La abstracción del hacer en trabajo es la creación del trabajador varón y la dimorfízación de la sexualidad.


John Holloway / Agrietar el capitalismo (extracto).

El trabajo está constituido por su separación o abstracción de la activi-
dad vital. Esta separación se apoya sobre una subordinación radical de
la actividad vital a las exigencias del trabajo. La actividad vital -tener
hijos, criarlos, conseguir los alimentos, prepararlos, y demás- continúa
existiendo fuera de la dominación inmediata de la producción de valor,
pero su subordinación al trabajo está asegurada por la dependencia del
salario del trabajador (o de la venta de otras mercancías producidas).

La constitución del trabajo es la constitución de una nueva jerar-
quía entre el trabajo y otras actividades1. La creación del trabajador es,
al mismo tiempo, la creación de una nueva jerarquía entre él y quienes
tienen como responsabilidad primaria cumplir esas otras actividades
de reproducción. En otras palabras, la acumulación primitiva es la
creación brutal y sangrienta de una nueva jerarquía entre los hombres
y las mujeres.

Esto no quiere decir que el patriarcado no haya existido en las socie-
dades precapitalistas, sino que no existía la misma separación entre el
trabajo y las otras actividades, ni la misma dependencia de las otras acti-
vidades respecto del salario del trabajador. Así, sobre la aldea feudal
diceFederici (2004: 25):

Las siervas eran menos dependientes de sus familiares varones, menos
diferenciadas de ellos física, social y psicológicamente. Y menos servi-
les a las necesidades de los hombres que lo que las “mujeres libres”
iban a ser más tarde en la sociedad capitalista […]. En la aldea feudal
no existía una separación social entre la producción de mercancías y
la reproducción de la fuerza de trabajo; todo trabajo contribuía al sus-
tento de la familia. Las mujeres trabajaban en los campos, además de
criar los hijos, cocinar, lavar, hilar y mantener una huerta; sus activida-
des domésticas no estaban devaluadas y no comportaban relaciones
sociales diferentes de la de los hombres, como después lo sería en una
economía monetaria […]. Si también tenemos en cuenta que en la
sociedad medieval las relaciones colectivas prevalecían sobre las fami-
liares, y la mayoría de las tareas que las siervas cumplían […] eran
hechas en cooperación con otras mujeres, entonces, nos damos cuen-
ta que la división sexual del trabajo, lejos de ser una fuente de aisla-
miento era una fuente de poder y de protección para las mujeres.

Esto cambia de modo radical en los siglos siguientes. Una activi-
dad particular -el trabajo- fue separada de las otras y, en general, ubi-
cada en un lugar diferente -la fábrica- y ésta fue considerada como
una actividad para hombres. Las mujeres continuaron haciéndose
cargo de las actividades de la reproducción, pero ya no tuvieron un
acceso directo a la tierra para cultivar ni a la tierra común para criar
animales ni el mismo apoyo colaborativo de otras mujeres. En una eco-
nomía monetaria, el salario del hombre definió las condiciones de la
familia y el trabajo de reproducción pasó a ser considerado como po-
co importante. Las mujeres fueron excluidas del salario de diferentes
modos: siendo excluidas del empleo pagado, recibiendo salarios mu-
cho más bajos cuando hacían trabajo asalariado y, aun en muchos
casos, el salario de la mujer era pagado directamente a su marido (Fe-
derici, 2004: 98).

La implantación de la nueva jerarquía no se logró de modo senci-
llo. Significó una redefínición del rol de las mujeres en la sociedad e
incluso del significado mismo de ser mujer. Tomó siglos de lucha, con
la promulgación de leyes para restringir los derechos de las mujeres,
la intervención de las iglesias, la insensibilidad, brutalidad y, en el
mejor de los casos, la complicidad de los asalariados masculinos -y
masculinizados- y, centralmente, la matanza de más de cien mil muje-
res condenadas como brujas, la tortura de muchas otras y el amedren-
tamiento de millones más. Así es como las mujeres fueron reducidas a
la invisibilidad, al estado de no personas. El capitalismo fue construi-
do sobre una sangrienta y brutal misoginia.

Esto también fue un cercamiento, no sólo de los cuerpos de las
mujeres2, sino de su hacer. La recientemente creada mujer ama de casa
no tuvo su hacer contenido de forma directa en el trabajo asalariado,
pero fue contenido en forma igualmente efectiva dentro de las restric-
ciones del servicio y la reproducción del trabajo asalariado. La acumu-
lación primitiva significó una doble personificación: la personificación
del trabajo y la personificación del que ayuda al trabajo. Este doble
encerramiento fue -y es- una doble mutilación3, la creación de dos per-
sonas, de dos identidades (que deben ser aceptadas o rechazadas a tra-
vés de la lucha).

La mutilación es jerárquica, la creación del trabajo es la creación del
trabajador varón. Esto se refiere no a la composición sexual de la fuerza
del trabajo, sino al proceso de mutilación comprendido en la creación
del trabajador capitalista. La mujer que entra al mundo del trabajo asala-
riado entra a un mundo donde, a menudo, es muy difícil distinguir la
lógica masculina de la lógica del capital.

