La sociedad opulenta primitiva.


Extracto del libro “Economía en la edad de piedra”. 2º Edición.
Marshall Sahlins,1974.
Traducción al castellano de Emilio Muñiz y Erna Rosa Fondevila.


La sociedad opulenta primitiva.

Si la economía es la ciencia de las épocas sombrías, el estudio de las economías de la caza y la recolección debe ser su rama más importante. Nuestros manuales de economía, casi en su totalidad partidarios declarados de la idea de que la vida fue dura y difícil durante el paleolítico, coinciden en transmitir una sensación de fatalismo, dejando a la imaginación del lector que adivine no sólo cómo lograban subsistir los cazadores, sino también si aquello era vida, después de todo. El fantasma del hambre acecha al cazador a lo largo de estas páginas. Se dice que su incompetencia técnica le impone una labor continua que apenas le permite sobrevivir, y que por lo tanto no le proporciona excedentes ni le deja descansar, y mucho menos arribar al «ocio» para «crear cultura». Sin embargo, para todos sus esfuerzos, el cazador emplea los niveles termodinámicos más bajos: menos energía per cápita y por año que cualquier otro modo de producción. Y en los tratados sobre desarrollo económico está condenado a desempeñar el papel de mal ejemplo: la llamada «economía de subsistencia». El saber tradicional es siempre refractario. Se ve uno obligado a oponérsele de una manera polémica, a expresar las revisiones necesarias dialécticamente. En efecto, cuando se encara el análisis de la situación se desemboca en la certeza de que esa fue la sociedad opulenta primitiva. De manera paradójica, esta aseveración conduce a otra conclusión útil e inesperada. Para la opinión general, una sociedad opulenta es aquella en la que se satisfacen con facilidad todas las necesidades materiales de sus componentes. Asegurar que los cazadores eran opulentos significa negar entonces que la condición humana es una tragedia decretada donde el hombre está prisionero de la ardua labor que significa la perpetua disparidad entre sus carencias ilimitadas y la insuficiencia de sus medios. Es que a la opulencia se puede llegar por dos caminos diferentes. Las necesidades pueden ser «fácilmente satisfechas» o bien produciendo mucho, o bien deseando poco. La concepción más difundida, al modo de Galbraith, se basa en supuestos particularmente apropiados a la economía de mercado: que las necesidades del hombre son grandes, por no decir infinitas, mientras que sus medios son limitados, aunque pueden aumentar. Es así que la brecha que se produce entre medios y fines puede reducirse mediante la productividad industrial, al menos hasta hacer que los «productos de primera necesidad» se vuelvan abundantes. Pero existe también un camino Zen hacia la opulencia por parte de premisas algo diferentes de las nuestras: que las necesidades materiales humanas son finitas y escasas y los medios técnicos, inalterables pero por regla general adecuados. Adoptando la estrategia Zen, un pueblo puede gozar de una abundancia material incomparable… con un bajo nivel de vida. Esta es, a mi parecer, la mejor manera de describir a los cazadores y la que ayuda a explicar algunas de sus conductas económicas más curiosas: por ejemplo, su «prodigalidad», es decir, la inclinación a consumir rápidamente todas las reservas de que disponen como si no dudaran ni un momento de poder conseguir más. Libres de las obsesiones de escasez características del mercado, es posible hablar mucho más de abundancia respecto de las inclinaciones económicas de los cazadores que de las nuestras. Destutt de Tracy, con todo lo «burgués doctrinario de sangre de horchata» que haya podido ser, por lo menos obtuvo el acuerdo de Marx respecto de su observación acerca de que «en las naciones pobres las personas se sienten cómodas», mientras que en las naciones ricas «son pobres en su mayor parte». Esto no significa negar que una economía anterior a la agricultura opere bajo graves compulsiones, sino solamente insistir, basándonos en la evidencia que nos proporcionan los cazadores y recolectores modernos, que por lo general se logra una buena adecuación. Una vez reunida la evidencia volveré a las dificultades reales de una economía de caza y recolección, las cuales no se encuentran correctamente detalladas en las concepciones corrientes de la pobreza paleolítica. ORIGEN DEL ERROR «Una mera economía de subsistencia», «tiempo libre limitado salvo en circunstancias excepcionales», «demanda incesante de alimentos», recursos naturales «magros y en los que sólo se puede tener una confianza relativa», «ausencia de excedente económico», «máximo de energía por parte del mayor número de personas»: así reza, en general, la opinión antropológica respecto de la caza y la recolección.

