está oprimida casi hasta la gangrena; la circulación queda casi interrumpida, y el niño sin la menor posibilidad de moverse. Su pechito está rodeado por una faja… Se le aprieta la cabeza para darle la forma que se le ocurra a la comadrona; y se le mantiene en ese estado mediante la presión debidamente ajustada”. [203]

La envoltura del niño en fajas y pañales era tan complicada que se tardaba hasta dos horas. [204]



Ilustración 7
Envolviendo al niño – English (1633).
La comodidad que suponía para los adultos era enorme, pues raras veces tenían que prestar atención a las criaturas una vez atadas. Como ha demostrado un estudio médico reciente sobre la empañadura, los niños enfajados son sumamente pasivos, el corazón les late más despacio, lloran menos, duermen mucho más y, en general, son tan introvertidos e inactivos que los médicos que hicieron el estudio se preguntaron si no debía ensayarse de nuevo el fajamiento. [205] Las fuentes históricas confirman estos hechos: desde la Antigüedad, los médicos estuvieron de acuerdo en que “el insomnio no es natural en los niños ni resultado del hábito, es decir, de la costumbre, pues duermen siempre”. Y hay constancia de que se les tenía durante horas acostados detrás del horno caliente, colgados de ganchos clavados en las paredes, metidos en cubas y, en general, se les dejaba “como un paquete, en cualquier rincón donde no estorbaran”. [206] Casi todos los pueblos envolvían en fajas a los niños. Incluso en el antiguo Egipto, donde se afirma que no existía esta costumbre puesto que los niños aparecen desnudos en las pinturas, es muy posible que si existiera, pues Hipócrates así lo dice y en algunas figurillas se observan envolturas y fajas. [207] Las pocas regiones en que no se empleaban fajas, como la antigua Esparta y las tierras altas de Escocia, eran también regiones en que las prácticas de fortalecimiento eran más rigurosas, como si no hubiera otra alternativa que enfajar a los niños o llevarles de un lado a otro desnudos y hacerles correr sobre la nieve sin ropas. [208] Tan por supuesta se daba la práctica del fajamiento que los datos relativos a su duración son muy irregulares antes de los comienzos de la época moderna. Sorano dice que  los romanos suprimían las fajas entre los 40 y 60 días; supongamos con optimismo que estas cifras fueran más verídicas que los “dos años” de que habla Platón. [209] El  fajar a los niños bien apretados, e incluso a veces el atarles con cuerdas a tableros para transportarlos, continúo a lo largo de la Edad Media, pero todavía no he podido averiguar hasta qué edad. [210] Los escasos datos que ofrecen las fuentes de los siglos XVI y XVII, más un estudio del arte de la época, indican que en esos siglos a los niños se les fajaba por entero durante un periodo de uno a cuatro meses; después se dejaban los brazos libres permaneciendo fajados el cuerpo y las piernas de seis a nueve meses más. [211] Los ingleses fueron los primeros en suprimir el fajamiento, como también en poner fin a la crianza fuera del hogar. En Inglaterra y Norteamérica la costumbre de envolver en fajas estaba desapareciendo a fines del siglo XVIII, y en Francia y Alemania en el XIX. [212]
Ilustración 8
Estos niños envueltos en fajas  ilustran el lento proceso en remover la empañadura
(griego, siglo V a.C; italiano, siglo XV; inglés, siglo XVI)
 

Ilustración 9
Niño Envuelto Medieval
El niño se ve envuelto con más de 1 año de edad
(Reuner Musterbuch, 1210 A.D.)
Una vez liberado el niño de sus vendas continuaba imponiéndosele trabas físicas de todo tipo que variaban según los países y épocas. A veces se le ataba a sillas para impedir que gatera. Todavía en el siglo XIX se le unían a la ropa unos tirantes para sujetarlo y llevarlo de un lado a otro. Era frecuente poner a niños y niñas corsés y fajas de hueso, madera o hierro. A veces se les ataba a espalderas y se les metían los pies en el cepo mientras estaban estudiando, y se utilizaban collares de hierro y otros artilugios para “corregir la postura”, como el que describe Francis Kemble: “Un horrible instrumento de tortura de tipo espaldar, de acero cubierto de tafilete rojo, que consistía en una pieza plana que me ponían en la espalda y me sujetaban al pecho con un cinturón y aseguraban arriba con dos hombreras atadas a los hombros. Del centro salía una varilla o espina de hierro con un collar de acero que me rodeaba la garganta y se abrochaba por detrás”. [213]
 
Ilustración 10
Child’s Sleeping-Belt
Se usa para mantener el cuerpo derecho mientras duerme,
una de las docenas de dispositivos de retención inventados por el el pedagogo del s.XIX
, D.G.M. Schreber.
Parece que estos instrumentos se usaban más en los siglos XVI a XIX que en la Edad Media, pero ello puede deberse a la escasez de fuentes de esta última época. No obstante, hay dos prácticas que probablemente eran comunes a todos los países desde la Antigüedad. La primera es llevar a los niños ligeros de ropa con el fin de “fortalecerlos”; la segunda es el empleo de andadores cuya finalidad expresa era ayudar a andar, pero que de hecho se usaban para impedir que el niño anduviera a gatas, lo cual se consideraba propio de los animales. Felix Würtz (1563) describe el empleo de uno de estos artificios:


Ilustración 11
Soporte de pie y soporte de cama con correas
(Jacques Stella, 1657.)
Hay polleras para que los niños se tengan de pie, en las que pueden girar en todos sentidos; cuando las madres o niñeras los ponen en ella ya no se cuidan más de los niños, los dejan solos, se van a hacer sus cosas, suponiendo que el niño tiene lo que necesita; pero no reparan en la fatiga y el sufrimiento del pobre niño… el pobre niño… tiene que estar de pie quizá durante muchas horas, siendo así que media hora de pie es demasiado… Quisiera que todas esas polleras fueran quemadas. [214]
CONTROL DE LA EVACUACIÓN, DISCIPLINA Y SEXO
 Aunque sillas con orinales debajo han existido desde la Antigüedad, antes del siglo XVIII no hay dato alguno sobre el control de la evacuación en los primeros meses de la vida del niño. Pese a que los padres se quejaban con frecuencia, como Lutero, de que sus hijos “ensuciaban los rincones”, y pese a que los médicos prescribían remedios, incluidos los azotes, para los niños que “mojaban la cama” (los niños generalmente dormían con los adultos), la lucha entre padres e hijos respecto del control de la orina y las heces en la infancia es un invento del siglo XVIII, producto de una etapa psicogénica tardía. [215]
Los niños han sido identificados siempre con sus excrementos. A los recién nacidos se les llama ecême, y la palabra latina merda dio origen a la francesa merdeux, niño pequeño. [216] Pero con anterioridad al siglo XVIII eran el enema y la purga, no el orinal, los medios principales utilizados para relacionarse con el interior del cuerpo del niño. A los niños se les administraban supositorios, enemas y purgas por la boca estando enfermos y estando sanos. Una autoridad del siglo XVII decía que era conveniente purgar a los niños antes de darles de mamar, a fin de que la leche no se mezclara en las heces. [217] El diario de Héroard sobre Luis XIII está lleno de descripciones minuciosas de lo que entra y sale del cuerpo de Luis, y se le administraron literalmente miles de purgas, supositorios y enemas a lo largo de su infancia.
Ilustración 12
Enema
Retrato típico alemán del siglo XVIII aplicando un enema regular al bebé.
La orina y las heces de los niños eran examinadas con frecuencia para determinar su estado interior. La descripción de este proceso por David Hunt revela claramente el origen proyectivo de lo que he llamado “niño-recipiente”:

“Se suponía que los intestinos del niño encerraban una materia que se dirigía al mundo del adulto con insolencia, en tono amenazador, con malicia e insubordinación. El hecho de que el excremento del niño tuviera un aspecto y un olor desagradable significaba que el propio niño tenía allá, en lo más profundo de su cuerpo, una mala inclinación. Por plácido y bien dispuesto que pareciera, el excremento que periódicamente salía de él era considerado como el mensaje insultante de un demonio interior que indicaba los “malos humores” que ocultaba en su interior”. [218]

