Una especie de abundancia material.


“Se dice que de un tercio a la mitad de la humanidad se acuesta todos los días con hambre. En la antigua Edad de Piedra la proporción debe de haber sido mucho menor. Ésta, en la que vivimos, es la era de un hambre sin precedentes. Ahora, en la época del más grande poder tecnológico, el hambre es una institución”. El hambre aumenta relativa y absolutamente con la evolución de la cultura”. -Marshal Sahlins

Extracto de Economía de la edad de piedra, de Marshal Shalins.

Teniendo en cuenta la pobreza en la que viven, en teoría, los cazadores y recolectores, resulta sorprendente que los Bosquimanos que habitan en el Kalahari disfruten de «una especie de abundancia material», al menos en el dominio de las cosas de uso diario, aparte de la comida y del agua:

A medida que los ‘Kung vayan aumentando los contactos con los europeos —y esto ha ocurrido ya— echarán de menos vivamente nuestras cosas y necesitarán y desearán más. El hecho de no tener ropas puestas cuando están entre extranjeros ves- tidos los hace sentirse inferiores. Pero en su propia vida y con los artefactos que les son propios estaban relativamente libres de las urgencias materiales. Salvo en lo que se refiere a la comida y al agua (¡excepciones importantes!) de los cuales los ‘Kung Nyae Nyae disponen en cantidad suficiente —pero no en exceso, a juzgar por el hecho de que todos ellos son delgados, aunque no escuálidos— todos ellos tenían lo que necesitaban o podían hacerlo, pues todos los hombres pueden hacer, y hacen, las cosas que son propias del hombre y todas las mujeres las cosas que son propias de la mujer… Vivían en una especie de abundancia material a causa de que adaptaban sus utensilios para la transformación de los materiales que, en gran abundancia, los rodeaban y que se encontraban a disposición del que libremente quisiera tomarlos (árboles, cañas, huesos para fabricar armas, fibras para tejer cuerdas, altos pastizales para refugiarse), o para la transformación de los materiales que alcanzaban para cubrir las necesidades de la población… Los ‘Kung podían siempre utilizar más huevos de avestruz vacíos, ensartados en collares, o comerciar con ellos, pero, de hecho, cuando se habían encontrado suficientes como para que cada mujer tuviese una docena o más de ellos para almacenar agua —en realidad, todos los que pudiese trans- portar— y un buen número de colgantes para adornarse, se conformaban. En su vida nómada de caza y recolección, viajan- do de una fuente de alimentos a otra, en las diferentes esta- ciones, siempre adelantando o retrocediendo entre el agua y la comida, llevan consigo a sus pequeños hijos y también sus perte- nencias. Disponiendo en abundancia de la mayor parte de los materiales que tienen a su alcance para reemplazar sus enseres en el momento necesario, los ‘Kung no han desarrollado medios para procurarse un almacenaje permanente y no han sentido la necesidad ni el deseo de cargarse con excedentes o útiles que pasear por duplicado. Ni siquiera les interesa llevar un objeto de cada clase. Piden prestado lo que no poseen. Contando con esta facilidad no acaparan, y la acumulación de objetos no se asocia así con el estatus (Marshall, 1961, págs. 243-244, la cursiva me pertenece).

Tal como lo ha hecho la señora Marshall, el análisis de la producción de caza y recolección se divide por razones prácticas en dos esferas. La comida y el agua son, por cierto, «excepciones importantes», y es mejor reservarlas para un tratamiento especial y detenido. En cuanto al resto, el sector de productos no esenciales para la subsistencia, lo dicho aquí sobre los Bosquimanos puede aplicarse en general y en detalle a los cazadores desde el Kalahari hasta el Labrador, o hasta Tierra del Fuego, de donde informa Gusinde que la poca inclinación mostrada por los Yahgan a poseer más de una pieza de cada uno de los utensilios de uso más fre- cuente es «un indicador de confianza en sí mismos». «Nues- tros fueguinos —escribe— consiguen y fabrican sus imple- mentos con muy poco esfuerzo» (1961, pág. 213)l0 .

En la esfera de los productos no esenciales para la sub- sistencia, las necesidades de las gentes se satisfacen con facilidad. Esa «abundancia material» depende en parte de las facilidades de producción, y ésta de la simplicidad de la tecnología y la democracia de la propiedad. Los produc- tos son de fabricación casera: hechos de piedra, hueso, ma- dera, piel, todos materiales que «se encuentran en abundan- cia a su alrededor». Por regla general, ni la extracción del material bruto ni su elaboración implican un esfuerzo ex- tenuante. El acceso a los recursos naturales es directo por naturaleza —«todos son libres de tomarlos»—, así como la posesión de las herramientas necesarias es general y el co- nocimiento de las técnicas requeridas común. La división del trabajo es igualmente simple, predomina la división por sexo. Agregad a esto las costumbres liberales de compartirlo todo, por las cuales los cazadores tienen una merecida fama, y tendréis que toda la gente puede participar en general de la prosperidad existente, tal como sucede en realidad.
Pero, por supuesto, «tal como es», esta «prosperidad» depende también de un nivel de vida objetivamente bajo. Es importante tener en cuenta que la cuota acostumbrada de productos consumibles (así como el número de consumi- dores) se establece culturalmente en un nivel modesto. Al- gunas personas se complacen en considerar que unos pocos objetos de manufactura muy simple son una buena fortuna: escasas vestiduras y viviendas bastante efímeras en la ma- yoría de los climas11; unos cuantos adornos, sin contar el pedernal y otros elementos, tales como «los trozos de cuar- zo que algunos médicos nativos han extraído a sus pacien- tes» (Grey, 1841, vol. 2, pág. 266); y, por último, las bolsas de piel en las cuales la fiel esposa lleva todas esas cosas, «la fortuna del salvaje australiano» (pág. 266).