Los aborígenes australianos constituyen un ejemplo clásico de pueblo cuyos recursos económicos figuran entre los más escasos. En muchos lugares su habitat es incluso más inhóspito que el de los bosquimanos, aunque puede resultar falso respecto de la parte norte… Una tabla de los alimentos que los aborígenes del noroeste de Queensland central obtienen en el lugar que habitan resultará ejemplificadora… La variedad de esta lista puede impresionar, pero no debemos dejarnos engañar pensando que la variedad indica abundancia, ya que las cantidades disponibles de cada elemento son tan escasas que únicamente una dedicación intensísima hace posible la supervivencia (Herskovits, 1958, págs. 68-69).

O también, con referencia a los cazadores de Sudamérica:
Los cazadores nómadas y los recolectores, a duras penas cubren las necesidades mínimas de subsistencia y a menudo están muy por debajo del mínimo necesario. Un reflejo de ello es la escasa densidad de población que arroja la cifra de una persona por 250 o 500 kilómetros cuadrados. La constante movilización en busca de alimentos los privó, a todas luces, de horas de ocio para dedicarlas a actividades no relacionadas con la subsistencia que revistan cierta importancia, además, podían llevar consigo una cantidad exigua de lo que manufacturasen en los momentos de esparcimiento. La adecuación de la producción significaba para ellos la supervivencia física y rara vez tenían productos o tiempo de más (Steward and Faron, 1959, pág. 60; cf. Clark, 1953, págs. 27 y sigs.; Haury, 1962, página 113; Hoebel, 1958, pág. 188; Redfiel, 1953, pág. 5; White, 1959).

Pero la sombría visión tradicional de la situación de los cazadores es también preantropológica y extraantropológica, es a la vez histórica y referible al más amplio contexto económico en el que opera la antropología. Se remonta a la época en la que escribió y teorizó Adam Smith, y probablemente a una época en la que todavía nadie escribía1. Es posible que sea uno de los prejuicios más claros del Neolítico, una apreciación ideológica acerca de la capacidad del cazador para explotar los recursos de la tierra lo cual está muy de acuerdo con el empeño histórico de privarlo de la misma. Nosotros heredamos sin duda este prejuicio de la descendencia de Jacob la cual «se dispersó hacia el oeste, hacía el este y hacia el norte», en desmedro de Esaú que era el primogénito y un ingenioso cazador, pero a quien, en una famosa escena, se priva de su primogenitura. Sin embargo, las pobres opiniones en boga que merece la economía de los cazadores y de los recolectores no es necesario atribuírselas al etnocentrismo neolítico. El egocentrismo burgués tuvo también su parte. La actual economía de mercado, en todo momento una trampa ideológica de la cual debe escapar la economía antropológica, alentó idén-
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1. Al menos en la época en que escribía Lucrecio (Harris, 1968, páginas 26-27).
