Al alba de la era postelectrónica.


Extracto del libro “El bebé es un mamífero”. Dr.Michel Odent, obstetra francés creador del Centro de Investigación de Salud Primal de Londres.





Al alba de la era postelectrónica.

La mayoría de bebés occidentales de las dos últimas décadas ha nacido en un entorno electrónico. Los obstetras creían que si controlaban continuamente el latido del corazón del bebé durante el parto con una máquina electrónica podrían actuar inmediatamente cuando fuera necesario salvar a un bebé. Aunque su intuición no se basaba en datos científicos, estaban convencidos de que así los partos serían más seguros.

Pero numerosos acontecimientos recientes nos hacen pensar
que la era electrónica está llegando a su fin. Nos hallamos en un momen-
to crucial en la historia del nacimiento y creo que puedo precisar cuándo
empezó. Fue el 12 de diciembre de 1987, el día en que la revista Lancet,
una de las publicaciones médicas más prestigiosas del mundo, publicó un
artículo importante; el artículo resumía las conclusiones de ocho estudios
llevados a cabo en Australia, Estados Unidos y Europa. El objetivo de
todos estos estudios, en los que estaban implicados decenas de miles de
nacimientos, era comparar dos grupos de mujeres: en el primero, el parto
se controlaba mediante monitorización electrónica fetal, y en el segundo,
una comadrona auscultaba el latido del corazón del bebé de forma inter-
mitente. Las revistas médicas más prestigiosas ya habían publicado artícu-
los sobre estos estudios, pero la novedad que aportaba este último era que
los analizaba todos al mismo tiempo para tener una visión de conjunto y
poder sacar conclusiones. Y la conclusión a la que se llegó es que no había
ninguna diferencia entre ambos grupos en cuanto al número de bebés
vivos al nacer o el número de bebés que gozaban de un buen estado de
salud. El único efecto detectable producido por el uso de la monitoriza-
ción electrónica fue el aumento de cesáreas y fórceps. De modo que la
interpretación más lógica que se desprende de todo ello es que la utiliza-
ción del monitor electrónico durante el parto resulta peligrosa, hace que
el parto sea más difícil y por lo tanto haya que salvar a más bebés con más
intervenciones. Gracias a la literatura médica más rigurosa, todo el mundo
está al corriente de estos hechos’. Ahora sólo nos falta dar el siguiente paso,
es decir, tomar conciencia de las implicaciones que conlleva.

Los bajos índices de mortalidad en el período del nacimiento
—que disminuyeron a principios del siglo XX y aumentaron de nuevo
desde hace treinta años— son debidos a otros factores. Ya no hay ningu-
na razón para obligar a todos los bebés a nacer en un ambiente electróni-
co. Ha llegado el momento de preguntarnos qué efectos produce el entor-
no en el desarrollo del parto y en el primer contacto entre la madre y el
bebé. Es la hora de plantear preguntas simples y al mismo tiempo nuevas,
la hora de empezar a preparar la era postelectrónica.

A muchos médicos les resulta difícil creer rodos estos hechos e
integrarlos, como una prioridad incuestionable, en su práctica diaria. En
cambio, algunas comadronas, muchas mujeres, e incluso ciertos médicos,
confirman su evidencia. A principios de los años 70 me apresuré a com-
prar un monitor electrónico para nuestro hospital creyendo que, en algu-
nas circunstancias, disponer de esta información suplementaria nos permi-
tiría tal vez evitar algunas cesáreas inútiles. Después de tres meses de prue-
ba, Dominique, una de las comadronas con más experiencia del equipo,
emitió su veredicto: Para lo único que sirve este aparato es para justificar las
cesáreas. Si en su momento se hubiera comprendido la necesidad de inti-
midad de las mujeres y su necesidad de no sentirse observadas ni contro-
ladas, se habrían podido prever los efectos que produciría el uso del moni-
tor y se habría podido evitar caer en el espejismo electrónico.

En las facultades de medicina o en las escuelas de comadronas
se prepara a los alumnos y alumnas para responder a determinadas pregun-
tas y a evitar otras… aquéllas que precisamente hoy día nos tendríamos
que plantear. Por ejemplo: ¿qué tipo de ambiente puede inhibir a la mujer
que da a luz, perturbar el primer contacto entre la madre y su bebé y per-
turbar también el inicio de la lactancia?