Para la mayoría de los cazadores esa opulencia sin abun- dancia en la esfera de los productos no esenciales para la subsistencia es algo que queda fuera de toda discusión. Mucho más interesante es preguntarse por qué están tan contentos con pertenencias tan escasas: para ellos se trata de una política, de una «cuestión de principios», como dice Gusinde (1961, pág. 2), y no de una desgracia.

No desear es no carecer. Pero, ¿no será que los caza- dores requieren tan escasos bienes materiales porque estan- do esclavizados por la consecución de alimentos, «lo cual exige un máximo de energía del mayor número de perso- nas», no les quedan ni tiempo ni fuerzas para proporcio- narse otros bienes? Algunos etnógrafos aseguran lo contra- rio, es decir, que la consecución de alimentos es tan satis- factoria que la gente parece no saber qué hacer con la mitad de su tiempo. Por otra parte, el movimiento es una de las condiciones de ese éxito, en algunos casos más movimiento que en otros, pero siempre con rapidez suficiente como para despreciar las satisfacciones que surgen de las perte- nencias. Del cazador se suele decir con propiedad que su fortuna es una carga. Dadas sus condiciones de vida, los bienes pueden volverse «una carga agobiante», como lo señala Gusinde, tanto más cuanto más se los transporte de un lado para otro. Algunos recolectores de alimentos tienen canoas, y algunos, trineos tirados por perros, pero la mayor parte deben transportar por sí mismos todas sus pertenen- cias; es por eso que sólo poseen lo que ellos mismos pue- den transportar con comodidad. Incluso tal vez sólo lo que las mujeres pueden llevar; con frecuencia los hombres quedan libres para poder reaccionar ante una oportunidad de cazar o ante una súbita necesidad de defensa. Tal como escribió Owen Lattimore refiriéndose a un contexto no muy distinto, «el nómada auténtico es el nómada pobre». La movilidad y la propiedad son incompatibles.

Que la fortuna pronto se convierte más en una molestia que en algo apreciable, es evidente incluso para un extraño.

Laurens van der Post reparó en la contradicción mientras se preparaba para despedirse de sus amigos los Bosquimanos salvajes:

Este asunto de los regalos nos costó a muchos de nosotros un momento de ansiedad. Nos sentíamos humillados por la comprobación de lo poco que podíamos darles a los Bosqui- manos. Según todas las apariencias, era probable que casi todos nuestros presentes les hicieran la vida más difícil, aumentando el desorden y la carga de su vida cotidiana. Ellos mismos no tenían prácticamente pertenencias: una correa a la espalda, una manta de piel y una bolsa de cuero. No había nada que no pudieran reunir en un minuto, envolverlo en sus mantas y llevarlo sobre los hombros durante toda una jornada en la que recorrieran cientos de millas. No tenían sentido de la posesión (1958, pág. 276).

Una necesidad tan obvia para el visitante casual debe ser secundaria para las gentes de que se trata. La modestia de los requerimientos materiales queda institucionalizada: se convierte en un hecho cultural positivo que se expresa en una variedad de disposiciones económicas. Lloy Warner informa con respecto a los Murngin, por ejemplo, que el ser transportable es un valor decisivo dentro del esquema local de las cosas. Las cosas pequeñas son, en general, me- jores que las grandes. En última instancia prevalecerá «la relativa facilidad de transporte del artículo» sobre su rela- tiva escasez o la dificultad de su fabricación, siempre que sea necesario establecer un orden. Porque el «más alto va- lor —escribe Warner— es la libertad de movimiento». Y a este «deseo de estar libres de cargas y responsabilidades de objetos que interferirían con la existencia itinerante del grupo» atribuye Warner el «subdesarrollado sentido de la propiedad» de los Murngin y su «falta de interés por des- arrollar su equipo tecnológico» (1964, págs. 136-137).

Aquí tenemos, entonces, otra «peculiaridad» económica; no digo yo que sea general, y quizá sea explicable tanto por su escasa preocupación por su atavío como por un ejer- citado desinterés por la acumulación material: algunos ca- zadores, por lo menos, muestran una notable tendencia al descuido en lo que se refiere a sus pertenencias.

