La sexualidad de la mujer.


El baño turco (1863) – Jean Dominique Ingres
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Ana Cachafeiro y Casilda Rodrigáñez.

El siguiente es el texto completo de un dossier publicado por Ediciones Ez con un ejemplar de la revista Ekintza Zuzena, en Bilbao, España.

http://www.contranatura.org/articulos/Sex/Cachafeiro-Mujer.htm

A lo largo de unos años nos hemos ido encontrando con una serie de datos que, en principio, casi no llaman la atención ni sugieren nada; son datos sueltos, que en su desconexión no resultan significativos; son como las piezas de un puzzle que, de algún modo, han quedado almacenadas en algún lugar de nuestra conciencia a la espera de ocupar su puesto en la resolución del puzzle.

a) Para Masters & Johnsons [1], las contracciones uterinas son una componente esencial en todo orgasmo femenino. Marise de Choisy [2] va más lejos al afirmar que éste. tiene su origen en el cuello del útero. Y que si los psicoanalistas, desde hace tiempo, vienen confundiendo el orgasmo cérvico-uterino con el orgasmo vaginal, no es sólo debido al narcisismo masculino, ni tampoco sólo a la ignorancia femenina, sino también porque las cérvico-uterinas no frecuentan nuestras consultas.

b) Bartolomé de las Casas [3] y otros viajeros del siglo XVI han escrito que las mujeres de las poblaciones que habían encontrado en zonas del planeta desconectadas de nuestra civilización parían sin dolor.

c) Histeria viene de ‘hysteron’, es decir, de ‘útero’. En la Antigua Grecia se creía que las enfermedades nerviosas o ‘histéricas’ de las mujeres eran debidas a que el útero sufría un desplazamiento hacia arriba. Platón y otros [4] hablan del ‘vientre errante’ de la mujer, de un ‘animal dentro del animal’.

d) El útero aparece sistemática y cuantiosamente reproducido en la cultura que ahora se está desenterrando de la llamada Antigua Europa, datada entre el 6.500 y el 3.500 a.c. [5] . En aquel mundo simbólico, el útero era aquello cuyo latido significa la vida; algo análogo a lo que en nuestro mundo simbólico significa el corazón: el amor y la vida.

La arqueología está obteniendo datos sorprendentes y reveladores de aquella civilización. Con esta información se vuelve evidente que lo que relata el Génesis (datado precisamente hacia el 3000 a. c.) no es la creación de la naturaleza humana, sino las condiciones de un nuevo modo de convivencia y de ser humano que se imponen contra otras, y que incluyen el parto con dolor, la transformación del ‘hysteron’ en ‘histeria’. De hecho, el Génesis habla de un Paraíso del que fueron expulsados nuestros primeros progenitores; es decir, que aunque lo de ‘primeros’ da pie a pensar que desde el principio esa fue nuestra condición, no pudieron omitir la existencia de otro mundo anterior al actual. ¿Por qué si no inventar la historia de un Paraíso, de una serpiente-demonio, de un Árbol del conocimiento del bien y del mal cuya accesibilidad queda también prohibida con la expulsión del Paraíso?

e) La oxitocina, que se utiliza como oxitócico, como dilatador del útero en la Medicina, se empleaba en las orgías eleusíacas por medio del hongo del cornezuelo de centeno. La misma química, una aplicada en el parto con dolor forzado, la otra como afrodisíaco. La misma hormona -la oxitocina- que está presente en el parto para dilatar el cuello uterino es también la hormona del orgasmo, que por ello se la conoce como la hormona ‘del amor’. [6]

f) En los partos actuales existen casos de partos orgásmicos. Y según los que lo han estudiado, como Serrano Vicens, Merelo-Barberá y el Dr. Schebat del Hospital Universitario de París, son más frecuentes de lo que se cree. [7]

g) Dentro de la práctica de partos ‘alternativos’ o humanistas existe la constatación de Michel Odent [8] de que cuanto menos se interfiera, cuanto menos se provoque el neocortex de la mujer, haciéndola prestar atención (racional) a conversaciones, y cuanto más desinhibido permanezca el cerebro ancestral, más fácil resulta el parto. La mujer no puede estar en ese estado si no está en ese clima de confianza y de cierta intimidad.

