El poder de las redes y las redes del poder.


“Hay un sentido en que el progreso económico acelerado es imposible sin ajustes dolorosos. Las filosofías ancestrales deben ser erradicadas; los lazos de casta, credo y raza deben romperse; y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida cómoda. Muy pocas comunidades están dispuestas a pagar el precio del progreso económico” (Naciones Unidas, 1951; citado en Escobar 1998:20)

El poder de las redes y las redes del poder. -Extracto.
De Souza Silva, José.-Ph.D. en Sociología de la Ciencia y la Tecnología.

El poder de los significados

“Desarrollo es una palabra que tuvimos que…usar para disfrazar los cambios deseables y
necesarios, pues es muy fácil resistirse al cambio, pero nadie se opone, cuando menos
públicamente, al desarrollo” (Roberto Artavia, Rector del Instituto Centroamericano de
Administración de Empresas—INCAE, en el Periódico La Nación, San José, Costa Rica, 8 de mayo
de 2005, Sección OPINIÓN, pág. 30A. El subrayado es nuestro)

Toda interpretación de la realidad es un acto político. No hay una sino múltiples realidades
dependientes de la percepción de cada intérprete. Como la forma de mirar al mundo
condiciona la forma de actuar en él, toda interpretación aceptada tiene consecuencias para
los modos de vida en la realidad interpretada. Ninguna interpretación es neutral. La
imaginación de un intérprete está impregnada de valores, intereses y compromisos
influenciando su concepción de realidad. Una interpretación “universal” y “verdadera” que
debe prevalecer sobre las demás, como la impuesta bajo la “idea de desarrollo”
históricamente concebida por la potencia hegemónica de turno, es una imposibilidad. El
desarrollo no es universal sino contextual.

El “desarrollo” ha sido la fuente de inspiración para crear, transformar y extinguir
organizaciones de desarrollo, por lo que no se puede comprender el significado del concepto
de red social, gestión social y desarrollo humano sin comprender el significado de la “idea
de desarrollo”. Como existen razones para cuestionar al “desarrollo internacional” (Sachs et
al. 1992), hace falta descolonizar la “idea de desarrollo” (Escobar 1998). Asociadas al
concepto de “desarrollo” y de “capital social”, las redes sociales emergen como la panacea
para todos los males de la sociedad civil, mientras redes corporativas son establecidas bajo
la concepción de lo humano, lo social, lo ecológico y lo ético como “obstáculos al
desarrollo”.

(…)

Bajo diferentes nombres y con variados rostros, en América Latina, el “desarrollo” ha sido,
desde 1492, la más atractiva idea galvanizando a gobiernos, líderes y sociedades,
independiente de raza, religión e ideología (Sachs 1999). Diluida en redes de educación,
comunicación y planificación, la idea ha sido cultivada para facilitar la hipocresía organizada
para fines de dominación. En la actual globalización neoliberal, el “desarrollo” se legitima
discretamente con el adjetivo de “sustentable”, en apoyo al orden mundial—neomercantilista—
emergente, que funciona a través de redes del poder corporativo.

¿Qué es desarrollo?

¿Qué significa “desarrollo”? Nunca hubo, no hay ni habrá consenso sobre la respuesta a esta
pregunta. La “idea de desarrollo” es una invención ideológica históricamente concebida con
fines de dominación (Sachs et al. 1992; Rist 1997; Escobar 1998; Sachs 1999; De Souza
Silva 2004). Sin embargo, las voces oficiales de la globalización neoliberal promueven dicha
idea como sinónimo disfrazado de crecimiento económico: inevitable, natural y
terriblemente exigente para permitir el acceso a sus beneficios.

En 1951, coordinando el desarrollo internacional en la forma de “hipocresía organizada”
para mantener los resultados de la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) citada en esta introducción advertía que el progreso económico—
desarrollo—exige cambios radicales, justificando y legitimando la destrucción de las
economías locales, la erosión de la diversidad cultural, la violencia de los diseños globales
sobre las historias y saberes locales, la amputación de las cosmovisiones ancestrales, etc.
Cincuenta y cuatro años después de la declaración de la ONU, el Rector del Instituto
Centroamericano de Administración de Empresas (INCAE), el brazo—neoliberal—de la
Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard en América Latina, llama a este tipo de
cambios “deseables” y “necesarios”—sin especificar para quiénes—, y confirma la estrategia
del uso de la mentira como filosofía de negociación pública en el mundo del “desarrollo”
para engañar a las sociedades. El Rector del INCAE citado en esta introducción reproduce la
mentira histórica que nos presenta el “desarrollo” como algo “universal” y bueno para
todos.