Hacen gala de un aplomo que parecería propio de un pueblo que ha dominado los problemas de la producción que tanto trastornan a los europeos:

No saben cuidar de sus pertenencias. Nadie se preocupa por ponerlas en orden, envolverlas, secarlas o limpiarlas, colgarlas o apilarlas prolijamente. Cuando llega el momento de Buscar algo en especial lo revuelven todo sin poner el menor cuidado, desordenando todas las pequeneces contenidas en las canas- tillas. Los objetos más grandes apilados dentro de la choza son arrastrados de un lado para otro sin preocupación por el daño que puedan sufrir. El observador europeo tiene la impre- sión de que estos indios (Yahgan) no dan el menor valor a sus utensilios y que han olvidado por completo el esfuerzo que les demandó su fabricación 12. En realidad, nadie se aferra a sus escasos bienes y enseres, ya que, si bien se pierden con fre- cuencia y fácilmente, no resulta nada difícil reemplazarlos… El indio no ejercita el cuidado ni siquiera cuando podría hacerlo de un modo conveniente. Un europeo sacudiría la cabeza ante la ilimitada indiferencia de estas gentes que arrastran por el fan- go objetos recién fabricados, preciosas vestimentas, alimentos frescos y otros productos valiosos, o dejan que los niños o los perros los destrocen con prontitud… Los objetos valiosos que se les entregan son atesorados durante unas pocas horas, mien- tras dura su curiosidad; después de ese lapso dejan que todo se deteriore dentro del barro y la humedad. Cuantas menos cosas posean, con tanta mayor comodidad pueden viajar, y lo que se estropea lo reemplazan cuando es necesario. Es por eso que las posesiones materiales los tienen sin cuidado (Gusinde, 1961, páginas 86-87).

Uno siente la tentación de decir que el cazador es un «hombre antieconómico». Por lo menos en lo que respecta a los artículos no esenciales para la subsistencia, es lo opuesto a la clásica caricatura inmortalizada en la primera página de cualquier tratado sobre Principios generales de la Economía. Sus apetencias son escasas y sus medios abun- dantes (en relación). Como consecuencia, se encuentra «re- lativamente libre de urgencias materiales», carece de «sen- tido de posesión», da muestras de «no haber desarrollado el sentido de propiedad», es «totalmente indiferente a las presiones materiales de cualquier clase», manifiesta una «ausencia de interés» por mejorar sus dotes tecnológicas.

En esta relación del cazador con los bienes terrenales hay un aspecto muy claro e importante. Desde la perspec- tiva interna de la economía, es erróneo afirmar que las necesidades están «restringidas», los deseos «reprimidos» e incluso que la noción de fortuna es «limitada». Dichas afirmaciones implican de antemano la noción de Hombre Económico y una lucha del cazador con su propia naturaleza inferior dominada finalmente por un voto cultural de po- breza. Esas palabras implican el renunciamiento a una po- sibilidad de adquisición que en realidad nunca llegó a desarrollarse, una supresión de deseos en los que nunca se pensó. El Hombre Económico es una invención burgue- sa: como lo dijo Marcel Mauss, «que no se sigue de nos- otros, sino que nos antecede, como el hombre moral». No se trata de que los cazadores y recolectores hayan domi-
nado sus «impulsos» materialistas, sino simplemente de que nunca hicieron de ellos una institución. «Además, si el hecho de liberarse de un gran mal constituye una bendi- ción, nuestros salvajes (Montaignais) son felices, ya que los dos tiranos que constituyen el infierno y la tortura de tantos europeos —me refiero a la ambición y la avaricia— no reinan en sus inmensos bosques… Ellos se contentan con el simple hecho de vivir, ninguno de ellos se vende al Demonio para conseguir fortuna» (Lejeune, 1897, pág. 231). Nos sentimos inclinados a pensar que los cazadores y recolectores son pobres porque no tienen nada; tal vez sea mejor pensar que por ese mismo motivo son libres. «Sus posesiones materiales limitadas al extremo los liberan de todo ciudado respecto de sus necesidades cotidianas y les permiten disfrutar de la vida» (Gusinde, 1961, pág. 1).

Recordar al respecto el comentario de Gusinde: «Nuestros fueguinos consiguen y hacen sus implementos con poco esfuerzo» (1961, página 213).
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10 Algo similar señala Turnbull respecto de los pigmeos del Con- go: «Los materiales para la construcción de sus refugios, su ropa y todos los demás objetos que conforman la cultura material, los tienen a su alcance cuando les hacen falta.» Tampoco muestra reserva alguna en lo que se refiere a la subsistencia: «Durante todo el año, sin excepciones, cuentan con caza y alimentos vegetales en gran abun- dancia» (1965, pág. 18).
11 Ciertos recolectores de alimentos que no han pasado a la histo- ria por sus creaciones arquitectónicas parecen haber construido vivien- das más sólidas antes de que los europeos los pusieran en fuga. Véase Smythe, vol. 1, págs. 125-128.

Enlace externo relacionado: El alcohol está matando a los Bosquimanos del Kalahari.

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