CASOS DE RECUPERACION DE UNA CIERTA SENSIBILIDAD UTERINA

Lo que acabó de retener nuestra atención sobre este tema, fueron los testimonios de unas mujeres que habían recuperado una cierta sensibilidad uterina, tras la lectura del libro de Merelo-Barberá, en el que afirma que la mujer se socializa en la ruptura psicosomática entre la conciencia y el útero . Esta percepción o sensibilidad, aunque difícil de traducir en palabras, fue descrita así:

En el momento del orgasmo habían empezado a percibir, en el centro y en el interior de la cavidad pélvica, como una ameba que se retrae y que se expande rítmicamente con cada oleada de placer. Podía también asimilarse al latido de un corazón, aunque más lento, o al latido del cuerpo de una rana [9]. En el momento en que termina el movimiento de retraimiento y comienza la expansión, podían empujar y amplificar la onda expansiva, lo mismo que en las contracciones de la fase expulsiva del parto, o al defecar, cuando ‘vienen las ganas’ como normalmente se dice. Al ampliar la onda expansiva del latido, se amplifica al mismo tiempo la contracción uterina y la ola de placer.

Esto supuso un cambio en el modo de percibir sus cuerpos y en su sexualidad. El simple hecho de dirigir la atención/pensamiento al útero produce excitación y placer ubicados en las paredes del útero y en los pechos.

Otra amiga nos comentaba que entre la tercera y la octava semana de un embarazo, se encontraba en un estado de bienestar flotante permanente, que podría calificar de pre-orgásmico. Lo relacionaba con el concepto de ‘gravidez’, de sentir la matriz pesada, hinchada, presionando el suelo de la cavidad pélvica.

Contrastados estos testimonios con Juan Merelo-Barberá, este afirma que el útero efectivamente comienza a palpitar como un corazón desde el momento en que la mujer se excita sexualmente; a palpitar y a descender. Afirma que el cuello uterino se hace incluso visible desde el exterior a simple vista en estado de excitación fuerte. Por eso en la Antigüedad la mujer frígida era aquella cuyo útero no podía moverse y descender. Luego se invierte la valoración: la mujer cuyo útero se mueve como un pez es una mujer lasciva y pecaminosa; la del ‘vientre errante’, la del ‘animal dentro del animal’; la que no está castrada ni sometida al varón.

LA FISIOLOGIA DEL PARTO

Un animal crece a partir de una sola célula, un zigoto que crece hasta hacerse un embrión. Este proceso requiere una protección especial, porque el zigoto/embrión no puede dársela a sí mismo. Las especies animales que no se dotaron de una protección adecuada, no prosperaron. Una vez más, una forma de simbiosis entre dos seres vivos resuelve el problema de la conservación y regeneración de la vida. Los huevos de las aves tienen una protección, una cáscara de calcio que no puede ser más dura y proteger más de lo que hace, porque, dado que se trata de una estructura ovoidea herméticamente cerrada, el embrión mismo tiene que poder romperla cuando llega a término: esto, la salida, determina su fragilidad. El invento de los mamíferos es sorprendente, como todo o casi todo en la evolución de las formas de vida. La madre guarda dentro de sí el óvulo fecundado en lugar de expulsarlo y lo protege al tiempo que se protege a sí misma, con su movilidad, su propia nutrición, etc. Pero debe resolver la contradicción entre la consistencia de la envoltura protectora y la salida del embrión de dicha envoltura en su debido momento. La contradicción la resuelve el tejido muscular: fuerte y a la vez elástico y flexible, conectado con el sistema nervioso de la madre, y formando una bolsa con una puerta de salida que puede cerrarse y abrirse. Una articulación (la neuromuscular) puesta a punto para la locomoción, bombear la sangre (el corazón es tejido muscular), etc., combinando el sistema nervioso involuntario y el voluntario. Aquello que nuestro organismo debe ejecutar sistemáticamente (el bombeo de la sangre, la respiración, la digestión cuando llega alimento al estómago) se realiza automáticamente por el sistema nervioso involuntario; pero aquello que sólo se realiza en momentos determinados, como correr para cazar, coger un fruto de un árbol, requiere la actuación del sistema nervioso voluntario, seguramente siempre en conexión con el sistema nervioso involuntario: los engranajes neuromusculares realizan su cometido a la perfección.

Entonces intervienen los sentidos: la percepción sensorial indica cuándo el sistema nervioso voluntario debe ponerse en marcha. Los sentidos en su origen, antes del desarrollo cultural que los recrea, están al servicio de la conservación de la vida: el gusto, la vista, el oído, el tacto, el apetito, etc. El deseo sexual, al igual que el deseo de comer, tiene ese origen.

