Universidad: La educación clausurada.


Por Ignacio Chiara.

La universidad constituye el espacio privilegiado –tanto físico como psíquico– de encuentro entre el sujeto y el saber. Es, por tanto, un ámbito donde la discusión y la problematización de ese saber ocupan, o deberían ocupar, un lugar prioritario. Pues bien, es sabido que ya desde hace años –y hoy día de un modo más que evidente– la universidad es, más que un espacio donde se cultiva el saber, “un lugar donde se enseña una parte de la verdad oficial: su papel funcional es el de organizar el saber que una sociedad considera útil para su funcionamiento, y trasmitirlo a alguno de sus miembros”.

Aquí se evidencia el intento por parte de la institución universitaria de operar una suerte de retorno a una educación de tipo escolástica, en la cual el profesor, oficiando de exégeta, transmite no sólo los contenidos, sino también la forma “correcta” en que estos deben ser interpretados. Esta repetición se trata, sin duda, de un intercambio “establecido bajo modalidades narcisistas en las cuales uno sabe que el otro lo reconoce como parte del grupo, no por lo que produce sino porque se atiene a cierto código”. De esta manera se pone de manifiesto de forma patente la carencia, por parte de los profesionales encargados de la trasmisión, de una ética no sólo del saber, sino también y fundamentalmente del hacer.

A esta situación debemos sumarle otro componente (y que, paradójicamente, no es “un componente más”): el estudiante universitario, atrapado entre un modelo de educación que reprime el cuestionamiento, y una sociedad que condena el disentimiento y la propuesta de algo “diferente”.

Resulta indispensable aquí identificar la problemática central: la posición que asume el sujeto, en primera instancia frente al saber que se le intenta trasmitir, y por ende también frente a aquel otro sujeto que busca trasmitírselo. Pero si allí nos quedáramos todo intento de estudio respecto de esto resultaría completamente estéril, ya que la cuestión de fondo es tanto mayor cuanto menos se la advierte: esa cuestión de fondo, esa base, es la clausura identitaria.

LA EDUCACIÓN CLAUSURADA

Cornelius Castoriadis afirma que la sociedad se instituye en la clausura. Clausura de su lógica, clausura de sus significaciones imaginarias. Ella fabrica a los individuos imponiéndoles aquellas y estas; fabrica, en consecuencia, primero y sobre todo –y con exclusividad, en la aplastante mayoría de las sociedades– individuos cerrados, individuos que piensan como se les ha enseñado a pensar, evalúan del mismo modo, dan sentido a lo que la sociedad les enseñó que tiene sentido, y para quienes estas maneras de pensar, de evaluar, de normar, de significar son, por construcción psíquica, incuestionables.

Esto significa que los modos en los que una sociedad piensa y se piensa, los parámetros bajos los cuales establece de forma positiva o consuetudinaria lo permitido y lo prohibido, no sólo tienen un origen histórico-social, sino que también constituyen al sujeto en lo que él tiene de psíquico. Y esto deja su huella fundamentalmente en la educación.

Estamos habituados a pensar la educación como el bagaje de conocimientos que, a través de un sujeto-supuesto-saber (traspolando el concepto de Jacques Lacan) le son trasmitidos a un individuo, quien debe incorporarlos. “La educación, desde esta perspectiva, se asemeja más a lo que conocemos como adiestramiento: el individuo ya no es sino un ser constreñido a adaptarse a las normas sociales, a las que aporta su consentimiento y en las que encuentra su goce, a los imperativos por interiorizar, según los cuales debe mostrarse lo más conforme posible a las órdenes de sus dirigentes, y no podrá menos que experimentar vergüenza si no es apto para obtener los resultados exigidos”. La cultura se constituye así, al decir de Eugène Enriquez, en una estructura represiva que impide la individuación; dicho de otro modo, impide el acceso de cada persona al estatuto de un sujeto pensante y actuante por sí mismo, y poseedor de características discriminantes. En este caso, la normalidad no sería sino una normalización generalizada.