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ticas opiniones desfavorables con respecto a la vida de los cazadores. ¿Acaso es tan paradójico afirmar que los cazadores tenían economías opulentas a pesar de su extrema pobreza? Las modernas sociedades capitalistas, no obstante estar abundantemente provistas, se preocupan por la perspectiva de la escasez. La inadecuación de los recursos económicos es el principio fundamental de los pueblos más ricos del mundo. La aparente situación material de la economía no parece ser un indicador válido a la hora de los hechos; es necesario decir algo acerca del modo de organización económica (cf. Polanyi, 1947, 1957, 1959; Dalton 1961). El sistema industrial y de mercado instituye la pobreza de una manera que no tiene parangón alguno y en un grado que hasta nuestros días no se había alcanzado ni aproximadamente. Donde la producción y la distribución se rigen por el comportamiento de los precios, y toda la subsistencia depende de la ganancia y del gasto, la insuficiencia de recursos naturales se convierte en el claro y calculable punto de partida de toda la actividad económica 2. El capitalista se ve enfrentado a posibles inversiones de un capital finito, el trabajador (es de esperar) a opciones alternativas de empleo remunerado, y el consumidor… el consumo es una tragedia doble: lo que comienza en la inadecuación terminará en la privación. Reuniendo la producción de la división internacional del trabajo, el mercado pone a disposición de los consumidores un deslumbrante conjunto de productos: todas las cosas deseables al alcance del hombre, pero nunca enteramente al alcance de su mano. Lo que es peor, en este juego de libre elección del consumidor, cada adquisición es al mismo tiempo una privación, porque cada vez que se compra algo se deja de lado otra cosa, en general poco menos deseable, e incluso más deseable en otros aspectos, que podríamos haber tenido en lugar de la otra. (El hecho es que si compramos un automóvil, un Plymonuth por ejemplo, no podemos tener también un Ford, y a juzgar por las propagandas que aparecen en la televisión, las privaciones que ello traería aparejadas no serían sólo de índole material3. Aquella expresión, «la vida a costa de grandes sacrificios», nos fue transferida a nosotros con carácter de exclusividad. La escasez es el juicio dictado por nuestra economía y, por lo tanto, también el axioma que rige nuestra Economía: la aplicación de medios insuficientes frente a fines
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2. Sobre los requisitos históricamente particulares de este cálculo, véase Codere, 1968 (especialmente págs. 574-575). 
3. Para la institucionalización complementaria de la «escasez», en las condiciones de la producción capitalista, véase Gorz, 1967, páginas 37-38.
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alternativos para obtener la mayor satisfacción posible en determinadas circunstancias. Y es precisamente desde esta ansiosa perspectiva que volvemos la mirada hacia los cazadores Si el hombre moderno, con todas sus ventajas tecnológicas, carece todavía de recursos, ¿qué posibilidad tiene entonces este salvaje desnudo con su arco insignificante y sus flechas? Habiéndole atribuido al cazador impulsos burgueses y herramientas paleolíticas juzgamos su situación desesperada por adelantado4. Sin embargo, la escasez no es una propiedad intrínseca de los medios técnicos. Es una relación entre medios y fines. Deberíamos considerar la posibilidad empírica de que los cazadores trabajan para sobrevivir, un objetivo finito, y que el arco y la flecha son adecuados a ese fin 5. Pero aún hay otras ideas, endémicas para la teoría antropológica y la práctica etnográfica, que han conspirado para impedir una comprensión en este sentido. La predisposición antropológica a exagerar la ineficiencia económica de los cazadores aparece también de manera notoria bajo la forma de odiosas comparaciones con las economías neolíticas. Los cazadores, como Lowie afirma claramente, «deben trabajar mucho más para subsistir que los labradores y los pastores» (1946, pág. 13). Sobre este aspecto, la antropología evolucionista en particular encontró que le resultaba agradable, e incluso necesario desde el punto de vista teórico, adoptar el tono habitual de reproche. Los etnólogos y arqueólogos se habían vuelto revolucionarios neolíticos, y en su entusiasmo por la Revolución no dejaron de lado nada que pudiera servirles para denunciar al Viejo Régimen (de la Edad de Piedra), ni siquiera algún antiguo escándalo. No era la primera vez que los filósofos relegaban la etapa más antigua de la humanidad atribuyéndola más a la naturaleza que a la cultura. («Un hombre que pasa toda su vida persiguiendo a los animales con el solo objeto de matarlos para comerlos, o recolectando frutos por el bosque, vive en realidad como si él mismo fuera un animal» [Braidwood, 1957, pág. 122].) Así degradados los cazadores, la antropología se sintió
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4. Es digno de mención el hecho de que la teoría contemporánea europea-marxista está a menudo de acuerdo con las economías burguesas en lo que respecta a la pobreza de los primitivos. Cf. Boukharine, 1967; Mandel, 1962, vol. 1; y el manual de historia económica utilizado en la Universidad Lumumba, de Moscú (incluido en la bibliografía como «Anónimo, n. d.»). 