La reproducción en los mamíferos tiene involucrada una sensibilidad especial, una inducción de tipo sensitivo que pone en marcha un sistema de producción de hormonas (la oxitocina del orgasmo y del parto es una de ellas) para realizar las funciones sexuales reproductivas. Esta inducción sensitiva es lo que llamamos instinto, o en los humanos, deseo sexual. Por ejemplo, las cerdas sólo eyaculan leche de sus mamas cuando son estimuladas por la succión del lechón. No es una producción continua, sino una serie de eyaculaciones sucesivas a la estimulación. Si alguien entra en la cochiquera y distrae a la cerda, deja de hacerlo. Hemos visto parir a una gata varios gatitos. Cuando terminaba de lamer la bolsa y de comerse la placenta de un gatito, reactivaba las contracciones para expulsar al siguiente. Como si pudiese controlar de modo voluntario las contracciones uterinas.

Unos versos mesopotámicos del tercer milenio a. C. [10] nos dan a entender que los humanos de los tiempos en los que las mujeres parían sin dolor, tenían también el útero inervado en el sistema nervioso voluntario:

Ninhursaga, única y grandiosa,
contrae la matriz;
Nintur, que es una gran madre
desencadena el parto.

¿Qué mejor invento podría hacerse para tener seguro al embrión y para que salga cuando llegue a término, que la fuerte, dúctil y elástica bolsa uterina, con su cuello que cierra firmemente y es a la vez capaz de abrirse? En este contexto situamos las contracciones uterinas para dilatar el cuello. Ahora bien, no es lo mismo mover un músculo contracturado, rígido, que está medio atrofiado por no ser usado, que mover un músculo distendido y que es utilizado habitualmente. Actualmente parimos con un útero rígido, sin elasticidad, medio atrofiado y sin que el deseo estimule la producción de oxitocina. Por eso duelen también las reglas.

La sexualidad en la que nos educan es la sexualidad de un cuerpo despiezado, escindido en ‘cuerpo’ y alma [11]. Lo que llamamos ‘cuerpo’ es en realidad el subproducto de un cuerpo despiezado y en buena medida desvitalizado. La clave de esta escisión es “la ruptura psicosomática entre la conciencia y el útero”, como dice J. Merelo Barberá.

El ‘cuerpo’ que las mujeres creemos que tenemos, es un cuerpo al que le ha sido arrebatado el órgano central de su sistema erógeno; es un cuerpo sin útero, con un sistema erógeno que comprende sólo vagina y clítoris.

Y todo esto, establecido por la Ciencia; porque cuando la sexualidad fue abordada ‘científicamente’ en el siglo pasado, la sexualidad femenina que se definió fué la de un cuerpo castrado, devastado, despiezado; sometido y explotado: una sexualidad falocrática, vaginal y/o clitoridiana. Aunque algunos llegaron a reconocer que había algo ‘indefinido’ en la sexualidad de la mujer (Groddeck), que era un ‘continente negro’ inexplorado y desconocido (Freud al final de su vida, Lacan). ¡Y tan desconocido!

¿Y qué ocurre realmente con la verdadera líbido y anhelo de la mujer? El deseo se reprime, se sublima en amores románticos y espirituales, se manipula y, finalmente, lo que queda después de toda esta descomposición, se orienta hacia el falo, dejando un rastro de enfermedades psicosomáticas que prueban la quiebra de la autorregulación de la vida: partos traumáticos, histerias, depresiones post-parto, falta de leche, dolores menstruales, etc.

Pensemos en nuestro útero inexistente; en nuestro tejido muscular uterino. Y pensemos en que si una simple inmovilización durante algún tiempo por una escayola requiere después ejercicios de rehabilitación para que el tejido muscular se recupere, ¿qué sería, por ejemplo, de un brazo que hubiese permanecido inmovilizado durante toda la vida porque no sabíamos que teníamos ese brazo ni para qué servía? Y si quisiéramos utilizarlo, nos encontraríamos con unos músculos que habrían perdido su elasticidad, rígidos y contracturados. Y como todo el mundo sabe lo que duele un calambre, podemos entonces entender los dolores de la dilatación del cuello uterino en nuestra sociedad [12]. Es significativo que en el Génesis se diga “parirás con dolor”, como algo nuevo que iba a ser y que antes no era.