Sin embargo, ninguna de las promesas hechas en nombre del desarrollo ha sido cumplida
(Danaher 1994). Los cambios que el Rector del INCAE considera necesario disfrazar bajo la
etiqueta de “desarrollo” integran al llamado desarrollo internacional, que no es sino una
farsa para ocultar la verdadera agenda de la potencia hegemónica y sus aliados: construir
mercados cautivos y acceder a materia prima abundante, mano de obra barata, mentes
obedientes y cuerpos disciplinados. Por lo tanto, los cambios a que se refiere el Rector del
INCAE no son deseables ni necesarios para nuestras sociedades. Estos cambios
reestructuran a las sociedades para servir al mercado global, en beneficio de las
corporaciones e inversionistas transnacionales—los más fuertes—que son los nuevos amos
del universo (Bakan 2004).

En América Latina, esta mentira ha sido cultivada desde 1492, cuando la “invasión” de
nuestro continente fue eufemísticamente nombrada “descubrimiento”, una iniciativa
generosa de los imperios Europeos que tenían el imperativo moral de “civilizar”—
¿conquistar?—a los primitivos. Entonces, hace mucho sentido la resistencia a estos cambios
que el Rector del INCAE adorna con los adjetivos de deseables y necesarios.

Descolonizando la “idea de desarrollo”

Una descolonización de la “idea de desarrollo”, creada para facilitar el control sobre
recursos—materiales y simbólicos—estratégicos, considera necesariamente la dicotomía
superior-inferior usada por todos los imperios para conceptuar su superioridad y la
inferioridad “natural” de los subalternos, justificando su dominación y legitimando las
desigualdades inevitables y sus correspondientes injusticias. Así lo hizo el imperio Cristiano
(cristianos-paganos) y el imperio Romano (civilizados-bárbaros). Durante el colonialismo
imperial, los imperios Europeos nos hicieron creer que ellos eran “civilizados” y nosotros
“primitivos”; ahora, durante el imperialismo sin colonias, los Estados Unidos nos hacen creer
que son “desarrollados” y nosotros “subdesarrollados”. El cuento es el mismo; la creatividad
reside apenas en cambiar los adjetivos.

Cambian los adjetivos pero no sus efectos excluyentes. La institucionalización de la
dicotomía superior-inferior “naturaliza” ciertas prácticas y consecuencias del “desarrollo”,
mientras borra de nuestra memoria histórica su origen e intencionalidad. Todo pasa a
integrar la rutina y los imaginarios. Los sistemas de educación, medios de comunicación y
regímenes jurídicos “normatizan” la percepción y “normalizan” el comportamiento de
individuos, familias, comunidades, grupos sociales y sociedades (Dussel 2003).
En The Development Dictionary: a guide to knowledge as power, Wolfgang Sachs y otros
autores (1992) hacen una deconstrucción de la “idea de desarrollo” y de sus conceptos
asociados—escasez, ayuda, necesidad, crecimiento, población, progreso, pobreza, etc.—
para demostrar que todo no pasa de una hipocresía organizada. En The History of
Development: from western origins to global faith, Gilbert Rist (1997) identifica los
momentos críticos que transformaron la “idea de desarrollo” en la ideología de la
dominación. Arturo Escobar (1998) advierte en La Invención del Tercer Mundo que el
discurso del desarrollo es parte de la colonización cultural necesaria para la dominación. Sin
embargo, al inicio del siglo XXI, ignorando los crecientes cuestionamientos a la “idea de
desarrollo”, un concepto se establece como la panacea de todos los males del “desarrollo”
de la humanidad y del planeta: la “red”.

(…)

Las redes del poder corporativo

La obsesión oficial con el concepto de “red social” ocurre principalmente por causa de la
fragmentación macrosocial creada por el desmantelamiento del Estado benefactor, lo que
exige una articulación microsocial. No por accidente, el Banco Mundial y otros agentes
internacionales de los cambios nacionales promueven el concepto de “capital social”
para impulsar la creación de redes sociales que minimicen los efectos negativos de la
aplicación de la doctrina neoliberal—la ideología de la explotación con exclusión—para
acomodar los excluidos de los beneficios del crecimiento económico (Burque 2001).
Mientras tanto, las corporaciones transnacionales crean sus redes de poder por donde
fluyen información, capital y decisiones, con el objetivo de mercantilizar la naturaleza y la
vida para la acumulación—ilimitada y sin sentido—del capital (Capra 2003). De las 100 más
grandes economías del mundo, sólo 49 son naciones; 51 ya son corporaciones. Con los
avances tecnológicos en las comunicaciones y transporte, las corporaciones se han
transformado en verdaderas redes de poder en los mundos de la producción, transformación
y distribución. Para eso, establecen sus redes alrededor de “cadenas” transnacionales,
donde una filial se ubica donde hay materia prima abundante, que es enviada para ser
procesada en otra filial ubicada donde hay mano de obra barata, cuyos productos finales
son vendidos donde hay opulencia. Si estuviera vivo, Adam Smith ya no escribiría sobre la
riqueza de las naciones sino de las corporaciones.

El Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, es el espacio especialmente construido para el
intercambio entre los actores corporativos cuyos intereses son globales y cuyos sueños son
expansionistas. Dichos actores consideran los tratados internacionales que promueven la
relevancia de lo humano, lo social, lo ecológico y lo ético como “barreras al desarrollo”, y
están siendo exitosos en su intento de incluir en los llamados Tratados de Libre Comercio
(TLCs) cláusulas que les aseguran sólo derechos sin ninguna obligación. En el mundo, el
conjunto de los varios TLCs representa la constitución corporativa del planeta. De ellos
emerge una red de reglas corporativas del juego del desarrollo (SIPAE 2005), cuyo poder
excede el de las redes sociales ya existentes. Sin embargo, las redes sociales tienen un
poder diferente, que necesita ser comprendido y potenciado, para la construcción de un
“otro” mundo, diferente y mejor.

El derecho del más fuerte, la dicotomía superior-inferior y la “idea de desarrollo”

“El más fuerte no lo es jamás bastante, para ser siempre el amo o señor, si no transforma su
fuerza en derecho y la obediencia en deber” (J. J. Rousseau, en El Contrato Social; Rousseau
1985:38)

El más fuerte quiere más que ser apenas el más fuerte en su relación con el más débil; él
institucionaliza redes de relaciones desiguales para legitimar la asimetría que le asegura
mayores beneficios. Eso pasa cuando hay intención de dominación, que se oculta para
camuflar sus injusticias. Para eso, el más fuerte inventa una falsa dicotomía que nos
clasifica, compara y divide en superiores (los más fuertes) e inferiores (los más débiles) (De
Souza Silva 2005), anunciando su “ayuda” como un imperativo moral para promover al más
débil a su estado superior de civilización/desarrollo: un “derecho” del más débil.

Donde hay dominación hay ejercicio de poder para controlar factores materiales y
simbólicos estratégicos, y un discurso para justificar la dominación, como si ésta fuera el
orden natural de las cosas, viabilizando una “agenda oculta” que es el blanco del poder
hegemónico ejercido a través de relaciones que ocultan el mismo poder (Escobar 1998). Así,
la trama de relaciones dentro y entre sociedades es rica en discursos—y contra-discursos—
que la constituyen y son por ella influenciados.

Bajo el concepto de poder como relación, algunos discursos logran ser hegemónicos,
construyendo la ideología de los dominadores y legitimando sus relaciones de dominación,
transformándola en hegemonía. Otros discursos crean la utopía de los subalternos y
legitiman sus relaciones de resistencia y para la liberación (Scott 1995). Entendido como
relación, el poder sólo puede ser ejercido en red, tanto por los dominadores como por los
dominados. Pero serán poderes diferentes. Mientras el poder del dominador es ejercido en
búsqueda de control, el poder del subalterno es ejercido en búsqueda de la libertad.

Sin embargo, históricamente, una idea ha sido común a los discursos de ambos,
dominadores y subalternos: la “idea de desarrollo”. Esta idea ha sido metamorfoseada
históricamente pos los discursos—y contradicciones—que condicionan los imaginarios de
ambos, dominadores y subalternos.

(…)

Discursos y contra-discursos, dominación y resistencia

Según Escobar (1998), un discurso es un régimen de representación que crea una cierta
realidad y un marco cultural para percibirla y reproducirla. Un discurso crea una coherencia
para informar modos de interpretación y genera prácticas que construyen correspondencia
entre el discurso y los modos de intervención que lo (re)producen y perpetúan. Un régimen
de representación articula valores, objetos y prácticas que institucionalizan la interrelación y
manejo de significados, al mismo tiempo que establece un espacio técnico que se
transforma en el mundo de los expertos, donde la ciudadanía tiene poca o ninguna
influencia. La existencia se desarrolla en medio a una trama de discursos—y contradiscursos—
que coexisten en una jerarquía de relaciones donde algunos se vuelven
hegemónicos.

Gran parte del poder de los dominadores deriva de su capacidad de definir y (re)configurar lo que es relevante dentro y fuera del discurso público. Cadagrupo se familiariza con ambos discursos, público y oculto, de su círculo de relaciones.

Generalmente, la calma superficial de la vida política es una falsa prueba de armonía entre
las clases sociales; cada una de las clases, por conveniencia para su sobrevivencia, evita
prudentemente confrontaciones públicas irrevocables. Según Scott, para sobrevivir, los
dominados han desarrollado “el arte de la resistencia”, a través de cuatro formas de
discurso, de los cuales derivan distintas estrategias y prácticas correspondientes:

1. El discurso de aceptación de la dominación. Este discurso adopta integralmente como válido el
halagador autorretrato de las elites dominantes, sus premisas, promesas y soluciones. Eso
ocurre con muchos intelectuales que antes se declaraban de izquierda pero que capitularon
ante la ideología del mercado, como Fernando Enrique Cardoso, uno de los padres de la Teoría
de la Dependencia en el pasado. Igualmente, la mayoría de los sistemas de educación, medios
de comunicación y enfoques de planificación reflejan, reproducen y sostienen hoy este tipo de
discurso.