5. Elman Service fue durante mucho tiempo casi el único entre los etnólogos que se opuso firmemente al tradicional punto de vista de la penuria de los cazadores. Este capítulo se inspiró en gran medida en sus puntualizaciones sobre el ocio de los Arunta (1963, pág. 9), así como también en las personales conversaciones mantenidas con él.
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libre para ensalzar el gran salto hacia adelante del Neolítico: un adelanto tecnológico importantísimo que trajo aparejada una «posibilidad general de ocio al dejar de lado la consecución de comida como único fin» (Braidwood, 1952, página 5; cf. Boas, 1940, pág. 285). En un prestigioso ensayo sobre «La energía y la evolución de la cultura», Leslie White explica que el neolítico produjo un «gran adelanto en el desarrollo de la cultura… como consecuencia de un gran incremento en la cantidad de energía aprovechada y controlada per capita y por año como consecuencia de las artes de la agricultura y el pastoreo» (1949, pág. 372). White realzó aún más el contraste evolutivo señalando al esfuerzo humano como la fuente principal de energía de la cultura paleolítica, y oponiéndola a los recursos de plantas y animales domesticados de la cultura neolítica. Esta determinación de las fuentes de energía hizo inmediatamente posible una baja estimación del potencial termodinámico de los cazadores (desarrollado por el cuerpo humano: «recursos potenciales promedio» de 1/20 caballo de fuerza per capita [1949, pág. 369]) y, además, al eliminar el esfuerzo humano de la empresa cultural del neolítico, daba la impresión de que las personas habían sido liberadas por algún dispositivo ideado para ahorrar trabajo (las plantas y los animales domesticados). Pero la problemática de White está evidentemente fundada en concepciones falsas. La principal energía mecánica de que se disponía, tanto en la cultura paleolítica como en la neolítica, era proporcionada por los seres humanos, obtenida, en ambos casos, a partir de recursos vegetales y animales; es así que, salvo excepciones que ni vale la pena considerar (el empleo ocasional directo del potencial no humano), la cantidad de energía aprovechada per capita y por año es igual en las economías paleolítica y neolítica, y se mantiene bastante constante en la historia humana hasta el advenimiento de la revolución industrial.
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6.El error evidente de las leyes evolutivas de White es el uso de las mediciones «per capita». Las sociedades neolíticas, en su mayoría, aprovechan una cantidad total de energía mayor que las comunidades preagricultoras, debido al mayor número de seres humanos mantenidos por la domesticación que proporcionan su energía. Este aumento general del producto social, sin embargo, no es necesariamente el resultado de un aumento de la productividad del trabajo (que, según White, también acompañó a la revolución neolítica). Los datos etnológicos que ahora poseemos (véase lo que continúa en el texto) hacen surgir la posibilidad de que los simples regímenes de la agricultura no sean más eficaces desde el punto de vista termodinámico que la caza y la recolección; en otras palabras, me refiero a la energía producida por unidad de trabajo humano. Siguiendo los mismos lineamientos, una parte de la arqueología de los últimos años ha preferido valorar más la estabilidad de la vivienda que la productividad del trabajo para explicar el progreso neolítico (cf. Braidwood y Wiley, 1962).