Todavía hay una observación más sobre la fisiología del parto en la especie humana:

Al adquirir la posición erecta, el plano de inclinación del útero se hace casi vertical, quedando el orificio de salida hacia abajo, sometido a la fuerza de la gravedad. Esto supone/requiere un perfeccionamiento del dispositivo de cierre y apertura del útero, un cierre más fuerte para sujetar 9 u 11 kg. de peso contra la fuerza de la gravedad. Y el dispositivo de cierre y apertura del útero no es otra cosa que el cuello, cuya relajación total deja una abertura de hasta 10 cm de diámetro. Por eso “el origen del auténtico orgasmo femenino está en el cuello del útero”. Nuestra opinión, contrastada con Merelo-Barberá, es que el orgasmo fue el invento evolutivo para accionar el dispositivo de apertura del útero.

Esto da coherencia a los datos inconexos del punto 1º, y permite acercarnos al modo de vida que expresa la simbología de la cultura pre-patriarcal: explica el paso del útero al corazón, del hysteron a la histeria, de la serpiente como símbolo del bien a la serpiente como el símbolo del mal. [13]

EL CUESTIONAMIENTO DEL ORDEN SEXUAL

Todo lo anterior nos lleva al cuestionamiento del actual orden sexual, que, ya de entrada, aparece como básicamente falocrático y falocéntrico.

El orden sexual forma parte de las relaciones de dominación y de Poder que atraviesan nuestra sociedad; y no es coincidencia que la sexualidad en la sociedad pre-patriarcal fuera algo muy diferente de la sexualidad que hoy conocemos. Como dijo Freud, en nuestro mundo actual sólo hay un sexo, el masculino, y toda la líbido se produce de y para el falo. La mujer es un ser castrado, y se define por lo que no tiene. Pero esto también afecta, de rebote, al hombre y a lo que se supone que es la masculinidad [*]. Con la castración de la mujer, toda la sexualidad queda desquiciada, sacada de quicio.

Es difícil pensar en algo que no existe en nuestra Realidad: nos faltan la experiencia y las palabras. La sexualidad femenina pasó de ser la definición del mal (el pecado entró en el mundo por la mujer, etc.), a no existir; es indecible e impensable como requisito para que no se sienta ni exista. De ahí todos los rodeos que tenemos que dar para expresar nuestras intuiciones y la información que vamos encontrando. Hasta aquí hemos mencionado las que se refieren a la sexualidad de la mujer. Ahora vamos a mencionar algunas relativas a la sexualidad en general para avanzar en la reconstrucción del puzzle.

a) El amor al próximo

La escisión del cuerpo de la mujer y el invento del amor espiritual se inscriben en un orden general de los sentimientos [14]. Según De Choisy [15] hay datos históricos que prueban que hubo un tiempo en el que el ‘amor al próximo’ era físico, y era una regla en una sociedad basada en la conservación de la vida, en el bienestar y en la ayuda mutua. La espiritualización cristiana del ‘amor al próximo’ forma parte del orden sexual represivo patriarcal. De Choisy cuenta también cómo, en la transición a la sociedad patriarcal, cuando empiezan a instituirse la monogamia y la exclusividad, aparecen las hetairas, lo que nuestra cultura ha llamado ‘prostitutas sagradas’, para “expiar el pecado del matrimonio” y mantener vivo el fluido del amor. Cuando la monogamia y la pareja se generalizan, las prostitutas sagradas se mantendrán todavía durante algún tiempo en algunos lugares junto con los cultos a la diosa Madre.

El matrimonio aparece, ante todo, como la violación de una ley religiosa. Por muy incomprensible que sea para nuestra conciencia moderna, esto tiene el testimonio de la Historia. (…) El matrimonio debía ser expíado ya que “por su exclusivismo viola la ley de la divinidad”. La naturaleza no ha dotado a la mujer de tantos encantos para que se marchite en los brazos de uno solo. La ley de la materia, según esta filosofía religiosa odia la coacción, rechaza todo límite, considerado como una ofensa hacia la diosa. El matrimonio sólo fue posible después de un cambio de moral (.) La monogamia debe compensar con la prostitución sagrada su infracción a las leyes de la materia y reconquistar así la complacencia divina. [16]

La religión de la diosa apareció durante la transición, en las primeras ciudades-Estado (y sus vestigios han perdurado hasta la Edad Media, con los druidas, celtas etc.), como una forma de resistencia: un modo de conservar el antiguo modo de vida y de cultivar la vida contra el Patriarcado, y por eso, entonces, las prostitutas eran ‘sagradas’: eran sacerdotisas de la diosa que vivían en los templos para rendir culto al amor. No es casualidad que la mariología, el culto a la Virgen María, aparezca en el siglo XII para machacar los vestigios de los diferentes cultos a la diosa Madre y hacer prevalecer el amor ‘espiritual’ sobre el amor verdadero.

