Los negreros: Historia de la trata de seres humanos.


Extractos de “Black Cargoes: A history of the Atlantic Slave Trade, de Daniel P. Manix y M. Crowley.

En el año de nuestro señor de 1495, los indios de la isla de
La Española (o Haití) se sublevaron contra sus opresores españoles. En gran muchedumbre (el antiguo historiador Antonio de Herrera afirma que llegaban a cien mil) marcharon sobre el pequeño poblado de La Isabela, adonde Cristóbal Colón había llegado unos meses antes con sus tres carabelas, después de un prolongado viaje de descubrimiento por las Indias occidentales.

Colón era un hombre piadoso y Femando e Isabel monarcas
conscientes que le habían ordenado «honrar mucho» a los indios
y «tratarlos bien y afectuosamente», pero necesitaban oro, desespe-
radamente. Los indios no estaban acostumbrados a labores manua-
les de ninguna dase y menos aún a extraer durante catorce horas
diarias el oro de los riachuelos de las montañas. Parecían ser gentes
tratables, que iban desnudos y subsistían de frutas silvestres, pes-
cado y cualesquiera pequeños animales que pudiesen cazar. Eran
tan ingenuos que en cierta ocasión Colón pensó que había llegado
al jardín del Edén y trató de identificar cada río que descubría
con el Fisón, el Gehón, el Hiddekel o el Eufrates, los cuatro
ios del paraíso. Pero resulta que estos infelices se habían suble-
ado. Si España debía tener un imperio, Colón continuar sus
descubrimientos y los paganos ser convertidos al cristianismo, era
necesario sofocar esta revuelta.

Colón marchó contra ellos al frente de una fuerza de doscientos
infantes y veinte jinetes. Con los españoles iban veinte sabuesos:
animales enormes y salvajes, entrenados para hacer frente a osos
y jabalíes en los bosques de la Europa central. A diez leguas de
La Isabela los españoles se enfrentaron con las huestes indígenas.
Los conocimientos bélicos de los indios eran infantiles. Unos arro-
jaban desordenadamente piedras, otros corrían hacia los soldados
golpeándoles débilmente con palos o tratando de hacer penetral
sus lanzas de caña en las armaduras españolas. Una descarga de
arcabuces y ballestas se abatió sobre la multitud: los desnudos
indios se arrastraban por el suelo; luego les soltaron los perros
y los jinetes se lanzaron contra ellos. Lo que siguió fue una autén-
tica matanza que no cesó hasta que los caballos agotados empeza-
ron a flaquear. Los sobrevivientes fueron luego cazados por los sa-
buesos y puestos a trabajar en las minas. Muchos murieron a los
pocos días, totalmente incapaces de soportar el cautiverio.
Aparentemente, tan sólo hubo un hombre que resultó conmo-
vido por la masiva destrucción de este pueblo que había sido
feliz: Bartolomé de las Casas, antiguo obispo de Chiapa, en
Méjico, y conocido como el apóstol de las Indias. Las Casas
había llegado a Haití como colonizador y allí fue ordenado sacer-
dote. Después de haber visto morir a miles de indios, encerrados en
corrales y quemar vivos a veintenas de mujeres y hombres con la
esperanza de que su suerte indujese a los demás a trabajar,
mientras que los que aún quedaban en los montes eran perse-
guidos por «caballeros», como si fuesen zorros, Las Casas volvió
a España decidido a defender a los supervivientes. En 1517 com-
pareció ante el trono de Carlos V, que había sucedido a Fernando
e Isabel, e imploró del mismo que salvara lo que quedaba de los
indígenas. Las Casas comprendía la necesidad del trabajó en las
plantaciones y minas, pero ofrecía una excelente solución. Ya
por entonces habían sido llevados a Haití un número considerable
de esclavos negros, que parecían ser felices y trabajaban duro.
Como un acto de clemencia hacia los indios. Las Casas rogó a su
majestad que se importasen más negros, doce por cada colono.
Otros formularon esta misma petición a Carlos V, aunque no
siempre movidos por las mismas razones humanitarias. La piedad
del rey se dejó conmover por dichas razones, aunque también in-
fluyó en él un argumento de carácter eminentemente práctico:
los indios eran inservibles como esclavos; en cambio, los negros
resultaban extraordinariamente útiles como tales. Carlos V otorgó
a uno de sus favoritos una licencia para transportar cuatro mil
negros a las Indias occidentales. Fue el comienzo del famoso
«asiento», licencia de importación que comprendía el privilegio
de controlar el tráfico de esclavos hacia los dominios españoles del
Nuevo Mundo. Durante más de dos siglos, dicho privilegio fue
un señuelo en las guerras europeas. Miles de holandeses, franceses
c ingleses morirían para que sus respectivas naciones pudiesen
disfrutar el privilegio de la trata. Aquel cortesano español, sin
embargo, no supo ver el valor de la licencia que el rey le había
concedido. Por 25.000 ducados la vendió a una agrupación de
comerciantes genoveses, que obtenían la mayor parte de sus pro-
visiones en los mercados de esclavos en Lisboa, aunque ya en el
año 1518 un cargamento fue conducido de la costa de Guinea.

Había comenzado la trata de esclavos del Atlántico.

Los comerciantes genoveses compraban los esclavos en Lisboa,
porque eran los portugueses quienes los traían de África. Los
portugueses habían explorado Guinea y doblado el cabo de
Buena Esperanza, y su pretensión de poseer derechos exclusivos
en el continente africano se vio sancionada por dos bulas ponti-
ficias promulgadas en 1493. Por esta época ya habían comenzado
a construir poderosas fortalezas en la costa, como centros de in-
fluencia y también como reductos en los que los esclavos eran
concentrados antes de ser embarcados. El primero de estos fuertes,
Elmina, en la Costa de Oro, fue comenzado en 1481. El monarca
de la localidad, el rey Kwame Ansa, no se había opuesto a la
trata que los blancos mantenían con sus subditos, mas cuando los
portugueses solicitaron permiso para edificar un fuerte les rogó
que desistieran, con toda cortesía, en el primer discurso conocido
de un gobernante de la Costa de Oro.

“No soy insensible—decía—al alto honor que vuestro gran
amo, el jefe de Portugal, me ha conferido en este día…, pero
nunca hasta hoy había observado tanta diferencia en la apariencia
de sus subditos. Hasta el presente, iban pobremente vestidos… y
no se hallaban contentos sino cuando terminaban de cargar y des-
cargar. Ahora observo una gran diferencia. Muchos hombres rica-
mente ataviados están ansiosos de construir albergues y perma-
necer entre nosotros. Hombres tan eminentes, dirigidos por un jefe
que por sí mismo parece haber descendido de Dios…, no podran
jamás habituarse a soportar las inclemencias de este dima…
Es preferible que nuestras naciones continúen en las mismas con-
diciones que hasta hoy, permitiendo que sus barcos vayan y
vengan como de costumbre.”

Pero el rey no se mostró intransigente. A cambio de cierta
anualidad permitió a los portugueses arrendar una península rocosa
en la cual comenzaron de inmediato a trabajar. La construcción
del «castillo», pues así llamaban entonces a estos fuertes, duró
ocho años. A diferencia de muchos otros, Elmina era un verdadero
castillo, con altas torres y paredes de treinta pies de grosor, prote-
gido por dos fosos cortados en la propia roca. Contaba con cuatro-
cientos cañones montados para repeler los ataques por mar o tierra.
En sus mazmorras cabían hasta mil esclavos; Juan II de Portugal
se hallaba tan orgulloso de este castillo que, mucho tiempo después
de haberse construido, agregó a sus muchos otros títulos el de
«señor de Guinea».