Hasta el siglo XVIII no se pasó del enema al bacín. El dominio de la evacuación no sólo se inició en una época anterior, en parte a consecuencia de la reducción del empleo de fajas, sino que todo el proceso de lograr que el niño controlara los productos de su cuerpo fue investido de una importancia emocional antes desconocida. La lucha con la voluntad de un niño en sus primeros meses de vida daba la medida de la intensidad de la relación de los padres con sus hijos, y representaba un avance con respecto al reinado del enema. [219] En el siglo XIX los padres, por lo general, iniciaban seriamente la educación higiénica en los primeros meses de la vida del niño, y a finales del siglo sus exigencias de limpieza eran ya tan estrictas que el niño ideal era aquel “que no puede soportar suciedad alguna en su cuerpo, en su ropa o en lo que le rodea, ni siquiera por un momento”. [220] Incluso hoy, muchos padres ingleses y alemanes inician la educación higiénica antes de los seis meses; en Norteamérica el promedio se acerca más a los nueve meses y el campo de variación es mayor. [221]
Los datos que he reunido sobre los métodos de castigar a los niños me llevan a pensar que un porcentaje muy alto de los niños nacidos antes del siglo XVIII eran lo que hoy llamaríamos “battered children” (niños apaleados). He examinado más de doscientos escritos anteriores al siglo XVIII en los que se formulan consejos sobre la crianza de los niños. En la mayoría de ellos se aprueba el castigo corporal, y en todos se admite en determinadas circunstancias salvo en tres de ellos, cuyos autores Plutarco, Palmieri y Sadoleto, se dirigen a padres y maestros sin referencia alguna a las madres. [222] He hallado biografías de setenta niños anteriores al siglo XVIII, y todos ellos recibían golpes excepto uno, la hija de Montaigne. Por desgracia, en los ensayos de Montaigne sobre los niños hay tantas contradicciones que cabe preguntarse si esta afirmación es digna de crédito. De Montaigne es más conocido aquel pasaje en el que cuenta que su padre era tan afectuoso con él que contrataba a un músico que tocaba todas las mañanas un instrumento para despertarle, con el fin de que su delicado cerebro no se sobresaltara. No obstante, de ser cierto este pasaje, esta vida de familia tan poco usual sólo pudo durar dos o tres años, pues en realidad cuando nació lo llevaron a otra localidad donde permaneció varios años al cuidado de un ama de cría, y de los seis a los trece años estuvo en la escuela, en otra ciudad, porque su padre consideraba que era “perezoso, lento y de mala memoria”. Cuando declaró que su hija tenía “más de seis años ya, y nunca ha sido aconsejada ni castigada por sus faltas infantiles… con otra cosa que palabras”, la niña tenía en realidad once años. En otros escritos admite, con respecto a sus hijos: “No he aceptado de buen grado que se criaran junto a mí”. [223] Por eso quizá debamos hacer una reserva acerca de esta niña, la única que no sufrió golpes (Peiper, en su amplio estudio de la literatura sobre castigos corporales llega a conclusiones parecidas a las mías). [224]
Entre los instrumentos de castigo figuraban látigos de todas clases, incluidos los de nueve ramales, palas, bastones, varas de hierro y de madera, haces de varillas, disciplinas e instrumentos escolares especiales, como una palmeta que terminaba en forma de pera y tenía un agujero redondo para levantar ampollas. De la frecuencia comparativa de su uso dan una idea las categorías del maestro de escuela alemán que calculaba que había dado 911,527 golpes con el garrote, 124,000 latigazos, 136,715 bofetadas y 1,115,800 cachetes. [225] Las palizas que se describen en las fuentes eran en general muy duras, producían magulladuras y heridas, comenzaban en edad temprana y eran un elemento normal de la vida del niño.
Siglo tras siglo, los niños zurrados crecían y a su vez zurraban a sus hijos. La protesta pública era rara. Incluso humanistas y maestros que tenían fama de ser muy bondadosos, como Petrarca, Ascham, Comenio y Pestalozzi, aprobaban el castigo corporal de los niños. [226] La esposa de Milton se quejaba de que le disgustaba oír gritar a sus sobrinos cuando él les pegaba, y Beethoven pegaba a sus alumnos con una aguja de calcetar y a veces les pinchaba. [227] Ni siquiera la realeza se libraba de los golpes, como confirma la infancia de Luis XIII. Su padre tenía junto a sí, en la mesa, un látigo, y ya a los diecisiete meses el delfín sabía que no debía llorar cuando le amenazaba con el látigo. A los quince meses empezaron a azotarle sistemáticamente, muchas veces desnudándole. Tenía frecuentes pesadillas relacionadas con los azotes, que le administraban por la mañana al despertarse. Siendo ya rey seguía despertándose de noche aterrorizado por la idea de la paliza matutina. El día de su coronación, con ocho años, fue azotado y dijo: “Preferiría prescindir de tanta pleitesía y tantos honores y que no me azotaran”. [228]
Dado que los niños a los que no se envolvía en fajas eran sometidos a prácticas de fortalecimiento, quizá el fajamiento cumplía la función de reducir la propensión del padre a maltratar al niño. Todavía no he encontrado ningún caso de un adulto que golpeara a un niño fajado. En cambio, era muy frecuente que se pegara a niños muy pequeños no vestidos de esa manera, signo cierto del síndrome de la “paliza”. Susana Wesley decía de sus bebés: “Cuando cumplían un año —y a algunos antes— se les enseñaba a temer la vara y a llorar quedo”. Giovanni Dominici decía que se dieran a los niños pequeños “azotes frecuentes pero no fuertes”. Rousseau decía que a los niños de pecho se les pegaba con frecuencia desde sus primeros días para mantenerlos callados. He aquí lo que cuenta una madre de su primera batalla con su niño de cuatro meses: “Lo vapuleé hasta que se puso morado y hasta que no pude pegarle más, y no cedió ni una sola pulgada.” Los ejemplos pueden multiplicarse. [229]


Ilustración 13
“Cabalgata” a un estudiante.
Estas escenas, romana (Herculano) y medieval
(1140 A.D.), ilustran una postura popular para someter a los escolares, llamada “cabalgata” en las escuelas inglesas del siglo XIX.
Un curioso método de castigo, que fue aplicado al eclesiástico Alcuino en la Alta Edad Media, siendo niño de pecho, era cortar o pinchar las plantas de los pies con un instrumento parecido a la lezna del zapotero. Esto nos recuerda la costumbre que tenía el obispo de Ely de pinchar a sus sirvientes jóvenes con una aguijada que siempre llevaba en la mano. Cuando Jane Grey se quejaba de que sus padres le daban “pescozones y pellizcos” y Thomas Tusser protestaba de los “tirones de orejas, como se azuza a un oso: ¡qué bofetones en la boca, qué empellones, qué pellizcos!”, es posible que el instrumento utilizado fuera la aguijada. Si nuevas investigaciones revelaran que la aguijada se usaba también con los niños en la Antigüedad, se vería desde otra perspectiva la muerte de Layo a manos de Edipo en aquel camino solitario, pues realmente Layo le incitó a hacerlo al descargarle “en medio de la cabeza su aguijada de dos puntas”. [230]
Aunque los datos que ofrecen las fuentes más antiguas sobre la severidad de los castigos son muy deficientes, parece haber pruebas de una mejora visible en cada una de las épocas de la historia de Occidente. En la Antigüedad había multitud de artificios y prácticas desconocidos en períodos posteriores, entre ellos trabas para los pies, esposas, mordazas, tres meses en “el cepo” y los sangrientos torneos de flagelación de los espartanos, en los que muchas veces se azotaba a los muchachos hasta que morían. [231] Hay una costumbre anglosajona que revela el nivel de la consideración que merecían los niños en otros tiempos. Dice Thrupp: “Era costumbre, cuando se deseaba conservar un testimonio legal de una ceremonia, que asistieran a ella los niños, que allí mismo eran azotados con especial rudeza, lo cual se suponía que daría mayor peso a cualquier prueba de los hechos”. [232]
Más difícil aún es hallar referencias a modalidades concretas de castigo en la Edad Media. Una ley del siglo XIII dio carácter público al castigo corporal de los niños: “Si se azota a un niño hasta sangrarlo, el niño lo recordará; pero si se le azota hasta causarle la muerte, se aplicará la ley”. [233] Con arreglo a la mayoría de las descripciones medievales, las palizas eran muy considerables, aunque san Anselmo, como en tantos otros aspectos, demuestra lo avanzado de su mentalidad con respecto a su época diciéndole a un abad que no pegue con fuerza a los niños, pues “¿Acaso no son humanos? ¿No son de carne y hueso como tú?” [234] Pero hubo de llegar al Renacimiento para que se empezara seriamente a aconsejarse moderación en el castigo, si bien tal consejo iba generalmente acompañado de la aprobación de los azotes sabiamente administrados. Como decía Bartholomew Batí, los padres debían “mantenerse en un justo medio”, lo que quiere decir que no debían “dar golpes y manotadas a sus hijos en la cara o en la cabeza ni azotarles como a sacos de malta con garrotes, trancas, bieldos o palas”, pues en tal caso podrían morir a consecuencia de los golpes. Lo correcto era “darle en los costados… con la vara, eso no le causará la muerte”. [235]
En el siglo XVII se hicieron algunos intentos para limitar el castigo corporal de los niños, pero fue en el siglo XVIII cuando la reducción fue más notable. Las primeras biografías que he encontrado de niños que tal vez no recibieran golpes nunca datan de 1690 a 1750. [236] Hasta el siglo XIX no empezó a desaparecer en la mayor parte de Europa y América del Norte la vieja costumbre de los azotes, manteniéndose por más tiempo en Alemania, donde el 80 por ciento de los padres todavía admiten que pegan a sus hijos, y un 35 por ciento con bastones. [237]
A medida que empezaron a disminuir los azotes fue preciso buscar sustitutivos. Por ejemplo, encerrar a los niños en lugares oscuros fue una práctica muy generalizada en los siglos XVIII y XIX. Se les metía en “cuartos oscuros, donde permanecían olvidados durante horas”. Una madre encerró a su niño de tres años en un cajón. Otra casa era “una especie de Bastilla en pequeño, pues en cada una de sus alacenas se hallaba un reo; unos estaban llorando y repitiendo verbos, otros comiendo su ración de pan y agua”. A veces se les dejaba encerrados en habitaciones durante varios días. Un niño francés de cinco años que visitaba con su madre una nueva casa le dijo: “Oh, no, mamá, es imposible: ¡No hay cuarto oscuro! ¿Dónde me ibas a meter cuando fuera desobediente?”. [238]
En lo que se refiere al sexo en la infancia, la averiguación histórica de los hechos presenta más dificultades de las usuales, pues a la reticencia y represión que se observa en nuestras fuentes se añade la falta de acceso a la mayoría de los libros, manuscritos y objetos que constituyen la base de nuestra investigación. Entre los bibliotecarios predominan todavía las actitudes victorianas con respecto al sexo, y la gran mayoría de las obras históricas que tratan de cuestiones sexuales permanecen bajo llave en los sótanos y almacenes de bibliotecas y museos de toda Europa y ni siquiera el historiador puede disponer de ellas. Aún así, en las fuentes que hemos podido consultar hasta ahora hay indicios suficientes de que los abusos sexuales cometidos con los niños eran más frecuentes en otros tiempos que en la actualidad, y que los severos castigos infligidos a los niños por sus deseos sexuales en los últimos doscientos años eran producto de una etapa psicogénica tardía en la que el adulto utilizaba al niño para refrenar, en lugar de poner por obra, sus propias fantasías sexuales. En la manipulación sexual, como en los malos tratos corporales, el niño no era más que una víctima incidental: una medida del papel que ello desempañaba en el sistema de defensa del adulto.


