Placebo: El efecto de creer.


Extracto de “La Biología de la creencia”.
Autor: Bruce H.Lipton
 
Cómo la mente controla el cuerpo
Mi idea de que las creencias controlan la biología está basa-
da en los estudios que he realizado sobre células endoteliales
clonadas, las células que forman la pared de los vasos sanguí-
neos. Las células endoteliales del medio de cultivo examinaban
su entorno con detenimiento y cambiaban su comportamiento
en función de la información que recaban del ambiente.
Cuando les suministraba nutrientes, las células se movían
hacia esos nutrientes con el equivalente celular de unos bra-
zos abiertos. Cuando las introducía en un ambiente tóxico, las
células del cultivo se alejaban de los estímulos en un intento
por protegerse de los agentes nocivos. Mi investigación se
centraba en los receptores de membrana que controlan el paso
de un comportamiento a otro.

El complejo que estudié en un principio tenía una proteína
de membrana que reaccionaba a la histamina, una molécula
que el organismo utiliza corno sistema local de alarma.
Descubrí que había dos tipos de complejos, Hl y H2, que res-
pondían a la misma molécula de histamina. Cuando se activa-
ban, los complejos con receptores Hl desencadenaban una
respuesta de protección, el tipo de comportamiento mostrado
por las células con medios de cultivo tóxicos. Los complejos
que contenían receptores H2 desencadenaban una respuesta
de crecimiento o desarrollo ante la presencia de histamina,
similar al comportamiento de las células en presencia de
nutrientes.

Más tarde descubrí que la molécula que desencadena una
respuesta de alerta general en el organismo, la adrenalina,
también tenía dos complejos de receptores diferentes, llama-
dos alfa y beta. Los receptores de adrenalina desencadenan
exactamente los mismos comportamientos celulares que la
histamina. Cuando el receptor alfa-adrenérgico forma parte
de un complejo de PIM, desencadena una respuesta de pro-
tección en presencia de adrenalina. Cuando es el receptor
beta-adrenérgico el que forma parte del complejo, la misma
molécula de adrenalina desencadena una respuesta de creci-
miento o desarrollo (Lipton, et al., 1992).

Todo esto resultaba muy interesante, pero el descubrimiento
más excitante tuvo lugar cuando añadí adrenalina e histami-
na a la vez a mi cultivo celular.

Descubrí que las moléculas de adrenalina, que son libera-
das por el sistema nervioso central, anulaban a las de histamina,
que se producen a nivel local. Aquí es donde la política de la
comunidad que describí con anterioridad entra en juego.
Imagina que trabajas en un banco. El director de la sucursal te
da una orden. El presidente de la empresa aparece y te da una
orden contraria. ¿A quién de los dos obedecerías? Si quieres
conservar tu empleo, obedecerías al presidente de la empresa.
Nuestro sistema biológico sigue un sistema de prioridades
similar que requiere que las células sigan las instrucciones del
jefazo, el sistema nervioso, aun cuando sus órdenes entren en
conflicto con los estímulos locales.

Me sentí entusiasmado ante semejante descubrimiento
porque creí que revelaban, si bien a nivel unicelular, una ver-
dad que también valía para los organismos multicelulares:

que la mente (actuando mediante la adrenalina liberada por
el sistema nervioso central, por ejemplo) domina el cuerpo
(que actúa en respuesta a estímulos locales, como la histami-
na). Quise explicar las implicaciones de mis experimentos por
escrito, pero a mis colegas casi les dio un infarto ante la idea
de incluir la conexión entre mente y cuerpo en un texto sobre
biología celular. Así pues, hice un críptico comentario sobre el
significado del estudio, pero no pude decir cuál era ese signi-
ficado. Mis compañeros no querían que incluyera las conclu-
siones de mi investigación porque la mente no es un concepto
biológico aceptado. Los científicos biológicos son newtonia-
nos hasta la médula, si no hay materia, no existe. La «mente»
es una energía no localizada y, por tanto, no tiene relevancia
para la biología materialista. Por desgracia, esa idea es una
«creencia» que ha demostrado ser manifiestamente errónea
en el universo cuántico.