2. El discurso oculto. Éste revela la emergencia de una cultura política disidente que nace de la
indignación individual y colectiva con la injusticia, la humillación y la falta de respeto a la
dignidad humana. Es lo común dentro y entre muchos de los grupos subalternos,
principalmente cuando dichos grupos inician su organización política, y necesitan de
estrategias para realizar sus sueños, siempre que sea posible ignorando las reglas del juego
del más fuerte.

3. El discurso (y las prácticas) del disfraz. Nace de la necesidad de proteger a sus
autores/simpatizantes; incluyen chistes, canciones, eufemismos, ritos y códigos. Es muy
común dentro de los grupos subalternos cuya Sostenibilidad depende de su solidaridad
interna. Estas prácticas fueron comunes durante las dictaduras militares en Argentina, Brasil y
Chile.

4. El discurso oculto hecho explícito. Éste expresa un desafío o una oposición abierta; se
transforma en un acontecimiento político explosivo de ruptura, de trasgresión de la frontera
entre el discurso público y el oculto. Es un acto desde la indignación que rompe con la etiqueta
de las relaciones de poder, perturbando una superficie de silencio, con la fuerza de una
simbólica declaración de guerra, diciendo una verdad social al poder, para minarlo. Los
discursos de Fidel Castro, los escritos de Eduardo Galeano y las conferencias de Noam
Chomsky son ejemplos de discursos ocultos hechos explícitos.

(…)

La idea de desarrollo durante el colonialismo

La génesis de la “idea de desarrollo” se remonta a la Grecia antigua, pasa por una
reinterpretación Cristiana y experimenta otra transformación durante la Ilustración. En el
discurso público de los dominadores la idea de desarrollo es articulada bajo una analogía
evolucionista que implica la existencia de fases, etapas, en fin, estados de desarrollo. Bajo la
influencia de la dicotomía superior-inferior—civilizados-primitivos—que construye y visibiliza
su nueva identidad, el más débil es presionado a imitar al más fuerte para alcanzar su
“estado superior” de civilización. En Methaphysica, Aristóteles definió a la ciencia como la
teoría de la naturaleza, como sinónimo de crecimiento en el sentido evolucionista de la
teoría del ciclo de vida, que trae a la sociedad la lógica biológica: en la realidad todo nace,
crece, decae y muere. En City of God, San Agustín reconcilió la filosofía de la historia con la
teología Cristiana, reflejando el “ciclo de vida” en la historia de la humanidad. En su idea de
la salvación como un plan de Dios, el mundo fue creado, había crecido y se había
desarrollado, pero estaba decayendo y llegaría a su final.

Fue al final del siglo XVIII, con la consolidación de la ciencia moderna durante la Revolución
Industrial, que la idea de desarrollo dejó la pureza de la naturaleza y dispensó la bendición
de Dios para asumir el rostro técnico de un progreso racional, ilimitado y “bueno para
todos”. Ahora la analogía evolucionista ya no se refería a la teoría del ciclo de vida, con
nacimiento, crecimiento, declinación y muerte, sino a la posibilidad de un desarrollo—
progreso o crecimiento material—gradual, lineal e ilimitado. La analogía biológica fue usada
como marco heurístico para explicar cómo las sociedades se desarrollan y para justificar la
forma de intervención que hace posible el desarrollo (Rist 1997). Esta analogía ganó un
poder colonizador violento cuando los políticos pasaron a usarla con fines de dominación.
Sin embargo, este cambio de significado al final del siglo XVIII no ocurrió sin oposición, como
la de Rousseau, Hume y Ferguson que, a su vez, encontraron oposición en Buffón y
Condorcet, quienes fueron guardianes de la dicotomía superior-inferior. Buffon creía que, en
el mundo de clima templado, el hombre blanco se vuelve más perfecto y que, por ser más
civilizados, los europeos son responsables del mundo en evolución. Condorcet dividió la
historia en diez fases, la última de las cuales permitiría la abolición de la desigualdad entre
naciones, el progreso de la igualdad dentro de cada nación y la real perfección de la
humanidad. Todo dependía de la asistencia—ayuda—de los “civilizados” a los “primitivos”.
Nacía en el corazón de occidente la idea de que el desarrollo de las sociedades, del
conocimiento y de la riqueza responde a un principio natural con su fuente independiente de
dinamismo. Dios ha muerto, y el hombre lo reemplaza. En el libro de Adam Smith, Un

Estudio sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, el progreso de la
opulencia es presentado como el orden natural de las cosas impuesto por una necesidad
derivada de la inclinación natural del hombre. El orden de las cosas—progreso, crecimiento
económico—no puede parar. El desarrollo no es una opción sino una finalidad—y fatalidad—
de la historia.

Para consolidar las premisas que perfeccionaban el colonialismo imperial, ganó legitimidad
en el siglo XIX el Darwinismo Social, que se estableció con Herbert Spencer, no con Charles
Darwin. Actores con los más diferentes intereses adoptaron el evolucionismo social de
diferentes formas y para distintos usos. Aún cuando sus perspectivas estaban en conflicto,
todos asumieron en común la existencia de fases o etapas inevitables del “desarrollo” de la
humanidad. Pero Charles Darwin había hablado de selección natural y no de evolución
biológica. Antes de Darwin, Herbert Spencer presentó su teoría de la complejidad creciente,
donde su evolucionismo social se volvió una filosofía de la historia.