A partir de la mitad del siglo xvi, el monopolio de Portugal
sobre el comercio africano fue puesto en entredicho por varias
otras naciones, en especial por Francia, Inglaterra, Holanda, Sue-
cia (por algún tiempo), Dinamarca, Brandeburgo o Prusia; todas
ellas construyeron sus propios fuertes. Estos continuamente cam-
biaban de dueño, a veces como consecuencia de un acuerdo de ^^
compra y venta, pero generalmente por la fuerza de las armas.
(…)

A pesar de las guerras entre los estados europeos, el tráfico
de esclavos floreció desde los comienzos.^y muy pronto sobre-
pasó el primitivo cálculo de Carlos V, cifrado en cuatro mil
hombres al año. El obispo Las Casas probó estar en lo cierto;
los negros lograban sobrevivir en condiciones que eran intolerables
para los indios, y trabajaban eficazmente bajo el látigo del amo.
Antonio de Herrera escribió en 1601: “Tanto han prosperado
estos negros en la colonia, que era opinión común que, a menos que
alguno fuese ahorcado, nunca moriría, ya que hasta el momento
nadie conocía a ninguno que hubiese muerto por enfermedad.”
Herrera hacía observar asimismo que el trabajo de un negro supe-
raba al de cuatro indios. Ya en 1540 habían sido importados a las
Indias occidentales diez mil negros por ano. A finales de siglo,
nueve mil esclavos, aproximadamente, habían sido embarcados
con destino a las Indias occidentales, sin contar los consignados a
Méjico y Sudamérica. Las Casas observaba angustiado el desastre
que había promovido. Veía que los indios, en vez de ser libera-
dos, eran exterminados para dar cabida a los negros recién llegados.
Antes de su muerte, en 1566, Las Casas quedó convencido que
«era tan injusto esclavizar a los negros como a los indios, y por
las mismas razones».

Para probar que los negros constituyen una raza naturalmente
servil, se cita a menudo el hecho de que los negros eran, sin
duda, mejores esclavos que los indios (los cuales, o bien morían
«como peces en una caldera», según expresión de un indignado
colono español, o eran, en cambio, intratables, como los indios de
tierras adentro que los ingleses procuraban esclavizar). Según esta
opinión, los indios eran demasiado «nobles» para doblegar sus
cabezas ante el yugo de los hombres blancos. Pero, en cambio,
era perfectamente factible esclavizar hombres blancos; en realidad,
gran parte de las labores realizadas en las colonias americanas eran
ejecutadas por sirvientes contratados ingleses, escoceses o irlan-
deses, que durante varios anos trabajaban como esclavos. De aquí
no se infiere que fuesen culturalmente inferiores a los indios hai-
tianos.

La razón por la cual los miembros de muchas tribus africanas
(no de todas) podían ser esclavizados residía en el hecho de haber
alcanzado un nivel cultural relativamente elevado. “No hay refe-
rencia alguna—dice un antropólogo inglés citado por Arnold Toyn-
bee—de que sociedades que pudiéramos catalogar como verda-
deramente primitivas (es decir, «meras cosechadoras de frutos»)
hayan sido incorporadas con éxito al mundo civilizado, mientras
que los llamados pueblos primitivos que han pasado por la re-
volución agrícola lo han sido con mucha frecuencia. Para los «co-
sechadores de frutos» la integración forzada en una sociedad ex-
traña suponía un esfuerzo excesivo y así morían como los indí-
genas de las Indias occidentales y muchos de los indios de Nor-
teamérica; en cambio, los esclavos africanos podían ser integrados
con todo éxito (desde el punto de vista de los invasores), para
sustituirlos.” El antropólogo se equivoca en lo que respecta a
los indios de Norteamérica; muchos de los que vivían en Méjico
habían pasado por la revolución agrícola y habían sido sometidos
a la servidumbre por los invasores españoles, mientras que la ma-i
yoría de los que habitaban en los Estados Unidos eran básica-
mente cazadores y no «cosechadores de frutos», como los haitianos.
Pero las tribus de cazadores y pescadores son también difíciles de
esclavizar, dado la importancia que conceden al valor personal, y
esto parece ser cierto tanto para África como para América. Los
krumens, por ejemplo, eran ante todo pescadores y se resistían
a ser esclavizados, aunque fueran a veces empleados como capa-
taces de otros esclavos. En la costa oriental, los kikuyus, tribu
agraria, podían ser esclavizados, pero no sus vecinos, los wacam-
bas, tribu de cazadores. En cuanto a las tribus de «cosechadores de
frutos», algunas, en el Gabón, por ejemplo, morían en el cautitiverio
casi tan rápidamente como los indios haitianos.

La época en que los europeos llegaron por primera vez a la
costa de Guinea coincide, en general, con la decadencia de los
grandes reinos africanos, arruinados por las incursiones de los
moros procedentes del norte, por las correrías de las tribus sal-
vajes del sur, tales como la de los fangs por entonces caníbales
de afilados dientes, y por las continuas luchas entre los pequeños
reinos. Estas luchas eran alentadas por los esclavistas, que abaste-
cían a ambos bandos de mosquetones y pólvora y plomo, con
la condición de que al regresar de sus guerras les ofrecieran escla-
vos a bajo precio. No obstante, la inmensa mayoría de los pueblos
de la costa occidental estaban muy lejos de ser «salvajes desnu-
dos», que viviesen en sociedades primitivas y miserables. Algunas
de las ciudades próximas a la costa occidental tenían poblacio-
nes superadas tan sólo por las principales capitales europeas. Exis-
tían reinos y estados comunitarios comparables en tamaño a mu-
chas naciones europeas, e incluso las tribus más pequeñas poseían
culturas propias de carácter a veces muy complejo. Los africanos
occidentales habían creado sus formas autóctonas de arquitectura y
elaborado métodos propios para el tratamiento de los tejidos. Mu-
chos poseían sus manadas de asnos y grandes rebaños de ovejas
y de cabras. Eran hábiles trabajadores de la madera, del bronce y
del hierro, que habían aprendido a fundir mucho antes que lle-
gasen los blancos. Muchas de sus comunidades poseían ritos reli-
giosos complicados, sistemas económicos bien organizados, cos-
tumbres agrícolas eficientes y admirables códigos legales. Sólo en
los últimos años se ha comenzado a apreciar la aportación afri-
cana occidental a la escultura, la literatura folklórica y la música.
Se observaban, sin embargo, grandes vacíos en la cultura afri-
cana, y eran éstos los que impresionaban a los europeos. Los ne-
gros jamás lograron crear un lenguaje escrito que fuese amplia-
mente conocido (aunque los vais de Sierra Leona, una rama de
la gran familia mandinga, crearon una escritura propia hacia fi-
nales del siglo xvIII). No conocían la rueda ni el arado, y en mu-
chas ramas de la tecnología, incluso los pueblos africanos más
avanzados distaban poco de hallarse en la edad de hierro. Se
daba así el caso de que artesanos africanos eran capaces de fa-
bricar mosquetones siguiendo los modelos europeos, mientras sólo
algunos de los Estados del extremo norte aprendieron a produ-
cir pólvora, índice de toda cultura avanzada.

Pero la gran ventaja para los esclavistas era lo que el presidente
Nkrumah de Ghana ha llamado la balcanización de África. Las tri-
bus no podían entenderse entre sí. Existían 264 dialectos sudane-
ses (hablados por los «negros puros»), 182 dialectos bantúes y 47
dialectos hamíticos. Un solo pueblo, como los wolofs del Senegal,
podía hallarse dividido en dos o tres reinos hostiles entre sí; los
yorubas, de Nigeria, estaban repartidos en diez estados distintos.
Ni estos pequeños reinos ni las tribus guerreras que los rodea-
ban eran capaces de unirse contra un enemigo común, y por esto
resultaba fácil a los esclavistas enfrentarles unos a otros. Era como
si una fuerza invasora hubiera llegado a Europa en las tinieblas
del medievo y explotado el continente logrando que cada señor
feudal se irguiese contra su vecino. Sin embargo, los africanos
continuaron siendo independientes durante toda la etapa esclavista.
Lo que los salvó de ser conquistados por espacio de casi cua-
trocientos años, a partir de la aparición del blanco, fue, en parte,
su valor y habilidad en el uso de las armas europeas y en parte,
también, la hostilidad mutua entre los esclavistas de las diversas
naciones, análoga a la que reinaba entre las propias tribus afri-
canas.