Placebos: el efecto de creer

Todos los estudiantes de medicina saben, al menos duran-
te un tiempo, que la mente puede afectar al cuerpo. Saben que
algunas personas mejoran cuando creen (de forma equivocada)
que están recibiendo un tratamiento médico. Cuando los
pacientes mejoran tras recibir una pastilla de azúcar, la medi-
cina lo define como «efecto placebo». Mi amigo Rob Williams,
creador del PSYCH-K™, un sistema de tratamiento fisiológi-
co basado en la energía, sugiere que sería más apropiado
denominarlo «efecto ideológico». Yo lo llamo «efecto de las
creencias» para recalcar el hecho de que nuestras ideas y per-
cepciones, sean acertadas o no, tienen su efecto en nuestro
cuerpo y en nuestro comportamiento.

Celebro que exista el «efecto de las creencias», ya que es un
testimonio extraordinario de la capacidad de sanación de la
unión cuerpo-mente. No obstante, la medicina tradicional
relaciona ese efecto placebo de «todo está en la mente» con
curanderos, en el peor de los casos, y con pacientes débiles y
sugestionables en el mejor. Las facultades médicas le han res-
tado rápidamente importancia al efecto placebo a fin de que
los estudiantes utilicen las verdaderas herramientas de la
medicina moderna, como los fármacos y la cirugía.

Craso error. El efecto placebo debería ser un tema de estu-
dio principal en todas las facultades de medicina. Creo que la
educación médica debería formar doctores que reconocieran
el poder de nuestros recursos interiores. Los médicos no
deberían descartar el poder de la mente como algo inferior al
poder de las sustancias químicas y el escalpelo.

Deberían desechar la convicción de que el cuerpo y sus
componentes son estúpidos y de que necesitamos una inter-
vención externa para conservar la salud.

La investigación del efecto placebo debería recibir impor-
tantes subvenciones. Si los investigadores médicos llegaran a
averiguar cómo hacer uso del efecto placebo, los doctores dis-
pondrían de una herramienta basada en la energía y sin efectos
secundarios para tratar una enfermedad. Los sanadores ener-
géticos dicen que ya poseen dichas herramientas, pero yo soy
un científico y creo que cuanto más descubra la ciencia sobre
el placebo, más oportunidades tendremos de utilizarlo en las
instalaciones clínicas.

Creo que la razón de que la mente haya sido tan tajante-
mente descartada en medicina es el resultado, no sólo de su
pensamiento dogmático, sino también de las consideraciones
económicas. Si el poder de la mente puede curar las enferme-
dades del cuerpo, ¿por qué íbamos a ir al médico? Y más
importante aún, ¿para qué íbamos a comprar medicamentos?
De hecho, descubrí hace poco que, por desgrada, las compañías
farmacéuticas están estudiando a los pacientes que mejoran
tras la administración de pfldoras de azúcar con la intención
de eliminarlos de los ensayos clínicos iniciales. Como era de
esperar, a la gran industria farmacéutica le molesta que en la
mayoría de sus ensayos clínicos con placebos, los fármacos
«falsos» demuestren ser tan efectivos como sus combinados quí-
micos diseñados por ingenieros (Greenberg, 2003). Aunque las
compañías farmacéuticas insisten en que su objetivo no es faci-
litar que se aprueben fármacos ineficaces, está claro que la efi-
cacia de las pildoras de placebo supone una amenaza para su
‘ industria. El mensaje de las compañías farmacéuticas me pare-
ce de lo más evidente: si no puedes vencer a las pildoras de
placebo, ¡limítate a eliminarlas de la competición!

Resulta irónico que a casi ningún médico se le enseñe a
tener en cuenta el impacto del efecto placebo, ya que muchos
historiadores dan pruebas fehacientes de que la historia de la
medicina es en su mayor parte la historia del efecto placebo.
Durante la mayor parte de su historia, los médicos no dispo-
nían de métodos eficaces para combatir la enfermedad.

Algunos de los más famosos tratamientos prescritos por la
medicina tradicional son las sangrías/ el tratamiento de heri-
das con arsénico y la legendaria panacea del aceite de serpien-
te de cascabel. Está claro que algunos pacientes/ los mismos
que las estadísticas conservadoras cuentan entre el tercio de la
población sensible al poder curativo del efecto placebo, mejo-
rarían con esos tratamientos. Es posible que hoy en día, cuan-
do los médicos se ponen sus batas blancas y aplican con deci-
sión un tratamiento, los pacientes crean que el tratamiento
funciona y por eso lo hacen, sea un verdadero fármaco o una
pastilla de azúcar.