Al abandono al primero que llegaba le sucede la elección de las personas; Deméter ha vencido a Afrodita. Pasamos al reino de la pareja. (Marise de Choisy (ibíd.)

b) El deseo no es egocéntrico

Ahora el deseo lo induce el neocórtex ante aquél o aquella cuya imagen representa el prototipo de lo que te debe gustar, de lo que es adecuado para formar la pareja, obedeciendo al orden sentimental establecido. Hoy no podemos entender el significado de “el abandono al primero que llega” de los otros tiempos. No podemos ni imaginar algo tan simple como el deseo descodificado. Pero lo cierto es que, sin mediar la destrucción del tejido social y los procesos de devastación y de domesticación de las criaturas , el deseo no codificado es inducido por el deseo de otr@ ; y basta sentirse desead@ para desear a quien te desea.

El deseo, por su propia condición, se derrama para fundirse con otr@, y se guía por su anhelo de complacer a otr@. Es cierto que, cuando de la integridad de nuestro ser mana el deseo y el sentimiento puro, su tránsito es como una caricia que lame todos los vericuetos de nuestros cuerpos y de nuestras almas; pero el hecho de que el derramamiento del deseo nos produzca placer, no debe de confundirnos. El deseo genuino no es egocéntrico. Como diría Kropotkin [17] se obtiene placer dando , porque la búsqueda del placer y la solidaridad son las vías generales del mantenimiento y de la expansión de la vida . Y no hay en ello nada misterioso ni romántico: sin esta cualidad (la ayuda mutua y la búsqueda del placer o de ‘lo agradable’ ) el reino animal jamás se habría desarrollado o alcanzado su perfección actual. Desear a otr@ es ante todo deseo de saciar sus deseos; y al saciar los deseos del ser deseado, nos fundimos y nos saciamos. Es el complacer del placer, y el placer de complacer. El sentir del consentir, y el consentir de los sentimientos que se originan precisamente para expandirse – la condición del mantenimiento de la vida es su expansión (ibídem)-, y por eso decimos que, en su origen, los deseos no son ni posesivos ni egocéntricos. La posesividad, con palabras de Deleuze y Guattari, es un contraefecto de la represión.

Nuestra condición humana está preparada para la abundancia de la producción de los deseos, de unos deseos saciables; y no para la carencia ni para la frustración. Pero el orden social tal y como está constituido, frustra y asfixia nuestro anhelo de vida desde el mismo nacimiento, y crecemos con los deseos bloqueados y reprimidos. Y ese anhelo profundo reprimido, que habita en lo más hondo de nuestro ser, es el que se idealiza y se canaliza hacia el ‘amor’ posesivo, con toda su fuerza contenida y con toda la ansiedad acumulada durante años. La criatura humana abandonada por sus congéneres se convierte en individuo en busca de compañía. El deseo se ha transformado ya en miedo a carecer, y este miedo, a su vez, en afán de poseer a otr@. Hemos entrado en el reino de la pareja, que presupone el reino del individuo.

El ego es el resultado del bloqueo del flujo de la vida; cuando el deseo deja de fluir, el ser humano queda en soledad, y aparece el individuo, que trata de compensar la carencia y la soledad con la posesión; por eso su ‘identidad’ se define por lo que retiene, acapara y convierte en su posesión (‘mi’ papá, ‘mi’ mamá, ‘mi’ casa.); aparece el ‘yo-poseedor’ por contra del yo-vivo-disuelto: por contra del vivir disuelto que hace innecesaria la metafísica y la ‘identidad’.

El ‘ego’ se forma por la imposibilidad del deseo de fluir y con la descomposición del amor, por un lado, en ‘amor’ sexual posesivo, que sí es egocéntrico; y por otro, en ‘amor’ espiritual, que puede que no sea egocéntrico, pero que está desprovisto de deseo.

El ‘amor’, el desprendimiento, la generosidad gozan de un prestigio hipócrita en nuestra sociedad siempre y cuando sea un sentimiento mutilado, no sea amor sexual. ¿Por qué, en medio de tanta generosidad, el amor sexual tiene que ser posesivo, exclusivo y egocéntrico? La respuesta es clara: el deseo es el sustento de la ayuda mutua, y el Poder no puede manipular y controlar la vida mas que mutilándola.

