Superar la democracia representativa.


Por: John Holloway (poroalegre.net) Wednesday, Dec. 08, 2004 at 11:04 PM
John Holloway Nació en Dublín, Irlanda. Es abogado, doctor en Ciencias Políticas, Egresado de la Universidad de Edimburgo y diplomado en altos estudios europeo en el Collage d’Europe. Es profesor e investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Ha publicado numerosos libros y ensayos: con Sol Piccioto, The State and Capital: a marxist debate (1978) ; In Against The State (1979), versión abreviada en castellano, El Estado y la lucha cotidiana (1980); con Werner Bonefeld, Post Fordism and Social Form. A Marxist debate on The Post-Fordism State, (1991), y con el mismo autor, Global Capital, National State and the politics of Money (1995); ¡Zapatista! Reinventing revolution in México (1998), con Eloína Peláez; Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002); Keynesianismo: una peligrosa ilusión (2003); Clase  lucha, antagonismo social y marxismo crítico (2004); Contra y más allá del capital (2006). En coautoría con Fernando Matamoros y Sergio Tischler: Negatividad y Revolución. Theodor W. Adorno y la política (2007); Zapatismo. Reflexión teórica y subjetividades emergentes (2008) y Pensar a contrapelo. Movimientos sociales y reflexión crítica (2010).

En una conferencia realizada durante el Foro Social Nordestino (Brasil), el autor de Cambiar el Mundo sin Tomar el Poder sostiene: “la izquierda siempre fracasará, en tanto no supere la democracia representativa”.

I

¿Qué hacer con la desilusión? ¿Qué hacer cuando la democracia no funciona?

Brasil es un lugar muy especial para plantear esta pregunta. Hace apenas dos años la izquierda mundial festejó el triunfo de Lula en las elecciones. Aquí por fin hubo una gran victoria para la democracia, una victoria real para la izquierda. Y no cualquier izquierda, sino de un partido de militancia comprobada, con un líder obrero de militancia comprobada. Aquí por fin todo el mundo podía ver que era posible cambiar la sociedad a través de las elecciones democráticas.

¿Y ahora? Ahora, dos años después, la desilusión total. La elección de Lula no ha cambiado Brasil, el gobierno sigue implementando las mismas políticas, las políticas del capitalismo neoliberal.

¿Qué van a hacer entonces con la desilusión? ¿Escoger otro líder y esperar que resulte mejor que Lula? ¿Formar otro partido y esperar que sea mejor que el PT? Esto es lo terrible de los gobiernos de izquierda: cuando fracasan (y siempre fracasan) parece que no hay ninguna solución y se instala la depresión.

El fracaso de Lula no es simplemente un fenómeno brasileño. Es la repetición en Brasil de una experiencia mundial. Hay una palabra que ocurre una y otra vez en la historia de la izquierda estadocéntrica en todo el mundo: traición. El hecho de que la traición se repite tan seguido hace que el concepto mismo de “traición” es ridículo. El fracaso de la izquierda no puede ser simplemente cuestión de traición, de la culpa de un líder ni de la culpa de un partido: tiene que tener algo que ver con las estructuras mismas.

El hecho de que no es simplemente una experiencia brasileña significa que tenemos que ir más allá de una crítica de Lula o del PT.

II

El problema no es Lula ni el PT sino la democracia representativa.

La democracia representativa no es nuestra democracia, es la democracia de ellos, la democracia del capital. No articula nuestro poder, articula el poder de ellos, el poder del capital, el poder de los poderosos.

Nuestro poder no es como el poder de los poderosos. Es todo lo contrario. Nuestro poder es el poder-hacer, el poder creativo. Nuestro poder-hacer es el poder de producir y reproducir la vida, pero también el poder de hacer las cosas de otra manera, el poder de cambiar el mundo. Este es el poder que sentimos en un evento como este: una confianza colectiva de que podemos hacer las cosas de otra manera.

Nuestro poder es un poder colectivo, un poder social. El hacer es el centro de nuestro poder, y es imposible imaginar un hacer que no sea social, un hacer que no dependa de los haceres de otros, en el pasado o en el presente. Nuestro hacer es siempre parte de un flujo social del hacer. El desarrollo de nuestro poder siempre implica el

reconocimiento explícito de la socialidad del hacer, implica, en otras palabras, un movimiento de reunir, de afirmar una subjetividad social, un Nosotros creativo.