Pero, principalmente, eran el paludismo y la malaria, el dengue
y la fiebre amarilla, los que protegían al vasto continente de ser
conquistado e incluso explotado. Una zona tras otra de la costa
africana —primero Senegambia, luego Sierra Leona y finalmente
la caleta de Benin—fueron llamadas «la tumba del hombre blan-
co». Los portugueses, que trataron al principio de penetrar en el
interior, quedaron desalentados ante el número de sus bajas.
Para los esclavistas que les sucedieron, África era, ante todo,
una línea costera, o, más bien, tres líneas paralelas: una de blan-
cas e hirvientes olas rompientes, otra de arena parda y la línea
verde de la selva, en la que muy pocos se aventuraban y de
la que menos aún regresaban.

Naturalmente, se conocían algunos datos (o supuestos datos)
sobre el interior del país. Había un inmenso río, el Níger, llama-
do el Nilo del oeste, que nacía en las montañas de la Luna, y lle-
gaba al mar, nadie sabía dónde, aunque se suponía que el Sene-
gal y el Gambia eran dos de sus desembocaduras. En Abisinia
vivía Preste Juan, monarca cristiano de una gran nación rodeada
de tribus paganas._ Los banquetes del rey eran iluminados por
elefantes domesticados que sostenían antorchas con sus trompas,
y sus cazadores cogían unicornios con la ayuda de jóvenes vírge-
nes. Más al sur se hallaba el reino de Monomotapa, una región
forrada de oro, más rica que Eidorado. En Madagascar existia
un pájaro gigantesco, llamado roe, capaz de levantar en vilo ele-
fantes (posiblemente la leyenda se refería al epiórnide, una espe-
cie gigante de avestruz que no se extinguió hasta finales del si-
glo xvIII). En África central existía una nación de pigmeos de
sólo seis pulgadas de estatura que libraban batallas campales
contra las grullas, y otra tribu cuyos habitantes tenían los labios
inferiores tan pronunciados que los utilizaban como toldo. Había
caníbales por doquier, incluyendo los nam-ñams—el nombre co-
rrespondía a una tribu real—, de quienes se decía que tenían ra-
bos que utilizaban para derribar a sus víctimas. África, en sín-
tesis, era un continente donde cualquier especie de monstruo po-
día subsistir, pero donde los blancos morían como peces en la
arena.

Para los geógrafos europeos del siglo xvIII, África occidental,
o mejor su litoral, se hallaba dividido en tres regiones: Senegam-
bia, la Alta Guinea y la Baja Guinea. Para los capitanes esclavistas,
que muchas veces usaban nombres distintos de aquellos, la costa
está subdividida en fundón de sus características físicas, de sus
bahías o inexistencia de bahías, por los vientos predominantes y
por el tipo de esclavos procedentes de cada localidad.
(…)

Duranteel siglo xvII, la vida política, social y económica de África occi-
dental quedó reorganizada con el fin de obtener una corriente
constante de esclavos hacia los barcos andados en la costa.
Para dar una idea de la magnitud de aquel tráfico, ofrecemos a
continuación algunas cifras: en los años 1575 a 1591, cincuenta y
dos mil esclavos fueron enviados desde Angola hacia Brasil y las
Indias españolas, con una media anual que, a finales de aquel
periodo, alcanzaba la cifra de cinco mil esclavos. El aumento conti-
nuó, y, en 1617, veintiocho mil esclavos fueron embarcados en An-
gola y el Congo. De 1680 a 1700, fueron embarcados trescientos
mil esclavos en navios ingleses únicamente. De 1680 a 1688, la Real
Compañía Africana tenía doscientos cuarenta y nueve negreros en
actividad, logrando embarcar sesenta mil setecientos ochenta y tres
esclavos, de los que sólo cuarenta y seis mil trescientos noventa y
seis sobrevivieron a la travesía. Frente a unos novecientos mil es-
clavos embarcados desde todas las regiones de Guinea al Nuevo
Mundo en el siglo XVI, la cifra total para el siglo XVII se calcu-
lo en dos millones setecientos cincuenta mil, con un promedio de
veintisiete mil quinientos al año.

Suministrar, embarcar y distribuir esa gran masa de «mate-
rial humano» llegó a ser una gigantesca operación internacional que,
a su vez, favorecía el crecimiento de nuevas industrias, especial-
mente en Inglaterra, pero también en Francia. No hubo tal des-
arrollo industrial en África, claro está; lo que hubo allí fue un
tremendo destrozo de las culturas autóctonas. Los europeos no
introdujeron plantas industriales, nuevos procedimientos agrícolas,
financieros, sistemas políticos o ideales cristianos, como intentaban
hacerlo en el Nuevo Mundo. Lo que introducían era mosquetes,
pólvora, especias y ron, todo ello como recursos para promover
la trata de. esclavos, con mucha diferencia el más lucrativo de los
negocios de aquella época. En 1853, un experimentado funcionario
británico de la Costa de Oro escribió con pesar: “Puede afir-
marse con toda certeza que, desde que nos establecimos por vez
primera en la costa, hasta la abolición de la trata de esclavos, en
1807, no hicimos nada que fuese de provecho para el pueblo.”
Los capitanes esclavistas no deseaban permanecer en la costa
más tiempo que el absolutamente necesario. Sus ganancias depen-
dían de la rapidez con la que consiguiesen cargar sus barcos y
partir a toda vela hacia las Indias occidentales, antes que su apre-
tujado «cargamento humano» pereciese. Además, sus tripulantes
enfermaban y morían víctimas de los vapores insalubres proceden-
tes de los pantanos de la costa. Era, por tanto, necesario crear un
grupo de intermediarios residiendo permanentemente en la costa,
que se encargase de comprar esclavos a los reyezuelos y traficantes
locales cuando estaban en camino hacia los puertos, preparar a
los esclavos para la larga travesía y mantener en todo momento
una pequeña reserva de negros saludables, susceptibles de ser-
entregados a cualquier esclavista que anclase a lo largo de la
ruta. Estos hombres eran, generalmente, empleados de las gran-
des compañías negreras; de ahí que se les llamase «factores», si-
guiendo la costumbre de llamar «factores» a los representantes
de las grandes empresas. Sus establecimientos, si no se hallaban
fortificados, eran conocidos como «factorías».
(…)

Los nativos africanos pasaban a ser esclavos vendibles en cual-
quiera de las cinco formas siguientes: 1) criminales vendidos como
castigo por los jefes nativos; 2) individuos que se vendían o eran
vendidos por sus familiares en épocas de hambre; 3) personas se-
cuestradas por los esclavistas europeos o, con mayor frecuencia,
por las cuadrillas nativas; 4) esclavos africanos vendidos por sus
amos; 5) prisioneros de guerra.
(…)

Cuando un número suficiente de esclavos habían sido reunidos
y transportados a la costa, se procedía a su venta, bien a los trafi-
cantes y «factores», bien directamente a los capitanes de las naves
negreras. Comprar negros era un proceso largo, que requería habi-
lidad para negociar, prudencia en el empleo del soborno y ciertos
conocimientos médicos. El proceso es descrito por James Barbot,
quien efectuó un viaje esclavista a Guinea en 1699. James era her-
mano del famoso John Barbot; ambos tenían un sobrino, llamado
también James, que realuó un viaje esclavista al Congo en 1700;
aparentemente, toda la familia Barbot se dedicaba al negocio de la
trata. James era sobrecargo y copropietario del Albion-Frigate.
Nos cuenta que desde el 25 de junio hasta el 2 de julio trató de
llegar a un acuerdo con el reyezuelo de Bonny respecto al precio
de los esclavos y al valor de ciertas mercancías. El hermano del
reyezuelo, Pepprell, un individuo astuto, se encargó de (idas las
negociaciones. Hasta que el reyezuelo no obtuvo un sombrero, un
fusil de chispa y nueve collares, y sus cabecillas (cabeceen) dos fu-
siles de chispa, ocho sombreros y nueve piezas de tela de Guinea,
no se cerró el trato. Aun así, fue necesario que cuantos personajes
estaban relacionados con la corte se hallaran en completo estado
de embriaguez.