Ilustración 14
Hombre griego jugando con pene de niño
En la Antigüedad, el niño vivía sus primeros años en un ambiente de manipulación sexual. En Grecia y Roma no era infrecuente que los jóvenes fueran utilizados como objetos sexuales por hombres mayores. La forma concreta y la frecuencia de tal utilización variaba según las regiones y las épocas. En Creta y Beocia, eran comunes los matrimonios y las lunas de miel entre pederastas. Los abusos eran menos frecuentes entre los muchachos romanos de la aristocracia, pero la utilización de los niños con fines sexuales era visible en alguna forma en todas partes. [239] En toda las ciudades había burdeles de muchachos, y en Atenas se podía incluso contratar el uso de un servicio de alquiler de muchachos. Aun allí donde la ley no fomentaba la homosexualidad entre muchachos libres, los hombres tenían esclavos con tal fin, de modo que incluso los niños que nacían libres veían a sus padres dormir con muchachos. A veces los niños eran vendidos como mancebos. Musonio Rufo se preguntaba si uno de estos muchachos podía moralmente oponer resistencia: “Conocía a un padre tan depravado que, teniendo un hijo notable por su belleza juvenil, lo vendió condenándole a una vida de ignominia. Si ese muchacho que fue vendido y lanzado a esa vida por su padre se hubiera negado y no hubiera querido prestarse a ello, diríamos que era desobediente”. [240] La principal objeción de Aristóteles a la idea de Platón de que los hijos se mantuvieran en común era que cuando los hombres tuvieran relaciones sexuales con muchachos no sabrían si eran sus propios hijos, cosa que para Aristóteles era “el colmo de la indecencia”. [241] Plutarco decía que la razón por la cual los muchachos romanos libres llevaban al cuello una bola de oro cuando eran muy jóvenes era que de ese modo los hombres podían saber cuáles eran los muchachos con los que no era correcto tener trato sexual cuando se encontraban con un grupo de ellos desnudos. [242]
La observación de Plutarco es una entre las muchas que indican que los abusos sexuales no se limitaban a los muchachos de más de once o doce años, como suponen la mayoría de los estudiosos. Es muy posible que pedagogos y maestros abusaran sexualmente de niños más pequeños en todos los períodos de la Antigüedad. Aunque se promulgaron toda clase de leyes para tratar de reducir los ataques sexuales a escolares por parte de los adultos, la largas y pesadas palmetas que llevaban pedagogos y maestros servían a menudo para amenazar a los niños. Quintillano, después de muchos años de enseñanza en Roma, ponía en guardia a los padres contra la frecuencia de los abusos sexuales por parte de los maestros, basando en ello su desaprobación del castigo corporal en las escuelas:
El acto de azotar trae consigo muchas veces, a causa del dolor y miedo, cosas feas de decirse, que después causan rubor: vergüenza que quebranta y abate el alma, inspirándola hastío y tedio de la misma luz. Además de lo dicho, si se cuida poco de escoger ayos y maestros de buenas costumbres, no se puede decir sin vergüenza para qué infamias abusan del derecho y facultad de castigar en esta forma los hombres mal inclinados, y qué ocasión ofrece a otros este miedo de los miserables discípulos. No me detendré mucho en esto: demasiado es lo que se deja entender. [243]

Esquines cita algunas de las leyes de Atenas con las que se intentaba limitar los ataques sexuales de que eran objeto los escolares:

“Considérese el caso de los maestros… está claro que el legislador desconfía de ellos… Prohíbe al maestro que abra la escuela, o al profesor de gimnasia el gimnasio, antes de la salida del sol, y les obliga a cerrar ambos antes de la puesta del sol; pues mucho recela de que se queden a solas con un muchacho o en la oscuridad con él”. [244]

Esquines, cuando procesa a Timarco por haberse prostituido de muchacho, cita como testigos a varios hombres que admiten haber pagado para sodomizarlo. Esquines reconoce que muchos, incluido él mismo, eran utilizados como objeto sexual siendo niños, pero no mediante pago, pues ello hubiera sido ilegal. [245]
Los datos que ofrecen la literatura y el arte confirman este hecho de la utilización sexual de los niños más pequeños. Petronio gusta de describir a los adultos palpando el “pequeño instrumento inmaduro” de los muchachos, y su relato sobre la violación de una niña de siete años, con una larga fila de mujeres batiendo palmas alrededor del lecho, hace pensar que las mujeres no dejaban de desempeñar un papel en tales actos. [246]
Ilustración 15
Niños esperan a los adultos durante la orgía
(Greek drawing of symposium feast)
Aristóteles decía que la homosexualidad solía hacerse habitual en “aquellos de quienes se abusa desde la infancia”. Se ha supuesto que los niños desnudos que aparecen en los vasos atendiendo a los adultos en las escenas eróticas eran sirvientes, pero dado que los niños de noble cuna solían desempeñar funciones de criados, hemos de considerar la posibilidad de que fueran de la casa. Pues, como decía Quintillano de los niños romanos nobles: “Si prorrumpen en alguna desenvoltura, mostramos contento de ello. Aprobamos con nuestra risa y aún besándolos, expresiones que incluso en medio de la licencia de Alejandría serían intolerables… a nosotros nos las oyeron, ven a nuestras amantes y mancebas. Resuenan en los convites cantares obscenos y se ve lo que no se pude mentar”. [247]
Incluso los judíos, que trataron de acabar con la homosexualidad de los adultos mediante severos castigos, eran más indulgentes en el caso de los muchachos. Pese al precepto mosaico en contra de la corrupción de los niños, la pena con que se castigaba la sodomía con niños de más de nueve años era la lapidación, pero la cópula con niños de menor edad no era considerada como acto sexual,  y sólo se castigaba con azotes “por razones de disciplina pública”. [248]
Conviene recordar que no es posible que se cometan abusos sexuales con los niños en forma generalizada sin la complicidad, por lo menos inconsciente, de los padres. En otras épocas los padres ejercían el control más absoluto sobre sus hijos y eran ellos quienes tenían que acceder a entregarlos a quienes los ultrajaban. Plutarco reflexiona sobre la importancia que revestía esta decisión para los padres:

“Soy reacio a tocar el tema, reacio también a pasarlo por alto… Si debemos permitir que los pretendientes de nuestros muchachos se reúnan con ellos y pasen el tiempo con ellos, o si por el contrario, se les debe excluir e impedir que tengan intimidad con nuestros hijos. Siempre que pienso en ese tipo de padres austeros, intransigentes y severos que consideran que la intimidad con los amantes supone para sus hijos un ultraje intolerable, la prudencia me mueve a no manifestarme a favor y en defensa de tal práctica. [Sin embargo, Platón] declara que a los hombres que han demostrado su valía debe permitírseles acariciar a cualquier muchacho hermoso que les plazca. Así pues, a los amantes que sólo anhelan gozar de la belleza del cuerpo es justo alejarles; pero debe darse libre acceso a los amantes del espíritu.” [249]

Al igual que los adultos que hemos visto antes alrededor de Luis XIII niño, los griegos y los romanos no podían evitar meter mano a los niños. Sólo he descubierto un testimonio de que esa práctica se extendía, como en el caso de Luis XIII, a la primera infancia. Suetonio censuraba a Tiberio porque “enseñaba a niños de tierna edad, a los que llamaba sus ‘pescaditos’, a jugar entre sus piernas mientras se bañaba. A los que todavía no habían sido destetados, pero eran fuertes y sanos, les metía el pene en la boca”. Es posible que Suetonio se inventara la anécdota, pero evidentemente tenía motivos para pensar que sus lectores le creerían. Así lo hizo, al parecer, Tácito, que la relata también. [250]
Pero la práctica sexual preferida tratándose de niños no era la fellatio o estimulación oral del pene, sino la cópula anal. Marcial dice que al sodomizar a un muchacho debe uno “abstenerse de excitar las ingles manoseándolas… La Naturaleza ha dividido al varón: una parte ha sido hecha para las mujeres, otra para los hombres. Usad vuestra parte”. Esto, dice, es aconsejable porque la masturbación “adelantaría la edad viril” de los muchachos, observación que Aristóteles había hecho poco antes que él. En los vasos eróticos en que se representan escenas de juegos sexuales con niños impúberes, el pene nunca se muestra en erección. [251] La homosexualidad de los hombres de la Antigüedad no era realmente como la de hoy, sino una categoría psíquica muy inferior, que a mi juicio debería denominarse “ambisexualidad” (de hecho ellos mismos utilizaban el término “ambidextro”). El homosexual va detrás de los hombres para huir de las mujeres, como defensa contra el conflicto edípico; mientras que el ambisexual nunca ha alcanzado de verdad el nivel edípico, y usa de los hombres y de las mujeres casi indistintamente. [252] En realidad, como señala la psicoanalista Joan McDougall, el objeto principal de este tipo de perversión es demostrar que “no existe diferencia entre los sexos”. McDougall dice que es un intento de controlar los traumas sexuales de la infancia por inversión: poniendo el adulto a otro niño en la situación de indefensión como un intento de dominar la ansiedad de la castración; demostrando así que “la castración no es dolorosa y que de hecho es la condición misma de la excitación erótica”. [253] Este es un buen retrato del hombre de la Antigüedad. Se decía con frecuencia que la cópula con niños castrados era especialmente excitante:  los niños castrados eran los voluptates preferidos en la Roma imperial y a los niños se les castraba “en la cuna”, y se les llevaba a lupanares para que gozaran de ellos hombres que gustaban de la sodomía con niños castrados. Cuando Domiciano promulgó una ley que prohibía la castración de los niños destinados a los burdeles, Marcial le elogió: “Los niños te amaban ya antes… pero ahora también los niños de pecho te aman, César”. [254] Paulo de Egina describe el método comúnmente utilizado para castrar a los niños pequeños:

“Como a veces nos vemos obligados en contra de nuestra voluntad por personas de alto rango a llevar a cabo la operación, [ésta] se efectúa por compresión. El niño, aún de tierna edad, es metido en una vasija con agua caliente, y después, cuando las partes se ablandan en el baño, hay que apretar los testículos con los dedos hasta que desaparecen”.