El ‘ego’ es una impostura que aparece con las relaciones de Poder. L@s antropólog@s han constatado en ciertas tribus la inexistencia de la identidad individual; la conciencia que cada cual tiene de sí es la mera pertenencia a un grupo, la de ser parte de un grupo humano; a esta forma de percibirse lo han llamado miméticamente ‘sistema de identidad grupal’.

c) La sociedad matrifocal

Según la antropóloga Martha Moia [18], en la estructura social matrifocal, la ‘identidad’ era grupal y la convivencia estaba basada en el deseo (sexual) materno de bienestar directamente vinculado a la conservación y protección de la vida. Se trataba de “ayudarse en la tarea común de dar y conservar la vida”. Los mayores y los fuertes cuidaban y protegían a los pequeños y a los débiles como requisito de bienestar de conservación del grupo. La ayuda y no la lucha eran la garantía de la vida. Del reconocimiento de la madre y de su amor materno, brotan los sentimientos de fraternidad; Bachofen decía del amor materno:

Su principio es el de la universalidad; en cambio el principio patriarcal es el de la restricción… La idea de la fraternidad universal de los hombres tiene su raíz en el principio de la maternidad; por ello, esta idea desaparece con el desarrollo de la sociedad patriarcal… El seno materno puede dar hermanos y hermanas a todo ser humano… con el desarrollo del principio patriarcal, esta unidad desaparece y es sustituida por el principio de jerarquía… [19]

La represión de la maternidad, la ‘espiritualización’ del deseo materno, es un punto clave porque desconecta a la madre de los deseos de sus criaturas y los bloquea; es decir, organiza el abandono y la soledad de las criaturas humanas, la devastación necesaria para la construcción del individuo. El dolor del útero rígido es compatible con la espiritualización del amor materno, pero el útero que palpita gozoso no sería compatible con ese ‘amor’ espiritual que organiza la supervivencia en la soledad y en el abandono afectivo.

Inmediatamente después de nacer, nuestros próximos se nos alejan, nos abandonan, y crecemos ‘amando’ patológicamente, sintiendo pudor y vergüenza de nuestros cuerpos y de nuestros sexos. El sentimiento del pudor y el asco hacia los flujos de los cuerpos son los muros que nos separan de nosotr@s mism@s, que rompen nuestros cuerpos y nos separan de l@s demás . El tabú del incesto , en cuyo nombre se separa a la madre de la criatura, es la norma suprema que produce el ‘amor’ espiritual; en realidad, es la Ley cuyo cumplimiento despieza los cuerpos.

No nos vamos a extender en todas las pruebas que delatan la represión de la sexualidad primaria, materno-infantil. Remitimos a quien le interese al libro La represión del deseo materno [20]. Sólo mencionaremos una: la existencia generalizada en nuestra sociedad de pezones de plástico (chupetes, biberones, etc.) como prueba material de la destrucción de esta sexualidad y del desierto creado por nuestra cultura en la etapa primal de la vida humana. Porque lo peor no es que el pezón sea de plástico, sino el cuerpo humano que falta detrás del chupete.

d) El desierto afectivo

La destrucción del modo de convivencia basado en la ayuda mutua corrompe la sexualidad y crea el desierto afectivo.

Tres cosas prueban de forma irrefutable que nuestro orden sentimental, a pesar de Cupido, de San Valentín, etc. etc. es un desierto afectivo: 1) La angustia existencial que forma nuestro esqueleto psíquico, y que nos acompaña durante nuestras vidas a niveles más o menos profundos, y que por eso aflora cuando las cosas nos van mal (las famosas ‘depresiones’). Esto se debe a lo siguiente: la sociedad no reconoce ni acepta a las criaturas humanas como seres productores de deseos; y eso significa que desde que nacemos nuestra existencia está cuestionada por la sociedad. Aunque no nos lo digan, aunque no lo sepamos, nuestro inconsciente sí sabe que la negación de nuestros deseos es la negación de nuestra vida. Esto no es ‘civilización’, esto es un cuestionamiento de nuestra existencia que produce la angustia y el miedo que larvan en nuestro interior y que salen a la superficie según las circunstancias. 2 ) La insaciabilidad en el afán de poseer , es otra ‘prueba’, insaciabilidad que ha ido variando sus manifestaciones a lo largo de la historia del Patriarcado. 3) Y, en fin, tenemos la aparición del animal de compañía, del ‘pet’, con toda su industria, como consuelo y nimia compensación del desierto; tanto más extendido cuanto más desarrollada está la sociedad patriarcal y hay más individualización y más soledad.

Está claro que en este desierto, la pareja, o el espejismo de la pareja, es el oasis, real o virtual; el mal menor. Como lo es para el niño del orfanato que una familia bien constituida lo adopte.