El poder de los poderosos es todo lo contrario. Detrás de sus armas y de sus bombas hay un movimiento de separación, de fragmentación. El capital es un movimiento de separación que fragmenta la socialidad del hacer. El capital toma lo que los hacedores han hecho y dice “¡esto es mío!” El capitalista rompe el hacer, separa lo hecho del hacer y del hacedor, y con eso todo se rompe, cada aspecto de la vida. Sobre todo nosotros estamos rotos. Nosotros estamos rotos como sujeto social, despedazados en millones de individuos atomizados. El capital es la ruptura del hacer social, y cuando el hacer se rompe, el ser se impone, lo que es domina.

Vemos los horrores del mundo, los niños que mueren, la pobreza y la injusticia, las bombas que caen, y gritamos “¡NO! No puede ser. Tenemos que cambiar el mundo,

tenemos que hacer otro mundo” Y ellos se ríen: “Ustedes son nada más un grupo de individuos. No pueden cambiar el mundo porque el mundo es así, así son las cosas”.

Están equivocados, por supuesto. Lo que es es solamente porque nosotros lo hemos hecho y lo seguimos haciendo. Lo que es depende de nuestro hacer. El capital depende de nosotros. El capital se ve tan estable, se ve como algo eterno. Pero no lo es. Existe solo porque nosotros lo creamos, no porque lo creamos hace doscientos años, sino porque lo creamos hoy, lo estamos creando hoy. El problema no es abolir el capitalismo, el problema es dejar de crearlo.

El conflicto entre nuestro poder y él de ellos (nuestro poder-hacer y el poder-sobre de ellos) no es simplemente un conflicto entre el poder de abajo y el poder de arriba.

Nuestro poder es el poder del hacer, del crear, de la socialidad. El poder de ellos es el poder de separar, de individualizar, el poder de lo que es. Nuestro poder disuelve, el poder de ellos fija. Son dos movimientos muy distintos, dos lógicas distintas, dos lenguajes distintos, dos formas distintas de organización.

Es importante reconocer esto, porque ellos (los poderosos, los capitalistas) siempre están tratando de jalarnos hacia su lógica, su lenguaje, su forma de hacer y de pensar. Lo hacen de muchas maneras, y una de las maneras más importantes es a través de la democracia, invitándonos a jugar su juego de la democracia.

III

Nuestra democracia no es como la democracia de los poderosos. Todo lo contrario.

De la misma forma en que hay dos tipos de poder, también hay dos tipos de democracia: la democracia de ellos, de los poderosos, y nuestra democracia, la democracia de la resistencia.

Representación es el principio de la democracia de ellos: ¡deja que alguien tome tu lugar!

Participamos en las decisiones del estado, dicen, escogiendo a nuestros epresentantes. No hay otra forma, dicen, porque los estados modernos no son como las polis griegas: sería imposible incluir a cincuenta o cien millones de personas en una asamblea, por lo tanto, dicen, la única forma en que la democracia puede funcionar es a través de la elección de representantes. Por lo tanto, en las sociedades modernas, dicen, la democracia significa representación. En las elecciones escogemos libremente quién va a hablar por nosotros, quién nos va a representar en el parlamento y formar el gobierno. Si no nos gustan, los podemos cambiar después de tres o cuatro años. Votando participamos en el gobierno del país. La representación significa democracia y democracia es buena, dicen.

Pero entonces ¿por qué es un desastre? ¿Por qué no funciona? ¿Por qué sentimos que estamos excluidos? ¿Por qué, bajo Bush y Blair, la democracia se ha convertido en un arma de destrucción masiva? ¿Por qué es que cuando la gente elige a Lula para cambiar la sociedad, no pasa nada?

Es porque la representación nos excluye en lugar de incluirnos. En las elecciones escogemos a alguien para hablar por nosotros, para tomar nuestro lugar. Nos excluimos a nosotros mismos. Creamos una separación entre aquellos que representan y nosotros los representados y congelamos esta separación en el tiempo, dándole una duración, excluyendo a nosotros como sujetos hasta que tengamos la oportunidad de renovar la separación en las próximas elecciones. Se crea un mundo de la política, separado de la vida cotidiana de la sociedad, un mundo de la política poblado por una casta distinta de gente que habla su propio lenguaje y tiene su propia lógica, la lógica del poder. No es que esta gente esté totalmente separada de la sociedad y sus antagonismos, porque se tienen que preocupar por la próxima elección y las encuestas y los grupos organizados de presión, pero ven y escuchan solamente aquello que está traducido a su mundo, a su lenguaje, a su lógica. Al mismo tiempo se crea un mundo paralelo, un mundo teórico, académico que refleja esta separación entre política y sociedad, el mundo de la ciencia política y del periodismo político, que nos enseña el lenguaje y la lógica peculiares de los políticos y nos ayuda a ver el mundo a través de sus ojos ciegos.