El evolucionismo social de Spencer ganó su legitimidad principalmente por su semejanza
semántica con el Darwinismo (de ahí, Darwinismo Social). Al nivel teórico, el evolucionismo
social reconcilió la diversidad de las sociedades con el conjunto total de la raza humana,
mientras al nivel político legitimó la nueva ola de colonización en el final del siglo XIX. La
palabra desarrollo asumió uso común a partir del siglo XIX cargada de tantas connotaciones
que su verdadero significado nunca pudo ser claramente comprendido. En 1860, la
Encyclopedia of All Systems of Teaching and Education publicada en Alemania registraba
que el concepto de desarrollo se aplicaba a casi todo lo que el hombre tiene y conoce. Uno
hablaba tanto del desarrollo de la Constitución de Atenas como (al inicio del siglo XX) del
desarrollo urbano.

Con los impactos negativos del colonialismo imperial, el gobierno Británico innovó en el uso
del concepto cuando transformó su Ley del Desarrollo de las Colonias en la Ley del
Desarrollo y del Bienestar de las Colonias, para disfrazar las injusticias creadas por su
dominación. La cultura del cinismo se manifestaba a través del cambio de nombre de una
Ley, que en su sustancia no había cambiado absolutamente nada. La apariencia continuaba
prevaleciendo sobre la esencia. El éxito de los imperios europeos durante el colonialismo se
basaba en una forma muy efectiva de organización de su poder. Ellos actuaban a través de
“redes de poder” en complicidad con la iglesia Católica y las élites criollas formadas por los
mismos invasores para facilitar el saqueo de las riquezas naturales, la construcción de
mercados cautivos y el acceso a materia prima abundante, mano de obra barata, mentes
dóciles y cuerpos disciplinados.

La idea de desarrollo durante el neo-colonialismo

Después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de desarrollo pasó por la más virulenta
metamorfosis de toda su tormentosa pero exitosa historia. El 20 de enero de 1949
constituye el punto de partida para comprender dicha transformación y sus consecuencias
(Sachs et al. 1992, Escobar 1998). En su discurso inaugural, el Presidente Harry Truman
propuso, muy “generosamente”:

“Nosotros debemos iniciar un…osado programa para hacer disponible los beneficios de nuestros
avances científicos y de nuestro progreso industrial para la mejoría y el crecimiento de las áreas
subdesarrolladas” (Harry Truman, citado por Rist 1997:71; subrayado nuestro)

Este discurso creó la dicotomía superior-inferior, dividiendo a la humanidad en sociedades
“desarrolladas” y “subdesarrolladas”, en lugar de “civilizados-primitivos”. Traduciendo al
Presidente de la nueva potencia hegemónica, el discurso de Truman tenía el poder del
“discurso del poder”. El término “subdesarrollado” en el contexto político de la posguerra, al
inicio de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, creó un nuevo
significado para la idea de desarrollo. En The History of Development, Gilbert Rist (1997)
concluye que el sustantivo “subdesarrollo” fue una innovación terminológica que alteró los
significados previos de la palabra “desarrollo” al relacionarlo novedosamente al
“subdesarrollo”.

La palabra “desarrollo” estuvo asociada con la dimensión socioeconómica. Lenin escribió El
Desarrollo del Capitalismo en Rusia en 1899; Schumpeter publicó Teoría del Desarrollo
Económico en 1911; Rosenstein y Rodan propusieron El Desarrollo Internacional de las
Áreas Rezagadas en 1944; y la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó
resoluciones aplicando el término, como La Asistencia Técnica para el Desarrollo Económico.
Todos asumieron en común que el “desarrollo” es un fenómeno intransitivo que
simplemente ocurre; nada puede ser hecho para cambiar la realidad. El discurso de Truman
cambió radicalmente este uso. El término “subdesarrollo” propone la idea de cambio en la
dirección de un estado final de “desarrollo”, y la posibilidad de realizar dicho cambio. Ya no
es una cuestión de “cosas en desarrollo”: es posible desarrollar una comunidad, un país, un
continente entero. El desarrollo asumía un significado transitivo—una acción realizada por
un agente sobre otro—, mientras “subdesarrollo” se volvió un estado de cosas que ocurre
naturalmente, sin ninguna causa aparente (Rist 1997). Con el apoyo de redes de educación,
ciencia, tecnología y comunicación, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y
otros “agentes internacionales” de los “cambios nacionales” inducen un cierto patrón de
“desarrollo”, uno que conviene al más fuerte (Terán 2003).