Aunque la cuestión de cómo funcionan los placebos haya
sido obviada por la mayor parte de la profesión médica,
recientemente algunos investigadores se han propuesto des-
cubrirlo. Los resultados de sus estudios sugieren que no sólo
los excéntricos tratamientos del siglo xix pueden provocar un
efecto placebo, sino también los sofisticados métodos tecnoló-
gicos de la medicina moderna, entre los que se incluye la más
«sólida» de las herramientas médicas, la cirugía.

Un estudio de la Facultad Médica de Baylor publicado en
2002 en la revista New England Journal of Medicine, evaluó la
eficacia de la cirugía en pacientes con dolores graves y debili-
tantes de rodilla (Moseley, et al., 2002). El autor principal del
estudio, el doctor Bruce Moseley, «sabía» que la cirugía de
rodilla ayudaba a estos pacientes: «Todo buen cirujano sabe
que en la cirugía no existe el efecto placebo».

Sin embargo, Moseley estaba tratando de averiguar qué
parte de la cirugía provocaba la mejora en los pacientes. Los
pacientes del estudio estaban divididos en tres grupos.
Moseley rebajó el cartílago dañado en uno de los grupos. En
otro, limpió la articulación de la rodilla para eliminar cualquier
material que pudiera estar causando la respuesta inflamato-
ria. Ambos tratamientos constituyen el tratamiento estándar
de la artritis de rodilla. El tercer grupo recibió una «falsa»
cirugía. Una vez que el paciente estaba sedado, Moseley hacía
las tres incisiones de rigor y después hablaba y actuaba como
solía hacerlo durante las intervenciones quirúrgicas reales.
Incluso metía las manos en suero salino para imitar el ruido
producido al limpiar la articulación. Tras cuarenta minutos,
Moseley cosía las incisiones como si de verdad hubiera lleva-
do a cabo la operación. En los tres grupos se administraron los
mismos cuidados posoperatorios, que incluían un programa
de ejercicios.

Los resultados fueron sorprendentes. Sí, los grupos que se
sometieron a una cirugía real, mejoraron, tal y como era de
esperar. Pero ¡el grupo placebo mejoró tanto como los otros
dos! A pesar de que se llevan a cabo seiscientas cincuenta mil
operaciones de rodilla al año para mejorar la artritis, con un
coste medio de unos cinco mil dólares cada una, el doctor
Moseley tenía bastante claro el resultado: «Mi habilidad como
cirujano no supuso beneficio alguno en esos pacientes.
Cualquier posible beneficio de la cirugía para la osteoartritis
de rodilla se debió al efecto placebo». Los noticiarios de tele-
visión ilustraron con todo detalle los asombrosos resultados.
Se mostraron imágenes de los miembros del grupo placebo
andando y jugando al baloncesto, haciendo de pronto cosas
que no podían hacer antes de la «cirugía». Los pacientes del
grupo placebo no descubrieron que habían recibido una falsa
cirugía hasta dos años después. Uno de los miembros del
grupo placebo, Tim Pérez, que caminaba con la ayuda de un
bastón antes de la operación, juega al baloncesto con sus nie-
tos en la actualidad. Este hombre resumió el tema de mi libro
cuando habló para el Discovery Health Channel: «Todo es
posible en este mundo cuando te convences de ello. Sé que la
mente puede obrar milagros».

Diferentes estudios han demostrado que el efecto placebo
puede ser de lo más útil en el tratamiento de otras enferme-
dades, entre las que se incluyen el asma y la enfermedad de
Parkinson. Los placebos son verdaderas estrellas en el trata-
miento de la depresión. Tanto es así que el psiquiatra Walter
Brown, de la Escuela Universitaria de Medicina de Brown, ha
llegado a proponer que los placebos sean el tratamiento prin-
cipal de los pacientes con casos de depresión leve o modera-
da (Brown, 1998). Se informaría a los pacientes de que están
tomando un remedio sin principios activos, pero eso no debe-
ría disminuir la eficacia de las pastillas. Los estudios sugieren
que incluso en los casos en los que los pacientes saben que no
están tomando un fármaco, las pastillas de placebo siguen
funcionando.

