El mito de Darwin y la realidad de la vida.


Jon Ortega
Biólogo por la Universidad Autónoma de Madrid
Texto alojado en http://crimentales.blogspot.com

1.- El neodarwinismo se encuentra obsoleto desde el punto de vista científico.

Desde campos tan diversos como la Microbiología, la Genómica Comparativa, la Genética del Desarrollo, o la Paleontología, vienen acumulándose datos a lo largo de las últimas décadas en la dirección de que la evolución poco tiene que ver con el simplista y popular modelo que desde pequeños se nos ha inculcado mediáticamente[1].

Según el neodarwinismo, considerado aún hoy como el cuerpo central o teoría unificadora de toda la biología, la evolución (es decir, el proceso creador de toda la biodiversidad que conocemos) se debe enteramente a fenómenos de azar y combinatoria (“mutaciones azarosas”) combinados con procesos de reproducción diferencial entre individuos. La hipótesis de partida es que la “selección natural” (reproducción diferencial) puede posibilitar que una pequeña adaptación, originada por mutación al azar del ADN, se extienda en el seno de una población a lo largo de las generaciones, y de ahí se extrapola que la lenta acumulación de estas pequeñas adaptaciones sería la responsable de todo el cambio evolutivo, lo que incluye la génesis de apéndices, tejidos, órganos, y todo tipo de estructuras anatómicas.

Hoy en día se sabe que el principal agente amplificador de “adaptaciones” (es decir, la principal causa de que se “extiendan en el seno de las poblaciones”) en el mundo microbiano no es la selección natural sino la transferencia horizontal de genes[2]. El contrabando o intercambio de material genético independiente de la reproducción, a menudo entre bacterias muy alejadas filogenéticamente entre sí (en realidad los conceptos de filogenia y especie no son aplicables al mundo bacteriano, ya que todas las bacterias de la Tierra funcionan como una superespecie que intercambia material genético). En el mundo protoctista (protozoos y algas) se constata una creciente diversidad de eventos simbiogénicos como la más importante fuente generadora de biodiversidad[3]. Se ha demostrado que al menos dos de ellos se hallan en el origen de las células animales y vegetales (que son el resultado la fusión simbiótica entre bacterias), y también se está reportando un número cada vez mayor de familias de artrópodos que presentan nuevas estructuras endosimbióticas tanto en sus propias células como en su flora intestinal[4]. Y más allá del nivel celular, la simbiosis parece fundamental en el origen de las especies: Del mismo modo que los animales no pueden asimilar operativamente los nutrientes sin ayuda de sus simbiontes microbianos intestinales, los árboles y plantas necesitan de los hongos (y en muchas ocasiones también de las bacterias) para asimilar los suyos (sales minerales). Por ejemplo, el 90% de las especies de plantas salvajes presentan las estructuras simbióticas denominadas micorrizas[5].

Por otra parte, el funcionamiento de nuestro genoma se revela mucho más complejo de lo que el neodarwinismo proponía. Los “caracteres” de los seres vivos no son reducibles a “genes” o secuencias génicas codificadoras de proteínas[6]. Las diferencias fundamentales entre las diferentes especies animales y vegetales no se deben a diferencias en las secuencias de los genes (de hecho, el ser humano comparte más del 95% de las secuencias codificadoras del ADN con el ratón), sino la regulación de la expresión de esos genes (dónde, cuándo, y en qué medida se expresan). Por ejemplo, la expresión de determinados genes del crecimiento en diferentes momentos del desarrollo embrionario y ontogenético, así como la duración del lapso de tiempo en que se expresan, marcan las diferencias más fundamentales entre humanos y chimpancés. O la omnivoridad del ser humano, que es debida en gran parte a la expresión del gen de la amilasa en la saliva: Los carnivoros poseen también ese gen en todas las células de su cuerpo, pero sólo lo expresan en páncreas e hígado. En esta regulación de la expresión génica, que aún estamos muy lejos de comprender (a pesar de la imagen que los promotores de la llamada “ingeniería genética” nos quieren vender), parecen ser de vital importancia los segmentos de ADN móvil (trasposones, retrotrasposones, y virus) no codificante, considerados durante años por los neodarwinistas como “ADN basura” ya que no codificaba proteínas. Pues bien, la expresión de un gen depende principalmente de su posición en el genoma (que determina las secuencias reguladoras y elementos proteicos adyacentes), y lo que hacen precisamente los elementos móviles del ADN es cambiar los genes de posición. Aún más que eso, se han constatado ya casos de acción integrada, coordinada, y en respuesta al medio de estos elementos móviles[7]. Muchos (y quizá todos) estos elementos móviles tienen un origen incontestablemente vírico; de hecho ya se ha demostrado que más de un 10% de nuestro ADN tiene origen vírico[8] (Un virus en realidad no es más que un segmento de ADN rodeado de una cápsula proteica) lo que significa que ha sido ADN incorporado desde el exterior (lo que nos llevaría de nuevo a la transferencia horizontal de genes que veíamos en las bacterias). Muchos de estos elementos móviles no han perdido su capacidad de regenerar su cápsida y ser de nuevo virus, son los llamados retrovirus endógenos, fundamentales por ejemplo para la diferenciación y el desarrollo de la placenta, y que actúan en muchos otros procesos de vital importancia (por eso algunos antiretrovirales de amplio espectro que se aplican a los enfermos de SIDA son mortales a medio plazo[9]).