El término “subdesarrollado” alteró la forma de ver el mundo y a nosotros mismos. Antes,
las relaciones Norte-Sur fueron articuladas alrededor de dicotomías de opuestos: civilizado
vs. primitivo, colonizador vs. colonizado. La confrontación era inevitable. Ahora, la dicotomía
“desarrollado-subdesarrollado” respetaba la Carta de los Derechos Humanos y el sistema de
Estados. Desarrollados y subdesarrollados integrarían una única familia de naciones (las
Naciones “Unidas”), con la diferencia que muchos se ubicaban más atrás en la carrera hacia
la perfección que les haría ingresar al club de los “desarrollados”.

Para alcanzar a los “desarrollados” se necesita “desarrollo”. Ser “subdesarrollado” no es el
opuesto de ser “desarrollado” sino su etapa embrionaria. La aceleración del crecimiento
económico es la forma de cerrar la brecha entre “desarrollados” y “subdesarrollados”. Las
“leyes naturales del desarrollo” permiten que lo que le pasó a Europa en los siglos XVIII y
XIX sea replicado en el resto del mundo (Sachs et al. 1992; Rist 1997; Sachs 1999). Después
de Truman, la idea de la existencia de etapas de desarrollo ganó más legitimidad, como si
los “desarrollados” no continuaran “desarrollándose”, a la espera de los rezagados. Pero
bajo la premisa del desarrollo como sinónimo de crecimiento económico y desarrollo
tecnológico, el más fuerte se aleja del más débil que intenta imitarlo.

El secreto del éxito de la hegemonía de los Estados Unidos ha sido la formación de muchas
redes—formales e informales—de poder, en contubernio con sus aliados y ciertas élites
criollas, para asegurarles los beneficios mayoritarios de los resultados de la Segunda Guerra
Mundial. Hoy día, dichas redes de poder están cada vez más frágiles, porque la arrogancia y
el egoísmo exagerados de los Estados Unidos están fragmentando la fidelidad general de
sus aliados, como en el caso de la invasión del Irak, en que Francia y Alemania se
posicionaron contra la invasión de los Estados Unidos, debilitando la red de aliados dentro la
Unión Europea. El imperio es un imperio en decadencia. Muchos lo temen. Pocos lo
respetan.

Un significado—crecimiento económico—para “muchos rostros”

El mimetismo político, imprescindible para la Sostenibilidad de la hipocresía organizada, es
la capacidad para incorporar los “colores”, “olores”, “sabores”, “sonidos”, “significados” y
otros elementos del contexto, para confundirse con él, incluso para ser aceptado como si
fuera parte de él. De ahí emerge el camaleón político, que depende de la hipocresía
organizada para avanzar su “agenda”. Sin embargo, esta práctica necesita ser facilitada por
un significado de referencia alrededor del cual todo el esfuerzo creativo de la imitación es
construido. Para el “desarrollo”, el significado electo fue crecimiento económico (Sachs
1999), por la racionalidad expansionista del capitalismo cuyo objetivo—acumular—no acepta
obstáculos para su logro. Por esta razón, los tratados y acuerdos internacionales para el
rescate y promoción de la relevancia de lo humano, lo social, lo ecológico y lo ético son
considerados “barreras al desarrollo”.

Independiente de los varios adjetivos y rostros asumidos, principalmente en los últimos
cincuenta años, en última instancia, “desarrollo” nunca dejó de significar crecimiento
económico, como propuso W. Arthur Lewis en 1944 en The Theory of Economic Growth, y lo
que las Naciones Unidas incorporaron en 1947. El “desarrollo” tampoco dejó de ser una
sucesión de fases previamente conocidas, cuya legitimidad creció en 1960. En The Stages of
Economic Growth: a Non-Communist Manifesto, Walter Rostow clasificó a las sociedades en
cinco etapas de desarrollo: (i) sociedades tradicionales, (ii) con las precondiciones para el
“despegue”, (iii) donde el “despegue” ya ocurrió, (iv) que habiendo “despegado” caminan
hacia la madurez del desarrollo, y (v) que alcanzaron la última fase caracterizada por un alto
consumo de masa.

Bajo su lógica evolucionista, el “desarrollo” continúa su camino hacia una catástrofe
anunciada. La rutina ha sido apenas acomodar adjetivos a la palabra “desarrollo”, sin osar
cuestionar su naturaleza: apenas le adicionan nuevos “accesorios” para satisfacer a los
críticos. Bajo crítica de los movimientos etno-socio-culturales desde los años 1960, los
líderes de la hipocresía organizada fueron rápidos en su mimetismo político, usando los
nuevos apellidos del desarrollo propuestos por sus críticos: desarrollo “participativo”, “otro”
desarrollo, desarrollo “integrado”, desarrollo “endógeno”, “eco”-desarrollo, “re”-desarrollo
y, desde 1992, desarrollo “sustentable”. Eso ocurrió bajo estrategias para el crecimiento
económico.