La otra posibilidad, dice, es ponerlos en un banco y cortarles los testículos. Muchos médicos de la Antigüedad hacen referencia a esta operación, y Juvenal dice que habían de hacerla con frecuencia. [255]

Signos de castración rodeaban al niño en la Antigüedad. En todos los campos y jardines veía un Príapo, con un gran pene en erección y una hoz que simbolizaba la castración. Sus pedagogos y maestros podían estar castrados, por todas partes había prisioneros castrados y los sirvientes de sus padres en muchos casos eran castrados. San Jerónimo decía que algunas personas se habían preguntado si era prudente dejar que las muchachas se bañaran con eunucos. Y aunque Constantino promulgó una ley contra los castradores, la práctica se extendió tan rápidamente bajo sus sucesores que incluso los nobles mutilaban a sus hijos para facilitar su carrera política. También se castraba a los niños para “curarles” de diversas enfermedades, y Ambroise Parê lamentaba que hubiera tantos “castradores” sin escrúpulos que, codiciosos de los testículos de niños para utilizarlos con fines mágicos, persuadían a los padres para que les dejaran castrar a sus hijos. [256]
El cristianismo introdujo en el debate un concepto nuevo, la inocencia del niño. Como dice san Clemente de Alejandría, cuando Cristo aconsejaba a las gentes que “se hicieran como niños” para entrar en el reino de los cielos, sus palabras debían entenderse rectamente. “No somos criaturas en el sentido de que rodemos por el suelo o vayamos reptando como hacen las serpientes”. Lo que Cristo quería decir era que los mayores debían llegar a ser tan “incontaminados” como los niños: puros, sin conocimiento carnal. [257] A lo largo de la Edad Media los cristianos empezaron a reforzar la idea de que los niños ignoraban por completo toda noción de placer y de dolor. Un niño “no ha probado los placeres sensuales y no tiene idea de los impulsos de la virilidad… Se vuelve uno como un niño con respecto a la ira y se comporta uno como el niño en relación con el propio pesar, de modo que a veces ríe y juega mientras su padre o su madre o su hermano yace muerto”. [258] Por desgracia, la idea de que los niños son inocentes e inmunes a la corrupción es un argumento defensivo utilizado con frecuencia por quienes abusan de los niños para no reconocer que con sus actos les hacen daño, de manera que la ficción medieval de que el niño es inocente sólo sirve para que nuestras fuentes sean menos reveladoras y no demuestra nada en relación con lo que realmente sucedía. El abad Guibert de Nogent decía que los niños eran bienaventurados por no tener pensamientos ni facultades carnales; cabe preguntarse a qué se refería entonces cuando confesaba “las maldades que cometí en la infancia”. [259] En su mayoría, los sirvientes son acusados de abusar de los niños; incluso una lavandera podía “inducir a la perversión”. Los criados son dados a “gastar bromas libidinosas… en presencia de los niños y corrompen sus principales facultades”. Las niñeras no deben ser muchachas jóvenes, “pues muchas de ellas han despertado prematuramente el fuego de la pasión, como refieren relatos verídicos y, me atrevo a decir, como demuestra la experiencia”. [260]
Giovanni Dominici, en una obra escrita en 1405, trató de poner límites a la cómoda “inocencia” de la infancia; dijo que a partir de los tres años los niños no debían ver desnudos a los adultos, pues “suponiendo que no surja ningún pensamiento ni movimiento natural antes de los cinco años, si no se toman precauciones, criándose el niño en medio de tales actos se acostumbra a ellos y después ya no se avergüenza de ellos”. En el lenguaje que utilizaba se percibe que los propios padres eran muchas veces los que abusaban del niño:

“Debe dormir vestido con un camisón que le llegue por debajo de la rodilla, teniendo cuidado en lo posible de que no quede descubierto. Que no le toque la madre ni el padre, mucho menos otras personas. Para no causar tedio escribiendo tan detalladamente sobre esto, me remitiré a la historia de los antiguos, que aplicaban plenamente esta doctrina para criar bien a los niños y no hacer de ellos esclavos de la carne.” [261]

Que en el Renacimiento se estaba produciendo un cambio en la manipulación de los niños con fines sexuales es un hecho que se desprende no sólo del creciente número de moralistas que la reprobaban (al igual que la nodriza de Luis XIII, Jean Gerson decía que era deber del niño impedir que otros abusaran de él ) sino también en el arte de la época. No sólo están llenas las pinturas del Renacimiento de putti o cupidos desnudos quitándose la venda de los ojos frente a mujeres desnudas sino que, además, se representa con mayor frecuencia a niños de verdad acariciando la barbilla de  la madre o con una pierna entre las de ella, posturas ambas que son signos iconográficos convencionales del amor sexual, y a menudo se pinta a la madre con la mano muy cerca de la zona genital del niño. [262]
La campaña contra la utilización sexual de los niños continuó a lo largo del siglo XVII, pero en el XVIII tomó un giro totalmente nuevo: castigar al niño o niña por tocarse los genitales. El hecho de que en ninguna de las sociedades primitivas estudiada por Whiting y Child [263] existan prohibiciones relativas a la masturbación infantil indica que tal prohibición representa, como el control de la evacuación en edad temprana, una etapa psicogénica tardía. La actitud de la mayoría de la gente con respecto a la masturbación con anterioridad al siglo XVIII, se pone de manifiesto en el consejo de Flopio a los padres, quienes deben “cuidar celosamente en la primera infancia de agrandar el pene del niño”. [264]
Illustración 16
La Abuela de Cristo juega con su pene.
As Hans Baldung Grien’s 1511 picture
of Anna selbdritt shows, grandmothers were expected
to masturbate their grandchildren.
Aunque la masturbación por parte de los adultos era pecado venial, los libros penitenciales de la Edad Media raras veces hacen extensiva la prohibición a la infancia; la homosexualidad de los adultos, y no la masturbación, era el tema obsesivo de la reglamentación sexual premoderna. Todavía en el siglo XV Gerson afirma que los adultos le dicen que nunca han oído decir que la masturbación fuera pecaminosa, y da instrucciones a los confesores de que pregunten directamente a los adultos: “Hermano, ¿te tocas o te frotas la verga como acostumbran a hacer los niños?” [265]
Pero fue a comienzos del siglo XVIII, y como culminación del empeño de controlar los abusos cometidos con los niños, cuando los padres empezaron a castigar severamente a sus hijos por masturbarse; y los médicos empezaron a difundir el mito de que la masturbación daba origen a la locura, la epilepsia, la ceguera y causaba la muere. En el siglo XIX esta campaña llegó a extremos increíbles. Médicos y padres aparecían a veces ante el niño armados de cuchillos y tijeras, amenazándole con cortarle los genitales. La circuncisión, la clitoridectomía y la infibulación se utilizaban en ocasiones como castigo, y se prescribían toda clase de dispositivos restrictivos: incluso moldes de yeso y artefactos con púas. La circuncisión estaba especialmente extendida.