Thomas Phillips, capitán del Hannibal, nos cuenta. cómo eran
examinados los esclavos al ser vendidos:

Los esclavos del rey fueron los primeros en ser puestos en venta, hallándose
los cabecillas muy interesados en vendérselos, y, ‘en cierto modo, queriendo
torearnos a ello al negarse a presentarnos los demás esclavos. En realidad no
podíamos rechazarlos, aunque observé que, generalmente, eran los peores es-
clavos del lote. Además teníamos que pagar por ellos más que por los
otros, lo cual no podíamos evitar, por ser una de las prerrogativas de su
majestad. Los cabecillas mostraban sus esclavos ordenados de acuerdó con
su calidad: los mejores, primero, etc., y nuestro cirujano los examinaba aten-
tamente, desde todos los ángulos, para comprobar si se hallaban sanos, obligán-
dolos a saltar y estirar rápidamente sus brazos; les miraba también la boca
para apreciar la edad, ya que los cabecillas eran tan astutos que los afeitaban
completamente antes de enseñárnoslos, de forma tal que, por muy viejos que
fuesen, no pudiésemos ver cabellos grises en sus cabezas o en sus barbas; después
los untaban con aceite de palma para que no nos fuese posible distinguir
a un hombre viejo de otro de mediana edad, a no ser por su dentadura.

Pero nuestra principal preocupación consistía en comprobar que ninguno
fuese sifilítico, e infectase al re«w de los esclavos a bordo; pues, a pesar de
que apartábamos los hombres de las mujeres, colocándolos en compartimentos
separados por mamparas, para evitar disputas y querellas, resultaba imposible
evitar que se reunieran y que esa enfermedad, llamada «dermatosis tropical»,
que es muy común aquí y se manifiesta por los mismos síntomas que la
«lúes venérea», hiciese presa en nosotros; por ello, nuestro cirujano necesitaba
examinar las intimidades, tanto de las mujeres como de los hombres, con el
mayor cuidado y escrúpulo; aunque suponía una gran molestia, no podía
ser omitido.

Después del examen se marcaba a los esclavos seleccionados.
John Barbot atestiguaba que a cada uno “se le marcaba en el pecho
con un hierro candente que le imprimía la señal de las respectivas
compañías francesas, inglesas u holandesas a que pertenecía, con
objeto de que cada nación pudiese distinguir a sus esclavos y evitar
que los nativos cambiasen luego los mejores por los peores, como
muchas veces lo intentaron hacer. Se ponía cuidado en que las
mujeres, por ser más débiles de constitución, no resultasen que-
madas en exceso.”

El pago de los esclavos se efectuaba con mercancías. Los escla-
vistas ingleses, en su mayor parte, pagaban con lanas e hilo de
Manchester y Yorkshire percal de la India, sedas de China y cu-
chillos, machetes, mosquetes, pólvora, barras de hierro y vasijas de
Birmingham y Sheffield, además de sábanas viejas (en gran de-
manda), sombreros de fantasía, cuentas de cristal y varios tipos
de bebidas destiladas, que eran, por un hábito comercial, mezcladas
profusamente con agua. Una nación industrial como Inglaterra
podía suministrar la mayoría de los artículos comerciales con sus
propios recursos y obtener así una doble ganancia. Los franceses
y holandeses producían también artículos para la exportación, pero
los portugueses se hallaban en desventaja, ya que tenían que
comprar la mayor parte de sus mercancías en Holanda. Cada zona
de la costa africana poseía también su propia moneda. Desde
Senegambia y la Alta Guinea hasta la Costa de los Esclavos, el
valor de un esclavo se medía por barras de hierro. En la Baja
Guinea se estimaba en «piezas», que podían ser de tela o de otros
productos; tantos metros de tela, o tantos galones de ron, o tantas
cuentas de cristal, correspondían a una pieza, y -tantas piezas equi-
valían al valor de un negro. En la Costa de los Esclavos se prefe-
rían las conchas marinas denominadas «cauries», que se ensartaban
a un cordel o «cofia». Cien «cofias» llegaron a equivaler, en cierta
época, a una libra esterlina.

Una vez marcados, los esclavos eran conducidos a la playa.

Muchos, procedentes del interior, jamás habían visto ni oído hablar
del mar. Se aterrorizaban al escuchar el lejano ruido de las olas,
creyendo que se trataba del rugido de alguna enorme bestia. Veían
entonces el Atlántico, las grandes olas con sus espumosas crestas,
y, detrás, el barco que los esperaba. Era el instante crítico en que
ni los látigos de piel de hipopótamo de los traficantes negros ni
los de siete colas de los hombres blancos servían para nada.
Los esclavos se arrojaban a la arena, agarrando puñados de la
misma, en un desesperado esfuerzo por permanecer en tierra.
Algunos intentaban ahorcarse con sus cadenas; pero los esclavistas
negros y blancos se hallaban preparados para cualquier acto de re-
beldía. Los «capitanes de la areha», hombres especialmente adies-
trados, estaban apostados a lo largo de la playa. Los esclavos eran
golpeados, arrastrados, empujados e incluso llevados a viva fuerza a
las grandes canoas, generalmente manejadas por los famosos re-
meros krumens, que esperaban para transportarlos a través de los
rompientes.

A finales del siglo xvII, los krumens, que inicialmente -consti-
tuían un pueblo pesquero de la Costa de • la Pimienta, práctica-
mente habían abandonado su tradicional modo de vida, dedicándose
a transportar a los esclavos a través de las olas rompientes. Cada
canoa tenía un capitán que actuaba como timonel, marcando el
ritmo a los remeros, mientras guiaba la embarcación con un largo
remo. Como muchas de las canoas tenían setenta pies de longitud
requerían veinte remeros y transportaban ochenta esclavos a la vez,
se necesitaba gran pericia para capitanearlas. Si la canoa se volvía
por un solo instante de costado a los rompientes, los esclavos y la
tripulación corrían el riesgo de abocarse o de que los devorasen
los tiburones.
(…)

Dos cultivos aparentemente sin importancia, el del azúcar y el
del algodón, influyeron de modo profundo en la trata de escla-
vos, y fueron, pues, responsables del sufrimiento y de la muerte
de millones de seres humanos. El algodón no adquirió verdadera
influencia sobre la trata hasta la invención de la máquina desmota-
dora en 1793; el azúcar, en cambio, se comenzó a cultivar en
gran escala desde mediados del siglo xvII, convirtiendo la trata en
una aparente necesidad para el Nuevo Mundo y en especial para las
Indias occidentales.
(…)

Se admitía, generalmente, que los esclavos de las Indias occiden-
tales eran tratados con mayor rigor que los de las colonias inglesas
del interior. Uno de los motivos era que el azúcar—en mayor
grado que otras cosechas del interior, como el tabaco, el arroz y el
algodón—se preparaba para su comercialización utilizando métodos
fabriles. No había lugar para ningún tipo de consideración humana
entre amos y esclavos; con frecuencia, el amo era un terrateniente
absentista o una compañía de accionistas. A los esclavos, decía
Ulrich Bonnell Phillips, se los consideraba como unidades de
trabajo y no como hombres, mujeres y niños; “La bondad y el
bienestar, la crueldad y el rigor se convertían en simples partidas
del balance financiero de la empresa; los nacimientos y defunciones
iban a la cuenta de pérdidas y ganancias, y los gastos de crianza
de los niños eran contratados con el coste de adquisición de los
africanos recién llegados.” Generalmente, el coste de estos últimos
era inferior, aunque incluía un proceso de «aclimatación» que
podía durar de tres a cuatro años; consistía en gran parte esta
aclimatación en acostumbrarse a sufrir nuevos rigores y soportar
enfermedades tropicales desconocidas para ellos. Phillips consi-
deraba que, del veinte al treinta por ciento de los negros bozales
morían en esos primeros años.