La representación es parte del proceso general de separación que es el capitalismo. Es totalmente falso pensar en el gobierno representativo como un desafío o como un desafío potencial al capital. La democracia representativa no está opuesta al capitalismo: es más bien una extensión del capital, proyecta el principio de la dominación capitalista (es decir, la separación) dentro de nuestra oposición al capital.

La representación consolida la atomización de los individuos (y la fetichización del tiempo y del espacio) que el capital impone. La representación separa a los representantes de los representados, a los líderes de las masas, e impone estructuras jerárquicas. La izquierda siempre acusa a los líderes y los representantes de traición, pero no hay ninguna traición, o más bien la traición no es un acto de los líderes sino que es parte integrante del proceso de representación. Traicionamos a nosotros mismos cuando le decimos a alguien: “toma tu mi lugar, habla por mí”. Elección es traición.

IV

¡Ya basta de representación! ¡Ya basta de representantes! ¡Que se vayan todos! El grito de los argentinos es un grito en contra de todos los políticos, en contra de todos aquellos que quieren representarnos, que quieren tomar nuestro lugar. “¡Que se vayan todos!” es un grito que resuena en todo el mundo porque en todo el mundo la gente está harta de los políticos profesionales, de aquellos miserables que toman nuestro lugar, que nos representan.

No es un grito en contra de la democracia, sino por otro tipo de democracia, una democracia sin representantes, una democracia que no nos excluya, una democracia que sea nuestra. Estamos re-inventando la democracia.

Tenemos que empezar otra vez desde el principio, y el principio es el grito, el grito de NO a la sociedad como existe, el grito de NO al capitalismo. El grito es tan obvio en Brasil como lo es en México: un grito de NO a este contraste terrible entre una potencial humana tan exuberante y una miseria tan espantosa. La única forma en la que podamos vivir como humanos es diciendo NO, gritando NO.

Pero el NO contiene un Sí, un proyecto, una proyección de otro mundo. Gritar NO a este mundo es decir que otro mundo es posible. Otro mundo es posible porque nosotros lo podemos hacer diferente. Lo podemos hacer diferente si nosotros logramos determinar nuestro propio hacer. El grito de NO y el proyecto que contiene de otro mundo implica un impulso hacia la auto-determinación. NO, ustedes no van a decidir por nosotros, nosotros mismos vamos a decidir. Reinventar la democracia significa articular este impulso hacia la auto-determinación.

El impulso hacia la auto-determinación no es la auto-determinación: no puede haber auto-determinación en una sociedad capitalista, simplemente por que el capitalismo está basado en la negación de la auto-determinación. El impulso hacia la auto- determinación es un movimiento, un mover, basado en la negación, en el NO. No tenemos auto-determinación, lo que tenemos es un NO a la determinación ajena y el impulso hacia la auto-determinación. Empezamos desde el NO y nos movemos para fuera. En otras palabras, empezamos desde las fisuras, las grietas en la dominación capitalista. Empezamos desde los NO, desde las negaciones, las insubordinaciones, las proyecciones en-contra-y-más-allá que existen por todos lados. El mundo está lleno de fisuras de este tipo, de negaciones. En todas partes del mundo hay gente diciendo, individual y colectivamente “No, no vamos a hacer lo que nos dice el capitalismo: vamos a moldear nuestras vidas como nosotros queremos”. A veces estas fisuras son tan pequeñas que ni los rebeldes mismos están conscientes de su propia rebeldía, a veces son tan grandes como la Selva Lacandona – y mientras más nos enfocamos en ellas, más empezamos a ver el mundo no como un sistema cerrado de dominación total capitalista, sino como un mundo lleno de fisuras, de negaciones, de resistencias, un mundo preñado de otro mundo. Cada fisura es un impulso hacia este otro mundo, es decir un impulso hacia la auto-determinación. Nuestra lucha es para extender y multiplicar y profundizar y fortalecer estas fisuras. Estamos hablando de revolución, pero en la única forma en la cuál es posible concebir la revolución ahora, como revolución intersticial.