Así, si hacemos el recuento del genoma humano y animal, tenemos, por un lado, los llamados genes del metabolismo celular, los genes más básicos, que hemos heredado directamente de las bacterias[10] (que funcionan y evolucionan de modo no darwinista), y por otro los génes reguladores del desarrollo y diferenciación de tejidos, sobre los que la intervención vírica parece cada vez más fundamental ¿qué margen le queda a la selección natural como “causa de la evolución”?

[1] SANDÍN, M. “Pensando la Evolución, Pensando la Vida” Ediciones Crimentales, Murcia, 2006.
[2] WOESE,C. “Biology´s next revolution” Nature, 445, 369 (enero 2007).
[3] MARGULIS, M. “¿Qué es la vida?” Tusquets, Barcelona, 1996.
[4] HEDDI, A. “Insectos y bacterias: El origen de la diversificación y especiación” Ciclo de conferencias “El Origen de las Especies”, Madrid, 8-10 de marzo de 2001, Cosmocaixa.
[5] FERNÁNDEZ VALIENTE, E. “Hacia un nuevo concepto de evolución” Arbor, 677 (Mayo 2002).
[6] SANDÍN, M. Op cit.
[7] SENTÍS, C. “Retrovirus endógenos humanos” Arbor 677 (Mayo 2002).
[8] SANDÍN, M. Op cit.
[9] SANDÍN, M. Op cit.
[10] DOOLITTLE, W.F. “Nuevo árbol de la vida” Investigación y Ciencia” (abril 2000).

El mito de Darwin y la realidad de la vida (II)

El neodarwinismo se encuentra obsoleto desde el punto de vista científico (continuación)

Por si fuera poco, la genética del desarrollo ha puesto en evidencia que la forma en que están estructurados los paquetes de información implican que cualquier cambio en la estructura anatómica de un organismo ha de tener lugar, por fuerza, en las más tempranas fases del desarrollo embrionario[1], por lo que los cambios anatómicos no pueden darse de forma gradual en el tiempo, sino que son más bien bruscos. Esto lo viene confirmando la paleontología desde hace mucho: Las especies se mantienen iguales, sin cambio direccional aparente, desde que aparecen hasta que se extinguen, constituyendo estadíos discretos del fenotipo orgánico, lo que contradice a la teoría misma de la selección natural como generadora de evolución, ya que para que esta genere evolucion ha de operar infinitesimalmente sobre un continuo de formas dirigendo el cambio orgánico de forma gradual a través de las generaciones (si una cosa surge “de golpe”, está claro que no la ha creado la selección natural). De hecho, órganos complejos como el ojo o el ala, o fenómenos como la regulación de la coagulación de la sangre o la fotosíntesis, son irreductiblemente complejos hasta el punto de que su aparición no puede explicarse de forma gradual[2].

Desde el punto de vista darvinista, además, sólo pueden heredarse los cambios genéticos acontecidos en los gametos, el zigoto, o como mucho los primeros estadíos del desarrollo embrionario. Sin embargo, encontramos numerosas inserciones retrovirales o retrotransposonales en genes que no se expresan ni en gametos ni en el desarrollo embrionario, sino que en estas fases se encuentran comprimidos[3]. Esto demuestra que los movimientos trasposonales y virales de ADN en la vida de un organismo, que como hemos dicho actúan de forma organizada y en respueta al medio, pueden transmitirse incluso a las células generadoras de gametos y heredarse así de modo lamarckiano. Desde el momento en que una respuesta al medio del organismo genera un cambio heredable, estamos hablando de evolución lamarckiana. La principal diferencia entre neodarwinismo y neolamarckismo es que el primero establece que el fenómeno de la mutación es absolutamente azaroso, mientras que el segundo estudia procesos fisiológicos no azarosos relacionados con la mutación[4].