Los defensores de la esclavitud alegaban frecuentemente que,
como los esclavos poseían un valor económico, el interés de los
propietarios de las plantaciones residía en mantenerlos felices y
contentos, no pudiendo permitirse el lujo de tratarlos con crueldad.
El hecho cierto es, sin embargo, que la crueldad resultaba con fre-
cuencia provechosa. Henry Coor, que visitó Jamaica en 1774, nos
narra lo que le dijo un capataz: “He conseguido para mis patronos
una producción anual de veinte, treinta y cuarenta toneles más
que mis predecesores; claro que he matado a treinta o cuarenta
negros al año, pero las ganancias han superado a las pérdidas.”
Muchos plantadores admitían con toda franqueza que “era más
barato comprar que criar”. En muchas plantaciones, los hombres
excedían a las mujeres en proporción de dos a uno y “los niños
eran escasos”. Uno de los motivos era la alta mortalidad infantil,
que se estimaba en el cuarenta o el cincuenta por ciento. En un
año hubo en la isla de San Vicente dos mil seiscientos cincuenta
y seis nacimientos y cuatro mil doscientas cinco defunciones de
negros.

A los esclavos se los mantenía en un estado de terror. Después
de un viaje por las islas, en 1688, sir Hans Sloane informaba que
en caso de faltas graves uno de los castigos consistía en “clavarlos
en el suelo con palos retorcidos, que les sujetaban los miembros, y
quemarlos gradualmente desde los pies y las manos hasta la cabeza,
provocándoles un dolor espantoso; por las faltas de menor entidad
se los castigaba castrándolos o cortándoles a hachazos la mitad
de un pie. Tales castigos eran soportados por los negros con gran
entereza. Si intentaban la fuga, se les ponían pesados grilletes en
los tobillos, aros metálicos alrededor del cuello (se trataba, gene-
ralmente, de unos anillos de hierro de donde colgaban dos grandes
collares soldados en sus extremos) o se les taladraba la boca con un
pincho. Otro castigo consistía en flagelarlos hasta dejarlos en
carne viva; luego se les ponía pimienta o sal sobre la piel para
hacerlos entrar en razón; en otras ocasiones, sus amos derramaban
cera derretida sobre el cuerpo o recurrían a otras formas refi-
nadas de torturas”. Sir Hans no era en apariencia un hombre muy
compasivo, pues agregaba: “Esos castigos estaban muchas veces
justificados, ya que los negros eran gentes pervertidas; aunque
esos castigos puedan parecer excesivos, eran en realidad poco
severos considerando la gravedad de algunos de los delitos cometi-
dos, y, en todo caso, las penas infligidas eran menos graves que
las aplicadas por otras naciones europeas a sus esclavos de las
Indias occidentales.”

Existía una razón mucho más poderosa que motivaba esos casti-
gos, y que no era la simple crueldad ni el’ansia de lucro. Al ser
muy superior la población esclava a la población blanca, ésta sólo
podía mantenerse por el terror. Desde los primeros tiempos exis-
tieron revueltas de esclavos en las islas; quizá la primera rebe-
lión de verdadera importancia fue la que se produjo en La Española
en 1522. Cuando los británicos tomaron Jamaica en 1655, muchos
de los esclavos de los españoles huyeron hacia las colinas, donde
se hicieron famosos con el nombre de cimarrones. Estos constante-
mente alentaban a los demás esclavos a escapar, y llegaron a ser
tan poderosos, que en 1730 fue preciso enviar tropas desde Ingla-
terra para someterlos, en una campaña que duró años y que
finalizó con un tratado de paz. Hubo insurrecciones en Surinam
a mediados del siglo xvm, y los esclavos fugitivos—llamados
«negros de la manigua» o djukas—han mantenido su independen-
cia hasta la fecha. Ya había cimarrones en Haití en 1620, y se pro-
dujeron posteriores levantamientos de esclavos en 1679, 1691
y 1704, que culminaron en la victoriosa revuelta de finales del
siglo xvIII. Los horrores de esas insurrecciones no eran un tema
popular de conversación, pero se hallaban siempre presentes en la
mente de los plantadores. En vez de conquistar la lealtad de los
esclavos por bondad, preferían acopiar grandes ganancias en el
tiempo más breve posible y regresar a Francia o a Inglaterra, para
vivir con lujo y seguridad.

Nadie sabe quién fue el primer negro que pisó tierra firme en el
Nuevo Mundo, pero quienquiera que fuese debió hacerlo en
fecha muy temprana. Balboa llevaba consigo treinta negros cuando
descubrió el Pacífico. Cortés trajo trescientos esclavos para la
conquista de Méjico. En 1530 existían tantos negros esclavos en
Méjico, que llegaron a organizar una revuelta. Cuando Pizarro
fue asesinado por sus propios hombres en Perú, su cuerpo fue
llevado hasta la catedral por sus negros. También había negros con
Alvarado, cuando alcanzó Quito (Ecuador) en 1534. Los primeros
esclavos negros llegaron a Brasil en 1538. En el siglo xvII el
número de esclavos importados anualmente alcanzó la cifra de cua-
renta y cuatro mil. El primer censo digno de crédito, efectuado en
1798, revelaba la existencia de un millón quinientos ochenta y dos
mil esclavos y cuatrocientos seis mil negros libres, en una pobla-
ción total de tres millones doscientos cincuenta mil habitantes.
(…)

Durante los primeros tiempos, la trata no planteaba ningún pro-
blema racial, aunque suscitó algunas polémicas religiosas. Gene-
ralmente, se consideraba que era más conforme con la ética escla-
vizar herejes que cristianos. En el censo de 1623-1624, los esclavos
negros eran inscritos simplemente como «sirvientes». Los primeros
esclavos negros se veían generalmente obligados a servir por un
plazo estipulado; pasado este plazo eran liberados y se les daba
alguna tierra, lo mismo que se hacía con los sirvientes contratados
de raza blanca. Los negros y los sirvientes blancos se fugaban jun-
tos con bastante frecuencia, y no se hacía distinción alguna entre
los fugitivos, como lo demuestran los siguientes anuncios:

Fugitivo en abril:… un mulato llamado Richard Molson, de Middie Statue. de
cerca de cuarenta años de edad, y que ha padecido de viruelas. Se halla en com.
paqía de una mujer blanca, llamada Mary, de quien se supone hace pasar ahora
por su esposa… Quien capture a los fugitivos será recompensado… {American
Weekty Mercury, de Filadelfia, 11 de agosto de 1720.)

Fugitivo del que suscribe, desde el día 2 del último mes, un sirviente mu-
lato, llamado Isaac Cromweil…; fugitiva al mismo tiempo una sirvienta llamada
Anne Greene… Quien capture a los antedichos obtendrá cinco libras. (Pemsylva-
nia Gazelte, 1 de junio de 1749.)

Los sirvientes blancos contratados eran puestos en venta con-
juntamente con los negros, como demuestra este anuncio del Bostón
News Letter, del 3 de mayo de 1714: “Se venden varias sirvientas
irlandesas, la mayoría por cinco años, y un sirviente irlandés, que
es, además, un buen barbero y peluquero; igualmente cuatro o
cinco atractivos niños negros”.

Aunque eran muchas las ventajas que había en utilizar blancos
contratados, también tenía serios inconvenientes. Los sirvientes
blancos se hallaban en un nivel cultural tan próximo al de sus
amos, que resulta difícil mantenerlos en estado de sumisión. Cuan-
do se fugaban, era imposible identificarlos por el color. Por último,
eran cristianos, y eso representaba un obstáculo de orden moral.
Generalmente se sentía que la esclavitud necesitaba algún tipo de
justificación y se recurría para ello al versículo de la Biblia: “De
los herejes que os rodean obtendréis vuestros siervos y siervas”
{Levítico xxv, 44). Pero este mandamiento difícilmente se podía
aplicar a los hermanos cristianos, especialmente si eran protestan-
tes escoceses.