Lo que nos resulta preocupante son los efectos de esta clausura identitaria sobre el estudiante, y más aún si tomamos en consideración –y creo que estamos obligados a hacerlo– que ese estudiante es un sujeto psíquico y un actor social. ¿Qué perspectivas de un cambio social profundo podemos tener, si ese cambio no se opera con anterioridad en el sujeto particular?. ¿Qué esperanzas depositar en la idea de un futuro mejor, teniendo como base sujetos acríticos y conformistas?. Y aquí no se trata de clasificar a todos los estudiantes universitarios bajo un mismo rótulo, sino de ser coherentes con la realidad.

Se nos impone entonces como interrogante y como desafío: ¿De qué manera superar la clausura que nos impide posicionarnos como verdaderos sujetos humanos, que nos anula en nuestra capacidad de pensar, hacer, crear, imaginar? ¿Cómo pensar una educación apartada del aprendizaje reproductivo y repetitivo que se nos trata de imponer?.

LA RUPTURA REFLEXIVA

La clausura implica, entonces, que lo pensado no puede ser cuestionado en lo esencial. Ahora bien, cuando el pensamiento se vuelve sobre sí mismo y se interroga no sólo sobre sus contenidos particulares, sino también sobre sus presupuestos y sus fundamentos, ahí aparece la reflexión. Castoriadis considera que la reflexión es definible como el esfuerzo de romper la clausura en la que en cada caso estamos necesariamente cautivos como sujetos, provenga esta clausura de nuestra propia historia personal o de la institución social-histórica que nos ha formado, a saber, humanizado.

La reflexión es el núcleo de lo que Castoriadis llama proyecto de autonomía, autonomía del sujeto, y por tanto el surgimiento de la reflexión sólo puede darse a través de una conmoción y modificación de todo el campo histórico social, ya que implica la simultánea emergencia de una sociedad donde ya no hay verdad sagrada (revelada) y de individuos para quienes deviene psíquicamente posible cuestionar tanto el fundamento del orden social como el de su propio pensamiento. Por eso no basta con defender el derecho a la educación universitaria pública, gratuita y laica: hace falta también sostener nuestro derecho y nuestra obligación de pensar por nosotros mismos, de analizar, de criticar.

La verdadera reflexión es, ipso facto, cuestionamiento de la institución social dada, crítica de las representaciones socialmente instituidas. Implica siempre una ruptura del propio pensamiento con la lógica heredada y con la racionalidad impuesta desde otro autoritario, llámesele religión, Estado, mercado o como se quiera.

Todo pensamiento logrado establece a su vez una nueva clausura, y nos exige nuevamente a ese movimiento de reflexión-acción. Nos lo exige la preocupación por una educación crítica, nos lo exige la necesidad de un pensamiento libre y, finalmente, nos lo exige la lucha por nuestra autonomía como sujetos. Y para ello, no hay mejor comienzo que reflexionando. Citando nuevamente a Castoriadis, “sabemos perfectamente que los problemas que nos preocupan no pueden ser resueltos por medios teóricos, pero sabemos también que no lo serán sin una elucidación de las ideas”.

Referencias Bibliográficas

“¿Produce la universidad un saber crítico? De la crítica de la Academia a la crítica en la Academia”. Alexandra Theodoropoulou. Filosofías de la Universidad; Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2001.

“Clínica psicoanalítica y neogénesis”. Silvia Bleichmar. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1999.

“El inconciente y la ciencia”. R. Dorey, C. Castoriadis y otros. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1993.

“Hecho y por hacer. Pensar la Imaginación”. Cornelius Castoriadis. Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), Buenos Aires, 1998.

“La institución imaginaria de la sociedad”, Vol. 1: Marxismo y teoría revolucionaria. Cornelius Castoriadis. Tusquets Editores, Buenos Aires, 1999.

Vía: http://psikolibro.blogspot.com/2009/09/universidad-la-educacion-clausurada.html

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