El deber de la palabra.



Pierre Clastres (1974), La Société Contre L’Etat , Les Éditions de Minuit, París.

Capítulo 7.
El deber de la palabra.

Hablar, es ante todo detentar el poder de hablar. O más aún el ejercicio del poder asegura el dominio de la palabra: sólo los amos pueden hablar. Con respecto a los sujetos: conminados al silencio del respeto, de la veneración o del terror. Palabra y poder mantienen relaciones de tal naturaleza que el deseo de una se realiza en la conquista del otro. Príncipe, déspota o jefe de Estado, el hombre de poder es siempre no sólo el hombre que habla, sino la única fuente de palabra legítima: palabra empobrecida, pobre pero rica en eficiencia pues se llama mando y no quiere sino la obediencia del ejecutor. Extremos inertes por sí mismos, poder y palabra no subsisten el uno sin el otro, cada uno de ellos es sustancia del otro, poder y palabra se establecen en el acto mismo de su encuentro. Toda toma de poder es también una ganancia de palabra.

Todo ello concierne en primer lugar a las sociedades fundadas en la división: amos-esclavos; señores-sujetos; dirigentes-ciudadanos, etc. La marca primordial de esta división, su lugar privilegiado de despliegue, es el hecho masivo, irreductible, quizás irreversible, de un poder separado de la sociedad global en el que sólo algunos miembros lo detentan, de un poder que, separado de la sociedad, se ejerce sobre ella y, si fuese necesario, en contra de ella. Lo que aquí ha sido designado es el conjunto de las sociedades con Estado, desde los despotismos más arcaicos hasta los Estados totalitarios más modernos, pasando por las sociedades democráticas en las que el aparato de Estado, si bien liberal, no aloja menos en sí el amo lejano de la violencia legitimada.

Vecindad, buena vecindad de la palabra y del poder: he aquí que suena claro a nuestros oídos largo tiempo acostumbrados a la escucha de aquella palabra. Ahora bien, no se pude desconocer esa enseñanza decisiva de la etnología: el mundo salvaje de las tribus, el universo de las sociedades primitivas o aún – y es lo mismo – de las sociedades sin Estado, ofrece extrañamente a nuestra reflexión esta alianza ya revelada, pero para las sociedades con Estado, entre el poder y la palabra. Sobre la tribu reina su jefe y este igualmente reina sobre las palabras de la tribu. En otros términos, y particularmente en el caso de las sociedades primitivas americanas, el indígena , el jefe – el hombre de poder – detenta también el monopolio de la palabra. No es necesario preguntar a estos salvajes: ¿quién es vuestro jefe? sino mas bien : ¿quién de entre ustedes es el que habla? Amo de las palabras: numerosos grupos nombran así a su jefe.

No se puede pues, al parecer, pensar el uno sin la otra, el poder y la palabra, puesto que su vínculo, claramente metahistórico, no es menos indisoluble en la sociedades primitivas que en las formaciones estatales. Sin embargo sería poco riguroso ceñirse a una determinación estructural de esta relación. En efecto, el corte radical que divide a las sociedades , reales o posibles, según sean estatales o no, este corte no dejaría indiferente el modo de enlace entre poder y palabra. ¿Cómo se opera esto en sociedades sin Estado ? El ejemplo de las tribus indígenas nos enseña.

En ellos se revela una diferencia, a la vez la más aparente y la más profunda, en la conjugación de la palabra y del poder. Esta diferencia radica en que si en las sociedades con Estado, la palabra es el derecho del poder, en las sociedades sin Estado, por el contrario, la palabra es el deber del poder. O bien, para decirlo de otro modo, las sociedades indígenas no reconocen a su jefe el derecho a la palabra por el hecho de ser su jefe: exigen del hombre destinado a ser su jefe que pruebe su dominio sobre las palabras. Hablar es para el jefe un obligación imperativa, la tribu quiere oírlo: un jefe silencioso ya no es un jefe.

Y que no se preste a equívocos. No se trata aquí del placer, tan vivo en muchos salvajes, hacia los bellos discursos, por el talento oratorio, por el afán de hablar. No se trata aquí de cuestiones de estética, sino de política. En la obligación de que el jefe sea hombre de palabra se advierte en efecto toda la filosofía política de la sociedad primitiva. Allí se despliega el verdadero espacio que ocupa el poder, espacio que no es el que pudiera creerse. Y es la naturaleza de este discurso cuya repetición la tribu vela cuidadosamente, es la naturaleza de esta palabra guía que nos indica el lugar real del poder.

¿Qué dice el jefe? ¿Qué es una palabra de jefe? Es, en primer lugar, un acto ritualizado. Casi siempre el líder se dirige al grupo cotidianamente, al alba o al crepúsculo. Extendido en su hamaca o sentado cerca del fuego, él pronuncia con voz fuerte el discurso esperado. Y su voz, por cierto, necesita potencia para hacerse oír. Nada de recogimiento, nada de silencio mientras habla el jefe, cada uno sigue tranquilamente, en sus ocupaciones como si de nada se tratara. La palabra del jefe no es dicha para ser escuchada. Paradoja: nadie presta atención al discurso del jefe. O mas bien se finge la desatención. Si el jefe como tal debe someterse a la obligación de hablar, las gentes a las cuales se dirige, en revancha deberán parecer no oírlo.

Y, en esencia estos no pierden, si es posible decirlo, nada. ¿Por qué? Porque literalmente, el jefe no dice nada. Su discurso consiste esencialmente en una celebración, numerosas veces repetida, de las normas de vida tradicional: “Nuestros antepasados se sintieron bien por vivir como vivían. Sigamos su ejemplo y de este modo llevaremos juntos una existencia tranquila”. He aquí más o menos a qué se reduce un discurso de jefe. Comprendemos así que no es algo inquietante para aquellos a quienes va dirigido.

¿Qué quiere decir hablar en este caso? ¿Por qué el jefe de la tribu debe hablar para no decir nada? ¿A qué demanda de la sociedad primitiva responde esta palabra vacía que emana del lugar aparente del poder? Vacío, pues el discurso del jefe no es un discurso de poder: el jefe está separado de la palabra porque está separado del poder. En la sociedad primitiva, en la sociedad sin Estado, el poder no se encuentra del lado del jefe: de lo cual resulta que su palabra no puede ser palabra de poder, de autoridad, de mando. Un orden: es lo que el jefe no sabría dar, he aquí el tipo de plenitud rehusada a su palabra. Aquel jefe lo bastante loco para soñar, no tanto con el abuso de poder que no posee, sino con el uso mismo del poder: a un jefe que quiere ser jefe se lo abandona: la sociedad primitiva es el lugar del rechazo de un poder separado, puesto que ella misma y no el jefe es el lugar real del poder.

La sociedad primitiva sabe, por naturaleza, que la violencia es la esencia del poder. En este saber radica el cuidado constante por mantener separados uno de otro el poder y la institución, el mando y el jefe. Y es el campo mismo de la palabra quien asegura la demarcación y traza la línea de división. Constriñendo al jefe a moverse sólo en el elemento de la palabra, es decir, en el extremo opuesto a la violencia, la tribu se asegura que todos las cosas permanezcan en su lugar, que el eje del poder se reparta en el cuerpo exclusivo de la sociedad y que ningún desplazamiento de fuerzas venga a alterar el orden social. El deber de palabra del jefe, ese flujo constante de palabra vacía que debe a la tribu, es su deuda infinita, la garantía que prohíbe al hombre de palabra llegar a ser hombre de poder.

http://caosmosis.acracia.net/

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