2.- El pensamiento darvinista no es más que la extrapolación de la Teoría del liberalismo económico a los fenómenos naturales[5].

Dicha teoría responde a una racionalidad que considera a los elementos individuales de un sistema de forma aislada, que interpreta al sistema como la simple suma de sus partes, y, fundamentalmente, que establece el fenómeno de la competencia como el elemento optimizador del sistema y generador de toda su armonía y riqueza. Los organismos no son más que agentes pasivos de un agente seleccionador externo optimizador muy similar a la “mano invisible” del mercado. Las expresiones de “lucha por la vida” y “supervivencia del más apto”, según confiesa el propio Darwin son en realidad de los teóricos fundacionales del liberalismo económico, Adam Smith y Herbert Spencer. También es sabido que Malthus fue la más importante influencia de Darwin en su pensamiento, y que Francis Galton, padre de la Eugenesia (uno de los pilares del nazismo) era primo de Darwin. Nuestra sociedad identifica “darwinismo” con “pensamiento evolutivo”, lo que constituye un error histórico fundamental intencionadamente construido, ya que le evolución fue pensada, interpretada, y debatida por numerosos pensadores, especialmente en Francia pero también en Alemania e Inglaterra, desde más de medio siglo antes de la publicación del célebre “Origen de las Especies” de Darwin[6].

3.- Dado que el darwinismo constituye la justificación metafísica de la práctica social capitalista, existe una resistencia muy potente a su desaparición que ha llevado a la biología teoría al confuso estado en que se encuentra hoy.

Si a esto le añadimos que prácticas como la “ingeniería genética” o la “terapia génica” se fundamentan en la concepción neodarwinista del genoma, ya tenemos todos los ingredientes para comprender porqué el stablishment académico de la biología se resiste a evolucionar. Durante décadas, se han intentado ajustar los datos experimentales y de campo con calzador a la teoría dominante, y se ha boicoteado cualquier intento en la dirección opuesta: Ajustar la teoría a los datos. Las universidades y grandes revistas científicas aplican muy distintos standards de aceptación a los trabajos científicos (así como a los hallazgos de campo), según se ajusten o no a la teoría. El efecto acumulativo de esta práctica a través de las décadas produce un potente filtro de información y conocimiento a la comunidad científica.

4.- El darwinismo es en realidad incompatible con una visión ecológica de la naturaleza.

La ecología no puede abordarse coherentemente desde un sistema de pensamiento no holístico. Esto significa considerar todo elemento vivo (célula, organismo, ecosistema…) como parte de un sistema mayor cuyo comportamiento no es predecible por el análisis aislado de sus componentes básicos. Por ello la compleja interrelación holística entre los elementos de un ecosistema, que co-evolucionan en conjunto como una unidad, supera con creces la capacidad analítica del darwinismo, que se centra en fenómenos de reproducción diferencial entre individuos en el seno de una población, aislada de los demás elementos del sistema. Esta biología individualista y mecanicista ha sido responsable de prácticas eugenésicas, producción de transgénicos y patentes sobre los organismos, aberrantes y letales terapias génicas[7], etc…

[1] GARCÍA BELLIDO, A. “Se busca un nuevo Darwin” Entrevista publicada en el País (19-03-2006).
[2] BEHE, M.J. “La Caja negra de Darwin” Ed. Andrés Bello, Chile, 2000.
[3] SENTÍS, C. “Retrovirus endógenos humanos” Arbor 677 (Mayo 2002).
[4] SENTÍS, C. Op cit.
[5] SANDÍN, M. “Pensando la Evolución, Pensando la Vida” Ediciones Crimentales, Murcia, 2006, ABDALLA, M. “La crisis latente del darwinismo” Asclepio, LVIII-I (2006).
[6] SANDÍN, M. Op cit., GALERA, A. “Modelos evolutivos predarvinistas” Arbor, 677 (mayo 2002).
[7] SANDÍN, M. Op cit.

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