¿Y qué decir de los negros que se convertían al cristianismo?
Hacia mediados del siglo xvII resultaba imperiosamente necesario
hallar alguna nueva justificación para mantenerlos en el cautiverio.
¿Y qué clase de cautiverio debía ser? Como quiera que los prime-
ros negros que llegaron a Virginia fueron considerados c”mo sir-
vientes contratados para toda la vida, sus hijos nacían libres y eran
educados en la verdadera fe. Pero estos niños eran bienes valiosos
para los plantadores, que en muchas ocasiones rehusaban dejarlos
en libertad. Era preciso encontrar algún pretexto para transformar
la servidumbre contratada en inhumana esclavitud. En esta disyun-
tiva surgió un cambio en la apologética, inevitable en tales circuns-
tancias, pero de resultados desastrosos en definitiva. La justificación
religiosa de la esclavitud —basada en la afirmación de que los
negros eran herejes cuyas almas podían ser salvadas— dio paso a
una justificación racista, según la cual todos los negros estaban con-
denados a la esclavitud. Este nuevo pretexto podía también ser
avalado por los textos bíblicos, según los cuales los negros eran
hijos de Ham o Canaán, sobre quienes el patriarca Noé había lan-
zado su famosa maldición: “Y entonces dijo: “Maldito sea Canaán;
sirvientes de sirvientes serán para siempre sus hijos’.” {Génesis,
IX, 25). Algunos de los esclavistas rebasaron con mucho las inter-
pretaciones bíblicas, alegando que sería injusto esclavizar a cristia-
nos, pero que un negro no era un ser humano y, por tanto, jamás
podría convertirse en cristiano. Una piadosa dama, al preguntársele
si su criada negra iba a ser bautizada, respondió: “¿Por qué no
bautizan también a mi perra negra?” El obispo Berkeley expresó
la misma idea en lenguaje filosófico: “Los negros —decía— son
criaturas de otra especie, y no tienen derecho a ser incluidos o ad-
mitidos en los sacramentos”.
(…)

La guerra de sucesión española redujo radicalmente la influen-
cia de Francia y España, consolidando a Inglaterra como potencia
dominante en Europa. Por el tratado que puso fin a la guerra,
Inglaterra obtenía un control efectivo sobre la costa de Guinea,
desde Gambia hasta el Congo. El mismo tratado de Utrecht (1713)
concedió a los ingleses el famoso «asiento», con el privilegio de
suministrar cuatro mil ochocientos esclavos al año a las posesiones
españolas. Por supuesto, los negreros ingleses podían transportar
a cualquier parte del mundo tantos negros como quisieran.
Un auge como el que conoció a continuación la trata muy po-
cas veces se ha repetido en la historia. Du Bois estima que, en
los años después de 1713, la exportación de esclavos desde África
se mantuvo entre los cuarenta mil y los cien mil al año. J. D. Fage
hace ascender la cifra a setenta mil. La mayoría eran vendidos
en las Indias occidentales, siendo Jamaica el principal mercado,
pero cada vez llegaban más esclavos a territorio norteamericano.
En 1738, sólo en las Carolinas se importaron dos mil ochocientos
esclavos. Treinta años después había en Charleston dos veces más
negros que blancos. Incluso las colonias del Norte aumentaron
sus contingentes de esclavos. En 1700 había mil negros en Nueva
Inglaterra; en 1715, sólo Bostón contaba ya con dos mil.
Las ganancias derivadas de la trata se invertían en financiar
las destilerías de ron, que constituía la exportación más aprecia-
da de Nueva Inglaterra. En las plantaciones de los estados del
sur se comenzaron a construir grandes mansiones, y una nueva
forma de vida, desconocida hasta entonces, empezó a brotar en el
Nuevo Mundo. El sur no era aún el «imperio del algodón», pero
se compraban cada vez más esclavos para cultivar más arroz y
más tabaco, lo cual permitía comprar más esclavos y sembrar
más arroz y más tabaco. En 1714, la población total de esclavos
de las colonias británicas ascendía a cincuenta y nueve mil.
En 1754 alcanzaba la cifra de doscientos noventa y ocho mil.
Parte de ese crecimiento era debido al aumento del número de
nacimientos, mayor que el de defunciones, pues los plantadores
de Norteamérica vivían en su propia tierra y trataban mejor a sus
esclavos; pero también se debía, en gran medida, a los nuevos
cargamentos de negros que llegaban de África y de las Indias
occidentales. El censo de 1790 revelaba una población esclava
de seiscientos noventa y siete mil ochocientos noventa y siete
personas, casi todas al sur de la línea Masón y Dixon. Fue la
trata del siglo xvIII la que estableció esa «peculiar institución»
de la esclavitud como fundamento económico de la mitad del
territorio de los Estados Unidos.
(…)

Durante los últimos años de la trata legal de esclavos, de 1794
a 1807, Liverpool gozó de lo que podía considerarse como un
monopolio. En 1800, por ejemplo —un año normal—, se envia-
ron ciento veinte navios a la costa africana, con capacidad para
treinta y un mil ochocientos cuarenta y cuatro esclavos (posible-
mente irían unos cuantos miles más, hacinados en cubierta, en
flagrante violación de la nueva ley promulgada contra el exceso
de pasaje). En ese mismo año, Londres envió tan sólo diez barcos,
y Bristol tres, todos ellos de inferiores dimensiones que los de
Liverpool. Por el número de esclavos transportados, Liverpool
había acaparado ya el noventa por ciento de los cargamentos de
negros; no poseía ningún rival europeo que comerciase al norte
del ecuador, pues tanto el comercio francés como el holandés ha-
bían sido expulsados del océano por las fragatas y buques corsa-
rios ingleses. Sus únicos y nuevos rivales eran los negreros yanquis
procedentes de Newport y Bristol (Rhode Island).

Los ingresos obtenidos en la trata constituían uno de los fac-
tores decisivos del desarrollo económico de los condados de Lan-
cashire, y de Yorkshire, así como del interior del país. Debe re-
cordarse que la libra del siglo xvm, con un valor en oro aproxi-
mado de ocho dólares de la época posterior a la «depresión»,
poseía un valor de compra notablemente superior. El doctor
Johnson, refería a Bosweil que “un hombre podía vivir con seis
libras al año, y cómodamente con treinta libras”. Stella, la mujer
de Swift, vivía casi lujosamente con un ingreso anual de cien
libras. En relación con esas cifras, el ingreso de los mercaderes
de Liverpool, provenientes de los trescientos tres mil setecientos
treinta y siete esclavos vendidos en las Indias occidentales en
once años, podía estimarse en doce millones doscientas noventa y
cuatro mil ciento dieciséis libras, o sea, un promedio de un millón
ciento diecisiete mil seiscientas cuarenta y siete al año. Durante
ese tiempo, los buques negreros de Liverpool realizaron ochocien-
tos setenta y ocho viajes a la costa de Guinea, cada uno de los
cuales, de nueve a diez meses de duración, dejaba un promedio
de ganancias netas de catorce mil dos libras.

Son muy difíciles de determinar las ganancias exactas, dado
que los mercaderes de Liverpool tenían su propio sistema de
contabilidad: en efecto, unas veces incluían, y otras no, el coste
del flete o la depreciación de sus navios al consignar el desembolso
de capital. Pero otro cálculo, éste referido sólo al año 1786, reve-
laba que el coste medio de cada viaje, incluyendo la depreciación,
era,de once mil trescientas trece libras, y las ganancias medias de
tres mil cuatrocientas treinta y una libras, o sea, un treinta por
ciento del total. Las ganancias obtenidas por Liverpool en ese
mismo año, con ochenta y siete barcos navegando, ascendían
a doscientas noventa y ocho mil cuatrocientas sesenta y dos libras.
Por supuesto que ésas procedían exclusivamente de la venta de
esclavos; no incluían los ingresos adicionales derivados del aceite
de palma, de la cera y del marfil transportados conjuntamente con
los esclavos en muchas travesías, ni tampoco de los cargamentos
de azúcar y ginebra traídos de las Indias occidentales a Liverpool.
La tra,ta de Guinea presentaba «tres facetas distintas». Consistía
en transportar artículos de Manchester a África, donde eran cam-
biados por esclavos; en transportar esclavos a las Indias occiden-
tales, donde eran cambiados por dinero en efectivo o pagarés
a tres años, con un seis por ciento de interés, y, finalmente, en
comprar a2Úcar, cacao, café, índigo y ginebra, llevarlos a Inglaterra
y venderlos, para poder comprar de nuevo en Manchester y repetir
el proceso. Raramente tenía un buque que navegar en lastre;
se esperaban obtener ganancias en cada uno de los tramos del
viaje triangular—aunque, como es natural, la ganancia era mayor
en el tramo comprendido entre Guinea y las Indias occidentales,
conocido como la «travesía intermedia». Debe añadirse que los
buques negreros de Liverpool iban fuertemente armados y que
muchos consiguieron capturar navios franceses o españoles pro-
vistos de ricos cargamentos.