Ilustración 17
Artefactos metálicos anti-masturbación.
Francés (G. Jalade-Lafond, 1818)  y alemán (W Scheinlein, 1831.)
Con palabras de un psicólogo infantil norteamericano, cuando un niño de dos años se restriega la nariz y no puede estarse quieto ni un momento, el único remedio es la circuncisión. Otro médico de muchos hogares del siglo XIX cuyo libro fue la Biblia recomendaba vigilar de cerca a los niños para ver si daban señales de masturbarse y llevárselos a él para hacerles la circuncisión sin anestesia, con lo cual quedaban curados.
Ilustración 18
Aros para el pene
Póngalos a los niños por la noche para evitar erecciones durante el sueño
Los gráficos de Spitz sobre diferentes consejos dados en relación con la masturbación muestran que la intervención quirúrgica llega al máximo entre 1850 y 1879, y los artilugios para impedirla en de 1880 a 1904. Hacia 1925 estos métodos habían desaparecido casi por completo —después de dos siglos de agresiones brutales y totalmente innecesarias a los genitales de los niños. [266]
Entretanto, la utilización sexual de los niños después del siglo XVIII estuvo mucho más generalizada entre los criados y otros adultos y adolescentes que entre los padres, aunque, teniendo en cuenta que eran muchos los padres que seguían dejando que sus hijos durmieran con los criados después de haber sorprendido a otros criados anteriores abusando de ellos. Es evidente que las condiciones para que se dieran esos abusos permanecían bajo el control de los padres. El  cardenal Bernis, recordando que había sido objeto de manipulación sexual siendo niño, advertía a los padres que “no hay nada tan peligroso para la moral y quizá para la salud como dejar a los niños demasiado tiempo al cuidado de sirvientas o incluso de jóvenes criadas en los castillos. Añadiré que las mejores de ellas no siempre son las menos peligrosas. Se atreven a hacer con un niño lo que se avergonzarían de hacer con un joven”. [267]  Un médico alemán decía que las nodrizas y doncellas realizaban “toda clase de actos sexuales” con los niños “para divertirse”. El propio Freud cuenta que fue seducido por su niñera cuando tenía dos años, y Ferenczi y otros analistas posteriores han considerado imprudente la decisión tomada por Freud en 1897 de considerar como meras fantasías muchas de las declaraciones de los pacientes sobre experiencias de seducción en la infancia. Como señala el psicoanalista Robert Fleiss: “Nadie se pone enfermo a consecuencia de sus fantasías”. Y gran número de pacientes analizados, incluso actualmente, declaran haber tenido trato sexual con niños, aunque Fleiss es el único que introduce este hecho en su teoría psicoanalítica. Cuando se comprueba que todavía en 1900 había personas que creían que las enfermedades venéreas se podían curar “por medio de la relación sexual con niños” se empieza a tener una idea más clara de las dimensiones del problema. [268]
Huelga decir que los efectos que producían en el niño los graves abusos físicos y sexuales que he descrito eran enormes. Quisiera indicar aquí sólo dos de esos efectos: uno psicológico y otro físico. El primero es la enorme cantidad de pesadillas y alucinaciones sufridas por niños que he hallado en las fuentes. Aunque los escritos de adultos que ofrecen alguna indicación sobre la vida emocional del niño son, en el mejor de los casos, raros, los que he descubierto suelen revelar la existencia de pesadillas repetidas e incluso de verdaderas alucinaciones. Desde la Antigüedad, los escritos pediátricos contienen partes dedicadas a los métodos de combatir los “terribles sueños” de los niños, y a éstos se les pegaba a veces por tener pesadillas. Por la noche permanecían despiertos, aterrorizados por fantasmas imaginarios, demonios, “un dedo corvo que se arrastraba por el cuarto”. [269]
Ilustración 19
Chica exorcizada
Los frecuentes ataques de histeria en los niños a menudo pueden ser curados expulsando al Diablo fuera de ellos,
como en esta pintura de 1520, de Grunewald.
Además, la historia de la brujería en Occidente está llena de testimonios de niños que sufrían ataques convulsivos, pérdida del oído o del habla, pérdida de la memoria, visiones de demonios; que confesaban tener trato sexual con demonios y acusaban de brujería a los adultos, incluso a sus padres. Finalmente, en la Alta Edad Media encontramos niños obsesionados con la danza, cruzadas infantiles y peregrinaciones infantiles: temas que son demasiado amplios para examinarlos aquí. [270]
Un último punto que quiero simplemente tocar es la posibilidad de que los niños de otras épocas sufrieran realmente un retraso físico a consecuencia de la falta de cuidados. Aunque el enfajamiento por sí solo no suele afectar al desarrollo físico de los niños primitivos, unido a la negligencia y a los malos tratos de que eran objeto en otras épocas parece haber dado lugar, en ocasiones, a lo que hoy consideraríamos retraso. Un índice de este retraso es que mientras en la actualidad la mayoría de los niños empiezan a andar a los 10 o 12 meses, en otras épocas generalmente aprendían a andar más tarde. Las edades que figuran en el Cuadro 2 son las que he hallado en las fuentes hasta la fecha.
CUADRO 2.—  Edad al empezar a andar
Fuente [271] Edad en meses Fecha aprox. Nación
Macrobio 28 400 Roma
Federico d’Este 14 1501 Italia
James VI 60 1571 Escocia
Ana de Dinamarca 108 1575 Dinamarca
El hijo de Anne Clifford 34 1617 Inglaterra
John Hamilton 14 1793 Norteamérica
Augustus Hare 17 1834 Inglaterra
Marianne Gaskell 22 1836 Inglaterra
El hijo de H. Tame 16 1860 Francia
Tricksy du Maurier 12 1865 Inglaterra
El hijo de W. Preyer 15 1880 Alemania
Franklin Roosevelt 15 1884 Norteamérica
La hija de G. Dearborn 15 1900 American
Amer. Inst. Child Life 12-17 1913 Norteamérica
Univ. of Minn. -23 bebés 15 1931 Norteamérica

Referencias:

[168] Robert Frances Harper, trad., The Code of Hammurabi King of Babylon about 2250 B.C. (Chicago, 1904), pág. 41; Payne, Child, págs. 217, 279-91; Bossard, Sociology, págs. 607-8; Aubrey Gwynn, Roman Education: From Cicero to Quintillian (Oxford, 1926), pág. 13; Fostel de Coulanges, The Ancient Chy (Garden City, Nueva York, sin fecha), págs. 92, 315.
[169] Harrison, Law, pág. 73.
[170] Herodas, The Mimes and Fragments (Cambridge, 1966), pág. 117.
[171] Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 11; Joyce, History, págs. 164-5; William Andrews, Bygone England: Social Studies in Its Historic Byways and High-ways (Londres, 1892), pág. 70.
[172] John T. McNeill y Helena M. Gamer, Medieval Handbooks of Penance (Nueva York, 1938), pág. 211; Grace Abbott, en The Child and the State, vol.2 (Chicago, 1938), pág. 4, describe una subasta de niños en América.
[173] Georges Contenau, Everyday Life ill Babylon and Assyria (Nueva York, 1966), pág. 18.
[174]  Sidney Painter, William Marshall: Knight-Errant, Baron, and Regent of England (Baltimore, 1933), pág. 16.
[175] Ibid., pág. 14; Graham, Children, pág. 32.
[176] Joyee, History, vol. 1, págs. 164-5; vol. 2, págs. 14-19.
[177] Marjorie Rowling, Everyday Life in Medieval Times (Nueva York, 1968). pág. 138; Furnivall, Meals and Manners, pág. xiv; Kenneth Chariton, Education in Renaissance England (Londres, 1965), pág. 17; Macfarlane, Family Life, pág. 207; John Gage, Life in Italy at the Time of the Medici (Londres, 1968), pág. 70.
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[181] Harper, Code of Hammurabi; Winter, Life and Letters; I. G. Wickes, “A History of Infant Feeding”, Archives of Disease in Childhood, 28 (1953), pág. 340; Gorman, Nurse; A Hymanson, “A Short Review of the History of Infant Feeding”, Archives of Pediatrics, 51 (1934), pág. 2.
[182] Green, Galen’s Hygiene, pág. 24; Foote, “Infant Hygiene”, pág. 180; Soranus, Gynecology, pág. 89; Jacopo Sadoleto, Sadoleto On Education (Londres,1916), pág. 23; Hoikan, Educational Theories, pág. 31; John Jones, The art and science of preserving bodie and soule in healthe (Londres, 1579), pág. 8; Juan de Mariana, The King and the Education of the King (Washington, D.C., 1948), pág. 189; Craig R. Thompson, traductor, The Colloquies of Erasmus (Chicago, 1965), pág. 282; St. Marthe, Paedotrophia, pág. 10; Most, Mensch, pág. 89; John Knodel and Etienne Van de Walle, “Breast Feeding, Fertility and Infant Mortality: An Analysis of Some Early German Data”, Population Studies 21 (1967), págs. 116-20.
[183] Foote, “Infant Hygiene”, pág. 182.
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[185] Aulus Gellius [Aulio Gelio], Attic, pág. 361.
[186] Morelli, Riccordi, págs. 144,452.
[187] James O. Halliwell, dir. de ed., The Autobiography and Correspondence of Sir Simonds D’Ewes (Londres, 1845), pág. 108; véase también William Bray, dir. de ed., The Diary of John Evelyn, vol.1 (Londres, 1952), págs. 330,386; Henry Morley, Jerome Cardan: The Life of Girolamo Cardano of Milan, Physician, 2 vols. (Londres, 1854), pág. 203.
[188] Guillimeau, Nursing, pág. 3.
[189] Wickes, “Infant Feeding,” pág. 235.
[190] Hitchcock, Memoirs, págs. 19, 81; Wickes, “Infant Feeding”, pág. 239; Bayne-Powell, English Child, pág. 168; Barbara Winchester, Tudor Family Portrait (Londres, 1955), pág. 106; Taylor, Angel-Makers, pág. 328; Clifford Stetson Parker, The Defense of the Child by French Novelists (Menasha, Wisconsin, 1925), págs. 4-7; William Hickey, Memoirs of it/Uliam Mickey (Londres, 1913), pág. 4; Jacques Levion, Dady Life at Versadles in the Seventeenth and Eighteenth Centuries, trad. de Elxiane Engel (Londres, 1968), pág. 131; T. G. H. Drake, “The Wet Nurse in the Eighteenth Century”, Bulletin of the History of Medicine, 8 (1940), págs. 934-48; Luigi Tansillo, The Nurse, A Poem, trad. de William Roscoe (Liverpool, 1804), pág. 4; Marmontel, Autobiography, vol. 4 (Londres, 1829), pág. 123; Th. Bentzon, “About French Children”, Century Magazine, 52 (1896), pág. 809; Most, Mensch, págs. 89-112; John M. S Allison, dir. de ed., Concerning the Education of a Prince: Correspondence of the Princess of Nassau-Saarbruck 13 June-15 November, 1758 (New Haven, 1941), pág. 26; Mrs. Alfred Sidgwick, Home Life in Germany (Chatauqua, Nueva York, 1912), pág. 8.
[191] Lucy Hutchinson, Memoirs of Colonel Hutchinson (Londres, 1968), págs. 13-15; Macfarlane, Family Life, pág. 87; Lawrence Stone, The Crisis of the Aristocracy: 1558-1641 (Oxford, 1965), pág. 593; Kenneth B. Murdock, The Sun at Noon (Nueva York, 1939), pág. 14; Marjorie H. Nicoson, dir. de ed., Conway Letters (New Haven, 1930), pág. 10; Countess Elizabeth Clinton, The Countesse of Lincolness Nurserie (Oxford, 1622).
[192] Wickes, “Infant Feeding”, pág. 235; Drake, “Wet Nurse”, pág. 940.
[193]Hymanson, “Review”, pág. 4; Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 118; William H. Stahl, trad., Macrobius: Commentary on the Dream of Scipio (Nueva York, 1952), pág. 114; Barberino, Reggimento, pág. 192; Ruhrah, Pediatrics, pág. 84.
[194] Roesslin, Byrth, pág. 30.
[195] Ryerson, “Medical Advice”, pág. 75.
[196] Wickes, “Infant Feeding,” págs. 155-8; Hymanson, “Review”, págs. 4-6; Still, History of Paediatrics, págs. 335-6, 459; Mary Hopkirk, Queen Over the Water (Londres, 1953), pág. 1305; Thompson, Colloquies, pág. 282.
[197] The Female Instructor: or Young Woman’s Companion (Liverpool, 1811), pág. 220.
[198] W. O. Hassal, How They Lived: An Anthology of OriginalAccounts Written Before 1485 (Oxford, 1962), pág. 20.
[199] Cyril P. Bryan, The Papyrus Ebers (Nueva York, 1931), pág. 162; Still, History of Paediatrics (Londres, 1931), pág. 466; Douglass, Summary, pág. 346; Rauseher, “Volkskunde,” pág. 44; John W. Dodds, The Age of Paradox: A Biography of England 1841-1851 (Nueva York, 1952), pág. 157; Abt-Garrison, History of Pediatrics, pág. 11; John B. Beck, “The effects of opium on the infant subject”, Journal of Medicine, (Nueva York, 1844); Tickner, Guide, pág. 115; Friendly Letter to Parents and Heads of Families Particularly Those Residing in the Country Towns and Villages in America (Boston, 1828), pág. 10; Buchan, Domestic, pág. 17; Pinchbeck, Children, pág. 301.
[200] John Spargo, The Bitter Cry of the Children (Chicago, 1968), Xenophon [Jenofonte], Minor Writings, trad. de F. C. Marchant (Londres, 1925), pág. 37; Hopkirk, Queen, págs. 130-5; Plutarch [Plutarco], Moralia, pág. 433; St. Basil, Ascetical Works (Nueva York, 1950), pág. 266; Gage, Life in Italy, pág. 109; St. Jerome [San Jerónimo], The Select Letters of St. Jerome, trad. de F. A. Wright (Cambridge, Massachusetts, 1933), págs. 357-61; Thomas Platter, The Autobiography of Thomas Platter: A Schoolmaster of the Sixteenth Century, trad. de Elizabeth A. McCoul Finn (Londres, 1847), pág. 8; Craig, “Vincent of Beauvais”, pág. 379; Roesslin, Byrth, pág. 17; Jones, Arte, pág. 40; Tame, Ancient Regime, pág. 130; B. Horn y Mary Ranson, dir. de ed., English Historical Documents, vol.10, 1714-1783 (Nueva York, 1957), pág. 561; Lochhead, First Ten Years, pág. 34; Eli Forbes, A Famdy Book (Salem, 1801), págs. 240-1; Leontine Young, Wednesday’s Children: A Study of Child Neglect and Abuse (Nueva York, 1964), pág. 9.
[201]St. Augustine [San Agustín], Confessions (Nueva York, 1963), pág. 18; Richard Baxter, The Auto-biography of Richard Baxter (Londres, 1931), pág. 5; san Agustín dice unas páginas antes que había tenido que hurtar alimentos de la mesa.
[202] Hassall, How They Lived, pág. 184; Benedict, “Child Rearing”, pág. 345; Geoffrey Gorer and John Rickman, The People of Great Russia: A Psychological Study, pág. 98; Peckey, Treatise, pág. 6; Ruhrah, Pediatrics, pág. 219; Green, Galen’s Hygiene, pág. 22; Fransois Mauriceau, The Diseases of Women with Child, and in Child-Bed, trad. de Hugh Chamberlin (Londres, 1736). pág. 309.
[203] William P. Dewees, A Treatise on the Physical and Medical Treatment of Children (Philadelphia, 1826), pág. 4; también contienen bibliografía sobre los fajados y las envolturas las siguoentes obras: Wayne Dennis, “Infant Reactions to Restraint: an Evaluation of Watson’s Theory”, Transactions Nueva York Academy of Science, ser. 2, vol. 2 (1940); Erik H. Erikson, Childhood and Society (Nueva York, 1950); Lotte Danziger y Liselotte Frankl, “Zum Problem der Functions-reifung”, A. fur Kinderforschung, 43 (1943); Boyer, “Problems”, pág. 225; Margaret Mead, “The Swaddling Hypothesis: Its Reception”, American Anthropologist, 56 (1954); Phyllis Greenacre, “Infant Reactions to Restraint” en Clyde Kluckholm y Henry A. Murray, dir. de ed., Personality in Nature, Society and Culture, 2a ed. (Nueva York, 1953), págs. 513-14; Charles Hudson, “Isometric Advantages of the Cradle Board: A Hypothesis”, American Anthropologist, 68 (1966), págs. 470-74.
[204] Hester Chapone, Chapone on the Improvement of the Mind (Philadelphia, 1830), pág. 200.
[205] Earle L. Lipton, Alfred Steinschneider, y Julius B. Richmond, “Swaddling, A Child Care Practice: Historical Cultural and Experimental Observations”, Pediatrics, suplemento, 35, parte 2 (marzo de 1965), págs. 521-567.
[206] Turner Wilcox, Five Centuries of the American Costume (Nueva York, 1963), pág. 17; Rousseau, Emile, pág. 11; Christian A. Struve, A Familiar View of the Domestic Education of Children (Londres, 1802), pág. 296.