Uno de los indicios de la eficacia de los placebos aparece en
un informe del Departamento de Salud y Servicios Humanos
de Estados Unidos. El informe revela que la mitad de los
pacientes con depresión grave que toman fármacos mejora,
frente al treinta y dos por ciento de los que toman placebo
(Horgan, 1999). Incluso esas impresionantes cifras pueden
infravalorar el poder del efecto placebo, ya que muchos de los
participantes en el estudio averiguaron que estaban tomando
el fármaco auténtico porque experimentaron efectos secunda-
rios que no sufrían los que tomaban el placebo.

Una vez que esos pacientes se dan cuenta de que están
tomando el medicamento (es decir, una vez que comienzan a
creer que toman el verdadero fármaco) se vuelven especial-
mente susceptibles al efecto placebo.

Dada la eficacia del placebo, no es de extrañar que la
industria de los antidepresivos, que gana alrededor de ocho
mil doscientos millones de dólares al año, sufra el ataque de
los críticos que afirman que las compañías farmacéuticas exa-
geran la eficacia de sus comprimidos. En 2002, en un artículo
de la revista Prevention & Treatment de la Asociación
Psicológica Norteamericana titulado Las nuevas drogas del
emperador, el profesor de Psicología de la Universidad de
Connecticut, Irving Kirsch, reveló que el ochenta por ciento
de los efectos de los antidepresivos descubiertos en los ensa-
yos clínicos podían atribuirse al efecto placebo (Kirsch, et al.,
2002). Kirsch se vio obligado a recurrir a la Ley de Libertad de
Información en 2001 para reunir información sobre los ensa-
yos clínicos de los principales antidepresivos, ya que estos
datos no estaban disponibles en el departamento correspon-
diente del Departamento de Salud y Recursos Humanos. Los
datos revelaban que en más de la mitad de los ensayos clíni-
cos de los seis antidepresivos principales, los fármacos no
obtenían mejores resultados que las pildoras de placebo fabri-
cadas con azúcar. Y Kirsch resaltó en una entrevista en el
Discovery Health Channel que: «La diferencia entre la res-
puesta a los fármacos y la del placebo era de menos de dos
puntos de media en la escala clínica que va desde los cincuen-
ta a los sesenta puntos. Eso es una diferencia muy pequeña.
Es una diferencia clínicamente irrelevante».

Otro hecho interesante sobre la efectividad de los antide-
presivos es que han mejorado su eficacia en los ensayos clíni-
cos con el paso de los años, lo que sugiere que el efecto place-
bo es debido en parte a una avispada publicidad. Cuanto más
se proclama en los medios el milagroso efecto de los antidepre-
sivos, más eficaces se vuelven. ¡Las creencias son contagiosas!

Vivimos en una cultura en la que la gente cree que los antide-
presivos funcionan, así que lo hacen.

Una diseñadora de interiores de California, Janis Schonfeid,
que tomó parte en un ensayo clínico para demostrar la efica-
cia de Effexor en 1997, se quedó tan «asombrada» como Pérez
al descubrir que había estado tomando un placebo. Las pildo-
ras no sólo le habían mejorado la depresión que padecía desde
hacía casi cuarenta años, sino que el escáner que le hicieron
durante el estudio reveló que la actividad de su corteza pre-
frontal había aumentado de forma considerable (Leuchter, et
al., 2002). Su mejora no era en absoluto algo que estuviera
«sólo en su mente». Cuando la mente cambia, afecta por com-
pleto a tu biología. Schonfeid también experimentó náuseas,
un efecto secundario frecuente cuando se toma Effexor. Ella es
una de esos típicos pacientes que mejoran con el tratamiento
placebo y después descubren que no estaban tomando el fár-
maco; estaba convencida de que los médicos habían cometido
un error en el etiquetado, porque «sabía» que estaba tomando
el fármaco. Insistió en que los investigadores volvieran a com-
probar sus informes para estar absolutamente seguros de que
no estaba tomando el medicamento.

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