Pocos perciben que el problema no son los “adjetivos” del desarrollo sino el “desarrollo”
mismo. Eso es tan obvio que el desarrollo “sustentable” definido por la Comisión Brundtland
apenas legitima el crecimiento económico sin límites (Rist 1997; Sachs 1999). En vez de
reconocer límites al crecimiento, el informe sugiere el fin de los límites, reduciendo la
cuestión de los límites a una cuestión tecnológica y organizacional, para no cuestionar el
objetivo del sistema capitalista—crecimiento económico—sino para promover su
independencia y relevancia:

“La humanidad cuenta con la habilidad para hacer sustentable el desarrollo — asegurar que el
mismo atienda a las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de futuras
generaciones por atender a sus propias necesidades. El concepto de desarrollo sustentable
implica límites — no límites absolutos sino limitaciones impuestas por el estado actual de la
tecnología y de la organización social sobre los recursos naturales…Pero tecnología y
organización social pueden ser manejadas y mejoradas para abrir espacio para una nueva era de
crecimiento económico. La Comisión cree que la pobreza…ya no es inevitable…El desarrollo
sustentable implica atender las necesidades básicas de todos y extender a todos la oportunidad
para lograr sus aspiraciones de una vida mejor. Un mundo donde la pobreza es endémica será
siempre susceptible a catástrofes ecológicas y de otros tipos” (Informe de la Comisión
Brundtland; citado por Rist 1997:181; subrayado nuestro)

Así, los expertos en hipocresía organizada para el llamado “desarrollo internacional”
trasforman desarrollo participativo en crecimiento económico con participación, otro
desarrollo en otro crecimiento económico, desarrollo endógeno en crecimiento económico
endógeno, etc. Hasta el desarrollo sustentable ha sido traducido como crecimiento
económico que se sostiene por muchas generaciones. La Comisión Brundtland legitimó el
objetivo de acumulación del sistema, y su tendencia expansionista incesante, a cualquier
costo. Todo lo que limita esta expansión, impidiendo la acumulación creciente e ilimitada, es
percibido como “barrera al desarrollo”, que debe ser derrumbada a cualquier costo, como
las reivindicaciones humanas, sociales, ecológicas, éticas, etc.

El Informe Brundtland no propone reglas para la distribución justa de la información, riqueza
y poder, vinculadas a las reglas para la producción. No se refiere tampoco a las relaciones
asimétricas de poder institucionalizadas; las legitima cuando culpa a los pobres—las
víctimas—por los desastres que asolan a la humanidad y al planeta, reduciendo la pobreza a
una endemia cuya ocurrencia es “algo natural” que merece atención especial—ayuda—. Eso
por la amenaza—el miedo—que la pobreza representa para los “desarrollados”, y no por las
condiciones inhumanas—injustas—para los “subdesarrollados”, que emanan del mismo
proceso de “desarrollo”. Muchos sistemas de educación, medios de comunicación y modelos
de gestión ya iniciaron la adopción de la perspectiva del Informe Brundtland en sus filosofías
y prácticas.

Todo se mueve como si hubiera un único tren del desarrollo—el tren del crecimiento
económico—que sería la única fuente de vida, el inicio y el fin de la existencia. Lo que nos
resta es solamente luchar para que permitan la entrada de mujeres y de otras minorías al
tren, que sea posible llevar representantes de la flora y de la fauna en el tren, que se
respeten los derechos humanos dentro del tren, que los indígenas puedan acceder al tren,
que haya justicia étnica y equidad de género dentro del tren, etc. Pero no se puede
cuestionar para donde va el tren, aun cuando éste se está dirigiendo con una velocidad
vertiginosa hacia un abismo donde todos perecerán (De Souza Silva 2004).

Al inicio del siglo XXI, los cantos de sirena nos mantienen rehenes de la “idea de desarrollo”
como cortina de humo para la acumulación material y simbólica del sistema económico de
la civilización occidental. Somos rehenes de la civilización del tener, no del ser. Los cantos
de sirena son: crecer, crecer y crecer, exportar, exportar y exportar, privatizar, privatizar y
privatizar, acumular, acumular y acumular. Su canto no incluye el verbo compartir,
asumiendo que el crecimiento económico es sinónimo de bienestar. Hasta líderes vistos
como progresistas (por su pasado intelectual/político), como Fernando Henrique Cardoso en
Brasil y Tony Blair en Reino Unido, se rindieron y capitularon ante los cantos de sirena. Ellos
impulsaron la Tercera Vía hacia el cambio neoliberal apoyado por el Estado, para que su
dimensión pública sea subvertida por el discurso “del mercado” a fin de promover los
intereses particulares del más fuerte.

Así como el éxito de los Estados Unidos y sus aliados, después de la Segunda Guerra
Mundial, ha sido la creación de redes de poder, el éxito de las corporaciones transnacionales
reside en la construcción de redes corporativas virtuales cuya dinámica depende de la
creación de una red de reglas transnacionales, como los Tratados de Libre Comercio (TLCs)
—que no son tratados, ni libres ni de comercio (Mora 2004; SIPAE 2005)—, que
institucionalizan criterios iguales para capacidades desiguales.