[207] Hippocrates [Hipócrates], trad. de W. H. S. Jones (Londres, 1923), pág. 125; Steffen Wenig, The Woman in Egyptian Art (Nueva York, 1969), pág. 47; Erich Neumann, The Great Mother: An Analysis of the Archetype (Nueva York, 1963), pág. 32.
[208] James Logan, The Scotish Gael; or, Celtic Manners, As Preserved Among the Highlanders (Hartford, 1851), pág. 81; Thompson, Memoirs, pág. 8; Marjorie Plant, The Domestic Life of Scotland in the Eighteenth Century (Londres, 1952), pág. 6.
[209] Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 114; Plato [Platón], The Laws (Cambridge, Massachusetts,
1926), pág. 7.
[210] Dorothy Hartley, Mediaeval Costume and Life (Londres, 1931), págs. 117-19.
[211] Cunnington, Children’s Costume, págs. 35, 53-69; Macfarlane, Family Life, pág. 90; Guillimeau, Nursing, pág. 23; Lipton, “Swaddling” pág. 527; Hunt, Parents and Children, pág. 127; Peckey, Treatise, pág. 6; M. St. Clare Byrne, dir. de ed., The Elizabethan Home Discovered in Two Dialogues by Claudius Hollyband and Peter Erondell (Londres, 1925), pág. 77. Es interesante observar que más de un siglo antes de la campaña de Candogan contra las envolturas, las madres empezaron a reducir la edad de quitarles a los niños las fajas y que los doctores como Glisson se opusieron a este cambio, tendiendo a confirmar su origen psicogénico en la propia familia.
[212] Cunnington, Children’s Costume, pág. 68-69; Magdelen King-Hall, The Story of the Nursery (Londres, 1958), págs. 83, 129; Chapone, Improvement, pág. 199; St. Marthe, Paedotrophia, pág. 67; Robert Sunley, “Larly Nineteenth-Century Literature on Child Rearing”, en Childhood in Contemporary Cultures, ed. a cargo de Margaret Mead y Martha Wolfenstein (Chicago, 1955), pág. 155; Kuhn, Mother’s Role, pág. 141; Wilcox, Five Centuries; Alice M. Earle, Two Centuries of Costume in America, vol.1 (Nueva York, 903), pág. 311; Nelson, Essay, pág. 99; Lipton, “Swaddling”, págs. 529-32; Culpepper, Directory, pág. 305; Hamilton, Female Physician, pág. 262; Morwenna Rendle-Short y John Rendle-Short, The Father of Child Care. Life of William Cadogan (1711- 1797) (Bristol, 1966), pág. 20; Caulfield, Infant Wdfare, pág. 108; Ryerson, “Medical Advice”, pág. 107; Bentzon, “French Children”, pág. 805; Most, Mensch, pág. 76; Struve, View, pág. 293; Sidgwick, Home Life, pág. 8; Peiper, Chronik, pág. 666.
[213] Cunnington, Children’s Costume, págs. 70-128; Tom Hastie, Home Life, pág. 33; Preyer, Mind, pág. 273; Lane, Costume, págs. 316-17; Mary Somerville, Personal Recollections, From Early Life to Old Age, of Mary Somerville (Londres, 1873), pág. 21; Aristotle, Politics, pág. 627; Schatzman, Soul Murder; Earle, Child Life, pág. 58; Burton, Early Victorians, pág. 192; Joanna Richardson, Princess Mathilde (Nueva York, 1969), pág. 10; lteotzon, “French Children”, pág. 805; Stephanie de Genlis, Memoirs of the Countess de Genus, 2 vols. (Nueva York, 1825), pág. 10; Kemble, Records, pág. 85.
[214] Xenophon [Jenofonte], Writings, pág. 7; Horkan, Educational Theories, pág. 36; Earle, Child Life, pág. 26; Nelson, Essay, pág. 83; Ruhrah, Pediatrics, pág. 220; Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 116. En el mismo orden de ideas, véase también Gregory Bateson y Margaret Mead, Balinese Character: A Photographic Airalysis, vol.2, Special Publications of the Nueva York Academy of Sciences (1942).
[215] T. B. L. Webster, Everyday Life in Classkal Athens (Londres, 1969), pág. 46; The Story of Abelard’s Adversities: Historia Calamitatum, trad. de J. T. Muckle (Toronto, 1954), pág. 30; Roland H. Bainston, Women of the Reformation in Germany and Italy (Minneapolis, 1971), pág. 36; Pierre Belon, Les Observations, de prusieurs singularitéz et choses memorables trouvées en Grèce, Judée, Egypte, Arabie et autres pays estranges (Ambers, 1555), págs. 317-18; Phaire, Boke, pág. 53; Pemell, De Morbis, pág. 55; Peckey, Treatise, pág. 146; Elizabeth Wirth Marvick, “Héroard and Louis XIII”, Journal of Interdisciplinary History, en prensa; Guillimeau, Nursing, pág. 80; Ruhrah, Pediatrics, pág. 61; James Benignus Bossuet, An Account of the Education of the Dauphine, In a Letter to Pope Innocent XI (Glasgow, 1743), pág. 34.
[216] Thass-Thienemann, Subconscious, pág. 59
[217] Hunt, Parents and Children, pág. 144. La sección relativa a las purgas es la que revela mejor perspicacia.
[218] Ibíd., págs. 144-5.
[219] Nelson, Essay, pág. 107; Chapone, Improvement, pág. 200; Ryerson, “Medical Advice”, pág. 99.
[220] Stephen Kern, “Did Freud Discover Childhood Sexuality?”, History of Childhood Quarterly: The Journal of Psychohistory, I (Summer, 1973), pág. 130; Preyer, Mental Development, pág. 64; Sunley, “Literature”, pág. 157.
[221] Josephine Klein, Samples From English Cultures, vol. 2, Childrearing Practices (Londres, 1965), págs. 449-52; David Rodnick, Post War Germany: An Anthropologist’s Account (New Haven, 1948), pág. 18; Robert R. Sears y otros, Patterns of Child Rearing (Nueva York, 1957), pág. 109; Miller, Chairging American Parent, págs. 219-20.
[222] Plutarch [Plutarco], “The Education of Children”, Plutarch: Selected Essays on Love, the Family, and the Good Life, trad. de Moses Hadas (Nueva York, 1957), pág. 113; Queen Flizabethes Achademy, ed. preparada por F.J. Furnivall. Early English Text Society, Extra Series no. 8 (Londres, 1 869), pág. 1; William Harrison Woodward, Studies in Education During the Age of tire Renaissance 1400-1600 (Cambridge, Massachusetts, 1924), pág. 171.
[223] Michel de Montaigne, The Essays of Michel de Moirtaigne, trad. de George B. Ives (Nueva York, 1946), págs. 234, 516; Donald M. Frame, Montaigne: A Biography (Nueva York, 1965), págs. 38-40, 95.
[224] Peiper, Chronik, págs. 302-345.
[225] Preserved Smith, A History of Modern Culture, vol.2 (Nueva York, 1934). pág. 423.
[226] Letters From Petrarch, trad. de Morris Bishop (Bloomington, Ind., 1966), pág. 149; Charles Norris Cochrane, Christianity arid Classical Culture (Londres, 1940), pág. 35; James Turner, “The Visual Realism of Comenius”, History of Education (1 junio 1972), pág. 132; John Amos Comenius [Juan Amós Comenio], The School of Infancy (Chapel Hill, NC., 1956). pág. 102; Roger DeGuimps, Pestalozzi: His Life and Work (Nueva York, 1897), pág. 161; Christian Bec, Les marchands écrivains: affaires et humanisme à Florence 1375-1434 (Paris, 1967), pága. 288-97; Renée Neu Watkins, trad., The Faindy in Renaissance Florence (Columbia, S.C., 1969), pág. 66.
[227] Christina Hole, The English Housewife in the Seventeenth Century (Londres, 1953), pág. 149; Editha y Richard Sterba, Beethoven and His Nephew (Nueva York, 1971), pág. 89.
[228] Soulié, Héroard, págs. 44, 203, 284, 436; Hunt, Parents and Children, págs. 133 ss.
[229] Giovanni Dominici, On The Education of Children, trad. de Arthur B. Cote
(Washington, D.C., 1927), pág. 48; Rousseau, Emile, pág. 15; Sangster, Pity, pág. 77.
[230] Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 98; Furnivall, Meals and Manners, pág. vi; Roger Ascham, The Scolemaster (Nueva York, 1967), pág. 34; H.D. Trail y J.S. Mann, Social England (Nueva York, 1909), pág. 239; Sophocles [Sófocles], Oedipus The King, pág. 808.
[231] Herodas, Mimes, pág. 117; Adolf Erman, The Literature of the Ancient Egyptians (Londres, 1927), págs. 189-91; Peiper, Chronik, pág. 17; Plutarch, Moralia, pág. 145; Plutarch [Plutarco], The Lives of the Noble Grecians and Romans, trad. de John Dryden (Nueva York, sin fecha), pág. 64; Galen [Galeno], On the Passions and Errors of the Soul, trad. de Paul W. Harkins, Ohio State University Press, pág. 56.
[232]  Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 100.
[233] Peiper, Chronik, pág. 309
[234] Eadmer, The Life of St. Anselm – Archbishop of Canterbury, trad. de R.W. Southern (Oxford, 1962), pág. 38.
[235] Batty, Christian, págs. 14-26; Charron, Wisdom, págs. 1334-9; Powell, Domestic Relations, passim, John F. Benton, dir. de ed., Self and Society in Medieval France: The Memoirs of Abbot Guibert of Nogent (Nueva York, 1970), págs. 21241; Lueila Cole, A History of Education: Socrates to Montessori (Nueva York, 1950), pág. 209; Comenius [Comenio], School, pág. 102; Watkins, Family, pág. 66.
[236] Bossuet, Account, págs. 56-7; Henry H. Meyer, Child Nature and Nurture According to Nicolaus Ludwig von Zinzindorf (Nueva York, 1928), pág. 105; Bedford, English Children, pág. 238; King-Hall, The Story of the Nursery, págs. 83-11; John Witherspoon, The Works of John Witherspoon, D.D. Vol.8 (Edinburgh, 1805), pág. 178; Rev. Bishop Fleetwood, Six Useful Discourses on the Relative Duties of Parents and Children (Londres, 1749).
[237]Véase en el último capítulo de este libro la bibliografía relativa a Francia e Inglaterra; véase también Lyman Cobb, The Evil Tendencies of Corporal Punishment as a Means of Moral Discipline in Families and Schools (Nueva York, 1847), y Miller, Changing American Parent, págs. 13-14 sobre las condiciones en Norteamérica; véase Walter Havernick, Schläge als Strafe (Hamburg, 1964), sobre la Alemania de hoy.
[238]Smith, Memoirs, pág. 49; Richard Heath, Edgar Quinet: His Early Life and Writings (Londres, 1881), pág. 3; Lord Lindsay, Lives of the Lindsays: or, a Memoir of the Houses of Crawford and Barcarros, vol.2 (Londres, 1849), pág. 307; Letters of Benjamin Rush, vol I: 1761-1792, ed. preparada por L.H. Butterfield (Princeton, 1951), pág. 511; Bentzon, “French Children”, pág. 811; Margaret Blundell, Cavalier: Letters of William Blundell to his Friends, 1620-1698 (Londres, 1933), pág. 46.