No se puede restablecer el tejido social sin restablecer la sexualidad, eso que hoy se ha convertido en un comercio, un trueque individualista y egoísta; en una sexualidad deformada, tecnificada y limitada por una disciplina que reprime y canaliza las descargas energéticas hacia estereotipos que ahora se fijan y se expanden con la tecnología audiovisual; un orden sexual falocrático que directamente aniquila el vínculo de la sexualidad con el apoyo mutuo y lo sustituye por la posesión, la prepotencia y la competencia. Como decíamos antes, la sexualidad está desquiciada y para empezar a ponerla en su quicio hay que restablecer la sexualidad femenina y la madre antigua que, como decía Lope de Vega “a cuanto vive aplace”; así podría fluir la emoción erótica para regenerar y sustentar el tejido social humano.

No sirve reivindicar el ‘amor libre’ sin más. Porque hoy por hoy las relaciones sexuales son relaciones de Poder: tanto en el sentido de la dominación de un sexo sobre el otro -y por ello sólo hay sexualidad falocéntrica-, como en el sentido de que ‘amar’ es apropiarse, poseer y acaparar al/a la otr@. Reivindicar el ‘amor libre’ tal cual es como reivindicar la economía libre en el mundo capitalista.

Convertir las relaciones sexuales en relaciones de Poder es algo muy simple y ha sido sumamente eficaz para ordenar todas las relaciones sociales y asegurar su reproducción con las generaciones de hombres y de mujeres.

De la armonía entre los sexos y entre las generaciones se pasa a la guerra y a las relaciones patológicas que conocemos en la sociedad actual: y en el centro de todo ello, el hecho crucial de la devastación del cuerpo de la mujer.

LA RECUPERACION DE LA SEXUALIDAD DE LA MUJER: ESCUCHAR Y SENTIR EL UTERO

La civilización patriarcal cambia el principio de la vida por el de la muerte, y por eso ha tenido en el cuerpo femenino su principal enemigo y su objetivo estratégico central; Romeo de Maio [21] decía que la historia del cuerpo femenino, en nuestra civilización, es una Ilíada de sufrimientos. En el Génesis también se ordena la destrucción de la serpiente (el símbolo de la sexualidad de la mujer) y la prohibición de su conocimiento. Porque si la mujer pare sin deseo y con dolor, y si se aparta de ella a la criatura en el momento del alumbramiento (para cortar el deseo y la producción hormonal que regularía el acoplamiento de ambas), la criatura queda privada de la carga de energía que le corresponde a su integridad humana, al tiempo que la madre queda insensibilizada; insensibilizada ante los deseos y ante el sufrimiento de su prole; es decir, capacitada para realizar las funciones nutricias maternas de manera fría y aséptica, con la disciplina y la represión establecidas en el orden social.

El parto será doloroso mientras las reglas de las adolescentes sean dolorosas, es decir, mientras no exista una cultura que restablezca la unidad psicosomática del cuerpo de la mujer, que respete, cultive y dé conciencia a la mujer de su condición, de su sexo, de su sexualidad, de lo que en realidad es. Una cultura que reconozca y nombre el latido del útero como el latido de la vida. A menudo decimos que el parto actualmente es una violación del cuerpo de la mujer, como lo es el coito cuando la mujer no lo desea, cuando no opera el deseo y se realiza en estado de rigidez, de sequedad, con desgarros.

Para la recuperación de la sensibilidad uterina y de la sexualidad de la mujer, tenemos que explicar a nuestras hijas desde pequeñas que tienen un útero, para qué sirve y cómo funciona.

Las mujeres tenemos que poner en funcionamiento nuestro neocórtex para que nuestra conciencia asuma y asimile el útero; para que lo reintegremos en la percepción de nuestro cuerpo; para recomponer nuestro cuerpo despiezado y que fluya la corriente de sensibilidad entre el útero y la conciencia.

Tenemos que aprender a escuchar y a sentir el latido del útero; practicar la visualización y la concentración en el útero; y también recuperar la cultura arcaica y su mundo simbólico que han definido y expresado la verdadera sexualidad femenina y la regeneración de la vida.