Toda la ciudad, a excepción de sus barrios de callejuelas y casu-
chas miserables, vivía entusiasmada por la perspectiva de rápidas
fortunas. “Casi todos los hombres son comerciantes”, decía el
autor de la obra A general and descriptivo Hisfory of Liverpool,
“y quien no podía vender un fardo vendía una caja de sombreros.
Es de sobra conocido que los pequeños navios que importaban
unos cien esclavos eran equipados por procuradores, pañeros, cor-
deleros, tenderos, fabricantes de velas de sebo, barberos, sastres,
etcétera: unos percibían una octava, otros una dieciseisava y algu-
nos una treintaidosava parte de las ganancias.” Una treintadosava
parte de una pequeña «aventura» esclavista dejaba muy pocos
beneficios, como se esfuerza en demostrarlo el mencionado autor.
Las grandes ganancias las obtenían unas diez grandes firmas,
cada una con muy pocos accionistas; eran empresas que vendían
más de mil esclavos al año y controlaban casi los dos tercios del
tráfico esclavista. Fue gracias al espíritu emprendedor de esos
hombres como se llegó a la construcción de buques más largos y
de mayor calado, los predecesores de los futuros clippers.
Un nuevo sistema de muelles tuvo que ser construido para
que esos buques pudieran atracar, con lo cual Liverpool se con-
virtió en el mayor puerto del mundo. Pero no fue el comercio
marítimo la última de sus actividades económicas. La trata de
esclavos produjo una gran acumulación de capital en manos de
hombres resueltos y sin escrúpulos; en su mayor parte, este capital
fue reinvertido en fábricas textiles, fundiciones, minas de carbón,
canteras, canales y vías férreas. Los efectos económicos de la trata
han sido descritos en la interesante obra de Eric Williams Capita-
lism and Slavery (imprenta de la Universidad de Carolina del
Norte, 1944). Ese autor demuestra que la esclavitud aceleró la
revolución industrial. La máquina de vapor de James Watt fue
subvencionada por ricos mercaderes que habían hecho fortuna
comerciando con las Indias occidentales. La industria de ptearras
de Gales fue creada con dinero producto de esclavismo, y el gran
ferrocarril del oeste se construyó, a su vez, con fondos de la
misma fuente. Un economista de los primeros tiempos describe
la trata “como el principio básico y fundamental de todo lo
demás; como el principal resorte de la máquina que pone en
movimiento cada rueda del engranaje”.

Liverpool no ocultó las fuentes de su repentina prosperidad.
El ayuntamiento fue ampliamente decorado con reproducciones
en piedra de colmillos de elefante y de esclavos negros. Los esca-
parates de las tiendas exhibían diversos tipos de esposas, grilletes,
collares y cadenas de esclavos, destinados a los buques negreros.
Los orfebres ofrecían “candados y collares de plata para negros
y perros”, y antes de 1772, cuando la esclavitud era ilegal en
Gran Bretaña, las damas elegantes aparecían en público acompa-
ñadas de un mono vestido con un jubón bordado y un niño
esclavo, tocado de un turbante y con pantalones bombachos de
seda. Según informa un observador escandalizado, “los jóvenes
rufianes de la ciudad se divertían fijando carteles ofreciendo a
jóvenes negras en venta”. El famoso actor George Frederick Cooke
apareció borracho en el escenario del Teatro Real de Liverpool y
fue abucheado por la concurrencia. Se acercó tambaleándose a las
candilejas y gritó: “No he venido aquí para ser insultado por un
grupo de miserables en cuya maldita ciudad cada ladrillo se ha ci-
mentado con la sangre africana.”

En el siglo xvIII, tanto antes como después que los mercaderes
de Liverpool adquirieran el control de la trata, se produjeron
muchos cambios en la costa de Guinea. Los castillos o «fuertes»
perdieron mucha de su importancia; no era ya tan necesario
protegerse contra los nativos, pues la mayoría de las tribus costeras
estaban deseando intercambiar sus prisioneros de las demás tribus
por productos europeos. Se consideraba, no obstante, que podían
seguir siendo útiles como depósitos para las, mercancías, y como
símbolo del prestigio y de la presencia de Inglaterra, Francia, Ho-
landa o Dinamarca. Después de la disolución de la Real Compa-
ñía Africana, ocurrida entre los años 1750-1752, los fuertes in-
gleses fueron mantenidos, como ya se ha dicho, por un comité
de mercaderes con la ayuda de subsidios del Gobierno. A fines
de siglo aún quedaban cuarenta fuertes, de los cuales había treinta
en la Costa de Oro e innumerables barracones situados a lo largo
de la costa y en las riberas de los ríos, regidos por «pequeños
factores» (petty factors).

También los factores habían perdido importancia, desde que los
nativos sabían ya traficar por cuenta propia. Algunos de los
mayores traficantes esclavistas eran reyezuelos nativos, que reali-
zaban la captura de prisioneros en gran escala. Otros eran cabo-
ceers o cabecillas; otros, mestizos portugueses que alegaban ser cris-
tianos, aunque mantenían varias mujeres; los había que eran hon-
rados comerciantes nativos, y también había verdaderos gangsters
que mantenían «bandas» de secuestradores profesionales. Algunos
reyezuelos de la costa se jactaban de poder suministrar a los
mercaderes hasta mil esclavos al mes. “Tendréis vuestro carga-
mento de esclavos en una semana”, les prometían a veces a los
capitanes ingleses, para que echaran el ancla y pagaran los derechos
reales, pero rara vez cumplían su promesa, ya que abastecer de
esclavos a un barco requería de dos a tres meses, y a veces más
de un año. Por eso, los «factores», con sus reservas de esclavos
esperando en los barracones, seguían siendo útiles.

La mayoría de los europeos obligados a servir durante cierto
tiempo en África llevaban una existencia miserable. Las guarni-
ciones militares, en especial, eran sometidas a una disciplina terri-
blemente dura para tratar de evitar que las tropas degenerasen
totalmente bajo los efectos combinados del clima, de la comida
escasa, de la bebida barata y de las mujeres indígenas. En 1782,
un soldado raso que había intentado escaparse del castillo de Cape
Coast fue ejecutado introduciéndolo en la boca de un cañón, se-
gundos antes de hacer fuego. El gobernador no se tomó la molestia
de mencionar su nombre, pero hizo constar que el cañón valía
veinte libras. En Goree, ese mismo año, un sargento falleció a
consecuencia de los ochocientos latigazos recibidos en castigo de
una falta leve. Pero esas medidas represivas sólo podían tomarse
en los fuertes guarnecidos; en cambio, los factores, en sus barra-
cones, aislados, hacían su propia ley.

Como los factores sólo operaban con el consentimiento de los
reyezuelos nativos, no necesitaban ponerse bajo la protección de los
castillos. Generalmente bastaba con rodear las factorías de una
valla construida con palos puntiagudos, y, a veces, -de un ‘foso
erizado de pinchos. Alguna que otra de esas -factorías llegaban a
tener torres de vigilancia en los cuatro ángulos e incluso una
pareja de enmohecidos y viejos cañones en la propia entrada. El
agente vivía generalmente solo, o con sus concubinas indígenas,
pero iba siempre protegido por una pequeña escolta de negros
mercenarios, armados de mosquetes. El corazón de la factoría
era el barracón o depósito de los esclavos: constituía una “empali-
zada dentro de la empalizada”, y se asemejaba a un corral de
ganado. Un largo cobertizo se extendía en la parte central para
proteger a los esclavos del sol y de la lluvia. En medio del barra-
cón y en toda su longitud había una larga cadena, sujeta a un
poste en cada extremo, a la que los esclavos varones estaban
atados a poca distancia unos de otros. Las mujeres y los niños,
en cambio, andaban sueltos. En un ángulo del barracón había
generalmente una torre, desde donde un guarda armado vigilaba a
los esclavos.