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Otra fuente específicamente antropológica de descontento respecto del paleolítico proviene del campo mismo, del contexto de la observación europea de los cazadores y recolectores que aún existen, tales como los nativos de Australia, los Bosquímanos, los Ona y los Yahgan. Este contexto etnográfico tiende a distorsionar de dos maneras nuestra comprensión de la economía de caza y recolección. En primer lugar ofrece oportunidades singulares a la ingenuidad. El ambiente remoto y exótico que ha llegado a ser el teatro cultural de los modernos cazadores produce en los europeos un efecto altamente desfavorable para que puedan evaluar la condición de aquéllos. Estando como están el desierto australiano o el de Kalahari marginados en lo que respecta a la agricultura y a todo lo que constituye la experiencia cotidiana de un europeo, el observador poco informado no puede dejar de asombrarse y preguntarse «cómo puede alguien vivir en un lugar como ése». La conclusión de que los nativos sólo se las ingenian para suplir las deficiencias de una vida de carencias puede verse reforzada por sus dietas de una variedad asombrosa (cf. Herskovits, 1958, anteriormente citado). Por lo general, incluyen elementos considerados repulsivos e incomibles por los europeos: la cocina local se presta a la suposición de que la gente se muere de hambre. Por supuesto, resulta más fácil encontrar conclusiones de este tipo en los informes más tempranos, y mucho más en los diarios de exploradores y misioneros que en las monografías de los antropólogos; pero precisamente por ser más antiguos y estar más cerca de la condición aborigen nos merecen un cierto respeto. No cabe duda de que ese respeto debe ser otorgado con discreción. Mayor atención merece un hombre como sir George Grey (1841), cuyas expediciones de la década de 1830 abarcaron algunos de los distritos más pobres de Australia occidental y cuya minuciosa observación de los habitantes locales lo llevó a desmentir las informaciones de sus colegas sobre este tema de la desesperación económica. Grey escribió que se trata de un error muy común el creer que los australianos nativos «tienen escasos medios de subsistencia o que se encuentran en ocasiones muy urgidos por la necesidad de alimento». Muchos y «casi ridículos» son los errores en que han incurrido los viajeros a este respecto: «Lamentan en sus diarios que los infortunados aborígenes se vean reducidos por el hambre a la miserable necesidad de alimentarse de ciertos tipos de alimentos que han encontrado cerca de sus chozas, siendo que en muchos casos esos artículos citados por ellos son los que los nativos aprecian más y en realidad no son deficientes ni en sabor ni en cualidades nutritivas.» Para poner en evidencia «la ignorancia que ha prevalecido con respecto a los hábitos y costumbres de este pueblo que se encuentra en estado salvaje», Grey menciona un ejemplo notable, una cita de otro explorador, el capitán Sturt, quien, al encontrarse con un grupo de aborígenes ocupados en recolectar grandes cantidades de resina de mimosa, llegó a la conclusión de que esas «infortunadas criaturas se veían reducidas al extremo de recolectar ese mucílago por carecer de otro tipo de alimento». Sir George observa, sin embargo, que esa resina es uno de los artículos alimenticios preferidos en esa zona, y que cuando llega la época de su recolección brinda la oportunidad para que grandes grupos se reúnan y acampen juntos, cosa que no pueden hacer en otras oportunidades. Para finalizar dice:

En términos generales los nativos viven bien; en algunas regiones puede haber insuficiencia de alimentos durante estaciones especiales, pero si eso sucede, esas zonas quedan desiertas durante ese tiempo. Sin embargo, resulta imposible de todo punto para un viajero o aun para un nativo forastero juzgar si una región proporciona o no alimentos en abundancia… Pero en su propia región un nativo se encuentra en situación totalmente distinta: sabe con exactitud lo que produce, conoce la época de recolección de los distintos artículos y el modo más eficaz para proporcionárselos. De acuerdo con estas circunstancias regula sus visitas a las diferentes regiones de su terreno de caza; y sólo puedo decir que siempre he encontrado la mayor abundancia en sus chozas (Grey, 1841, volumen 2, págs. 259-262, la cursiva fue colocada por mí; confróntese Eyre, 1845, vol. 2, pág. 244f)7.