La danza del vientre, en sus orígenes ancestrales, no debía consistir sólo en el movimiento del esqueleto pélvico; de hecho, si se realizan los ejercicios que en algunos sitios se recomiendan [22] para la preparación al parto, para ejercitar los músculos pélvicos, si la mujer se concentra en el útero, si ha recuperado en alguna medida la sensibilidad uterina, puede llegar a diferenciar los músculos pélvicos de los uterinos.ir arriba

Notas:

1. Masters,W. y Johnsons,V. Human Sexual Response . Intermédica, México, 1978. regresar
2. Choisy, M. La guerre des sexes. Publications Premièrs. París, 1970. Pág 45-47 regresar
3. De las Casas, Bartolomé . Historia de las Indias. Fondo de Cultura Económica, México, 1986 (1ª publicación 1552) regresar
4. Ver, por ejemplo, lo que se dice en: Anderson, B.S. y Zinsser, J. P . Historia de las Mujeres: una historia propia. Crítica, Barcelona, 1991. regresar
5. Ver obra de Marija Gimbutas, que ha hecho un estudio al respecto en base a varios miles de piezas decoradas y talladas: The Language of Goddess . Harper-Collins, 1991 (1ª publicación 1989). regresar
6. Sendón de León, V. Más allá de Itaca. Icaria, Barcelona, 1988. Y también: Hoffmann, A. LSD, cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo . Gedisa, Barcelona, 1991 (1ª publicación en alemán, 1979). regresar
7. Citados en: Merelo-Barberá, J. Parirás con placer. Kairós, Barcelona, 1980. regresar
8. Odent, M. El bebé es un mamífero. Mandala, Madrid, 1990. regresar
9. En algunas culturas pre-colombinas, como la Tairona (de la actual Colombia), la rana era el símbolo del útero. Museo del Oro en Santa Fé de Bogotá. regresar
10. Jacobsen, Thorkild. The Treasures of Darkness . Yale Univ. Press, 1976. Pág. 108. regresar
11. Decía Jesús Ibáñez que “el alma es una compensación imaginaria del cuerpo realmente despiezado “. De la familia al grupo: del grupo al bucle en el árbol familiar. Ponencia en la Universidad Menéndez y Pelayo, 1983. regresar
12. Después de escrito este artículo, leemos en el último libro de Frédérick Leboyer , El parto: crónica de un viaje, lo siguiente: “¿Qué hace sufrir a la mujer que da a luz?. la mujer sufre debido a las contracciones. unas contracciones que no acaban nunca y que hacen un daño atroz, ¡pero son calambres!, todo lo contrario de las ‘contracciones adecuadas’. ¿Qué es un calambre? Una contracción que no cesa, que se crispa y se niega a soltar su presa y, por lo tanto, no ‘afloja su garra’ para transformarse en su contrario: la relajación en la que normalmente desemboca. En otras palabras, lo que hasta ahora se había tomado por contracciones ‘adecuadas’ eran contracciones altamente patológicas y de la peor calidad. ¡Qué sorpresa! ¡Qué revelación! ¡Qué revolución en ciernes!” Págs. 244-246. Subrayados nuestros. regresar
13. Una descripción más pormenorizada del parto y de la lactancia, como procesos psicosomáticos y de las interferencias sociales y médicas que organizan la maldición divina de parir con dolor, puede leerse en el artículo “Matricidio y estado terapéutico”, en la Revista Archipiélago nº 25. regresar
14. García Calvo A. El amor y los dos sexos y Familia : la idea y los sentimientos. Ed. Lucina. regresar
15. Marise de Choisy, op. cit. regresar
16. Marise de Choisy, op. cit. Pág. 196-7. El entrecomillado es de Bachofen citado por M. Ch. La traducción es nuestra. regresar
17. Kropotkin, P. Folletos Revolucionarios I . Tusquets-Acracia. regresar
18. En: Moia, M. El no de la niñas. laSal edicions de les dones, Barcelona, 1981, se explican estas características de la sociedad matrifocal. regresar
19. Bachofen, J. J. Mitología arcaica y derecho materno. Anthropos, Barcelona, 1988. (1ª publicación, Stuttgart, 1861). regresar
20. La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente. Madre Tierra, Móstoles 1995. regresar
21. De Maio, Romeo. Mujer y Renacimiento . Mondadori, Madrid, 1988. regresar
22. Por ejemplo, en el libro del Colectivo de Mujeres de Boston: Nuestros Cuerpos, Nuestras Vidas. Madre Tierra, Madrid, 1996 (1ª publicación en inglés: 1977). regresar
(*) Y aquí entraríamos en otro tema que aquí sólo aparece tangencialmente, que es la construcción de los géneros -de los paradigmas de lo que es ser hombre y ser mujer- como portadores de las relaciones de poder. regresarir arriba

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