Éste es el tema clave, simple y nuevo al mismo tiempo, que
hay que plantear en este período de transición. Podemos traducirlo al len-
guaje médico, incluso podemos convertirlo en tema de examen: “Factores
del entorno que inhiben el proceso del parro”. No ha habido nunca nin-
gún estudiante de medicina que haya tenido que desarrollar este tema. Y
en tal caso, ¿qué hubiera respondido? No habría podido buscar informa-
ción en ningún manual o al menos en ningún tratado de los que estudian
la especie humana; en cambio, nuestro estudiante hubiera podido obtener
ayuda en otras ramas de la ciencia que estudian el nacimiento en otras
especies de mamíferos. Estos últimos sí que han intentado responder a esta
pregunta tal y como la formulamos. Los estudios más importantes al res-
pecto son los de Niles Newton, de la Universidad de Chicago, quien dedi-
có una parte de su carrera en los años 60 al estudio de los efectos del entor-
no en el nacimiento de los mamíferos. La especie preferida para sus inves-
tigaciones era el ratón. Quería descubrir qué factores contribuían a que los
partos fueran más largos, más difíciles y más peligrosos. Y gracias a su obra
sabemos qué se puede hacer para aumentar el nivel de dificultad de los
partos de las hembras de esta especie. Una de las cosas que podemos hacer
es trasladar a la hembra a un entorno que no le resulte familiar, es decir, a
un lugar donde no pueda ni ver ni oler lo que normalmente ve en su vida
cotidiana. También dificulta el parto el hecho de trasladarla de un lugar a
otro mientras está dando a luz. En otro experimento se demostró que una
jaula de cristal transparente también hace que el parto sea más difícil. Esta
es una elegante manera de demostrar que los mamíferos necesitan escon-
derse para dar a luz, necesitan intimidad.

Puedo afirmar, después de haber estudiado durante algunas
décadas los efectos del ambiente en el que nacen los bebés humanos sobre
el desarrollo del parto, que los planteamientos de Niles Newton se pueden
aplicar perfectamente a nuestra especie. Hace bastante tiempo que me di
cuenta de la importancia de su obra para interpretar de forma innovadora
muchos de los comportamientos que observamos a menudo en el período
del nacimiento. Cuando comparo investigaciones científicas como las de
Niles Newton con lo que me ha enseñado mi experiencia del parto en el
ser humano, no queda ninguna duda: somos mamíferos. Hay que recupe-
rar el tiempo perdido con nuestra obsesión por las diferencias entre espe-
cies. No deberíamos avergonzarnos y admitir finalmente que los demás
mamíferos pueden ayudarnos a redescubrir lo que hemos olvidado. Y lo
que las culturas humanas han olvidado o quieren olvidar es la necesidad
de intimidad, de privacidad, de la mujer que da a luz y recibe a su bebé.

Además, no es indispensable referirnos a los experimentos
científicos de finales del siglo XX para darnos cuenta de esta necesidad de
intimidad durante el parto. Hace ya mucho tiempo que se observó esta
necesidad en mamíferos que dan a luz a crías ya maduras y autónomas,
como la ternera o el cordero, y también en mamíferos que dan a luz a crías
inmaduras, como la rata. La cabra, por ejemplo, que vive en rebaño, se
aleja del grupo cuando el parto es inminente. La especie de cabra llamada
“Bighorn” busca los lugares más inaccesibles de la montaña y puede aislar-
se durante días y noches sin comer ni beber mientras espera el nacimien-
to de su cría. La hembra de la especie de simio llamada “Rhesus” abando-
na el grupo y se va a los confines del bosque para esconderse. Pero cuan-
do no pueden alejarse del grupo, las hembras de algunas especies de mamí-
feros encuentran por lo menos la manera de aislarse. El ratón, por ejem-
plo, que es un roedor nocturno, da a luz durante el día. La yegua, que trota
de día, da a luz por la noche.

Y llegados a este punto forzosamente nos tenemos que plante-
ar la siguiente pregunta: ¿por qué los mamíferos se esconden, se aislan para
dar a luz?, ¿por qué esta necesidad universal de intimidad? Está claro que
no es para protegerse de los depredadores o de los animales peligrosos,
porque en este caso la estrategia sería precisamente la opuesta, buscarían la
protección del grupo. Las hembras se esconden para protegerse de los
miembros de su propio grupo. Pero, ¿por qué se protegen de los miembros
de su propio grupo? Esta pregunta es precisamente el tema de este libro,
una pregunta demasiado importante para responderla rápidamente sobre
la marcha.

Volvamos primero a las preocupaciones de tipo práctico que
nos incumben como especie humana a finales del siglo XX. La mujer que
da a luz, ¿puede encontrar un clima de intimidad en un hospital? ¿Cómo?
La llegada de la era postelectrónica se basa en esta cuestión preliminar.

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