La mutilación va aún más lejos; no es sólo el establecimiento de una
jerarquía entre hombres y mujeres, sino la misma creación de mujeres y
hombres. La sexualidad fue central para las cazas de brujas, que fueron un
elemento tan importante en la transición al capitalismo. Un elemento de
éstos fue la guerra contra el control por las mujeres de sus propios cuerpos
y de su propia fertilidad: todo lo que tuviera que ver con la contracepción
o el aborto, o aun el conocimiento de hierbas y sus usos, era suficiente para
fundamentar una acusación de brujería. La perversión sexual, también figu-
ró en forma prominente en las acusaciones contra las brujas4. Se puede ver
estas acusaciones simplemente como parte del espectáculo y legitimación de la
terrible matanza de tantas mujeres -hombres también, pero, sobre todo, muje-
res-, mas también puede argumentarse que la represión de la perversión
sexual fue una parte importante y necesaria de la abstracción del hacer en
trabajo, de la transición al capitalismo.

La perversión se refiere a todo lo que es visto como anormal, de
modo que la persecución significó al mismo tiempo la constitución por
la violencia de una nueva normalidad. Esta normalidad se concentra en
el sexo como procreación o procreación potencial, de modo que, cual-
quier otra forma de sexualidad pasa a ser definida como perversión. Fe-
derici (2004: 194) afirma:

Losjuicios a las brujas, suministran una lista instructiva de las formas de
sexualidad que estaban prohibidas como no productivas: la homosexua-
lidad, el sexo entre jóvenes y viejos, sexo entre personas de diferentes
clases, el coito anal o el coito por detrás (según se decía, conducía a re-
laciones estériles), la desnudez y las danzas. También fue proscripta la
sexualidad pública colectiva que había prevalecido en la Edad Media,
como en los festivales primaverales de orígenes paganos que, en el siglo
xvi, todavía se celebraban en toda Europa.

La nueva normalidad sexual ha sido indudablemente relacionada con
la promoción de la procreación entendida como el suministro abundan-
te de fuerza de trabajo (Federici, 2004: 85 y ss.), pero también fue parte
de la creación del trabajador, esa mutilada personificación del trabajo abs-
tracto. La creación del trabajador significó la necesaria subordinación del
principio del placer al principio de la realidad, y no sólo del principio de
la realidad que es parte de la vida en cualquier contexto social, sino el
principio reafirmado de la realidad o “principio de actuación” -así lo de-
nomina Marcuse— que es inseparable de una sociedad basada en el trabajo.
“El principio del placer fue destronado no sólo porque militaba contra el
progreso en la civilización, sino también porque militaba contra la civili-
zación cuyo progreso perpetúa la dominación y el esfuerzo” (Marcuse,
1983: 52). En este contexto, lo que es importante sobre la perversión se-
xual, no es el contenido particular de los actos, sino sencillamente que
proclamaba al placer como el fin del sexo, lo que es incompatible con
la creación del trabajador. “Contra una sociedad que emplea la sexuali-
dad como medio para un fin útil, las perversiones desarrollan la sexua-
lidad como un fin en sí mismo; así se sitúan a sí mismas fuera del domi-
nio del principio de actuación y desafían su misma base” (ibíd.: 60).

La normalización del sexo en términos de procreación, de modo
inevitable, significa la genitalización de la sexualidad. El sexo pasa a ser
definido en términos del contacto genital que conduce potencialmente
a la procreación. La sexualidad pasa de ser polimorfa y difundida en
todo el cuerpo a concentrarse en los genitales. Se logra una “desexuali-
zación del cuerpo socialmente necesaria: la libido llega a estar concen-
trada en una sola parte del cuerpo, dejando casi todo el resto libre para
ser usado como instrumento de trabajo” (Marcuse, 1983: 59).

La genitalización de la sexualidad conduce al dimorfismo sexual5, la
idea de que hay dos y sólo dos sexos. Si la sexualidad fuera pensada como
—y disfrutada— en términos del placer polimorfo, el toque de la piel con
la piel, por ejemplo, no habría razón para pensar a los seres humanos
como divididos en dos sexos.

La interpretación de los cuerpos humanos de acuerdo con exactamen-
te dos categorías, ni más ni menos que dos, es lógicamente el resultado
de la reducción de las zonas del cuerpo percibidas como erógenas a
aquellas que sirven para la actividad reproductora: la receptividad de
las zonas corporales que son irrelevantes para la reproducción es nega-
da y además convertida posiblemente en tabú. Del mismo modo, estas
zonas corporales de-sexuadas se vuelven irrelevantes también para la cla-
sificación de los cuerpos. El concepto de “los dos sexos”, el uno y el otro,
es, por consiguiente, un efecto de la heterosexualidad como norma
social. Parece que en las sociedades europeas antes de la era moderna
existía una dicotomización menos clara entre heterosexualidad y homo-
sexualidad. Se suponía (o más bien se esperaba) que todos perpetrarían
actos homosexuales aparte de los heterosexuales, y que aquéllos serían
perseguidos y casügados de manera más o menos severa. Sin embargo,
desde el siglo xix los actos homosexuales pasan a considerarse automáti-
camente una expresión de la naturaleza homosexual del que toma parte
en el acto, quien ya no es un ser humano perpetrando actos pecadores
homosexuales (un sodomita), sino un homosexual, es decir, un miembro de
una especie humana particular. El discurso se traslada de si, o cómo, deben
ser casügados los actos homosexuales a si los homosexuales como tales,
como una especie diferente, deben ser perseguidos, tratados psiquiátrica-
mente o tolerados (Stoetzier, 2007: 174).