[239]Contienen bibliografía las siguientes obras: see Hans Licht, Sexual Life in Ancient Greece (Nueva York, 1963); Robert Flaceliere, Love in Ancient Greece, trad. de James Cleugh (Londres, 1960); Pierre Grimal, Love in Ancient Rome, trad. de Arthur Train (Nueva York, 1967); J. Z. Eglinton, Greek Love (Nueva York, 1964); Otto Kiefer, Sexual Life in Ancient Rome (Nueva York, 1962); Arno Karlen, Sexuality and Homosexuality: A New View (Nueva York, 1971); Vanggaard, Phallos; Wainwright Churchill, Homosexual Behavior Among Males: A Cross-Cultural and Cross-Species Investigation (Nueva York, 1967).
[240] Lutz, “Rufus”, pág. 103.
[241] Aristotle [Aristóteles], Politics, pág. 81.
[242] Grimal, Love, pág. 106; Karlen, Sexuality, pág. 33; Xenophon [Jenofonte], Writings, pág. 149.
[243]  Quintilian [Quintiliano], Instituto Oratoria, trad. de H. F. Butler (Londres, 1921), pág. 61; Karlen, Sexuality, págs. 34-5; Lacey, Family, pág. 157.
[244] Aesehines [Esquines], The Speeches of Aesehines, trad. de Charles Darwin Adams (Londres, 1919), págs. 9-10.
[245] Ibíd., pág. 136.
[246] Petronius [Petronio], The Satyricon and The Fragments (Baltimore, 1965), pág. 43.
[247] Aristotle [Aristóteles], The Nicomachean Ethics (Cambridge, 1947), pág. 403; Quintilian [Quintiliano], Institutio, pág. 43; Ove Brusendorf y Paul Henningsen, A History of Eroticism (Nueva York, 1963), lámina 4.
[248] Louis M. Epstein, Sex Laws and Customs in Judaism (Nueva York, 1948), pág. 136.
[249] Plutarch [Plutarco], “Education”, pág. 118.
[250] Suetonius [Suetonio], Caesars, pág. 148; Tacitus [Tácito], The Annals of Tacitus (Nueva York,
1966), pág. 188.
[251] Martial [Marcial], Epigrams, vol. 2, trad. de Walter C. A. Kerr. (Cambridge, Massachusetts, 1968), pág. 255; Aristotle [Aristóteles], Historia Animalium, trad. de R. Cresswell (Londres, 1862), pág. 180.
[252] Vanggaard, Phallos, págs. 25, 27, 43; Karlen, Sexuality, págs. 33-34; Eglinton, Greek Love, pág. 287.
[253] Joyce McDougall, “Primal Scene and Sexual Perversion”, International Journal of Psycho-Analysis, 53 (1972), pág. 378.
[254] Hans Licht, Sexual Life in Ancient Greece (Nueva York, 1963), pág. 497; Peter Tomkins, The Eunuch and the Virgin (Nueva York, 1962), págs. 17-30; Vanggaard, Phallos, pág. 59; Martial [Marcial], Epigrams, págs. 75, 144.
[255] Paulus Aegineta [Paulo de Egina], Aegeneta, pág. 379-81.
[256] Martial [Marcial], Epigrams, pág. 367; St. Jerome [San Jerónimo], Letters, pág. 363; Tomkins, Eunuch, págs. 28-30; Geoffrey Keynes, dir. de ed., The Apologie and Treatise of Ambroise Paré (Londres, 1951), pág. 102.
[257] Clement of Alexandria [Clemente de Alejandría], Christ, pág. 17.
[258] Origen [Orígenes], “Commentary on Mathew”, The Ante-Nicene Fathers, vol. 9, ed. preparada por Allan Menzies (Nueva York 1925), pág. 484.
[259]Benton, Self, págs. 14, 35.
[260] Craig, “Vincent of Beauvais”, pág. 303; Cleaver, Godlie, págs. 326-7; Dominici, Education, pág. 41.
[261] Ibíd.
[262] Ariès, Centuries of Childhood, págs. 107-8; Johannes Butzbach, The Autobiography of Johannes Butzbach: A Wandering Scholar of the Fifteenth Century (Ann Arbor, 1933), pág. 2; Horkan, Educational Theories, pág. 118; Jones, Arts, pág. 59; James Cleland, The Instruction of a Young Nobleman (Oxford, 1612), pág. 20; Sir Thomas Elyot, The Book Named the Governor (Londres, 1962), pág. 16; Erwin Panofsky, Studies in Iconology: Humanistic Themes in the Art of the Renaissance (Nueva York, 1972), págs. 95-166; Leo Steinberg, “The Metaphors of Love and Birth in Michelangelo’s Pietàs”, Studies in Erotic Art, ed. preparada por Theodore Bowie y Cornelia V. Christenson (Nueva York, 1970), págs. 231-339; Josef Kunstmann, The Transformation of Eros (Londres, 1964), pág. 21-23.
[263] Whiting, Child-Training, pág. 79.
[264] Gabriel Falloppius, “De decoraturie trachtaties,” cap. 9, Opera Omnia, 2 vols. (Frankfurt, 1600), págs. 336-37; Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 107.
[265] Michael Edward Goodich, “The Dimensions of Thirteenth Century Sainthood”, tesis doctoral, Columbia University, 1972, págs. 211-12; Jean-Louis Flandrin, “Mariage tardif et vie sexuelle: Discussions et hypotheses de recherche”, Annales: Economies Societés Civilisations, 27 (1972), págs. 1351-1378.
[266] Hare, “Masturbatory Insanity”, págs. 2-25; Spitz, “Authority and Masturbation”, págs. 490-527; Onania, or the Heinous Sin of Self-Pollution, 4a. ed. (Londres, sin fecha), págs. 1-19; Simon Tissot, “L’Onanisme: Dissertation sur les maladies produites par la masturbation” (Lausanne, 1764), G. Rattray Taylor, Sex in History (Nueva York, 1954), pág. 223; Taylor, Angel-Makers, pág. 327; Alex Comfort, The Anxiety Makers: Some Curious Preoccupations of the Medical Profession (Londres, 1967); Ryerson, “Medical Advice”, págs. 305 ss.; Kern, “Freud”, págs. 117-141; L. Deslander, A Treatise on the Diseases Produced by Onanism, masturbation, self-pollution, and other excesses, trad. del francés (Boston, 1838); Mrs. S.M.I. Henry, Studies in Home and Child Life (Battle Creek, Michigan, 1897), pág. 74; George B. Leonard, The transformation (Nueva York, 1972), pág. 106; John Duffy, “Masturbation and Clitoridectomy: A Nineteenth Century View”, Journal of the American Medical Association, 186 (1963), pág. 246; Dr. Yellowlees, “Masturbation”, Journal of Mental Science, 22 (1876), pág. 337; J.H. Kellogg, Plain Facts for Old and Young (Burlington, 1881), págs. 186-497; P.C. Remondino, History of Circumcision from the Earliest flmes to the Present (Philadelphia, 1891), pág. 272.
[267] Restif de la Bretonne, Monsieur Nicolas, págs. 86, 88, 106; Common Errors, pág. 22; Deslander, Treatise, pág. 82; Andre Parreaux, Dady Life in England in the Reign of George III, trad. de Carola Congreve (Londres, 1969), págs. 125-26; Bernard Pérez, The First Three Years of Childhood (Londres, 1885), pág.  58; My Secret Life (Nueva York, 1966), págs. 13-15, 61; Gathorne-Hardy, Rise and Fall, pág. 163; Henri E. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious (Nueva York, 1970), pág. 299; Joseph W. Howe, Excessive Venery, Masturbation and Continence (Nueva York, 1893), pág. 63; C. Gasquoine Hartley, Motherhood and the Relationships of the Sexes (Nueva York, 1917), pág. 312; Bernis, Memoirs, pág. 90.
[268] Dr. Albert Molt, The Sexual Life of Children (Nueva York, 1913), pág. 219; Max Schur, Freud: Living and Dying (Nueva York, 1972), págs. 120-32; Robert Fleiss, Symbol, Dream and Psychosis (Nueva York, 1973), págs. 205-29.
[269] Mrs. Vernon D. Broughton, dir. de ed., Court and Private Life in the Time of Queen Charlotte: Being the Journals of Mrs. Papendiek, Assistant Keeper of the Wardrobe and Reader to Her Majesty (Londres, 1887), pág. 40; Morley, Cardan, pág. 35; Origo, Leopardi, pág. 24; Kemble, Records, pág. 28; John Greenleaf Whittier, dir. de ed., Child Life in Prose (Boston, 1873), pág. 277; Walter E. Houghton, The Victorian Frame of Mind, 1830-1870 (New Haven, 1957), pág. 63; Harriet Martineau, Autobiography, vol.1 (Boston, 1877), pág. 11; John Geninges, The Life and Death of Mr. Edmund Geninges, Priest (1614), pág. 18; Thompson, Religion, pág. 471.
[270] Chadwick Hansen, Witchcraft at Salem (Nueva York, 1970); Ronald Seth, Children Against Witches (Londres, 1969); H.C. Erik Midelfort, Witch Hunting in Southwestern Germany (Stanford, 1972), pág. 109; Carl Holliday, Woman’s Life in Colonial Days (Boston, 1922), pág. 60; Jeffrey Burton Russell,
Witchcraft in the Middle Ages (Ithaca, Nueva York, 1972), pág. 136; George A. Gray, The Children’s Crusade (Nueva York, 1972).
[271] Stahl, Macrobius, pág. 114; Julia Cartwright Ady, Isabella D’Este: Marchioness of Mantua, 1474-1539: A Study of the Renaissance (Londres, 1903), pág. 186; Mary Ann Gibbs, The Years of the Nannies (Londres, 1960), pág. 23; Agnes Strickland, Lives of the Queens of England, 6 vols. (Londres, 1864), pág. 2; Lady Anne Clifford, The Diary of Lady Anne Clifford (Londres, 1923), pág. 66; Allan McLane Hamilton, The Intimate Life of Alexander Hamilton (Londres, 1910, pág. 224; Hare, Story, pág. 54; Elizabeth Cleghorn Gaskell, My Diary: the early years of my daughter Marianne (Londres, 1923), pág. 33; Mrs. Emily Talbot, dir. de ed., Papers on Infant Development (Boston, 1882), pág. 30; Du Maurier, Young Du Maurier, pág. 250; Preyer, Mind, pág. 275; James David Barber, The Presidential Character: Predicting Performance in the White House (Englewood Cliffs, New Jersey, 1972), pág. 212; George V.N. Dearborn, Motor-Sensory Development: Observations on the First Three Years of a Child (Baltimore, 1910), pág. 160; William B. Forbush, The First Year in a Baby’s Life (Philadelphia, 1913), pág. 11; Mary M. Shirley, The First Two Years: A Study of Twenty-Five’Babies (Minneapolis, 1931), pág. 40.  Véase también Sylvia Brody, Patterns of Mothering: Maternal Influence During Infancy (Nueva York, 1956), pág. 105; y Sidney Axelrad, “Infant Care and Personality Reconsidered”, The Psychoanalytic Study of Society, 2 (1962), págs. 99-102, que dan cuenta de un retraso parecido en los niños albaneses envueltos en fajas.
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