Esta es la reinvención de la democracia, una reinvención que ya está en progreso. Este es un proceso fragmentado pero universal y con raíces profundas. Tiene sus raíces en la práctica cotidiana de la gente. Normalmente no mandamos a la gente que queremos: discutimos, buscamos un consenso, desarrollamos formas colectivas de tomar decisiones, formas horizontales: este es el significado de la amistad o del compañerismo. Muchas de las luchas actuales contra el capitalismo en el mundo toman como principio básico de la organización que el movimiento debería ser una extensión de relaciones de amistad y compañerismo de este tipo. La meta básica de la organización es extender formas colectivas y horizontales de tomar decisiones. Donde alguna forma de delegación es necesaria, es importante que sea posible revocar la delegación de inmediato, que sea de duración corta y, en la medida de lo posible, que haya rotación de los delegados.

La reinvención de la democracia es, por supuesto, una renovación de una larga tradición de organización en la lucha anti-capitalista: es la tradición de la democracia concejista o comunista o asemblista, que está discutida en el análisis de Marx de la Comuna de Paris, que se puede encontrar en los soviets de la revolución rusa, los concejos comunitarios de los zapatistas, las asambleas barriales argentinas y en muchos otros movimientos.

Decir que la democracia representativa no es una forma de organización adecuada para el impulso hacia la auto-determinación no significa, por supuesto, que la democracia directa o concejista no tenga sus problemas. La distinción entre delegados y representantes es crucial, pero siempre va a depender en la práctica de la participación activa de la gente. También en una comunidad pequeña hay muchos

problemas prácticos relacionados con aquella gente que no puede o no quiere participar activamente en el proceso, el peso disproporcional que adquiere la gente más activa o más articulada, etcétera.

Probablemente problemas de este tipo son inevitables, en la medida en que un sistema perfecto de democracia directa implicaría la participación de personas emancipadas.

Pero no somos (todavía) emancipadas. Somos más bien discapacitados ayudándonos mutuamente a caminar, cayendo frecuentemente. Sin duda alguna hay algunos que pueden caminar mejor que otros: en este sentido la existencia de algún tipo de vanguardia probablemente no se puede evitar. La pregunta es si estos medio- discapacitados deberían avanzar corriendo – como vanguardia – dejando a los otros gateando en el piso y gritándonos “no se preocupen, vamos a hacer la revolución y regresaremos para ustedes” (pero sabemos que no lo van a hacer), o si tratamos mejor de avanzar al mismo paso, ayudando a los más lentos.

Probablemente uno no puede pensar en la democracia directa como modelo o como una serie de reglas sino más bien como orientación como lucha incesante para destilar el impulso hacia la auto-determinación social que existe dentro de todos nosotros. No puede haber modelo fijo precisamente porque el impulso hacia la auto-determinación es el movimiento de una pregunta. Lo que es importante no es el detalle sino el sentido del movimiento: en contra de la separación y la substitución, hacia el fortalecimiento de la comunidad de lucha, una comunidad basada en el reconocimiento mutua de la dignidad humana.

V

¿Qué hacer, entonces, con nuestra desilusión? En todo el mundo existe el mismo desencanto, una crisis de confianza en el estado y en la posibilidad de lograr cambios a través de la democracia representativa, una crisis de confianza en los partidos

políticos. La pregunta para nosotros es cómo reaccionamos a esta crisis. ¿Decimos “vamos a luchar por un estado justo con una democracia representativa genuina y vamos a fundar un partido político nuevo y honesto que realmente representa los intereses de sus miembros” o decimos simplemente “NO al estado, no a la democracia representativa, no a los partidos políticos”?

La respuesta es clara. Decimos NO al estado, a la democracia representativa, a los partidos políticos. No podemos cambiar el mundo a través del estado, ni a través de la democracia representativa, ni a través de los partidos políticos. Estas son formas de organización que nos excluyen, no articulan el impulso hacia la auto-determinación. No estoy diciendo que no deberíamos nunca votar: probablemente en algunas ircunstancias sí tiene sentido votar. Pero está claro que no podemos cambiar el mundo a través de las elecciones. La crisis de la democracia y de los partidos no es un problema, es una oportunidad, una oportunidad de reinventar la democracia y cambiar el mundo.

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