Al hacer esta feliz evaluación, sir George tiene especial cuidado en excluir al lupenproletariado aborigen que vive dentro y en las cercanías de las ciudades europeas (cf. Eyre, 1845, vol. 2, págs. 250, 254-55). La excepción es aleccionadora. Denuncia una segunda fuente de errores etnográficos; la antropología de los cazadores es en su mayor parte un estudio anacrónico de ex salvajes, una indagación en el cadáver de una sociedad, según lo dijo Grey en una oportunidad, dirigida por miembros de otra. Los recolectores de alimentos que sobreviven son, en cuanto clase, personas desplazadas. Representan el paleolítico privado de todos los derechos civiles y ocupan hábitats marginales con características que no corresponden a las modalidades de la producción: santuarios de una era, lugares tan alejados de la esfera de influencia de los principales centros del progreso cultural como para que se les permita
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7. Para un comentario similar referido a una interpretación equivocada por parte de un misionero de las curas por ingestión de sangre en Australia oriental, véase Hocgkinson, 1845, pág. 227.
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un cierto respiro en la marcha planetaria de la evolución cultural, porque la pobreza ha sido su característica, más allá del interés y de la competencia de las economías más avanzadas. Excepción hecha de los recolectores de alimentos favorablemente situados, como es el caso de los indios de la costa noroeste de los Estados Unidos, acerca de cuyo bienestar (comparativamente) no se suscitan dudas, los demás cazadores, expulsados de las mejores tierras, primero por la agricultura y más tarde por las economías industriales, disfrutan de las ventajas ecológicas un poco menos todavía que los del paleolítico inferior, hablando en términos medios 8. Por otra parte, la desorganización que se produjo durante los dos últimos siglos de imperialismo europeo ha sido especialmente grave, hasta el punto de que muchos de los datos etnográficos que constituyen el fondo común del que echan mano los antropólogos son bienes de cultura adulterados. Incluso los relatos de exploradores y misioneros, además de sus tergiversaciones etnocéntricas, pueden reflejar la existencia de economías castigadas (cf. Service, 1962). Los cazadores del Este del Canadá, acerca de los cuales encontramos información en las Jesuit Relations, fueron obligados a dedicarse al comercio de las pieles a comienzos del siglo xvII. El medio natural de otros fue alterado selectivamente por los europeos antes de que pudiera hacerse un informe confiable de la producción indígena: los Esquimales que nosotros conocemos ya no cazan ballenas, los Bosquimanos han sido privados de la caza, los bosques de pinos de los Shoshoni han sido talados y sus campos de caza invadidos por el ganado9. Si estos pueblos se describen ahora en una situación de pobreza agobiante, con recursos «escasos e inseguros», ¿debe ello considerarse un indicador de su condición aborigen o de la compulsión colonial? Las enormes implicaciones (y problemas) que se suscitan para la interpretación evolutiva a causa de esta retirada global sólo recientemente han empezado a despertar interés (Lee y Devore, 1968). Lo que ahora tiene importancia es esto: la situación actual de los cazadores plantea, más que un examen justo de su capacidad productiva, una especie de prueba suprema. Los siguientes informes de su desempeño son, entonces, de características extraordinarias.
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8. Tal como señala Cari Sauer, no deben juzgarse las condiciones de los primitivos pueblos cazadores «basándose en los que han sobrevivido hasta nuestros días y que están ahora restringidos a las regiones menos propicias de la tierra, tales como el interior de Australia, la Gran Cuenca Americana o la tundra y la taiga árticas. Las zonas que ellos ocupaban producían alimentación abundante» (citado en Clark y Haswell, 1964, pág. 23). 
9. Detrás de las rejas de la aculturación uno puede imaginarse vagamente lo que deben haber sido la caza y la recolección en un apropiado medio por el relato que Alexander Henry hace de su magnífica permanencia como un Chippewa en el norte de Michigan: véase Qimby, 1962.
esto: la situación actual de los cazadores plantea, más que un examen justo de su capacidad productiva, una especie de prueba suprema. Los siguientes informes de su desempeño son, entonces, de características extraordinarias.
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