Unas veinte de aquellas factorías jalonaban la costa, desde Sene-
gal hasta el sur de la desembocadura del Níger. De la mayoría,
algunas constituían aún unas comunidades sumamente elaboradas.
Sin embargo, sólo quedaban ya unas dependencias medio en rui-
nas, con diez o veinte esclavos y regidas por algún aventurero
blanco fracasado, condenado a terminar sus días en esa costa aso-
lada por las fiebres. Un «pequeño factor» típico fue Nicholas
Owen, que dirigió un barracón en Sierra Leona desde 1746
hasta 1759. Era un irlandés cuyo padre se. arruinó en un largo
pleito, abandonando a su familia “a los designios del mundo”,
como decía el propio Owen en su diario. Owen se enroló en un
buque mercante y fue capturado por los nativos de África occi-
dental, cuando él y algunos de sus compañeros bajaron a tierra
en la lancha del barco para llenar los barriles de agua. Fue vendido
como esclavo a una tribu vecina, en la que vivió por espado de
varios años, y después rescatado por un tal Ransom—un mercader
que visitaba la costa—con la condición de que Owen se hiciera
cargo de una de sus factorías. Muchas de las pequeñas factorías
eran mantenidas, como en aquel caso, en beneficio de traficantes
privados.

Según el diario de Owen, pasaba la mayor parte del tiempo tra-
tando de preservar, de los cangrejos de tierra, su pequeño jardín
de sandías, melocotones de Guinea y calabazas (los únicos man-
jares que podía comer para no caer víctima de la disentería). Des-
preciaba a los nativos (“esas gentes son muy holgazanas; no saben
proveerse de nada, sino de lo que necesitan en el momento”) y
estaba en constante discusión con los jefes sobre el valor de sus
regalos (“uno se quejaba de que no le hubiera dado riada de beber;
otro decía lo mismo refiriéndose al tabaco, y otro alegaba que
tenía hambre”). Le aterrorrizaban los magos-curanderos que reali-
zaban para él diversos «juegos de manos» (“no cabe duda de que
deben su poder a algún espíritu maligno enviado por el gran
enemigo de la humanidad para ganarse el favor de esos miserables
ignorantes”) y temía las terribles criaturas que moraban en la
selva (“hay un monstruo que tiene cuerpo, brazos y cabeza y se
parece a un hombre en todo, pero tiene todo el cuerpo cubierto de
un pelo grueso y es dos veces más alto que un hombre”); pero,
ante todo, Owen añoraba su hogar: “¡Oh, cuánto añoro los pro-
ductos europeos, como la leche, la sal y otras muchas cosas que
convienen a la salud de un enfermo y que no puedo hallar aquí!
He estado cinco o seis días con una «fiebre violenta». Durante mi
enfermedad tuve la mala suerte de que uno de mis mejores esclavos
se fugara en pleno día, y mi sirviente regresó con un pequeño
esclavo imposible de vender. Estaba tan enfermo que a duras
penas podía caminar por mi casa.”

Owen nunca se recobró de «esa fiebre violenta», y murió en
África dejando tras de sí el diario, en el cual narra minuciosamente
todo cuanto observaba, desde el color de un camaleón hasta la
confección de las túnicas reales de los jefes.

Un agente mucho más importante que el pobre Nicholas Owen,
que aparentemente pasó peores momentos que sus propios escla-
vos, fue Francis Moore, enviado por la Real Compañía Africana
en 1730 a James Fon, en la desembocadura del Gambia, una
importante zona que exportaba entonces dos mil esclavos anuales.
La misión de Moore consistía en recorrer Gambia de arriba aba-
jo, inspeccionando los trece «factores» estacionados en los puntos
claves a lo largo del río, mientras expedía y organizaba los car-
gamentos de esclavos. Debía mantener relaciones cordiales con
los jefes de las diecinueve tribus que se hallaban a lo largo del
río, y, en especial, con el reyezuelo de Barsally, un monarca tem-
peramental y poderoso.

He aquí cómo describe Moore la forma en que el rey conse-
guía los esclavos:

“Cuando el reyezuelo de Barsally necesitaba provisiones o aguardiente, enviaba
a un mensajero a nuestro gobernador en James Fort para expresarle su deseo
de que enviase una canoa con dicho cargamento; estas noticias eran siempre
bien recibidas por el gobernador, que siempre accedía al ruego del rey. Al
llegar la mencionada canoa, el reyezuelo devastaba algunos de los poblados
enemigos, capturando gentes y vendiéndolas a cambio de los productos que
anhelaba, y que, frecuentemente, eran aguardiente o ron, pólvora, proyectiles
de escopeta, pistolas y machetes… Cuando no estaba en guerra con algún
reyezuelo vecino, atacaba a uno de sus propios poblados, por lo regular muy
numerosos, y los trataba de la misma maneta… Era precisamente por su insa-
ciable sed de aguardiente por lo que la libertad de sus subditos y de los
familiares de éstos se hallaba en tan precaria situación… Frecuentemente, el
reyezuelo salía con algunas de sus tropas durante el día, se dirigía a uno de
sus poblados y regresaba al anochecer, incendiándolo por tres puntos distintos,
y situando guardias en el cuarto lugar para capturar a quienes huían del
fuego; después los maniataba… y los vendía.

“Desde que comenzó la trata de esclavos—afirma Moore—, todos los castigos
se convierten en esclavitud. Un hombre fue traído ante él en Tomany para
ser vendido por haber robado una pipa de tabaco. Otro nativo vio un «tigre»
—en realidad, un leopardo—devorando a un ciervo que él habla matado y
colgado cerca de su casa. Al disparar contra el leopardo, mató accidental-
mente a un hombre; el reyezuelo «condenó a ser vendidos no sólo a él, sino
también a su madre y a sus tres hermanos». Moore recibió las mayores
humillaciones del reyezuelo de Barsally y de sus cortesanos. En cierta ocasión,
el hermano del rey se llenó la boca de agua y se la escupió a la cara. El
reyezuelo saqueaba con frecuencia las tiendas de la compañía; penetró una
vez en la casa de un «factor», le echó de ella y se acostó en su cama. A pesar
de todo, Moore consideraba al monarca «como un buen hombre, cuando no
estaba bebido».”
(…)

En los Estados Unidos fue el algodón lo que creó la demanda
de esclavos. Para los demás cultivos existía una amplia provisión
de mano de obra—incluso ésta llegaba a ser excedentaria como en
el caso de las plantaciones de tabaco de Virginia—, pero el “rey
algodón” exigía cada día mayor cantidad de hombres. En 1850,
casi el sesenta por ciento de los esclavos del país se hallaban em-
pleados en este monocultivo, que había llegado a suministrar, en
valor monetario, casi dos tercios de las exportaciones de los Estados
Unidos. El mercado del algodón parecía ilimitado. En Inglaterra el
desarrollo del telar mecánico y la invención de la máquina continua
de anillos en 1828, revolucionaron los procesos de tejido e hilado
del algodón casi en la misma proporción en que la desmotadora
de algodón de Whitney lo hiciera con la producción de la fibra.
Las factorías instaladas en Inglaterra y Nueva Inglaterra podían
vender cantidades crecientes de tejidos de algodón a precios eco-
nómicos, con enormes beneficios. En 1822 la producción norte-
americana de esta fibra era de medio millón de balas: en 1860 se
habían alcanzado casi cinco millones de balas…

Enlace relacionado: Entrevista al profesor de historia Didier Gondola: “La trata de negros desarrolló las sociedades occidentales y hundió a África en el subdesarrollo”.

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