(…)

La “idea de desarrollo”, del colonialismo imperial al imperialismo sin colonias

“Los esfuerzos masivos para desarrollar el Tercer Mundo…no fueron motivados por
consideraciones puramente filantrópicas sino por la necesidad de traer el Tercer Mundo a la
órbita del sistema comercial occidental para crear un mercado en continua expansión para
nuestros [de Estados Unidos] bienes y servicios y como fuente de mano-de-obra barata y materiaprima
para nuestra industria. Este fue [también] el objetivo del colonialismo especialmente en su
última fase…Existe una continuidad impresionante entre la era colonial y la era del desarrollo,
tanto en los métodos usados para lograr sus objetivos como en las consecuencias ecológicas y
sociales de aplicarlos” (Edward Goldsmith, Development as Colonialism; en Goldsmith
1996:253)

No importa si los imperios se auto-denominan “civilizados” o “desarrollados”. Si son
imperios, la falta de escrúpulos para cometer injusticias es común a todos ellos. No se puede
ejercer dominación sin generar desigualdades y sus correspondientes injusticias. Eso pasó
durante el colonialismo imperial, y pasa ahora en el imperialismo sin colonias (Fanon 1999;
Dussel 2003; De Souza Silva 2004).

Los “civilizados” imperios europeos institucionalizaron sus “conquistas”—invasiones—bajo la
etiqueta de “descubrimiento”, creando redes institucionales en sus colonias para ocultar su
dominación, construyeron el discurso hegemónico del difusionismo europeo y
perfeccionaron prácticas de intervención colonial. Hoy, los “desarrollados” Estados Unidos
lideran la hipocresía organizada del “desarrollo internacional”, desde la creación de la red
de instituciones de Bretton Woods y de la ONU (Borón 2002), pasando por la apropiación de
la invención del Tercer Mundo (Escobar 1998), hasta el actual esfuerzo para establecer el
nuevo régimen de acumulación del capital y la nueva red institucional de poder—
institucionalidad—para la gestión del neo-mercantilismo (Petras 2003). Pero el joven imperio
empieza a emitir señales de decadencia: ya no logra ser respetado. Sólo temido. Sin
embargo, todos los imperios, antiguos y modernos, cultivan en común su forma de
actuación en red, articulando redes específicas de educación, comunicación, jurídicas y
otras redes que pueden contribuir para la movilidad global de la información, riqueza y
poder, mientras la vulnerabilidad de los poderes locales aumenta cada día.

Cuando el más fuerte se auto-denomina “civilizado”

“La colonización es una de las más nobles funciones de las sociedades que han logrado un estado
avanzado de civilización” (Leroy-Beaulieu, en De la colonisation chez les peuples modernes;
citado en Rist 1997:54)

“[El objetivo de una potencia colonial debe ser] desestimular anticipadamente cualquier señal de
desarrollo industrial en nuestras colonias, para obligar a nuestras posesiones extranjeras a mirar
con exclusividad al país central en búsqueda de productos manufacturados y a llenar, por la
fuerza si fuera necesario, sus funciones naturales, que es la de un mercado reservado para la
industria del país central” (Delegado de la Asociación Francesa de la Industria y la
Agricultura, 1899; citado en Rist 1997:61)

Pocos fueron más inescrupulosos que los gobiernos de los imperios de Europa occidental
durante el colonialismo imperial. En su época, ellos fueron los campeones de la práctica de
la mentira como filosofía de negociación pública para presentar como natural las injusticias
de su dominación colonial. A partir de la lógica de la “dicotomía superior-inferior”, las
mentiras y eufemismos de su discurso público eran dirigidos a sus sociedades, para obtener
apoyo para su proyecto colonial. Ellos no se preocupaban por convencer a sus colonias; la
ecuación del poder—fuerza-dinero-conocimiento—hacía innecesaria la retórica, porque la
fuerza podía ser usada, y abusada.

Los líderes del colonialismo construyeron un discurso público para consumo doméstico,
mientras en las colonias estos “civilizados” recurrían a medios violentos para dominar a los
“primitivos”. Impregnado por el Cristianismo, el discurso colonizador utilizó la metáfora de la
salvación para justificar su “ayuda” destinada a salvar a los “primitivos” de su “salvajismo”,
incluyendo la salvación de sus almas. Por eso, la espada y la cruz se unieron para conformar
las redes del poder imperial, mientras el discurso público doraba la píldora bajo el
eufemismo del imperativo civilizador: la colonización es un deber noble. Mientras tanto, los
“civilizados” hablaban entre sí—discurso oculto—sobre sus verdaderas intenciones:

“…nosotros debemos encontrar nuevas tierras de las cuales podremos fácilmente obtener
materia-prima, al mismo tiempo que podremos explotar la mano-de-obra esclava que está
disponible, de los nativos de las colonias. Las colonias serán también un lugar para los
excedentes de los bienes producidos en nuestras fábricas” (Cecil Rhodes, británico, hombre de
negocios, que usó su nombre para nombrar a Rhodesia [hoy Zimbabwe]; citado en Goldsmith
1996:254).

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