Esto sugiere, entonces, que la mujer y el hombre no deben ser consi-
derados como categorías transhistóricas, sino como formas específica-
mente capitalistas de relaciones sociales, similares al valor o al dinero o
al Estado6. Hombre y mujer -y de hecho, homosexual y heterosexual- son
identificaciones, aspectos de la sociedad de la identidad, parte de la muti-
lación que conlleva la creación del trabajador, el actor del trabajo. Una cla-
sificación que debe ser combatida.

El trabajo es una abstracción, una separación del trabajo respecto
del mundo del hacer o de la actividad vital. Esta fragmentación de nues-
tra actividad vital es una fragmentación de nuestras vidas en todos los
aspectos. La separación de la sexualidad respecto del cuerpo como un
todo y su concentración en los genitales se impuso históricamente al
mismo tiempo que la abstracción del trabajo contribuyó de manera fun-
damental a la creación del cuerpo como una máquina para trabajar y es
parte del proceso general de abstracción o separación, del proceso de
limitación, clasificación e identificación7.

Las pautas particulares de la dominación, entonces, no son algo que
nos sucede o que ellos -los hombres, los capitalistas, o quien sea- nos impo-
nen, sino pautas de dominación que nosotros creamos a través de nuestra
actividad y la forma en la que está organizada. Esta es la importancia de
la crítica ad’ hominem (o ad mulierem, o ad humanum): sólo trayendo de nue-
vo todo a nuestro hacer, nuestro poder creativo, es que podremos abrir
la cuestión de cómo hacemos otra cosa. No somos mujeres u hombres,
homosexuales o heterosexuales: nosotros hacemos las mujeres y los hom-
bres, la masculinidad y la feminidad, tal como hacemos la homosexua-
lidad y la heterosexualidad: no sólo como una elección individual, sino
como una práctica social. Esta práctica social es parte de un complejo
tejido de prácticas, una telaraña de abstracciones; pero, a pesar de lo
complejo que es, el núcleo fundamental es que somos nosotros quienes
lo hacemos. Creamos el mundo que nos está matando, y si lo creamos, en-
tonces, podemos dejar de crearlo para hacer, en cambio, otra cosa.

1. Notemos que, como sugiere Massimo De Angelis (2007), entre el trabajo y otras
actividades no inmediatamente productivas de capital se establece una relación jerárqui-
ca, una relación de subordinación y no sólo de coexistencia. En otras palabras, estas otras
actividades -el hacer- existen dentro, en contra y más allá del trabajo y no por fuera de él.
Hay una relación de ruptura y no de externalidad.

2. Federici (2004: 184) escribe: “Así como en los cercamientos se apropiaron del
campesinado, es decir, le expropiaron la tierra comunal, de la misma forma, en la caza
de brujas se apropiaron de las mujeres, es decir, les expropiaron sus cuerpos, que fueron
entonces liberados de todos los obstáculos que les impedían funcionar como máquinas
para la producción de trabajo”.

3. Como lo expresan Horkheimer y Adorno: “La humanidad se ha tenido que hacer
cosas espantosas antes de conseguir crear el sí mismo, el carácter idéntico, instrumental,
masculino del ser humano, y algo de eso se repite todavía en cada infancia” (citado por
el Grupo Krisis, 2002, sección 7).

4. Federici (2004: 192-198): “La caza de brujas […] fue el primer paso en la larga
marcha hacia un sexo limpio entre sabanas limpias y la transformación de la actividad sexual
femenina en trabajo, un servicio a los hombres, y procreación”.

5. Aun así, aproximadamente una persona de cada mil nace con genitales que no son
femeninos ni masculinos de modo neto. En esos casos la definición como masculino o feme-
nino está dada, a menudo, por la intervención médica (véase Baird, 2007:124 y ss.). Más ade-
lante, la misma autora (ibíd.: 133) escribe: “la denominada línea biológica entre lo masculi-
no y femenino es francamente muy confusa”.

6. Esto no significa que mujeres y hombres no existieran antes del capitalismo, sino
que la fuerza específica de su separación y clasificación es algo peculiar al capitalismo. Así,
por ejemplo, la autorrepresentación de las mujeres como hombres sólo llegó a ser consi-
derada un delito con el advenimiento del capitalismo.

7. Este proceso puede ser visto como la supresión de lo dionisíaco (véase Ehren-
reich,2007).

Imagen tomada de https://www.itslearning.com/data/566/2055/feudal_4.jpg

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